9 River
RIVER
Marco me ofreció sentarme en el asiento delantero, pero lo rechacé; necesitaba mantener una distancia de seguridad con Kaia. Había estado a punto de cometer una locura en el interior de esa casa y solo hacía unas horas que nos habíamos reencontrado.
No era como si me sorprendiera; desde el primer instante en el que la había visto había sentido una atracción casi incomprensible por ella.
La forma que tenía de mirarme, como si no me temiera ni siquiera cuando todavía no me conocía, como si pudiera ver en mi interior, como si pensara que era una persona normal.
Aparté esos pensamientos de un golpe y me centré en la conversación.
Marco charlaba animado sobre lo que parecía ser una película o una serie.
Me tensé de nuevo ante la idea de que la vieran juntos en el sofá de su casa.
A Kaia solía encantarle acurrucarse en mi pecho, pegarse a mi cuerpo en busca de calor, enterrar su rostro en mi cuello.
¡Joder!
Intenté apagar ese botón que creía tener, el mismo que me había ayudado a vivir bajo las órdenes de Grant en un inicio y a soportar esos años en prisión, pero parecía haber dejado de funcionar, igual que ocurrió al conocerla.
Kaia tenía el poder de desestabilizar todo mi mundo solo con su presencia.
Llegamos a otro terreno en el que el equipo iba mucho más avanzado.
Me presentó a todo el mundo, me contó que quedaban pocos días para terminar ese trabajo y me enseñó cada rincón de la vivienda.
Narró lo que habían hecho, me mostró los documentos con los planos que ella misma había creado y parte del material utilizado.
Luego echamos una mano hasta que sentenció que debía marcharse. El camino de vuelta fue idéntico al de ida, su charla en la que no me entrometí, solo cuando Marco me lanzó alguna pregunta de cortesía. Nos detuvimos en la primera obra y Kaia habló antes de que pudiera apearme del vehículo.
—Siéntate delante.
—Pensaba que mi turno terminaba a las cinco.
—Es tu primer día; siempre os dejamos en libertad un poco antes —respondió ella.
Marco se echó a reír.
—Es cierto, pero eso solo ocurre hoy, así que aprovecha la oportunidad. Nos vemos mañana, preciosa. —Le dio una palmada en la mano a Kaia y salió de la furgoneta. Me hizo un gesto con la mano desde fuera y se alejó con paso rápido.
—Venga, que quiero sorprender a Farren.
Salí yo también, me senté delante y la contemplé sin entender nada.
—¿Quién es Farren?
Ella se tensó, aunque fue solo un instante; luego me miró de reojo.
—Mi hija. Quiero ir a buscarla al colegio. Necesito llamar a Reid un momento.
Manipuló su teléfono, conectó el altavoz y arrancó.
—Qué raro que me llames —respondió él al segundo tono.
—Te llamo muchas veces —suspiró ella—. Acabo de salir del trabajo, así que no hace falta que recojas a Farren.
—Adoro recoger a mi sobrina. —Su voz sonó casi desilusionada—. ¿Qué haré hasta que Eden salga del hostal?
—¿Molestar a Nyla y Atlas?
—Me gusta más hacerlo con Farren. ¿La vas a llevar al bar? Si es así, voy para allá.
—No, haremos los deberes juntas en casa. —Kaia volvió a mirarme de reojo—. Ve a casa de Dax si no tienes nada que hacer. O ayuda a Sylvie en el refugio.
—Nada es comparable a la locura del pequeño terremoto —se quejó él—. Por cierto, ¿cómo ha ido el…?
—Bien, tengo que dejarte —lo cortó ella—. Estoy conduciendo y necesito toda mi atención en la carretera.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
Y colgó.
Permanecimos en silencio unos minutos, ella con la vista fija al frente y yo en el paisaje. Entramos al pueblo poco después.
—Déjame aquí mismo. No quiero que llegues tarde por acercarme a la cabaña.
—Farren no sale hasta las cinco.
Miré el reloj en la pantalla del vehículo; quedaba una hora por delante.
El silencio nos rodeó de nuevo mientras recordaba la despedida de Marco.
Le había tocado una mano, no se había acercado a darle un beso, aunque puede que fuera por mí, porque me encontraba en el coche con ellos.
Marco sabía que habíamos estado juntos en el pasado; lo más seguro era que se sintieran incómodos por mí.
Entonces, la última frase que había soltado resonó en mi mente.
«Nos vemos mañana, preciosa.»
¿Mañana?
—Hemos llegado. —Kaia me contempló con curiosidad.
Había detenido el coche frente a la cabaña y esperaba a que me bajara del coche. Sin embargo, mi cuerpo no se movió, demasiado confundido para procesar ese detalle que no dejaba de repetirse en mi mente.
—¿No vives con Marco?
