8 Kaia
KAIA
No podía dejar de lanzarle miradas furtivas mientras trabajábamos. Era incapaz de controlar el impulso de contemplarlo, de memorizar los cambios sutiles que el paso del tiempo había implementado en su rostro, en su cuerpo. El más aparente era la cantidad de masa muscular que había ganado.
Siempre había sido un hombre imponente, alto y con los músculos bien definidos, pero en ese momento podía vislumbrarlos incluso a través de la ropa.
La sudadera no le quedaba tan ancha como al resto, a pesar de que Val me había asegurado que le había entregado la talla más grande de la que disponíamos. Y los pantalones…
Desvié la mirada avergonzada.
¿Desde cuándo ojeaba cuerpos ajenos de esa manera?
No desde hacía diez años, eso por descontado.
River había llamado mi atención en el instante en el que se había unido al equipo de Bobby y había aparecido en la obra el primer día.
Nuestro jefe lo presentó con una sonrisa e intentó hacer una broma, pero él mantuvo su expresión fría e impasible.
Su mirada siempre entrenada hacia delante, como si no quisiera conocernos, aunque el dueño de la empresa no permitió que trabajara por su cuenta y lo emparejó conmigo.
Sentí una punzada en el pecho al recordar cómo se había tensado su mandíbula al mirarme. Sus ojos se habían mantenido en mi rostro sin descender por debajo del cuello, algo que no solía ocurrir en un trabajo donde reinaba la masculinidad.
No abrió la boca durante la primera semana, solo se comunicó conmigo a través de gestos o miradas.
Asentía o negaba con la cabeza, nada más, como si tuviera que proteger su voz.
Lo único que me consolaba era que se comportaba de igual forma con los demás, así que no parecía ser algo personal hacia mí.
No me importó demasiado. En aquel entonces todavía trataba de demostrar mi valía en aquel sector, así que mi atención estaba focalizada en el trabajo y mis amigos, nada más.
Jamás me había sentido atraída por nadie; había estado siempre muy ocupada con salir adelante y me costaba una barbaridad confiar en las personas.
Sin embargo, con él me sentía cómoda, más que con ningún otro de mis compañeros, a pesar de llevar varios años compartiendo trabajo con alguno de ellos.
Que River no pareciera interesado en ganarse mi simpatía había logrado que me gustara formar equipo con él. Podía perderme en mis pensamientos porque sabía que no los interrumpiría y de alguna manera intuía que no estaba nada pendiente de mí, así que podía ser yo misma y relajarme en su presencia.
—Este lateral también está terminado.
Mis memorias se desvanecieron ante el tono ronco y suave de su voz, el mismo con el que me había sorprendido la primera vez que me había dirigido la palabra.
—Echemos un vistazo. —Me obligué a no contemplarlo durante más de los dos segundos de cortesía y me encaminé hacia el lugar en el que había estado trabajando las últimas tres horas en completo silencio.
Marco se había acercado a él en varias ocasiones con una sonrisa y algunos comentarios amables, pero River había sido escueto en sus respuestas, algo a lo que mi compañero ya se acostumbró años atrás.
Los demás parecían más silenciosos de lo habitual, concentrados en sus tareas al otro lado de la vivienda.
Era extraño; mis chicos solían bromear y reír durante toda la jornada laboral.
El ambiente que se respiraba en las obras era ligero y divertido, y eran los primeros en integrar a los nuevos compañeros, aunque ese en concreto fuera duro de roer.
Su expresión ceñuda, su mirada intensa de ese color azul tan frío y su tamaño no invitaban a acercarse a él.
Era todo fachada, al menos la parte más importante.
No era tan ingenua como para creer que su historial estaba limpio; él mismo había admitido que había tenido que sobrevivir un tiempo en la calle y que para ello había hecho cosas de las que no estaba orgulloso, pero sabía que no quería continuar por aquel camino.
Durante aquellos meses pude comprobar que su corazón no era de color negro como él parecía creer.
