Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 5 River
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RIVER

Leí el contrato por encima, demasiado distraído con lo que acababa de suceder como para prestar atención al texto, y asentí con la cabeza.

La mujer tomó el documento sin perder esa gran sonrisa que había mantenido todo ese rato, me pidió que le concediera dos minutos para añadir mis datos al acuerdo y me dejó a solas.

No me atreví a bajar la guardia; me quedé inmóvil en mi silla mientras mis pensamientos frenéticos volaban de un lugar a otro.

La había cagado. Había ido a llamar justo a la puerta que no debía, aunque no le había mentido; esa no había sido mi intención. Sí que pretendía acercarme a ella, pero sin que supiera que me encontraba de nuevo en aquel pueblo.

Esperaba no haberme oxidado tanto esos años encerrado como para no realizar un trabajo sencillo como era protegerla desde la distancia mientras encontraba la manera de frenar a Grant.

Solté un gruñido ante el pensamiento. Iba a tener que ser desde la cercanía si iba a trabajar con ella. Quizá eso fuera lo mejor para evitar que ese desgraciado pudiera hacerle lo que fuera que tuviera en mente.

A pesar de conocerlo desde hacía muchos años, me daba la impresión de que nunca me había mostrado su faceta real.

Sabía que era una persona sin escrúpulos a la que le gustaba tomar el mando, como cualquiera que liderara una organización criminal, pero no estaba seguro de hasta dónde podía llegar para castigarme.

Hasta el momento solo había hecho daño a aquellas personas involucradas en el negocio, al menos que yo supiera; y de eso hacía diez años.

Las cosas podían haber cambiado mucho en todo ese tiempo.

—Aquí lo tienes, cielo. —La secretaria de Kaia entró de nuevo en la sala con los documentos en una mano y una bolsa enorme en la otra—. Revisa que tus datos sean correctos y lee de nuevo el contrato antes de firmarlo. Una copia es para ti.

Dejó los papeles sobre la mesa y yo me apresuré a confirmar que todo era correcto, aunque una vez más no presté atención al resto. Dibujé un garabato en la página final y repetí la acción en la copia.

—¡Bienvenido al equipo! Estoy segura de que te encantará formar parte de él.

—Me tendió su mano, así que me puse en pie y se la estreché.

Luego me tendió la bolsa—. Aquí está la ropa de trabajo.

Son tres mudas de pantalones y cinco de camisetas y sudaderas.

También una chaqueta, guantes y demás complementos.

He cogido la talla más grande, aunque podemos solicitar una especial si esta no te sirve.

Repasó mi cuerpo con la mirada, aunque de una forma que no me incomodó, más bien como si tratara de averiguar mis dimensiones para cerciorarse de que la ropa que había escogido era la correcta.

—En cuanto a las botas, tendrás que confirmarme tu número. He traído estos dos.

Tomé el par que sabía que me iría bien y me lo probé allí mismo.

—¿Son cómodos? Da unos cuantos pasos. —Apartó la silla que tenía al lado y señaló la sala—. Es importante que lo sean en un trabajo como este.

Caminé por la habitación porque supuse que sería más rápido que discutir con ella.

—Lo son.

—Estupendo, cielo. ¿Quieres probarte también la ropa?

—No es necesario. —Disimulé una mueca y eché un vistazo al interior de la bolsa—. Parece que es mi talla.

—Solo tienes que llamarme si no lo fuera y solicitaré el cambio.

—Me entregó una tarjeta corporativa con el nombre de la empresa—.

Aquí tienes nuestros teléfonos, el de la oficina, que es donde puedes encontrarme a mí, y el de Kaia.

Guarda ambos en tu agenda; nosotras haremos lo mismo.

Y aquí he escrito la dirección de los dos proyectos actuales; el primero es en el que trabajaréis mañana.

Recuerda que debes estar allí a las ocho. ¿Tienes coche?

—No.

—No te preocupes, Kaia irá a buscarte entonces. —Su sonrisa se amplió, como si eso le hiciera gracia.

—No es necesario.

—No seas tímido, cielo. En esta empresa somos una familia.

—Me dio unas palmaditas en la espalda y me instó a salir de la sala.

