Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 7 River
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RIVER

Cuando Kaia detuvo su coche frente a la cabaña, yo llevaba ya tres horas despierto.

No lo había hecho de forma intencionada, mi cerebro se había acostumbrado a mantener un sueño ligero y muy fragmentado durante la noche y solía rendirse bastante antes de que saliera el sol.

Era una habilidad que me había permitido esquivar varios golpes a lo largo de mi encarcelamiento, sobre todo cuando había compartido celda con más de un compañero.

Abrí la puerta del copiloto, la saludé con un gruñido y ella me devolvió otro. Al instante recordé lo malhumorada que solía levantarse por las mañanas, lo que le costaba recuperar la voz y su sonrisa; al menos dos horas.

Mantuve el silencio durante los primeros minutos. Ya me iba bien que no tuviéramos que mantener una conversación incómoda; no tenía ni idea de qué podíamos hablar. ¿De mis últimos diez años? ¿De los suyos? Prefería no saber nada de la familia que había creado.

—Hoy vamos a trabajar en la vivienda del señor Black.

William nos contrató para realizar una reforma integral de la casa que heredó hace un mes, ya que no estaba en muy buenas condiciones.

El proyecto consta de varias etapas; nos encontramos en la primera y ayer descubrimos que uno de los muros estaba mucho más dañado de lo previsto.

—¿Muro? —musité.

—Es una casa de piedra construida hace más de cien años.

Sus padres decidieron mantener la estructura original, ya que la construyó su abuelo con sus propias manos, y William comparte el mismo pensamiento.

—Kaia me miró de reojo un instante antes de volver su atención a la carretera—.

Debemos solucionar ese imprevisto antes de continuar con la obra.

—¿Tenemos el material?

—Sí, al menos para empezar. El restante llegará mañana.

Asentí y nos quedamos varios segundos en un silencio más cómodo del que habría creído posible después de tanto tiempo sin vernos.

—¿Cuál es el otro proyecto? —pregunté solo para oír de nuevo su voz suave y algo ronca debido a la hora que era.

—Una reforma parcial, solo cocina y dos aseos. Solemos repartirnos en dos grupos para avanzar por ambos lados. Solo Marco y yo acudimos a ambas obras.

Fruncí el ceño. ¿Sería su marido? ¿Trabajaba con ella?

Estupendo.

Desvié la mirada hacia la ventanilla porque no me interesaba conocer más detalles.

—Marco es mi mano derecha.

Asentí sin mirarla.

¿Acaso esperaba que no hubiera rehecho su vida durante todo ese tiempo?

No, lo que esperaba era no tener que verlo con mis propios ojos, por eso la idea de desaparecer tras cumplir mi condena era la mejor opción para ambos.

Pasaron unos minutos más en los que Kaia me habló un poco de los proyectos y en los que yo no disimulé mi cambio de actitud, y luego detuvo la furgoneta frente a una valla metálica medio oxidada.

—Hemos llegado —suspiró—. Vamos, te presentaré a los demás.

Agarré el material que sacó de la parte trasera del vehículo y la ignoré cuando me aseguró que podía llevarlo ella; luego la seguí hacia la casa que parecía estar en ruinas.

Vi varias figuras absortas en su trabajo, un par de ellos trabajaba sobre el muro dañado, otro mezclaba los sacos en la hormigonera y un cuarto hombre lo contemplaba todo desde cierta distancia.

Tensé la mandíbula al imaginar que se trataría de su mano derecha y, en mi mente, su marido, algo que no tardaría en descubrir.

Él fue el primero que se dio la vuelta al oír nuestros pasos. Su mirada la encontró al instante, una sonrisa apareció en su rostro y luego se congeló al verme a su lado. Mi propia expresión se arrugó al reconocerlo. Aquel hombre había trabajado con nosotros en la empresa de Bobby.

—Hola, preciosa. —Habló con cautela, con la atención puesta en mí.

—Marco, ¿recuerdas a River?

Me pareció extraño que no se acercara a él para intercambiar un beso o ignorara su saludo, aunque ella siempre se había comportado de forma muy profesional en el trabajo.

—Claro. ¿Cómo estás, tío? Me alegro de verte de nuevo. —Me tendió la mano y se la estreché sin apretar más de la cuenta, aunque tuve el impulso de hacerlo.

