Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 3 River
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Me había costado un buen rato llegar a Bartlett, pero luego todo se había alineado.

Había descubierto que mis ahorros casi llegaban a las tres cifras, algo con lo que no contaba porque pensaba que Grant se habría apoderado de ellos de alguna forma durante mi ausencia, y además me había topado con el único autobús que se dirigía a Sweet Meadows y que solo pasaba un par de veces al día.

Hacía tres horas que había recuperado la libertad y ya me encontraba en el lugar que me había instado a dejar la oscuridad de lado, aunque el resultado no fuera el esperado al final.

Caminé por la calle principal con una sensación amarga en el abdomen y mil imágenes grabadas en la memoria. Varias personas me sonrieron y saludaron, a pesar de que no las había visto jamás. Logré asentir tras la cuarta, cuando mi estupefacción pasó.

Me desvié por un lateral del pueblo y tomé el camino de tierra que llevaba a un terreno que conocía muy bien. Las casas quedaron atrás, los árboles me rodearon y las montañas cubrieron el paisaje.

No tuve que caminar demasiado, solo unos veinte minutos hasta llegar al claro que daba lugar a la cabaña de madera en la que había vivido unos meses antes de entrar a prisión.

No era mía, la había encontrado abandonada y me había refugiado en ella porque no tenía dinero para pagar una habitación en el hostal, así que mucho menos para comprar una vivienda.

Mi mente me bombardeó con recuerdos acontecidos en aquel lugar. Su sonrisa tímida, la expresión reservada que siempre lucía y sus risas casi silenciosas.

Los escalones de madera del porche crujieron bajo mi peso y descubrí un agujero considerable en el suelo, junto a la puerta entreabierta de la cabaña. No parecía estar ocupada por nadie, solo más abandonada que nunca, y muy deteriorada tras todo ese tiempo.

Empujé la puerta de madera y sentí otra punzada al comprobar que todo seguía igual. Los muebles continuaban en su lugar; la manta roja que ella había dejado allí tras nuestra última noche, todavía arrugada al pie de la chimenea.

Crucé el salón lleno de polvo y suciedad y me detuve en la cocina. Ahí estaban nuestras tazas, olvidadas sobre la encimera.

Comprobé cada rincón de la cabaña diminuta para cerciorarme de que nadie había estado allí, ni siquiera ella, y también para confirmar el estado en el que se encontraba la estructura.

Tendría que realizar un buen apaño para poder vivir allí, pero no me importaba hacerlo.

Tenía los conocimientos y mucho tiempo libre; solo necesitaba los materiales.

Las herramientas deberían continuar en el garaje.

Dediqué la siguiente hora a revisar todas las conexiones para volver a tener luz y agua. Había escogido esa cabaña porque contaba con un generador enorme y un pozo a poca distancia, por lo que había sido fácil conectarlo todo en su día para que funcionara.

Luego me pasé media hora con la escoba en una mano para retirar telarañas, polvo y un montón de tierra un tanto extraño situado en el dormitorio. También taponé el agujero que encontré justo al lado con una madera y las herramientas que yo mismo había comprado hacía años.

En poco menos de dos horas la cabaña tenía otro aspecto.

No parecía del todo habitable, pero en peores lugares había vivido a lo largo de mi adolescencia, así que no estaba mal del todo.

Valoré la posibilidad de realizar la limpieza en ese momento, ya que contaba con agua y jabón; sin embargo, mis tripas me recordaron que aquella mañana no había desayunado.

Necesitaba volver al pueblo para comprar provisiones y de paso encontrar trabajo.

Pensé en la empresa que me había contratado hacía años cuando nadie más lo había hecho, la misma en la que la había conocido, pero descarté la idea al instante. Lo más probable es que ella continuara allí, con una posición muy superior a la de entonces, ya que le encantaba aquel trabajo.

Lo mejor sería dar una vuelta por el pueblo para revisar las opciones, comer algo y esperar a que el siguiente autobús que fuera a Bartlett pasara.

Allí tendría más oportunidades de empleo, aunque no fuera la opción idónea, ya que no tenía coche y el transporte público pasaba en un horario poco eficiente.

Disfruté de la sensación de contar con espacio infinito cuando dejé la cabaña atrás y volví a encontrarme en el camino de tierra rodeado de árboles y un cielo azul despejado.

No era como si no lo hubiera visto durante todos esos años; pasábamos horas en el patio cada día desde el que podíamos ver la inmensidad del cielo, pero siempre acompañado de decenas de reclusos que buscaban pelea y diversión a todas horas.

Nunca había silencio, ni siquiera por las noches.

Asentí cuando una señora de unos setenta años me sonrió en la calle principal, y repetí el gesto cada vez que alguien me saludaba.

Era algo que me había sorprendido mucho a mi llegada al pueblo años atrás y que parecía haber echado en falta, algo que no tenía ningún sentido porque siempre me había considerado una persona antisocial.

Su rostro volvió a mi mente, pero lo alejé de inmediato.

Dolía pensar en ella.

Recorrí la calle más transitada del pueblo sin encontrar ninguna empresa en la que pudiera solicitar trabajo, y lo mismo ocurrió cuando me interné en una más pequeña.