En lugar de cruzar el pasillo que separaba esa habitación de la entrada, me llevó en dirección contraria.

Se detuvo ante una puerta, la golpeó una vez y abrió sin esperar a que la invitaran—.

K, River no tiene coche, ¿podrás recogerlo en su casa mañana a primera hora?

—No es necesario —repetí, esa vez con un gruñido fruto de la desesperación.

Kaia me estudió un instante de aquella forma que parecía poder leer mis pensamientos.

—Pasaré a recogerte a las siete y media.

Me mordí el interior de la mejilla para no replicar.

—¡Estupendo! —canturreó la mujer—. Así podrás ponerlo al día sobre el proyecto. Por cierto, Kevin pretende pasarse por la oficina cada día para ayudarte con el papeleo.

—Por Dios, no —suspiró Kaia con una mueca horrorizada. Su secretaria se echó a reír—. No dejes que se acerque a mi despacho.

—Necesitas que alguien te eche una mano con todo eso, ya que no me dejas hacerlo a mí.

—Porque no es una de tus funciones y ya estás desbordada de trabajo.

—Tú también.

—Dile que lo tenemos todo al día y que su única tarea estas semanas es recuperarse.

Sentí una punzada al ser testigo de esa conversación cotidiana que me permitía poder contemplarla sin que me prestara atención.

—Se presentará aquí y tratará de ayudar con lo que sea, excepto con atención al cliente. —La mujer soltó una risita y a Kaia se le escapó una sonrisa diminuta que desapareció cuando sus ojos volvieron a posarse en mi rostro.

—Hablaré con Fallon para que lo mantenga en casa.

—Buena suerte —murmuró la otra. Dio un paso atrás y yo la seguí, no sin antes lanzar una última mirada a la mujer que me había dado alas hacía tanto tiempo. Ella me contempló sin parpadear hasta que la puerta se cerró—. Conozco esa mirada, muchacho.

La ignoré mientras cruzábamos el pasillo para llegar al recibidor.

—Puedes intentarlo, pero ninguno ha tenido éxito hasta el momento, aunque quién sabe, puede que tú seas el afortunado.

—Enarcó una ceja y sonrió de una forma que me puso los pelos de punta.

Me acompañó hasta la puerta y me dio una última palmada en el brazo—.

Trabaja duro, sé leal y responsable en los proyectos y no te pases con las bromas, aunque me da que no tendrás problemas con esto último.

Se echó a reír ante su propio comentario y luego me empujó hacia el exterior.

—Puedes confiar tanto en K como en mí, así que no dudes en exponer tu opinión o sugerir ideas, así como cualquier inquietud que tengas. Estamos aquí para ayudarte a integrarte en el equipo.

—Gracias —musité un tanto incómodo.

—Si mañana quieres pasarte por la oficina para contarme qué tal ha ido, estaré encantada de charlar un rato contigo.

La miré como si fuera una lunática y ella rompió a reír. Vi una figura en las sombras, detrás de ella, que negaba con la cabeza, pero no se acercó para intervenir.

Me di la vuelta y me alejé lo más rápido posible de allí, antes de que esa mujer tan extraña dijera algo más.

No aminoré el paso hasta que llegué a la calle principal.

Fui directo a la tienda de comestibles, ya que no iba a necesitar pasar por la de ropa en ese momento gracias a la bolsa que me habían entregado.

Pensaba trabajar cada día, ya fuera en la empresa de Kaia o en la cabaña, así que tenía más que suficiente con esos uniformes.

Asentí con la cabeza cuando la dueña de la tienda me saludó con una sonrisa y llené el cesto con una buena cantidad de latas, paquetes y frutas y verduras frescas, algo que escaseaba en la cárcel. También aproveché para abastecerme de un par de garrafas de agua y algunos utensilios de cocina.

Maldije entre dientes cuando me di cuenta de que iba cargado como una mula y tenía veinte minutos de camino hasta la cabaña.

Me libré de una señora que detuvo su vehículo para ofrecerse a llevarme, de otra más que se presentó e intentó indagar sobre mi pasado y de un hombre que me miró con curiosidad cuando pasé por su lado y me invitó a un café.

