15 River
RIVER
Me había sumido en una nueva rutina sin darme cuenta.
Me levantaba un par de horas antes de que Kaia viniera a buscarme para ir a la obra, preparaba la comida de ese día y la distribuía en dos contenedores que había comprado la misma tarde que me había pedido que le cocinara el estofado que solíamos compartir al conocernos y luego me duchaba con agua fría a pesar de ser ya invierno.
Trabajaba en silencio y sin parar durante toda la jornada, a menos que Marco o ella se emparejaran conmigo.
Kaia me traía de vuelta a la cabaña al terminar y dedicaba toda la tarde a arreglar los desperfectos más visibles.
Habíamos finalizado ya uno de los proyectos y Kaia me había sorprendido al repartir el material sobrante que el dueño no quería entre los compañeros que lo necesitaran.
Yo me había quedado con lo que nadie quiso y gracias a eso había podido adecentar mi hogar mucho más rápido de lo esperado.
Cuando llegaba la hora de cenar, a pesar de sentirme agotado, me pasaba un par de horas en la cocina en busca de nuevas recetas para llevar al trabajo al día siguiente y contemplar de nuevo esa sonrisa que me llenaba el pecho de calidez.
Conocía algunos detalles del pasado de Kaia, aunque no habíamos compartido mucho en su día porque yo no me sentía cómodo con el mío y ella decidió que era una etapa de nuestras vidas que no importaba.
Sí lo era, y debería haberle hablado del lío en el que estaba metido, de las personas que formaban parte de mi círculo, de todo lo que había hecho antes de conocerla. Sin embargo, fui un cobarde.
Por primera vez en mi vida había conocido a una persona buena y generosa que no me trataba como a un delincuente a pesar de serlo, y aquello le dio fuerza al motivo por el que me había presentado a ese trabajo.
Conocerla me instó a querer redirigir mi vida, a intentar seguir lo que hacía tiempo que revoloteaba en mi mente, en mi corazón.
Lo único que sabía de su historia era que se había criado en un orfanato, que había creado lazos fuertes con otros chicos del mismo lugar y que de alguna manera habían conseguido formar una familia en ese pueblo de colores pastel.
También descubrí que la cocina no se le daba nada bien, que uno de sus hermanos —como ella los llamaba—, el mayor, era el que se encargó de esa tarea hasta que se marchó del pueblo.
Ese fue el motivo de que se lanzara sobre mi comida cuando vio que se trataba de un estofado que olía bien.
Un vistazo a su contenedor de vidrio fue suficiente para que me apiadara de ella y le cediera la mitad del mío.
La sonrisa que cubrió su rostro al probarlo fue tan inmensa que me descubrí preparando dos raciones para el día siguiente y así, sin darme cuenta, comenzamos a acercarnos y Kaia terminó abriéndose paso aun con mis barreras en su sitio.
Y la historia parecía estar repitiéndose.
Un ruido a mi espalda eliminó todos esos pensamientos de un plumazo. Me incorporé, miré por encima de mi hombro y se me escapó un gruñido.
Ahí estaba ese maldito zorro otra vez. Se había detenido junto al árbol más cercano y me contemplaba con curiosidad. Movió la cola de forma sutil, se acercó dos pasos más y volvió a detenerse.
Sabía lo que quería, pero esa vez no pensaba dárselo. No se conformaba con comerse lo que le pusiera en el cuenco; el desgraciado siempre tenía que llevárselo.
Había perdido ya tres platos y varias bandejas que había encontrado en la cocina. No podía permitirme el lujo de quedarme sin vajilla en la que comer y cocinar.
En realidad, podía darle un plato más, ya que me quedaban dos y solo necesitaba uno, pero tenía la estúpida esperanza de que Kaia se autoinvitara una tarde a cenar, lo cual no era nada probable dado que tenía una hija y siempre se marchaba a toda prisa para verla.
No me había contado nada de ella, solo había dejado caer comentarios inofensivos que se le escapaban de vez en cuando y que me habían servido para hacerme una idea de cómo era la niña: un terremoto inteligente y divertido con un corazón de oro.
Esa era mi percepción tras oír como Marco y los demás hablaban de ella cada vez que Kaia mencionaba su nombre.
Y ni una sola vez habían mencionado al padre.
Era como si esa niña jamás hubiera tenido uno.
El zorro se acercó unos pasos más, se colocó a un lado y me miró con atención.
Parecía estar gritando que le diera de comer.
Lo ignoré durante unos segundos, me centré en las lamas del suelo del porche y pasé la brocha por la última.
No pude terminarla; el maldito animal me rozó la pierna con su nariz y no se asustó cuando le lancé una mirada asesina, la que solía usar en la cárcel para mantener a los demás a raya.
Solté un suspiro algo exagerado, dejé la brocha sobre el cubo de pintura y amenacé a la criatura en silencio para que no se acercara.
La cabaña solo tenía una puerta, pero, dado que el suelo estaba recién pintado, no podía usarla para entrar.
Fui hasta la ventana del dormitorio que había dejado abierta, salté al interior y llegué hasta la cocina.
