14 Kaia
KAIA
El resto del día pasó sin incidencias, aunque el ambiente se mantuvo tenso y silencioso.
Nadie bromeó, las conversaciones se mantuvieron entre susurros y las caras largas adornaron a todos mis chicos, incluido Marco, que intentaba actuar con normalidad sin éxito.
Y River trabajó aislado de los demás en un rincón de la sala, absorto en sus pensamientos.
Estaba segura de que no comprendía qué me había llevado a actuar de ese modo, tanto con los demás como esos segundos en los que nos habíamos quedado a solas y que mi cuerpo traicionero había aprovechado para acercarse a él.
Todavía sentía un cosquilleo en los labios tras haber dejado un beso ligero sobre su mejilla y me costaba concentrarme en el trabajo pensando en la expresión tan vulnerable que había mostrado en ese instante, como si no esperara ese gesto.
¿Cómo iba a esperarlo si me había sorprendido hasta a mí misma? Pero me había enfurecido tanto que lo atacaran de esa forma, que él permaneciera inmóvil sin responder a los comentarios, que insistiera en marcharse, que no había podido contenerme.
Alcé la mirada cuando una sombra se cernió sobre mí en el jardín y mi abdomen se activó al reconocer sus piernas. Lo miré desde mi posición agachada y dejé que mis labios formaran una sonrisa. Sus ojos se posaron en ellos un instante antes de fijarse en los míos y contemplarme con incomodidad.
—He terminado. ¿Dónde me quieres ahora?
Mi mente me devolvió una imagen no apta para menores que logré expulsar antes de que mis mejillas se hicieran eco de mi rubor. Eché un vistazo al reloj y solté lo primero que se me ocurrió.
—Puedes limpiar las herramientas.
Él asintió y se marchó sin más. Contemplé como se dirigía a la fuente que solíamos utilizar para ello, recogió una pala y la fregó bajo el chorro de agua. Alan se aproximó a él vacilante, le entregó un rodillo en mano y se marchó sin decir nada.
Solíamos amontonar el material que necesitaba ser lavado al final de la jornada junto a la fuente para que la persona que realizara la tarea ese día lo tuviera más fácil.
River se quitó la chaqueta tras terminar con la pala, la dejó unos pasos más allá y se arremangó la sudadera.
No pude evitar fijarme en los tatuajes que decoraban sus brazos, aunque no podía ver los detalles desde donde me encontraba.
Lo que sí podía adivinar eran las líneas de sus músculos cada vez que se movía.
Estaba tan distraída con su cuerpo que me costó ver el coche que se detuvo al otro lado de la valla.
Lo hizo frente a él, aunque no lo vio porque estaba de espaldas.
Sin embargo, tras un par de segundos, River miró por encima de su hombro y se tensó.
Contempló el vehículo —a la persona que estaba al volante— con una expresión que me heló la sangre.
Luego el coche arrancó y siguió su camino hasta que desapareció tras los árboles.
Me puse en pie y me topé con Marco, que se acercaba sonriente.
—Hemos terminado por hoy.
—Lo sé, ya estaba recogiendo —mentí.
Me costaba dejar de trabajar, así que mi amigo hacía años que se encargaba de recordarme la hora cuando llegaba el momento.
Algunos de mis chicos se acercaron todavía con sus rostros alargados.
—Nos vamos, K —murmuró Bran.
—Descansad.
Ellos asintieron, pero no se movieron. Mi pecho se llenó de calidez ante su comportamiento.
—Lo sentimos mucho —añadió Cole.
—Cuando hay confianza hay discusiones, pasa en las mejores familias —aseguré.
—Descansa tú también. —Mike me dio un golpecito en el brazo a modo de despedida.
Los demás lo imitaron y se marcharon hacia sus vehículos. Alan asintió con su cabeza al pasar por mi lado y Larson hizo una mueca.
—¿Quieres que vayamos a tomar algo? —preguntó Marco con amabilidad.
—Necesito recoger a Farren. —Aquella era la respuesta estrella a todas las invitaciones de mi amigo—. Nos vemos mañana.
Él sonrió de nuevo, acarició mi pómulo y se marchó también. Al volverme, vi que River me estudiaba con la mandíbula tensa y mi abdomen dio un brinco.
Jodidas reacciones sin sentido.
Caminé hacia él y esperé en silencio a que terminara con el material y se levantara.
—¿Tienes problemas?
Frunció el ceño sin comprender, o eso quiso hacerme creer.
—¿A qué te refieres?
—El coche que te ha vigilado desde la carretera.
Su mirada se oscureció y sus labios formaron una línea fina.
—No.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—No quiero líos extraños en mis obras —advertí en voz baja—. ¿Han sido ellos los que han robado el material?
—No sé quién ha robado las baldosas.
—¿Quién conducía ese coche?
—No lo sé.
Nos contemplamos en silencio, él con su mirada helada y yo con mi expresión calmada. Ambos con nuestras protecciones en su sitio, unas que conocíamos demasiado bien como para creer que eran reales.
—Necesito que me digas si tienes problemas con alguien —insistí—. Zion puede ayudarte.
Me di cuenta de que no había dicho lo correcto en cuanto las palabras abandonaron mi boca. Su cuerpo se tensó más todavía, sus ojos se volvieron como espejos y los músculos de sus brazos se movieron como si los hubiera flexionado sin querer.
—Nadie puede ayudarme, y menos un policía.
—Zion es mi hermano antes que policía.
