Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 12 Kaia
32%

12 Kaia

KAIA

Había dejado a River en la obra, les había dado instrucciones a los chicos y me había marchado antes de que mis manos se pusieran a trabajar porque necesitaba poner al día la parte que más aborrecía de mi negocio: el papeleo.

Contaba con un gestor que me ayudaba de vez en cuando, pero no quería desentenderme del todo de aquella tarea porque consideraba que ser la dueña conllevaba una serie de responsabilidades y no todas se podían delegar, al menos, no completamente.

Odiaba los números y mi cerebro intentaba apagarse cada vez que le ponía una factura delante; siempre había sido así, incluso durante mi tiempo en el instituto de Sweet Meadows.

Sin embargo, desde un inicio había decidido que me haría cargo de incluso lo que más aborreciera porque eso significaba que había conseguido cumplir mi sueño y crear mi propia empresa.

Entré en la oficina con un suspiro y Val se echó a reír al verme.

—Pensaba que esta vez el papeleo te vencería y Richard tendría que encargarse de todo —me dijo a modo de saludo.

—Tengo dos horas —farfullé desganada.

Me dirigí a mi despacho, me dejé caer en la silla y encendí el ordenador. Ni siquiera pude distraerme mientras revivía porque no tardaba ni tres segundos en hacerlo.

Val entró con una taza de café y una caja de cartón en la mano. Me enderecé como si así pudiera ver lo que había en su interior y ella disimuló una sonrisa.

—Para que te animes un poco. —Dejó todo sobre el escritorio y esperó a que abriera la caja.

—Te adoro. No sé qué haría sin ti.

Fui a coger el trozo de pastel, pero me apartó la mano de un movimiento, lo que hizo que yo bufara como un gato.

—Solo la mitad. La otra mitad será tu recompensa al finalizar la tarea.

Fruncí el ceño de una forma muy parecida a como lo hacía Farren cuando no le gustaba algo y luego puse los ojos en blanco.

—De acuerdo. —Acerqué la mano de nuevo, esa vez con desconfianza, pero mi secretaria y amiga no me lo impidió, así que me llevé un trozo a la boca y se me escapó un gemido—. ¿Lo ha hecho Eden?

—Por supuesto. Le pedí que preparara uno para darte ánimos. Seguro que te ha guardado un trozo más grande en el hostal.

Sentí una oleada de calor al pensar en ella, en todos mis amigos, mi familia.

—Voy a revisar esto —suspiré al terminar la mitad acordada.

Bebí un trago largo de café, abrí las carpetas correspondientes y casi me puse a llorar al ver la cantidad de facturas que tenía pendientes, las de los últimos tres meses. ¿Por qué no las había revisado de forma mensual como debía?

—Estaré en la recepción, querida.

Asentí con un puchero y me concentré en la primera.

Fue doloroso, pero cogí ritmo rápido y las fui organizando conforme las leía y comprobaba que todo era correcto, hasta que encontré una que no entendí.

Busqué el contrato con ese proveedor que no me sonaba de nada y lo encontré entre los de los demás.

Lo leí con atención, revisé la fecha y volví a la factura.

Siempre trabajábamos con las mismas empresas, ¿cuándo habíamos cambiado a aquella?

La busqué por internet, confirmé que se encontraba en Bartlett, que los datos coincidían con los del contrato y cerré los ojos en un intento de hacer memoria, pero mi cerebro me devolvió una imagen en blanco.

Volví a la factura y comparé los precios estipulados.

Eran más elevados de los que solíamos aceptar; claro que llevábamos tanto tiempo con nuestros proveedores que solían hacernos algunos descuentos.

Me centré en los materiales comprados y vi que eran los que siempre utilizábamos. ¿Por qué los habíamos adquirido a través de otra empresa y con un coste más elevado? No tenía ningún sentido.

Eché un vistazo al reloj y maldije al ver que llevaba casi media hora atascada con esa factura.

Necesitaba avanzar o no terminaría a tiempo, así que busqué el contacto de Marco y esperé.

Él no se encargaba de ese tipo de tareas, pero solía contárselo todo; seguramente habríamos hablado de un nuevo proveedor.

—Hola, preciosa.

—Marco, ¿te suena una empresa llamada Concrete and Water? —Se hizo el silencio al otro lado, así que volví a hablar—. Tenemos un contrato y una factura con ellos.

—Ah, debe ser la empresa que nos suministró material cuando Elliot tuvo aquel problema de stock. ¿Recuerdas que hace un par de meses no pudimos gestionar la compra con él?

—Tienes razón. —Aquello sí que me sonaba.

—Encontramos ese proveedor en Bartlett y, aunque sus precios eran más elevados, nos facilitaba el material al día siguiente.

—Ya me acuerdo. Gracias, llevaba media hora parada con esto.

—¿Quieres que me acerque y te eche una mano?

Sonreí ante su tono amable. Marco siempre estaba dispuesto a ayudarme con lo que fuera.

—No te preocupes, solo me quedaré treinta minutos más y volveré a la obra. ¿Cómo vais?

—Bien, avanzamos con rapidez y sin ningún incidente.

—¿No hay más desastres ocultos? —bromeé más relajada tras descubrir de qué iba esa factura.

—Ni uno. Crucemos los dedos para que se mantenga así hasta mañana. —Él se echó a reír.

—Perfecto, pues nos vemos en un rato.