¿Qué narices le pasaba a la gente de ese pueblo? ¿Por qué eran tan amables con los desconocidos? ¿Acaso no sabían que eso podía ser peligroso?

A pesar de que había vivido allí unos meses antes de mi entrada a prisión y que ya me había topado con aquella simpatía tan exagerada por aquel entonces, todavía me sorprendía que vivieran con esa confianza.

No comprendía cómo podían exponerse de esa forma al peligro que los rodeaba, cómo no eran conscientes de que la sociedad estaba plagada de monstruos sonrientes.

Y yo había sido uno de ellos.

Llegué al fin a la cabaña, me hice un bocadillo rápido y lo comí sentado en el porche, junto al agujero del tamaño de mi cabeza que había en el suelo.

Tenía tantas cosas que arreglar en el interior, que tardaría semanas en encargarme de ese desperfecto, aunque me molestaba verlo cada vez que entraba y salía.

Me pasé toda la tarde con la limpieza profunda de la casa, solucioné los problemas más molestos y grandes, como una ventana mal encajada, el nido que había dentro de la chimenea o los cables pelados de la nevera.

Y confirmé que nada explotaría o se incendiaría cuando utilizara cualquier electrodoméstico, los pocos que quedaban en pie y que yo mismo había comprado durante mi última estancia allí.

Cuando el sol se ocultó, preparé algo más elaborado que un bocadillo para cenar, me lo comí a la luz de la única bombilla que quedaba intacta en la casa y luego hice una lista con lo que tendría que comprar al día siguiente para que mi estancia en aquel lugar no fuera tan triste.

De paso, guardé los números de teléfono que aparecían en la tarjeta que la secretaria de Kaia me había dado y mis dedos se fueron directos a la aplicación de mensajería sin mi permiso.

Pulsé su nombre y mi corazón se detuvo al ver su foto de perfil.

La contemplé sin aliento y con las pulsaciones revolucionadas mientras una sensación asfixiante me oprimía el pecho.

Su sonrisa era la más amplia que había visto nunca y la felicidad desbordaba sus ojos entrecerrados por la risa.

Llevaba el pelo revuelto, como si acabara de terminar una carrera de obstáculos, tenía barro en la cara y el cuello, y abrazaba a una niña que era una copia exacta suya.

Ella sonreía de la misma forma, sus ojos eran idénticos, del mismo verde intenso, y su pelo, aunque más corto, por encima de los hombros, tenía el mismo tono de color.

Su cara estaba llena de barro, igual que su ropa, y la abrazaba por la cintura con una mano y con la otra hacía el gesto de la victoria.

Esa sensación opresiva que se había adueñado de mi pecho se extendió en todas direcciones para ocuparlo todo.

Claro que Kaia había rehecho su vida. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Habían pasado diez años desde la última vez que nos habíamos visto, más de tres mil seiscientos días desde que me había negado a acudir a la sala de visitas las veces que se había presentado allí, un sinfín de ellas durante los primeros meses. Luego no volvió más, como era natural.

Contemplé esa imagen durante unos minutos más antes de obligarme a apagar el teléfono.

Ni siquiera recordé mirar la hora antes de hacerlo, pero todavía no debían ser ni las siete de la tarde, así que lo dejé sobre el sofá desgastado, salí al jardín y me tumbé sobre la hierba algo mojada sin importarme que hiciera un frío de narices.

Necesitaba ver el cielo, que el aire golpeara mi piel y me demostrara que ya no me encontraba encerrado en aquella celda, que volvía a ser libre.

Cerré los ojos e intenté no pensar en ella, así que al final me rendí porque de todas formas sería imposible no hacerlo cuando la había vuelto a ver y lo haría todavía más a partir del día siguiente.

Había planeado mis siguientes pasos durante diez años, unos que me mantendrían alejado de Sweet Meadows, de ella; y en las últimas doce horas todo se había invertido.

No solo me encontraba de nuevo en aquella cabaña en la que había vivido los mejores momentos de mi existencia, sino que hasta me había metido dentro de su empresa sin saberlo.

Y eso incumplía mi parte del trato con Grant, aunque, ¿qué más daba ya?

Si él no lo iba a cumplir, yo tampoco tenía por qué hacerlo más.