Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 17 River
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17 River

RIVER

No logré volver a concentrarme en toda la tarde.

Farren se mantuvo pegada a Kaia durante algo más de una hora y luego revoloteó entre los demás mientras los ayudaba en mayor o menor medida.

Me fijé en que todos reían sin parar cada vez que ella se detenía a charlar con ellos y en que se desvivían para hacerla sonreír.

También vi que con quien más tiempo pasaba era con Marco, quizá porque era el más extrovertido del equipo o el que más confianza tenía con su madre.

Intenté no prestar atención a las risas y voces que se elevaban por el jardín, pero cada vez que oía ese tono agudo, mis ojos la buscaban primero a ella y luego a su madre, que tampoco la perdía de vista.

Su sonrisa calmada apareció mucho más gracias a la presencia de la pequeña y eso hizo que sintiera una sensación extraña que ignoré por completo.

—¿Qué haces?

Mi corazón se saltó un latido al oír su voz aguda. Llevé la mirada a sus pies porque no la había oído llegar y yo siempre estaba atento a lo que ocurría a mi alrededor. Su calzado era ligero para la estación en la que estábamos.

—Trabajar.

—Eso ya lo veo. —Puso los ojos en blanco de una forma idéntica a como lo hacía su madre—. ¿Estás revocando?

Me sorprendió que conociera esa palabra.

Al ver que no respondía, me incrustó su dedo en la mejilla sin ningún cuidado.

—Me gustas.

Me atraganté con mi propia saliva y me puse a toser. Ella sonrió.

—A mis tíos tampoco les gusta hablar. Bueno, a Reid sí, pero los demás prefieren observarlo todo en silencio y dejar que sean otros los que hablen. —Hundió de nuevo el dedo en mi cara—. Crew es el más callado, aunque puede que te lleves el título si sigues así. ¿Me dejas ayudarte?

Me encogí de hombros y su sonrisa se extendió todavía más, como si mi comportamiento le hiciera gracia.

Joder, era tan parecida a Kaia.

No en todo, ya que su madre no era extrovertida como ella, pero sí que compartían no solo el físico, también las expresiones, las sonrisas, la mirada inteligente.

—Tendrás que enseñarme.

Lo hice. Primero con cuatro palabras roncas, después con algunas instrucciones más al ver que estaba desgraciando la pared y luego con mis propias manos. Al final, Farren logró revocar un trozo sin que pareciera un cuadro destrozado.

—Esto es un poco aburrido, ¿no podemos hacer otra cosa?

—Tengo que acabar la pared antes de pasar a la siguiente tarea —murmuré. No podía dejar de mirarla de reojo.

Se dejó caer al suelo, me agarró un brazo y me subió la manga para ver el tatuaje que tenía ahí.

—¿Quién te los ha hecho?

—Distintas personas.

—¿Sabes que mi tío Crew es un genio de los tatuajes? Vienen de todas partes a que él se los dibuje y tiene una lista de espera infinita, aunque seguro que te encontraría un hueco antes por ser amigo de mi madre.

—Todavía no es el momento de hacerme otro.

—Si es por el dinero, tendrías el descuento de amigo. O siempre podría hacértelo yo.

Detuve la mano a mitad de movimiento y la miré asombrado.

—¿Sabes tatuar?

—No, pero puedo aprender. ¿Tienes una pistola? Tío Crew no me deja acercarme a la suya, pero enseñó a tía Faith a usarla, así que no puede ser tan difícil. Se usan plantillas, ¿sabes? Es como calcar.

—¿No te dan miedo las agujas?

—¡Me encantan! Una vez me quitaron un lunar y vi todo el procedimiento. No sabes la de sangre que salió y el trozo de carne que me quitaron. Parecía un iceberg; el lunar era un cuarto de todo lo que salió —comentó entusiasmada—. También vi cómo me ponían los puntos. Fue una pasada.

No supe qué responder, aunque no le importó.

—¿Cuánto pesas?

—No lo sé.

Dejó atrás el tatuaje del brazo y trató de rodear mi bíceps con sus dos manos, pero no lo logró.

—Es posible que estés más fuerte que tío Crew.

—Se movió hasta quedar frente a mí y me abrazó por la cintura.

Ahogué un sonido sorprendido y me quedé inmóvil hasta que me soltó—.

Yo creo que sí, ni siquiera puedo tocar las yemas de los dedos si te estrujo.

¿Crees que podrías entrenarme? Tía Nyla me ha enseñado a luchar, pero me iría bien aumentar mi masa muscular.

—¿Por qué? —solté sin pensar.

—Por si tengo que enfrentarme a alguien. A un adulto —aclaró de inmediato—. Obviamente, puedo con cualquier adolescente.

—¿Sueles enfrentarte a gente? —Busqué a Kaia con la mirada y la encontré apoyada en su coche con el teléfono en su oreja y sus ojos fijos en nosotros.

—Por desgracia, no. Mis compañeros saben que no tienen nada que hacer contra mí y no hay gente mala en Sweet Meadows, pero siempre va bien estar preparado.

—Se sentó de nuevo en el suelo, esa vez sobre los restos de mortero que se le habían caído al suelo cuando había revocado ese trozo de pared—.

Si me haces una tabla de ejercicios y me enseñas cómo hacerlos, los puedo incorporar a mi rutina de entrenamiento.

La contemplé alucinado y ella resopló.

—¿De verdad te sorprende que siga una rutina?

Las chicas también entrenamos, ¿sabes? —Esperó a que dijera algo, pero no lo hice, todavía sin hallar las palabras—.

