Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 16 Kaia
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KAIA

Eché un vistazo al reloj y sentí un cosquilleo en el abdomen al comprobar que era la hora de comer. Dejé la llana sobre el cartón manchado, me sacudí el polvo del pantalón y me volví hacia los demás.

—¡A comer! —exclamé con demasiado entusiasmo.

Marco soltó una risita cerca de mí, algunos de mis chicos sonrieron y contemplé como todos dejaban las herramientas y el material a un lado. Solo dos de ellos se marchaban a casa, los que vivían más cerca; los demás traían su comida.

Los dejé atrás cuando se reunieron en la mesa del jardín y avancé hacia River, que continuaba enfrascado en su tarea. Me detuve detrás de él y hundí el índice entre sus escápulas. Su rostro se giró lo justo para mirarme por encima del hombro, aunque siguió sin hacerme caso.

—Me siento ofendida. Eres el único que no sigue mis instrucciones.

—Quiero terminar esto —murmuró.

—A eso le quedan por lo menos quince minutos y solo tenemos sesenta para comer.

—Me sobra tiempo.

—Pero a mí no. —Lo rodeé y traté de quitarle la lijadora eléctrica de la mano, pero fue imposible. Lo que sí conseguí fue apagarla—. Dámela.

—No.

Enarqué una ceja y tiré de ella. Él puso los ojos en blanco, la soltó poco a poco y me contempló mientras la dejaba en el suelo.

Luego lo empujé hacia la fuente en la que solíamos lavar el material.

Ahogué un lamento cuando se dirigió hacia allí de forma muy lenta.

Coloqué ambas manos en su espalda y lo empujé sin ningún éxito.

—Tengo hambre —me quejé. Me puse delante de él y mis tripas dieron un brinco al ver una de sus comisuras un milímetro por encima de la otra—. ¿Qué me has traído hoy?

—Ya lo verás.

—Dímelo.

Esa comisura subió un poquito más. Se agachó frente a la fuente, la accionó y se lavó las manos.

Luego se las pasó por la cara y el pelo corto y oscuro.

Mi mente traicionera me devolvió una imagen que había vivido hacía muchos años; el mismo gesto, pero en una estación mucho más calurosa.

Ese día se había quitado la camiseta porque hacía mucho calor y las gotas de agua corrieron desde su pelo hasta su cintura, deslizándose por su pecho lleno de tatuajes y músculos.

Enfoqué la mirada en su rostro y vi que me estudiaba con el ceño fruncido. Ahogué una tos falsa, maldije al notar el calor en mis mejillas y volví a increparlo.

—¿Dónde está mi comida?

—Ya sabes dónde está.

Tenía razón, siempre la dejaba en el maletero de mi furgoneta.

—Sería de mala educación comérmela sin ti. —Me encogí de hombros y su comisura vibró una vez más.

Si no fuera tan guapo, no tendría tantos problemas para controlar las reacciones de mi cuerpo. Mis tripas se movieron de un lado a otro y un sonido nada sensual salió de ellas. River alzó ambas cejas en mi dirección, pero yo disimulé como pude mientras el calor se intensificaba en mi rostro.

No sabía si era debido a que mi piel era muy clara y mi cabello rojizo, pero mis mejillas se encendían con mucha facilidad.

Incluso podía tener toda la cara roja en cuestión de segundos cada vez que sentía una chispa de vergüenza, que era demasiado a menudo a pesar de mis intentos por parecer siempre calmada.

—Vamos.

Contuve la respiración cuando su mano llegó a la mía como solía hacer en el pasado. Sus dedos rozaron los míos y entonces desaparecieron a la vez que su espalda se tensaba, sin duda tras haberse dado cuenta de lo que había hecho.

Lancé una mirada rápida a nuestros compañeros, pero todos estaban absortos en la conversación que mantenían, incluso Marco, que siempre solía tener un ojo puesto en mí. Di dos zancadas enormes para ponerme a la altura de River y le di un golpe en el brazo.

—Ouch, ¿qué clase de ejercicios haces para tener estos músculos? —pregunté para deshacernos del ambiente extraño que se había generado.

Me miró como si me faltara un hervor.

—Ahora mismo lo que puedo, teniendo en cuenta que no tengo material.

