Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 2 Kaia
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KAIA

Me gustaba empezar el día en la oficina porque era de despertar tardío y así podía permanecer a solas un rato antes de enfrentarme al ajetreo de la obra o reforma que me tocara gestionar ese día, pero había veces que eso era imposible.

Parecía mentira la cantidad de problemas que surgían a lo largo de un proyecto, y esa era la razón por la que llevaba más de cinco horas en aquel lugar cuando solo eran las once de la mañana.

—Lo mejor sería taponar la brecha y continuar —opinó Nate.

—Eso solo escondería el problema. Tenemos que desmontar las estructuras y revisar a qué nos enfrentamos. —Marco soltó un suspiro porque a nadie nos gustaba tener que retirar lo que habíamos tardado una semana en hacer.

—Quizá no haga falta tirarlo todo; podríamos abrir un agujero para acercarnos un poco más y tratar de confirmar los daños desde el exterior —propuso Kevin.

Por primera vez en toda la mañana, aparté la mirada de la casa para contemplar a mi compañero.

—¿Por qué estás doblado?

Él trató de ponerse recto, pero se le escapó una mueca de dolor.

—Me ha dado un pequeño tirón mientras dormía. —Lo dijo con la boca pequeña y sin alzar la vista del suelo.

—Ven conmigo.

—Estoy bien.

—Vamos. —Me puse en marcha, pero Marco, mi mano derecha y amigo, me detuvo con su voz.

—¿Empezamos por el agujero?

—No, desmontad la estructura entera. Hacedlo con cuidado para no estropearla. Esa brecha no tiene buena pinta; prefiero revisarla como es debido para ahorrarnos problemas futuros.

—Muy futuros —masculló Nate por lo bajo.

—En ese caso tendremos que hablar con William porque esto se alargará varias semanas más —continuó él sin hacerle caso a nuestro compañero.

—Yo me encargo.

Le hice un gesto a Kevin para que me siguiera hasta el otro lado del jardín y nos detuvimos junto a uno de los árboles.

—¿Han vuelto los dolores? —pregunté preocupada.

—No es nada, de verdad. —Su mirada paseó por el paisaje para esquivar mi rostro.

—Kevin.

Él suspiró y me miró al fin.

—He tenido una pequeña recaída, pero ya estoy con el nuevo tratamiento y debería empezar a funcionar en cualquier momento.

—¿Es como la última?

Ninguno queríamos mencionar el nombre de la enfermedad, como si eso la hiciera menos peligrosa.

—Un poco más grande, pero el médico cree que se reducirá en pocas semanas y podré hacer vida normal de nuevo.

—¿Cirugía?

—No, con las pastillas es suficiente.

Lo estudié unos segundos en silencio mientras trataba de leer sus emociones. Qué bien me habrían ido los poderes de Zuri en ese momento.

—El seguro médico debería cubrirlo todo, incluso las cirugías —le recordé.

Kevin sonrió por primera vez.

—Lo sé, me lo confirmaron en el hospital, pero no la necesito esta vez. Es una recaída menor, como la anterior, solo medio centímetro más grande, nada que la medicación no pueda mantener bajo control.

—Espero que no le estés quitando hierro al asunto; Fallon me lo dirá de ser así. —Amenazarlo con el nombre de su mujer siempre relajaba el ambiente.

Él se echó a reír.

—Me dijo que me daba hasta hoy para contártelo antes de que te abordara ella misma. —Al ver mi expresión, sonrió—. Pensaba hacerlo a última hora.

—Y de paso aguantar una jornada completa con ese dolor. —Negué con la cabeza, pero dejé caer una mano sobre su hombro y lo apreté—. Márchate a casa, Kevin.

—Puedo trabajar y…

—A casa a descansar y a recuperarte. —Lo corté sin miramientos—. No quiero verte hasta que tengas tu informe de victoria.

Así lo llamaba Fallon, el informe que su médico siempre le entregaba cuando alcanzaba la remisión; la cuarta sería esa vez.

—¿Qué voy a hacer todo el día en casa?

—Puedes aprender a hornear.

—Mi mujer me prohibió usar el horno la última vez.

—Cierto, cuando quemaste media cocina. —Me eché a reír y él se contagió.

—Podría ayudarte con el papeleo —propuso sin mucha convicción.

—Odias esa parte más que yo. —Volví a reír—. Márchate a casa; yo me encargaré de avisar a Val.

Val era la persona que se encargaba de mantener la oficina a flote, así como del calendario y del contacto más estrecho con los clientes.

Kevin bufó, pero asintió. No le dije ninguna de esas frases que solo se pronunciaban para disimular la incomodidad; le di un abrazo fugaz y esperé con los brazos cruzados a que desapareciera del terreno.

Luego le envié un mensaje a Fallon para confirmarle que estaba al tanto y recordarle de paso que podía contar conmigo.

Solía ser al revés, ya que su hijo menor tenía la misma edad que Farren y compartían horario escolar, por lo que a veces la recogían del colegio si mi faena se alargaba y quería dar un descanso a Reid y los demás, que solían echarme una mano casi a diario.

Volví a la casa, agarré mi taladro y me encargué de un lado de la estructura mientras los demás ya estaban posicionados en sus puestos.

Ninguno preguntó por Kevin; aunque trataba de ser disimulado con su enfermedad, Sweet Meadows era un pueblo tan diminuto que no existían los secretos, ni siquiera para los que solo trabajaban en él, como era el caso de alguno de mis compañeros, entre ellos Marco.