—No estoy metido en ningún lío, Kaia. —Dio un paso hacia atrás para recoger el material empapado—. Y me encargaré de averiguar quién está detrás del robo de las baldosas para que no vuelva a ocurrir.
—No. —Mi mano llegó hasta su abdomen a la vez que mi cuerpo se aproximaba al suyo.
Mis dedos agarraron la tela de su sudadera—.
No quiero que investigues nada. Solo quiero que te mantengas apartado de cualquier problema y que, si te ves envuelto en alguna situación de ese tipo, acudas a mí en busca de ayuda.
—No necesito ayuda.
—Lo sé, pero para eso están los amigos.
—No somos amigos. —Mantuvo su mirada fija en la mía, como si quisiera demostrarme que estaba diciendo la verdad, pero su voz lo traicionó.
—Di lo que quieras. —Me encogí de hombros como si nada, recogí el material sobrante y lo llevé hasta la casa.
Sus pasos sonaron a mi espalda. Colocamos las herramientas sobre un papel, le lancé una mirada por encima del hombro y sonreí—.
Supongo que no todas las relaciones de amistad son bidireccionales.
Su ceño se frunció todavía más y masculló algo entre dientes mientras me seguía. Mi corazón dio un tumbo al oír la misma frase que había soltado al conocernos tantos años atrás.
—Hacía tiempo que nadie me decía que era un grano en el culo —admití divertida.
—Me sorprende —masculló al entrar en el coche.
—Puede que solo te saque de quicio a ti.
—Lo dudo. —Su mirada estaba fija en el paisaje que nos rodeaba, aunque su expresión se había relajado.
—¿Te llevo a la cabaña o necesitas parar en el pueblo?
—Déjame en el centro si te va mejor.
—Necesito hacer la compra, no sé si tú también —comenté ya en la carretera. Al ver que dudaba, insistí—. Es más fácil transportar las bolsas en un coche que a pie.
—Todavía no tengo que ir a comprar —dijo al fin.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que quizá no tenía dinero para hacerlo y que todavía quedaba una semana para ingresar la nómina.
—Supongo que no te importará ayudarme entonces.
Él se volvió con el ceño fruncido, pero no dijo nada.
Aparqué delante de la tienda de comestibles cuando llegamos a Sweet Meadows y lo arrastré por toda la tienda mientras llenaba el carro mucho más de lo necesario.
Intercambié unas palabras con Monette, la dueña del establecimiento, y presenté a River como un amigo y compañero de trabajo.
Ella lo miró de forma apreciativa y se sonrojó cuando él tomó todas las bolsas con una mano y se marchó sin decir nada.
Cuando me detuve frente a la cabaña, bajé del coche y él me miró casi con pavor, lo que me hizo sonreír.
—¿No quieres que vea el estado en el que se encuentra? —Señalé la vivienda con la cabeza.
—Tengo que arreglarla.
—Lo supongo, han pasado muchos años.
Cogí cuatro de las nueve bolsas y caminé hacia el porche.
—¿Qué haces? —River intentó frenarme, pero fui más rápida. Abrí la puerta con un empujón fuerte, me adentré en el salón y las memorias me sacudieron con fuerza. Tanta que su pecho colisionó con mi espalda cuando me detuve en seco.
El sofá en el que habíamos pasado tantas tardes abrazados, la chimenea que nos había proporcionado luz y calor mientras charlábamos, el cuadro que yo misma había dibujado y que le había regalado en su cumpleaños; el único que habíamos disfrutado juntos.
Me volví hacia él y vi mis mismas emociones reflejadas en sus ojos, aunque lo disimuló con rapidez.
—¿Qué quieres? —preguntó en un susurro.
Parpadeé varias veces para obligar a mi mente a volver al presente y sonreí una vez más. Le guiñé un ojo, fui hacia la cocina y abrí la nevera después de dejar las bolsas en el suelo. Estaba vacía, como imaginaba. Empecé a colocar los alimentos en ella, pero River me sujetó una mano con suavidad.
—No necesito que llenes mi nevera.
—Lo sé, pero quiero hacerlo igualmente.
Tiré de mi mano y él me soltó. Seguí con mi tarea hasta que él suspiró y se encargó de vaciar las bolsas y tenderme los paquetes. Cuando terminamos, le sonreí de forma abierta.
—Mañana quiero comer estofado.
Su rostro permaneció impasible, pero su mirada se aclaró.
—¿Por eso has comprado los ingredientes?
—Sí. —Lo dije sin vergüenza, con total seguridad—. Y no quiero una ración pequeña.
—Lo tendré en cuenta. —Esa vez una de sus comisuras vibró y mis pulsaciones se volvieron locas ante ese gesto casi imperceptible.
—Bien.
Lo rodeé sin tocarlo, a pesar de que mis dedos palpitaban de las ganas que tenían de hacerlo; llegué hasta la puerta y la abrí. Él me siguió a cierta distancia.
—Gracias —musitó casi con timidez. Mi corazón dio un salto contra mis costillas.
Me encogí de hombros y sonreí.
—Mañana te recogeré una hora antes. Necesito pasar antes por la otra obra.
—Sin problema.
Asentí, me di la vuelta y caminé hacia mi coche con toda la calma del mundo, la que siempre aparentaba y la que en ese momento desde luego no sentía. Alcé la mano antes de arrancar; él me devolvió el gesto y me marché con un cosquilleo incesante en el abdomen.