—¿Y antes? —Todavía no me había atrevido a preguntarle ningún detalle sobre su estancia en la cárcel.

—Pesas. —Respondió con calma, aunque su rostro no pudo ocultar del todo una mueca fugaz.

—¿Las tenías a libre disposición?

—Algo así.

Llegamos al coche; él sacó la bolsa que contenía los dos contenedores de cristal y me tendió uno. Abrí la tapa, el olor llegó hasta mí y empecé a salivar.

—¿Qué es?

—¿Qué crees que es?

Percibí la diversión en su tono.

Caminamos hacia el jardín y sus pasos se ralentizaron al acercarse a la mesa que los demás compartían. Al ver que no quedaban sillas ni espacio, señalé las escaleras del porche y retomamos el camino. Yo lo hice con una maraña de nervios en el abdomen ante la excusa de tener un rato a solas con él.

—Parece una lasaña, aunque tiene un aspecto extraño —respondí al fin.

—Es un invento —admitió en un susurro.

Las escaleras del porche eran estrechas y su cuerpo gigante ocupaba casi todo el espacio, así que tuvo que colocar un brazo detrás de mi espalda para que yo pudiera mover el mío. No dijo nada cuando me apoyé en su costado, aunque noté la tensión momentánea que lo invadió.

—Espero que no hayas puesto berenjena.

—Pruébalo.

—Eso es que la has puesto —me quejé con el tenedor a medio camino—. Sabes que la odio de verdad.

Llevó su mano a la mía y la empujó con suavidad hasta que no tuve más remedio que saborear el bocado.

Me sorprendió no encontrar ni rastro de ese vegetal asqueroso y me fue imposible disimular un gemido.

River se tensó de nuevo sin apartar la mirada de mis ojos.

Los suyos acababan de oscurecerse un tono y mis mejillas ya se estaban encendiendo.

—Está bueno.

—¿Solo bueno? —Su voz fue un murmullo ronco que reverberó en la parte baja de mi abdomen.

—Bastante bueno.

Nos contemplamos un instante más antes de que me quitara el contenedor de un movimiento y yo me lanzara sobre él.

Lo agarré con fuerza para recuperarlo, pero no logré atraerlo ni un centímetro hacia mí, por lo que mi cuerpo se pegó por completo a su pecho y estuve a punto de perder el equilibrio.

El brazo que había permanecido detrás de mi espalda sin tocarme me rodeó y sus dedos se clavaron en mi cintura para mantenerme en el escalón.

—Devuélvemelo —gruñí con un millar de sensaciones en mi interior.

—¿No prefieres algo que sea mejor?

—No, quiero la lasaña.

—Solo está bastante buena. No deberías conformarte con eso —bromeó como solía hacer.

Mi pecho se llenó de calor, mis manos soltaron el recipiente y mis ojos se clavaron en los suyos, lo que fue un error porque lo que vio en ellos hizo que me devolviera la comida y se enderezara para poner distancia entre nosotros.

—¡Ma!

Alcé la cabeza con el corazón desenfrenado y vi a mi pequeña al otro lado del jardín. Corría hacia nosotros con esa sonrisa mágica que lograba encandilar a todo el mundo mientras Reid la seguía unos pasos por detrás. Su rostro estaba relajado, aunque su mirada se encontraba fija en River.

La tensión llenó su cuerpo cuando la vio y trató de levantarse, pero no se lo permití.

Coloqué una mano sobre su muslo para impedirlo y sonreí a pesar de que apenas podía respirar.

Le di el contenedor de comida justo antes de que Farren se lanzara a mis brazos y sentí su mano en mi espalda cuando el impacto hizo que me fuera hacia atrás.

—¿Por qué no estás en el colegio? —pregunté tras besar su frente y peinar su cabello corto. Lo llevaba a la altura de la mandíbula porque decía que así no se le enredaba—. ¿Hoy es viernes?

—Claro. —Me miró con el ceño fruncido y puso su mano diminuta sobre mi frente—. No tendrás fiebre, ¿verdad?

—Ha sido una semana de locos —me excusé. No solo esa, todas desde que River había aparecido en mi oficina aquel día.

Farren se volvió hacia él, lo contempló un par de segundos y alzó un dedo hacia su rostro.

Ambos nos tensamos, yo porque no tenía ni idea de lo que pretendía hacer mi hija.