Sus gestos, sus hechos me lo demostraron, aunque luego todo cambiara.
Aparté aquellos pensamientos de mi mente y me concentré en el muro que tenía delante. Examiné cada detalle, confirmé que tenía buen aspecto y me volví hacia él. Ignoré el pinchazo que sentí en el abdomen al percatarme de nuestra cercanía y asentí.
—Buen trabajo. —Miré a mi alrededor para calmar mis pulsaciones y buscar otra tarea para él—. Ayuda a Larson y Alan, por favor.
Su mandíbula se tensó, asintió y fue para allí.
Esa vez mantuve mi vista fija en él con la excusa de adivinar su reacción, no porque me estuviera resultando casi imposible concentrarme en mi trabajo.
Ambos alzaron la cabeza cuando él se aproximó y vi cómo el rostro de Larson se arrugaba. Alan contempló a River con miedo.
Intercambiaron unas palabras y mis chicos me lanzaron una mirada. Al percatarse de mi atención, ambos asintieron, aunque no pudieron ocultar la tensión en sus cuerpos. Larson dijo algo más, señaló el material que quedaba por descargar y River se inclinó sobre él para ponerse a trabajar.
Sentí una oleada de furia al comprobar que le habían asignado la tarea que nadie quería hacer, una muy tediosa y cansada, que era mover el material más pesado de un lugar a otro.
El camión lo dejaba donde podía y nosotros debíamos organizarlo y guardarlo dentro de la vivienda para mantenerlo a resguardo.
Y ese día habían llegado casi trescientos kilos de cemento y arena.
Siempre había odiado que los recién llegados tuvieran que realizar esas tareas, por eso no lo permitía en mi equipo.
Los nuevos debían aprender nuestra forma de trabajar, así que solían observar y ayudar en tareas mucho más importantes mientras que el material se guardaba por turnos; cada uno se encargaba de ello durante unos treinta minutos a lo largo de la jornada.
De esa forma ni se hacía tan pesado ni se generaban dolores de espalda.
Me mordí la parte interna de la mejilla y volví a mi tarea, aunque no dejé de vigilar lo que ocurría en aquel rincón.
Marco charló de forma despreocupada como siempre mientras yo me quedaba con cada detalle: el ceño fruncido de Larson cada vez que miraba a River, la expresión preocupada de Alan, el tiempo que River dedicaba a organizar el material.
Mi malhumor escaló cuando pasaron cuarenta y cinco minutos y nadie se ofreció a continuar con la tarea.
—¿Te importa terminar esto? —murmuré con la vista fija en River.
—Claro que no. ¿Ocurre algo? —Marco aceptó las herramientas que le tendí.
—No lo sé.
Me alejé de él sin prestarle demasiada atención, crucé el jardín e ignoré a Larson y Alan cuando pasé por su lado. Me detuve junto a los palés llenos de sacos y contemplé cómo River transportaba otros cuatro hacia el interior de la casa.
No necesité revisar el peso de los paquetes, lo conocía de sobra; cada uno era de veinte kilos.
Salió de allí con la mirada centrada en el suelo, algo que solía hacer cuando trabajábamos para Bobby.
Era su forma de ignorar a todo el mundo y evitar acercamientos y conversaciones indeseadas, aunque conmigo nunca había funcionado.
Se detuvo en seco al verme.
—Es mi turno —comenté con calma. Me agaché para recoger dos sacos, evité hacer una mueca de esfuerzo y lo miré de la forma más indiferente que pude—. Ayuda a Marco, por favor.
Di un paso, pero River se colocó frente a mí y se adueñó de los sacos con el ceño fruncido.
—Eres la jefa —apuntó sin moverse.
—¿Y qué? —Hice ademán de recuperarlos, pero no los soltó.
—Que no deberías hacer este trabajo.
Su tono me indicó que no pretendía ofenderme; su rostro denotaba incomprensión.