Mis palabras nos sorprendieron a ambos por igual. Ella abrió mucho sus ojos y su boca antes de sonreír de lado.
—¿Por qué iba a vivir con él? ¿Crees que mis ofertas de trabajo van acompañadas de una habitación en mi casa?
Solté un sonido molesto, me crucé de brazos y fijé mi mirada en su rostro.
—Pensaba que erais una familia.
—Lo somos. —Respondió de inmediato y mi abdomen dio un vuelco—. Por eso me cuesta tanto encontrar personal nuevo.
La miré sin comprender hasta que me percaté de que hablaba de su equipo.
—Me refiero a Marco, Farren y tú.
Mierda, no sabía por qué estaba hurgando en la llaga.
Ella se echó a reír, aunque no había ninguna diversión en sus ojos.
—Jamás he tenido nada con Marco. Es mi mano derecha, el que más tiempo lleva trabajando conmigo.
—¿No es el padre de tu hija?
No entendía nada.
—No. Solo somos nosotras dos. —Su voz se fue apagando y me quedó claro que era un tema delicado, así que no pregunté más. Quizá se había marchado o había muerto. —No necesitamos a ningún hombre con nosotras.
Alzó ambas cejas al lanzarme esa flecha directa al pecho. Yo la había abandonado al entrar en la cárcel y no acceder a sus visitas, y lo había hecho sin darle ninguna explicación.
Asentí con la cabeza, abrí la puerta y salí sin decir nada más. ¿Para qué?
Avancé dos pasos antes de oír su puerta.
Me giré para contemplarla. Vino hacia mí decidida y por un instante temí que fuera a besarme, aunque me reí de mi propio pensamiento.
Era mucho más probable que me diera un puñetazo en lugar de un beso, pero no hizo ninguna de las dos cosas.
Se detuvo frente a mí con su mirada verde fija en la mía.
—¿Por qué?
Supe a qué se refería; sin embargo, preferí hacerme el tonto.
—¿Qué?
—¿Por qué aceptaste la condena?
Mi corazón se saltó un latido y todo el aire de mis pulmones desapareció. Pensaba que quería saber el motivo por el que no había accedido a sus visitas.
—¿A qué te refieres? —Mi voz fue un susurro ronco.
—Ni siquiera aceptaste una defensa en condiciones.
—No era necesario.
Sus ojos se incrustaron en los míos y temí que pudiera ver el interior de mi mente y encontrar todos los secretos que había guardado a lo largo de mi vida.
—Las pruebas no eran directas. Esa condena se debió a tu confesión. —Lo dijo con tanta rabia bajo su expresión calmada que mis pulsaciones se descontrolaron.
—Necesitaba cumplir con el castigo.
—¿Por qué?
Bum. Bum. Bum.
Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo de forma tan clara como la voz de la única mujer que había logrado derrumbar todas mis defensas.
—Por el crimen cometido.
Su ceño se frunció todavía más.
—Tú no lo hiciste.
Mi corazón se detuvo del todo y una presión enorme se instaló en mi pecho.
¿No creía que hubiera matado a un hombre? ¿Por eso se había pasado los siguientes dos meses intentando visitarme? ¿Todavía pensaba que era una buena persona a pesar de que había intentado convencerla de lo contrario durante el tiempo que habíamos estado juntos?
—Sí lo hice.
Dos largos segundos pasaron mientras sus ojos escrutaban los míos en busca de la verdad. Luego vi la duda en su rostro, aunque solo fue un instante, pero el suficiente para sentir un dolor agudo en el abdomen.
—Pagué por lo que debía —insistí con un gruñido.
Luego me di la vuelta y avancé hacia la cabaña sin girarme ni una sola vez.
Cerré la puerta a mi espalda, me apoyé en ella y solté una retahíla de maldiciones entre dientes.
No me atreví a moverme hasta que oí el motor del coche.
Conté hasta diez antes de echar un vistazo por la ventana y confirmar que Kaia se había marchado.
Di unos pasos por el salón sin saber qué hacer con esa sensación tan cruda que me oprimía el abdomen y lo único que se me ocurrió fue incrustar mi puño en la pared. Los ladrillos no evitaron que se resquebrajara, pero al menos no se formó un agujero como habría ocurrido de estar hecha de madera.
Contemplé el desperfecto con el corazón a mil y me centré en el dolor que comenzaba a extenderse por mi mano.
Me acerqué a la cocina, abrí el grifo y coloqué mis dedos bajo el chorro de agua.
Sentí un alivio inmediato, aunque no me sirvió para controlar los pensamientos que inundaron mi mente, todos sobre ella.
Sobre nuestro pasado y sobre el presente.
Imágenes que sabía que no podría ignorar y aún menos sabiendo que no había rehecho su vida.