—¿Cómo va? —repliqué a mi vez.

—River cubrirá la posición de Kevin.

Enarqué una ceja porque había firmado un contrato indefinido; en ningún momento me habían comentado que cubriría una plaza temporal. Kaia debió percatarse de ello porque volvió a hablar.

—Y luego continuará con nosotros.

Marco sonrió y asintió. Los demás se dieron cuenta de que su jefa había llegado y dejaron sus tareas atrás para acercarse a saludarla, y ella aprovechó para presentarnos a todos.

—River trabajó con Marco y conmigo en el pasado, así que no habrá que enseñarle nada nuevo —terminó mucho más despierta que antes. Que su mano derecha le entregara un café unos minutos antes había ayudado a que se activara un poco más.

Vi como uno de esos hombres se tensaba ante esa información y cómo su expresión se oscurecía un poco, pero no dijo nada. Kaia los instó a volver al trabajo y se volvió hacia mí.

—Nosotros nos encargaremos del otro lateral del muro —sentenció. Marco asintió sin perder su sonrisa y yo los seguí unos pasos por detrás para darles intimidad, aunque no hubo ningún acercamiento ni intercambio de susurros.

Trabajé en silencio durante más de tres horas antes de que Kaia tuviera que alejarse para responder una llamada.

No me había resultado difícil concentrarme en la tarea, ni siquiera llevarla a cabo después de tanto tiempo distanciado de la obra.

Ella nos había dado las primeras instrucciones, como si fuera algo habitual, aunque lo dudaba, y los tres habíamos realizado las reparaciones pertinentes mientras ellos dos charlaban, él más que ella, ya que siempre había sido una mujer callada.

Sin embargo, no lo habían sido los momentos que habíamos compartido a solas en el pasado.

—Kaia es una mujer excepcional —murmuró Marco tras varios segundos en silencio. La miraba desde la distancia con una expresión que evidenciaba cuánto la admiraba—. Me alegro mucho de que te haya dado una oportunidad. Supongo que no debe ser fácil conseguir una tras pasar tanto tiempo en ese lugar.

Tensé la mandíbula porque lo último que me apetecía era hablar con él, pero asentí de todas formas.

—Entiendo que no quisieras verla allí dentro. Le hiciste un gran favor —continuó.

Sentí una oleada de furia que frené al ver que me sonreía con sinceridad.

Claro que se alegraba de ello; le había permitido iniciar una relación con ella poco después de mi entrada a prisión, a juzgar por la foto de la hija que compartían. Debía tener ocho o nueve años.

En ese momento, uno de los hombres que trabajaba al otro lado del muro, Larson, el que me había estado lanzando miradas furtivas desde que habíamos llegado, se acercó a nosotros.

—Hemos terminado la primera capa del relleno —comentó con la mirada fija en Marco. Él se levantó, estiró los brazos por encima de su cabeza y se dirigió hacia allí para comprobar el resultado. El otro permaneció junto a mí—. Espero que Kaia no se arrepienta de haberte contratado.

Enarqué una ceja.

—¿Te conozco?

—Me uní al equipo de Bobby un par de días antes de que desaparecieras y los rumores no tardaron en llegar.

Al principio nadie lo creyó, pero luego la sentencia se hizo pública.

—Larson me contempló con tal desdén que volví a sentir esa oleada de furia a la que estaba tan acostumbrado a ignorar—.

Me da igual que hayas cumplido tu condena, una muy corta por el crimen que cometiste, dicho sea de paso.

Las personas de tu calaña nunca cambian; solo espero que no pongas a nadie del equipo en peligro.

Hablaré con el sheriff Craiger para que no te pierda de vista.

—¿Es una amenaza? —Di un paso hacia él, lo que lo hizo retroceder.

—Por supuesto que no. —Marco apareció junto a nosotros con su sonrisa. Pasó un brazo por encima de los hombros de Larson y lo miró—. River era muy cercano a Kaia, jamás le haría daño. Y a nosotros tampoco, así que puedes relajarte.

—Es un asesino —masculló él entre dientes.

—Todo el mundo se equivoca y merece una segunda oportunidad. —Esa vez su voz sonó más dura, lo que hizo que Larson tensara la mandíbula.

