11 River
RIVER
Pretendía pasar un rato en el bar situado en la calle principal, pero había visto como Nyla, una de las amigas de Kaia, entraba en él acompañada de Farren. No había podido olvidar su nombre, tampoco su aspecto; al fin y al cabo, era idéntico al de su madre.
Por eso me había alejado de allí a toda prisa, temeroso de que me viera, a pesar de no conocerme.
Y eso me había llevado a girar la esquina y toparme con ella.
Mis manos habían salido disparadas hacia su cintura sin mi permiso y la habían acercado más de lo necesario a mi cuerpo, aunque ella se sorprendió tanto por el impacto que no se percató de ello.
Sin embargo, su amiga Zuri sí que lo vio.
Su mirada había escaneado nuestros cuerpos con rapidez, como si estuviera acostumbrada a estudiar cada detalle de todo lo que ocurría a su alrededor. Kaia me había hablado de ella cuando estuvimos juntos, me había contado que era capaz de sentir lo que otros sentían a su alrededor.
Hui también de ella porque tenerla tan cerca, notar su cuerpo bajo mis dedos y ver esa expresión tan clara hizo que mis tripas temblaran, y no podía permitir que eso ocurriera. Debía mantener la distancia con ella porque lo último que quería era herirla de nuevo.
Había transcurrido una semana desde nuestra charla, siete días en los que apenas nos habíamos dirigido la palabra.
Kaia me había recogido en casa cada mañana y me había traído de vuelta cada tarde sin excepción, pero no habíamos vuelto a conversar como ese día.
Las pocas veces que me había hablado había sido para saludarme o darme instrucciones en la obra, nada más.
Y yo había mantenido mi silencio en un intento de no acortar la nueva distancia que había creado entre nosotros.
Jamás habría pensado que me considerara inocente del crimen, aunque ella siempre había querido ver mi mejor versión, incluso antes de que yo mismo considerara que podía existir.
No conocía mi pasado; en su día decidimos que era mejor no tocar ese tema, así que solo le conté algunas pinceladas: que mi infancia no había sido fácil y que había tomado la vía más directa.
Jamás le hablé de Grant porque no podía confesar lo que había sido capaz de hacer por él, en quién me había convertido durante tantos años, el tiempo que me había costado buscar otra manera de vivir.
Tampoco le expliqué en lo que estaba metido, en que ese desgraciado la tenía en el punto de mira, en lo que pretendía obligarme a hacer.
Sacudí la cabeza con violencia para sacar esos pensamientos de mi mente.
Miré a mi alrededor y me percaté de que me encontraba a las afueras del pueblo, así que me dirigí a la cabaña, aunque no me apetecía nada volver allí.
Aquel lugar me recordaba demasiado a ella, a los momentos que habíamos pasado juntos entre esas cuatro paredes.
Mi teléfono vibró en el bolsillo de mis pantalones. Fruncí el ceño, porque solo dos personas tenían ese número, y con una acababa de toparme en la calle.
¿Has tomado ya una decisión?
Apreté la mandíbula al reconocer el número.
Bloqueé la pantalla y volví a guardarlo sin responder.
Llegué a la cabaña, abrí la nevera y contemplé mis opciones.
Preparé lo que pude con lo primero que vi y me lo comí en silencio sentado en las escaleras del porche.
Me tensé al oír un ruido. Unos ojos brillantes me contemplaban desde el otro lado de la maleza.
Nos estudiamos en silencio durante un buen rato antes de que se movieran.
El zorro se acercó con calma y se detuvo a pocos metros; luego se sentó sin desviar su mirada de la mía.
Me llevé otra cucharada a la boca antes de dejar el plato sobre las escaleras y meterme en casa. Cuando pasé por la ventana, vi que olisqueaba la comida. Fregué la cuchara, bebí un vaso de agua y volví a detenerme frente a la ventana. Ya no había rastro del zorro, tampoco del plato.
Genial.
Me dejé caer en el sofá y miré el techo de madera.
Estaba lleno de humedades y telarañas, igual que las paredes.
Cerré los ojos, pero su rostro lo invadió todo.
Vi sus ojos verdes llenos de esperanza y calidez y luego la expresión que puso cuando le aseguré que había cometido el crimen.
Ese brillo había desaparecido para dar paso a una emoción más oscura.
Había esperado ver terror en ellos, aunque fue dolor lo que los invadió. Dolor ante lo que había hecho. Y furia.
Coloqué un brazo sobre mis ojos en un intento de hacerla desaparecer, pero fue imposible. Kaia siempre había vivido en mi pensamiento, desde el momento en el que su mirada había entrado en contacto con la mía aquel primer día bajo las órdenes de Bobby.
Me levanté de un salto cuando fue un rostro infantil el que se coló junto al de ella y un pinchazo me dejó sin respiración. No quería pensar en que había mantenido una relación seria con alguien y que de esa unión había salido Farren.
Joder, la pequeña me obsesionaba casi tanto como su madre. Porque era suya, porque era una copia idéntica.
Me levanté de un salto, agarré la caja de herramientas y salí de nuevo al porche. Había encontrado unas maderas viejas en el garaje. No eran del mismo tono, pero servirían para reparar el agujero. Comprobé que ningún animal había caído en él antes de taparlo y asegurar la tarima.
Hice una mueca ante el parche, pero no tenía dinero en aquel momento para hacer algo mejor. Hasta que no cobrara mi mensualidad no revisaría materiales ni haría planes de reforma. Tampoco tenía prisa por ver la cabaña arreglada, aunque sí que necesitaba la distracción para mantener mi mente a raya.
Mi teléfono volvió a vibrar en mi bolsillo y esa vez no tuve duda de quién se trataba. Grant odiaba que no le respondieran al instante, y yo lo había ignorado.
Me estoy cansando de esperar.
Y yo de su maldito juego desde hacía tantos años.
Dejé el aparato sobre las escaleras, di unos pasos por el jardín —más bien por el bosque que rodeaba la cabaña— y me tumbé en el suelo.
Coloqué los brazos bajo mi cabeza, fijé la mirada en el cielo negro plagado de estrellas brillantes y dejé que la inmensidad se adueñara de mí.
La brisa helada azotaba mi rostro sin que calara en mis huesos.
Había pasado frío, hambre, miedo, dolor durante tantos años que había aprendido a ignorarlo todo, a desentenderme de esas emociones, a apagar el interruptor que las controlaba.
Me quedé allí inmóvil durante horas hasta que me cansé de mis pensamientos y decidí refugiarme en el interior de la cabaña. Recogí el teléfono al pasar junto a él y comprobé que no tenía mensajes nuevos, pero sí seis llamadas del mismo número.
No me importó lo más mínimo.
No pensaba volver con él.
Y tampoco iba a permitir que se acercara a Kaia.