—Todos realizamos las mismas tareas. Las más pesadas o tediosas no son para los recién llegados; nos turnamos a lo largo del día.
—No me importa hacerlo. —Dio un paso hacia atrás, pero sujeté los sacos con toda la fuerza que pude.
—Me parece genial, pero no vas a organizar todo esto tú solo. Ya has estado aquí un buen rato, así que ahora seguiré yo y después lo hará otro compañero. Dame los sacos, por favor.
Su mandíbula se tensó, pero me tendió uno. Enarqué una ceja, hizo chirriar sus dientes y colocó el otro encima con suavidad, como si temiera que fuera a hundirme bajo el peso.
Eché a caminar todavía enfadada con Larson y Alan.
También nerviosa porque cada vez que me acercaba demasiado a River o que intercambiaba una frase con él, mi abdomen se volvía de gelatina.
No importaba que hubieran pasado diez malditos años y que hubiera decidido terminar con la relación de forma unilateral; mis sentimientos parecían haber pasado todo ese tiempo adormecidos y se habían despertado casi con la misma fuerza al verlo el día anterior.
Debería haberme sentido furiosa con su comportamiento, asustada ante su condena, humillada por mi reacción al volver a verlo, pero lo único que había sentido desde entonces era un dolor intenso al pensar en cómo se estaría sintiendo él.
Mi interior me decía que todo aquello no era lo que parecía, que alguien se había equivocado, que él había acudido al lugar equivocado en el peor momento posible.
Dejé caer los sacos sobre los que ya estaban colocados y solté un gruñido lleno de frustración. Me había prometido que no sacaría el pasado a relucir, que lo dejaría estar, que aceptaría su decisión después de tantos años, pero no tenía ni idea de si podría cumplir con ello.
Chuté con rabia un tornillo que vi en el suelo y me detuve en seco al ver a River en la puerta con cuatro sacos en sus manos. Me contempló sorprendido, sus ojos escanearon por primera vez mi cuerpo y yo enrojecí; no por su mirada, sino porque hubiera visto mi gesto infantil.
—¿Por qué sigues cargando sacos? —mascullé.
—Porque terminaremos antes si lo hacemos los dos. Y porque no quiero que levantes tanto peso —admitió de mala gana.
—¿Te crees que no puedo con dos sacos? —Esperé a que descargara los suyos para clavarle un dedo en el pecho. Sus labios se volvieron una línea fina—. Llevo haciéndolo más de quince años; te aseguro que puedo con ellos y con mucho más.
Sus ojos se oscurecieron un tono y ese detalle fue suficiente para que mi corazón se desbocara. Fui incapaz de mantener la concentración donde debía y, en su lugar, me distraje con su barba y el tatuaje de su pómulo izquierdo.
Cerré la mano que tenía a la altura de mi cintura en un puño para evitar que fuera a comprobar si esa zona seguía siendo tan suave como siempre y me obligué a volver a centrarme en sus ojos, todavía más oscuros que antes.
Él llevó una mano hacia el dedo que tenía todavía incrustado en su pecho y me agarró con una suavidad que me paralizó. Su mirada viajó por mi rostro, se detuvo en mis labios durante dos segundos y su ceño se frunció algo más.
¿Dónde se había marchado todo el aire de esa habitación?
No conseguía respirar con normalidad.
Un ruido hizo que River me soltara, diera dos pasos atrás y mirara por encima de mi cabeza.
—Kaia, son las tres.
Me di la vuelta, asentí a Marco, que se había detenido en la puerta con una expresión llena de curiosidad, y eché a caminar hacia él. Cuando llegué a su lado, él sonrió, me guiñó un ojo como siempre hacía y se puso en marcha. Me volví antes de salir y vi cómo el rostro de River se había oscurecido.
—Ven con nosotros; te enseñaré el otro proyecto.
Las arrugas de su ceño se alisaron un poco y tardó un segundo en echar a caminar. No esperé a que llegara a mi altura, salí al exterior y traté de convencerme de que debía mantener la cordura.