—Avísame si encuentras algo más que no cuadre; seguro que podremos sacarlo entre los dos.

—Gracias, Marco.

—Estoy aquí para ti, K.

—Lo sé.

Colgué la llamada, eché un vistazo al pastel que me esperaba y me obligué a centrar mis ojos en las ocho últimas facturas que quedaban. Sin embargo, el rostro prohibido se abrió hueco en mi mente y me retó con su mirada intensa y azul.

—No.

Mi voz sonó clara y fuerte, aunque no sirvió para que River desapareciera.

Hice rodar mis ojos porque lo último que me faltaba era volverme majara por su culpa y le prometí al estúpido de mi cerebro que podríamos deleitarnos con su cara y su cuerpo en menos de una hora si me ayudaba a revisar las facturas que quedaban. No le hizo gracia, pero accedió.

Treinta minutos más tarde salí del despacho con el pastel en la boca, el café frío en una mano y la carpeta de los contratos en la otra. Me detuve en la recepción y le tendí el vaso de cartón a Val, que se echó a reír. Al darme cuenta de lo que había hecho, lo intercambié por la carpeta.

—Dile a Richard que ya puede ponerse con las facturas de este trimestre —balbuceé con la boca llena.

No sé cómo me entendió, pero Val asintió sonriente.

—No conozco a nadie que tenga tanta prisa por volver al trabajo, y menos a uno tan cansado y exigente como el tuyo.

Me encogí de hombros porque no quería volver a enseñarle el contenido a medio masticar ni tampoco perder tiempo.

—A menos que estés ansiosa por ver a cierto hombre con unos músculos impresionantes y una mirada de infarto.

Solté un sonido que pretendía ser de burla, pero me atraganté y empecé a toser. Ella negó con la cabeza, me tendió una servilleta y me ofreció su vaso de agua. Mastiqué y tragué mientras trataba de mantener la tos bajo control para no desperdiciar ni una miga y luego vacié el vaso de agua.

—Joder, casi me asfixio —solté cuando pude hablar.

—De tal palo, tal astilla —comentó risueña—. A Farren le ocurrió lo mismo el otro día mientras te esperaba.

La contemplé con el ceño fruncido.

—¿Con qué se atragantó exactamente?

—Con un trozo de tarta de chocolate —admitió con calma.

—Pensaba que sus expresiones de pena no te afectaban. ¿Es que no hay nadie en este pueblo capaz de decirle que no? —suspiré.

—Tú, y no siempre.

—No sé qué pasará cuando se haga mayor —mascullé entre dientes.

—Que conseguirá todo lo que quiere, aunque con esfuerzo y trabajo.

—Eso espero —ladré antes de que la puerta se cerrara a mi espalda.

Mi hija era responsable y demasiado astuta para su bien, y tenía una adicción insana al azúcar, lo que no lograba controlar porque sus tíos y, en general, cualquier persona que vivía en el pueblo le entregaban dulces cada vez que ella los miraba de una determinada manera.

Los tenía a todos en sus manos; era increíble.

Por suerte, no era un comportamiento generalizado.

No utilizaba sus encantos en el colegio o para lograr sus objetivos, solo para que le ofrecieran pasteles, caramelos y chocolate.

Conduje con un nudo en el abdomen porque esa mañana no había intercambiado ninguna palabra con River, como los días anteriores desde que me había asegurado que había sido el autor del crimen.

Seguía sin creerlo, aunque había aprovechado para incrementar la distancia entre nosotros porque cada vez me costaba más mantener mis sentimientos a raya y hasta yo sabía que no era una buena idea dejarlos fluir, al menos por el momento.

Aun así, mi cuerpo, mi mente y mi corazón reaccionaban a él y eso no podía frenarlo, solo disimularlo con mi expresión siempre compuesta y relajada.

Nadie tenía por qué saber que mi interior era un volcán cada vez que me encontraba junto a él, aunque de alguna forma sabía que él podía adivinarlo. Siempre lo había hecho.

Detuve el coche junto a los de los demás, bajé de un salto y fruncí el ceño al no ver a nadie en el jardín. Tampoco oí el murmullo de las herramientas que solían acompañarnos: taladros, hormigoneras, martillos.

Qué extraño.

Me acerqué a la casa y oí voces. Me tensé de inmediato porque, aunque no podía entender las palabras todavía, el tono era agresivo y airado. Al entrar en la sala principal encontré a todos mis chicos enzarzados en una discusión: River y Marco estaban a un lado y los demás al otro.

—¡Ha sido él! —ladró Larson con el dedo hundido en el pecho de River, que lo contemplaba como si estuviera a un segundo de rompérselo de un movimiento.

—No tenemos ninguna prueba. —Marco trató de ser razonable—. Él ha llegado a la misma hora que nosotros esta mañana, y lo ha hecho con Kaia.

—Lo habrá hecho durante la noche.

Varias voces le dieron la razón y el rostro de River se oscureció todavía más.

—Os advertí que solo nos traería problemas. —Larson volvió a colocar su dedo sobre el pecho musculoso.

—No me toques —murmuró River con un tono tan letal que se hizo el silencio.

Crucé la sala con rapidez, aparté el dedo de Larson de un manotazo y me colé entre ellos, lo que hizo que mi espalda descansara directamente en su cuerpo.

—¿Qué narices está pasando aquí?