—Dudo que la familia de ese hombre opine lo mismo.

Se hizo un silencio incómodo que Kaia rompió sin darse cuenta al acercarse. Marco se volvió hacia ella sonriente, todavía con un brazo sobre los hombros del otro.

—Aquella parte del muro ya tiene la primera capa, ¿quieres que la revisemos?

—Sí. —Kaia nos miró a cada uno con una expresión cauta, como si adivinara la tensión en el ambiente—. River, ven conmigo, la revisaremos juntos.

Pasé por delante de ambos sin mirarlos, con la vista fija en ese rostro delicado y perfecto que me había llamado la atención por primera vez hacía tanto tiempo y que me había acompañado en mi mente durante mis peores momentos.

—¿Todo bien? —murmuró cuando nos alejamos de ellos.

—Sí.

Asintió sin estar convencida, llegamos al otro lado del muro y se agachó para atisbar su interior. Yo la imité, me acerqué un poco más a ella para ver entre las sombras y ella se volvió de repente, lo que hizo que su rostro quedara a escasos centímetros del mío.

—¿Seguro? —preguntó con un hilo de voz.

La contemplé perdido en sus facciones y me percaté de que me había dicho algo, aunque no sabía qué.

—¿Eh?

Mi corazón se saltó un latido cuando sonrió de aquella forma que me calentaba el alma.

—¿Seguro que no ha pasado nada con Larson y Marco?

—Seguro.

Ella puso los ojos en blanco al adivinar mi mentira y yo noté como mi ceño se relajaba un poco.

—Esa es la primera capa. Parece sólida, aunque todavía debe secarse, así que hasta mañana no sabremos si está bien hecha.

—Al ver que la miraba, señaló el material que mis nuevos compañeros habían insuflado en el interior del muro—.

No deben quedar grietas. De haberlas, tendríamos que retirarlo y volver a empezar.

—¿Y si no las hay? —murmuré, atento de nuevo a su rostro.

—Entonces pasaremos a la segunda capa. Tres en total para confirmar que queda perfecto y que no se dañará en otros cien años.

—Apoyó los codos en sus rodillas y giró la cara para mirarme también.

Parecía encontrarse mucho más relajada que yo—.

Entonces podremos continuar con la reforma tal y como estaba previsto.

Sentí el impulso de apartar el mechón de pelo que caía sobre uno de sus pómulos, pero en su lugar me mordí el interior de la mejilla y me puse en pie de forma brusca. Ella me imitó.

—Tres horas más de trabajo y pararemos a comer. ¿Seguimos con el otro lateral del muro?

—Claro.

Esperé a que pasara por mi lado para seguirla.

Mis ojos pasearon por su pelo recogido en un moño ya deshecho.

Era de un color cobrizo claro, una mezcla de pelirrojo y rubio, un tono que no había visto jamás en ninguna otra persona.

Entonces recordé la foto de su perfil; su hija tenía exactamente el mismo color. Igual que el de sus ojos verdes.

Mi mirada bajó por sus hombros, su espalda y llegó a su trasero, uno muy redondo y, a juzgar por el contorno, tan firme como recordaba.

Joder.

Desvié la atención hacia mis propias botas para tratar de apartar esas imágenes de mi mente. Mis manos sobre su piel, mis dedos alrededor de sus glúteos mientras sus piernas me envolvían con fuerza y sus labios…

—¿River?

Alcé la cabeza al oír su voz. Me miraba extrañada, como si me hubiera preguntado algo que yo me había perdido por estar distraído con pensamientos que no debía.

—¿Te encargas tú de hacer la mezcla?

Asentí, ella frunció el ceño y agarré un par de sacos para llevarlos hasta la segunda hormigonera.

Sentí su mirada a mi espalda y la tentación de volverme para comprobar si ella, como yo, acababa de perderse en mi cuerpo, pero no lo hice.

Vacié los sacos en la máquina, añadí el agua junto con el material restante y esperé a conseguir la consistencia adecuada antes de cargarla en la carretilla y llevarla junto a ella.

La jornada laboral iba a ser mucho más dura de lo que había pensado, y no por la faena en sí, sino por mis malditos pensamientos.