Memoricé el nombre y la ubicación de cada tienda para compararlas con las que recordaba de hacía años y me detuve en seco ante un cartel blanco y verde en el que se leía: «Wildwood Constructions».

Aquella no era la empresa en la que había trabajado en el pasado. Contemplé la fachada verde menta, estudié el diseño de la puerta de entrada, uno cuidado y moderno que no tenía nada que ver con el hombre que había sido mi jefe una vez, y di un paso hacia allí.

Una mujer de mediana edad me dedicó una sonrisa a la par que alzaba un dedo para pedirme un minuto. Estaba al teléfono, así que miré a mi alrededor en busca del lugar más alejado en el que esperar para no incomodarla. Lo encontré en un lateral, junto a una máquina de agua.

Alcé la mirada para pedirle permiso y ella me guiñó un ojo, así que tomé un vaso de cartón y lo llené con agua bien fría.

Lo vacié de dos tragos y volví a llenarlo.

Cualquier líquido era escaso en la cárcel, ya que solo te ofrecían bebida durante las tres comidas y no había fuentes o botellas en las que guardar un poco para después.

—Ya estoy contigo, cielo.

Me volví de inmediato, tiré el vaso en la papelera y me acerqué a ella.

—¿En qué podemos ayudarte? ¿Tienes un proyecto en mente que necesitas plasmar en tu hogar?

—No exactamente. Estoy buscando trabajo.

Sus ojos se abrieron como platos, descendieron de forma fugaz por mi cuerpo y volvieron a mi rostro.

—¿Eres albañil? ¿Electricista? ¿Contratista? —preguntó casi emocionada.

—Puedo cubrir cualquier puesto. Tengo varios años de experiencia —mentí como si nada. Solo tenía unos meses, pero aprendía muy rápido—. Puedo darte el nombre de la última empresa en la que trabajé.

—¡Fantástico! —La mujer rebuscó entre varios papeles de su escritorio antes de chasquear la lengua y apartarlos a un lado cuando no encontró lo que quería. Su sonrisa volvió a resurgir—. ¿Puedes hacer la entrevista ahora mismo? K ha llegado hace unos minutos, así que es el momento ideal.

—Sí.

Qué rapidez.

—Estupendo, sígueme.

Esperé a que la mujer saliera de detrás del mostrador y caminé tras ella hasta una sala pequeña, pero acogedora, en la que había una mesa redonda en el centro y cuatro sillas a su alrededor.

—Espera solo un minuto.

Asentí; ella desapareció con su sonrisa enorme y todo quedó en un silencio absoluto. Me impresionó que aquella sala estuviera insonorizada. Paseé la mirada por las láminas que colgaban de las paredes, el poco mobiliario que había en la sala y luego fijé la vista en mis manos.

Tensé la mandíbula al percatarme de que las llevaba llenas de polvo tras haber limpiado un poco la cabaña, igual que mi ropa. Menuda primera impresión iba a causar al dueño de esa empresa, probablemente la única que hacía la competencia a la que no podía acudir de ninguna de las maneras.

Todavía no tenía muy claro cómo iba a protegerla sin que ella se diera cuenta de que me encontraba en Sweet Meadows cuando era un lugar tan pequeño.

La cabaña se encontraba escondida y nadie se había percatado de que la había ocupado durante meses en el pasado, pero tendría que moverme por el pueblo para cumplir con mi nueva misión.

Y antes de nada necesitaba encontrarla, aunque sabía dónde mirar.

Conocía su hogar —la había acompañado mil veces a aquella casa— y el terreno en el que estaba ubicada la empresa de Bobby.

Tendría que acercarme con cuidado para no llamar la atención de ninguno de los dos y a la vez tener un ojo puesto en Grant.

Por enésima vez esa mañana me pregunté si no sería más fácil volver a sus filas, pero sabía mejor que nadie que jamás cumpliría con su parte del trato y que lo utilizaría siempre que pudiera para doblegarme.

Además, tras conocerla, me había prometido que me alejaría de aquel mundo y quería cumplir al menos esa promesa.

Me tensé cuando oí el sonido de la puerta. Me mordí el interior de la mejilla en un intento de mantener la compostura y olvidar el estado en el que se encontraba mi aspecto físico. Al menos, mi pelo y mi barba estaban decentes tras el último corte, y me había duchado el día anterior.

Lo que podía complicar un poco más mi causa eran los múltiples tatuajes que adornaban mi piel y que la ropa no cubría: los del cuello y el que llevaba en uno de los pómulos, así como los de las manos.

Sin lugar a dudas, los primeros llamarían mucho más la atención, aunque ni la recepcionista ni las personas con las que me había cruzado en el pueblo parecían haberse sorprendido demasiado por ellos.

Me levanté cuando la puerta se abrió y mi pecho se contrajo con tanta fuerza que pensé que explotaría.

La misma sorpresa que me invadió al verla cubrió su rostro, aunque se transformó en varias emociones que se sucedieron las unas a las otras con rapidez, una de ellas el dolor.

Sus ojos verdes estaban fijos en los míos, su piel había perdido color y su respiración se había vuelto errática; podía verlo desde donde me encontraba.

Abrí la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido de ella; mi garganta se había cerrado, aunque ese gesto la activó. Cerró la puerta a su espalda con una lentitud exagerada sin apartar la mirada de mi rostro y dio un paso hacia mí.