Me había sobrado un plato del mediodía, así que puse un par de cucharadas en el único cuenco que quedaba en el armario y se me escapó una maldición al ver al zorro en el salón.
—Márchate —gruñí con el ceño fruncido.
Él me miró como si quisiera comprender lo que le decía, pero no se movió.
Pasé por su lado y saltó sobre el sofá para poner distancia entre nosotros; luego dio una vuelta sobre sí mismo y se tumbó hecho una rosquilla.
Cuando cerró los ojos como si nada, solté una nueva maldición que el animal ignoró.
Dejé el plato sobre la mesa coja que bailaba delante del sofá y salí de nuevo por la ventana. Al menos así no me robaría el cuenco.
—La madre que…
Decenas de huellas diminutas e idénticas estaban marcadas sobre las lamas del porche.
Me pasé una mano por la cara para controlar la desesperación que me invadió, tomé tres bocanadas de aire enormes y eché un vistazo al bote de pintura.
No quedaba suficiente para dar otra pasada, así que tendría que quedarse como estaba.
Terminé la maldita última lama, lavé la brocha en el grifo que había en la fachada y lo guardé todo antes de entrar de nuevo en la cabaña.
Me detuve en seco en el salón al ver que no había rastro del zorro. Tampoco del cuenco.
Sentí el dolor en la mandíbula antes de oír el sonido que hicieron mis dientes al rechinar, y mascullé un improperio al descubrir las huellas de pintura tanto en el suelo como en varios muebles, incluso en la cocina.
Jodido zorro ladrón y aprovechado.
Solo eran las cuatro de la tarde del domingo, por lo que me fue bien la distracción de tener que limpiar toda la casa de forma minuciosa. Odiaba los fines de semana porque me quedaba a solas conmigo mismo durante demasiadas horas después de pasar cinco días seguidos en su compañía.
Kaia iluminaba mi vida sin percatarse de ello. Solo su presencia aligeraba las sensaciones oscuras que vivían en mi interior; su sonrisa me calentaba el pecho y su mirada verde lograba que mis pensamientos se calmaran al instante.
Lo mismo había ocurrido diez años atrás y el recuerdo de todas esas sensaciones me había mantenido cuerdo durante el tiempo en prisión. Volver a sentir aquello de nuevo después de convencerme de que jamás podría hacerlo lo había intensificado todo, incluso más que al principio.
Mi teléfono vibró en mis pantalones y mi mente se ofuscó al adivinar lo que encontraría.
Grant me había llamado varias veces las últimas semanas y me había enviado algunos mensajes al no obtener una respuesta por mi parte.
Me quería de vuelta y yo no estaba por la labor.
Además, no le había sentado nada bien que lo ignorara en la obra.
El desgraciado se había detenido allí con el coche durante unos segundos y yo había tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no saltar sobre él porque Kaia se encontraba demasiado cerca.
No me cabía duda de que él había sido quien había robado el material aquel día.
Lo había hecho para darme un aviso, para demostrarme que sabía exactamente dónde me encontraba y con quién, para recordarme que su poder no tenía límites.
Sin embargo, no había respondido a su llamada esa noche, tampoco los siguientes días.
No pensaba cometer el mismo error dos veces. La mirada limpia de Kaia, la esperanza que brilló un día en ellos, la misma que todavía podía intuir a pesar de mis intentos por convencerla de lo contrario, pesaba más que las amenazas de Grant.
No era el mismo hombre que había entrado en prisión hacía diez años.
En aquel momento tenía mucho que perder, no conocía mis límites y todavía vivía bajo su mandato.
Aquel tiempo allí me había servido para comprenderme a mí mismo, para analizar todos los detalles de mi vida y para demostrarme que podía tomar las riendas, que podía enfrentarme a él si era necesario.
Revisé el mensaje y una nueva oleada de furia me invadió.
¿Estás seguro de que quieres obligarme a escalar mi juego?
Bajo el mensaje había una foto de Kaia acompañada de algunos de sus amigos en el parque del pueblo. Zuri, Crew y otros dos que no conocía se encontraban junto a ella. Las chicas charlaban mientras ellos las miraban como si no pudieran apartar sus ojos de sus rostros.
Amplié la imagen con un nudo en el abdomen y me fijé bien en los detalles.
Crew contemplaba a la mujer de piel más morena, que reía ante lo que Zuri decía.
El otro hombre tenía su vista fija en ella, y Kaia sonreía de lado, casi con timidez, aunque su atención estaba dividida entre ellos y la lejanía.
Al ampliar todavía más la imagen, vi a otro grupo y entre ellos se encontraba Farren con la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos cerrados y una sonrisa enorme, como si estuviera a media carcajada.
Mis pulsaciones se intensificaron ante la posibilidad de que Grant me amenazara también con la niña.
Si había estado vigilando a Kaia durante semanas, tenía que haberla visto.
Eran como dos gotas de agua y estaba claro que ella era la persona más importante para Kaia, a la vez que la más vulnerable, así que eso la convertía en un movimiento seguro a la hora de escalar sus amenazas.