¿O lo piensas porque tengo nueve años? Es una estupidez esperar a los dieciséis para ir al gimnasio.

¿Para qué perder los mejores años? Somos más flexibles, creamos rutinas con más facilidad y tenemos el cerebro en pleno desarrollo.

—¿De verdad solo tienes nueve años? —pregunté al fin.

—Soy inteligente. Me gusta leer y aprender. —Se encogió de hombros—. ¿Me vas a enseñar? Y no me digas que necesito el permiso de mi madre, no soy un bebé.

—¿Para qué necesitas mi permiso? —Kaia apareció junto a nosotros. Parecía nerviosa, como si le incomodara que estuviera a solas con su hija, lo cual era lógico, a pesar de que sentí una oleada de malestar. Jamás le haría daño, ni a ella ni a la pequeña.

—Al contrario, decía que no lo necesito.

—No te dejes liar por este demonio —me aconsejó Kaia.

—No lo estoy liando, ¿a que no? —Farren se puso en pie y me rodeó el cuello con sus brazos para abrazarme una vez más.

Su madre contuvo el aliento, igual que hice yo. La niña se giró sin alejarse, todavía con un brazo sobre mis hombros, y sonrió.

—Somos amigos.

Sentí una presión en el pecho que no logré ignorar. Kaia nos contempló de una forma extraña, pero Farren me pellizcó el cuello con fuerza. La miré de reojo y ella sonrió como un diablo.

—Lo somos —repitió.

Yo asentí, lo que ensanchó su sonrisa.

—River va a hacerme una tabla de ejercicios para ponerme tan fuerte como él.

Intercambié una mirada con Kaia, que continuaba inmóvil frente a nosotros.

—Los podemos hacer juntas —dijo entonces la pequeña. Aquello despertó a su madre.

—Yo ya hago ejercicio.

—Pero es muy aburrido.

—¿Qué tipo de ejercicios crees que hace River?

—No lo sé, pero funcionan. —Farren me soltó al fin, así que me puse en pie. Grave error porque sus dedos encontraron el borde de mi sudadera y la subió con rapidez—. Yo también quiero una tableta de chocolate.

Retiré con suavidad sus dedos de la prenda y la bajé antes de mirar a Kaia. Sus ojos continuaban fijos en mi abdomen, sus mejillas se habían encendido y mi entrepierna se despertó.

Mierda.

El deseo que vi en su rostro cuando alzó la cabeza intensificó el mío, aunque lo mantuve bajo control. Le costó dos segundos centrarse de nuevo en su hija y lo hizo con el ceño fruncido.

—¿Cuántas veces te he dicho que tienes que respetar el espacio personal de la gente? —masculló entre dientes—. Ven aquí.

Farren negó con la cabeza y me agarró una mano.

—A River no le importa —sentenció.

—¿Se lo has preguntado?

—No ha hecho falta. Si no me quisiera tan cerca, me lo habría dicho. No con palabras porque habla menos que tío Crew —aclaró tras un instante.

La miré confundido. Ella se giró y me sonrió.

—Zuri me ha enseñado a leer las emociones de la gente. Sé que te gusto. —Apretó mi mano y mi corazón hizo un movimiento raro.

Kaia suspiró, así que ambos la miramos. Yo, sin saber qué narices estaba ocurriendo.

—Es hora de marcharnos.

Eché un vistazo a nuestro alrededor y me sorprendió no encontrar a nadie. Ni siquiera los coches de nuestros compañeros estaban allí. ¿En qué momento se habían marchado y cómo era posible que no hubiera oído sus voces o los motores de los vehículos?

Me volví hacia la pared a medio terminar mientras Kaia y Farren se enzarzaban en otra discusión de las suyas. Me agaché para tomar la llana, revisé el mortero ya seco y ahogué una maldición, pero una mano que conocía muy bien se posó sobre mi hombro.

—Seguiremos mañana —comentó.

—Debería terminar esto antes de irme. Puedo volver andando —añadí.

—No. Nos vamos todos.

Recordé que Marco y ella eran los únicos que cerraban la obra cada día, los que debían comprobar cómo quedaban las cosas antes de marcharse. Lavé las herramientas en silencio, aunque Farren parloteaba junto a mí sin esperar respuestas, y me reuní con Kaia cuando terminó su vuelta.

—¿No tienes coche? —inquirió la pequeña cuando se acomodó en el asiento trasero.

—Todavía no.

—¿Y cómo vas a trabajar cada día?

—Compartimos el viaje —respondió Kaia.

—¿Sois mejores amigos?

Lancé una mirada fugaz a Kaia, quien intentaba disimular una sonrisa.

—Supongo.

—Puede que Cian se convierta en el mío —dijo entonces Farren—. ¿Podemos pasar por la oficina de correos?

—¿No dejaste tu carta allí ayer? Lo más probable es que no la haya recibido todavía.

—Podría haberme enviado otra antes. —La niña se encogió de hombros y asomó su rostro entre nuestros asientos—. Cian tiene un par de años más que yo y vive en Rainbell Falls. Somos amigos por carta y, a diferencia de todos los niños que conozco, no es un idiota.

—Eso está bien —murmuré sin saber qué otra cosa decir.

Kaia sonrió de lado antes de atrapar su labio inferior entre sus dientes, lo que despertó de nuevo cierta zona de mi anatomía.

El resto del camino transcurrió acompañado de la charla incesante de Farren, algunos comentarios de su madre y una sensación cálida que se había instalado en mi pecho en el momento en el que nos habíamos sentado en las escaleras a comer y que no desapareció hasta bien entrada la noche.