Intentó llegar hasta su piel, pero no podía desde donde se encontraba, así que se subió a mis piernas, apoyó una mano sobre su hombro y llevó el dedo índice al tatuaje que adornaba su pómulo.

—¿Es un pescado? —preguntó de pronto.

Mi abdomen se encogió ante su ocurrencia y no pude evitar ignorar a Reid, que acababa de llegar hasta nosotros, porque necesitaba ver la reacción de River.

—No.

—¿Estás seguro? —Ella pasó el dedo sobre el tatuaje mientras él permanecía inmóvil con la vista fija en ella—. Esto sería la cabeza, el cuerpo y la cola. ¿Qué es entonces?

—Un diseño tribal. —Su voz sonó más suave que nunca.

—¿Y este?

Mi pequeña se apoyó todavía más en él para llevar sus dedos al cuello, donde tenía otro tatuaje.

—Otro diseño tribal.

Cuando agarró su sudadera y tiró de ella para ver el resto del dibujo, la detuve.

—¿No te estás tomando demasiadas confianzas? —grazné nerviosa.

—¿Te he incomodado? —preguntó tras soltar su ropa, pero sin alejarse aún de él.

Vi la duda en su rostro, así que aproveché para presentarlos y saludar a Reid al fin.

—Te he traído comida, pero veo que ya tienes —comentó sorprendido. No hacía falta ser demasiado inteligente para comprender que aquello no lo había cocinado yo, dado que solo conocía dos recetas básicas.

—¿Qué es? —Farren me rodeó, escaló sobre las piernas de River y se estiró para coger el recipiente.

Reid contempló la escena con el rostro impasible, aunque su mandíbula estaba tensa. River le tendió el contenedor de vidrio; ella se acomodó entre sus piernas y se llevó el tenedor a la boca.

—¡Está bueno! —exclamó asombrada. Dirigió la mirada hacia su padre y asintió—. Lo has hecho tú, ¿verdad? Mi madre odia la cocina. ¿Por qué le haces la comida? ¿Sois amigos?

Vi el pánico en su rostro, así que me adelanté a su respuesta, fuera cual fuera.

—Lo somos.

—¿Desde cuándo? —Mi pequeña le devolvió el recipiente y se cruzó de brazos, aunque permaneció apoyada en sus piernas.

—Desde hace muchos años.

—¿Y por qué no lo conocía? —Se volvió hacia él—. ¿Tú también creciste en el orfanato y te marchaste como Dax?

River me lanzó una mirada nerviosa y a mí me entraron ganas de reír ante su reacción. Sin embargo, se me pasaron al recordar que era su hija y que él no lo sabía. Tampoco ella. Y de nuevo sentí una punzada de culpabilidad.

—No, a River lo conocí en Sweet Meadows. Trabajamos juntos antes de que creara la empresa —respondí con un nudo en la garganta.

—¿Te marchaste a vivir fuera y ahora has vuelto para volver a trabajar con mi ma? —Farren lo miró a él.

—Algo así —murmuró al fin.

—Guay. —Centró su atención en Reid—. Quiero quedarme, tío Reid.

—No creo que sea buena idea. —Su voz sonó más tensa de lo habitual, aunque lo supo disimular bien—. Kaia tiene que trabajar.

—Lo sé. La ayudaré, ¿a que sí, ma?

—Tu ayuda consiste en desmontar todo lo que haya hecho, así que no.

Agarré el recipiente y me puse a comer. River permaneció inmóvil con la vista fija en Reid, que no apartaba sus ojos de él.

—¡Qué injusticia! ¡Eso no es cierto! Además, hace siglos que no te ayudo.

—Lo hiciste dos o tres meses —le recordé. Tragué lo que tenía en la boca y le di un golpe en el pecho a River para llamar su atención—. Come o nos quedaremos sin tiempo.

—Ma, por favor. Te prometo que seguiré tus instrucciones al pie de la letra. —Se puso en pie, apoyó ambas manos sobre mis rodillas y me dedicó la mirada inocente que nadie, ni siquiera yo, podía ignorar.

—De acuerdo —suspiré derrotada.

Ella dio un salto de victoria, River se tensó todavía más con la mirada fija en su recipiente y Reid me taladró con sus ojos.

Maravilloso.