Él era quien llevaba más tiempo conmigo, desde que había creado mi empresa.

Nos habíamos conocido hacía muchos años cuando ambos trabajábamos en la que en aquel momento había sido la única compañía de construcción del pueblo.

Sentí una punzada en el abdomen al recordar que no solo lo había conocido a él allí, pero la ignoré como una experta y redirigí mis pensamientos.

Bobby, el dueño, me enseñó todo lo que sabía antes de jubilarse.

Vendió su legado a alguien que no quiso continuar con él y que me facilitó mucho la creación de mi propio proyecto.

Despegué al instante y tuve que contratar a mi primer compañero —Marco— a los pocos días de empezar.

Kevin y Nate fueron los siguientes, y poco después llegó Val, cuando tenía tanta faena que no lograba siquiera responder las llamadas.

De eso hacía ya seis años y en la actualidad habíamos multiplicado el número de trabajadores.

No éramos una de esas empresas grandes con cientos de personas realizando decenas de proyectos a la vez; prefería contar con poco personal, pero muy experimentado y fiel, compañeros en los que pudiera confiar sabiendo que harían bien su faena.

Sin embargo, hacía tiempo que la cantidad de proyectos requería que contratara a alguien más y, con Kevin de baja unas cuantas semanas, tendría que hacerlo cuanto antes.

El problema de la brecha resultó ser más grande de lo que esperábamos, así que dividí a los chicos en dos grupos para que avanzaran por otro lado mientras Marco me ayudaba a solicitar el nuevo material que íbamos a necesitar para solucionar aquello.

—Dos días —vocalizó todavía con el teléfono en la oreja.

Le dije que sí con la cabeza sin perder el hilo de mi propia conversación.

—¿Cuántos kilos tienen disponibles en el almacén? —pregunté en mi propio teléfono.

—Unos doscientos.

—Envíe esos a la dirección que le mandaré por correo electrónico. ¿Cuándo les llega el siguiente pedido?

—En dos semanas.

Mierda. Eso era demasiado tiempo.

—Con esos doscientos será suficiente entonces. Vaya preparando esos sacos mientras Valerie realiza la compra.

Colgué la llamada y seleccioné el nombre de mi compañera.

—Val.

—K —respondió con su habitual alegría.

—Necesito que realices un par de compras lo antes posible. Te mandaré los detalles por mensaje.

—¿Problemas?

—Varios —suspiré. Marco volvió a llamar mi atención para indicarme que había encontrado otros cien kilos—. Necesitamos estabilizar la estructura interna de la casa de William antes de continuar. Hablaré con él yo misma en cuanto llegue a la oficina.

—Puedo hacerlo yo, es mi trabajo —me recordó.

—Se quedará más tranquilo si se lo explico todo bien. También necesito que gestiones la baja de Kevin.

—¿Se encuentra bien?

—Eso parece, pero se ha ganado unas cuantas semanas de descanso.

—¿Recetadas por ti? —se le escapó una risita—. Me encanta cómo haces de madre para todos nosotros cuando eres la más joven.

Puse los ojos en blanco.

—Eso dice mucho de vosotros, no de mí.

—Supongo que necesitamos cubrir su plaza lo antes posible.

—Supones bien. —No tenía ni idea de cómo íbamos a encontrar a alguien cuando era tan puntillosa a la hora de escoger a mi personal.

Además, no solía llegar mucha gente nueva a Sweet Meadows o a los pueblos colindantes, así que ya era complicado de por sí encontrar a alguien del sector que no tuviera ya trabajo.

—No te voy a mentir, llevo semanas corriendo la voz y todavía no hemos tenido ni una solicitud más allá de las que siempre nos llegan.

Fruncí el ceño porque las solicitudes de las que hablaba eran un par de hombres de mediana edad que habían trabajado juntos en varias empresas y habían sido despedidos de todas ellas por conductas poco correctas. Un perfil que no quería en mis filas.

—Estoy segura de que aparecerá alguien —comenté para animarla, a pesar de que no lo creía.

—Quizá tengas razón. Envíame los detalles y haré las compras en un momento. Luego arreglaré el papeleo de Kevin.

—Eres la mejor.

—Por supuesto, por eso me contrataste.

Se me escapó una sonrisa, negué con la cabeza y colgué la llamada.

—Trescientos veinte kilos que podemos tener hoy mismo y ciento cincuenta más en dos días. —Marco me lanzó una de sus sonrisas más grandes—. ¿Cuántos has conseguido tú?

—Doscientos para hoy.

—Buenos números. —Me ofreció su puño, así que acerqué el mío y me relajé un poco—. Podemos avanzar con la habitación mientras llegan los camiones y dedicar toda la tarde a la primera capa.

—Mañana podemos dejar la segunda lista y cuando lleguen los últimos doscientos cubrir imperfecciones —continué—. Eso son tres días de ejecución, más una semana de pruebas y un par de días más para montar lo que estamos retirando ahora mismo.

—Dos semanas a lo sumo.

—Si todo sale bien.

Él soltó una carcajada porque ese nunca era el caso.

—William estará de acuerdo en aceptar esa demora para prevenir un daño mayor.

Yo también lo creía. Se trataba de un hombre un tanto peculiar y malhumorado, pero muy perfeccionista; por eso habíamos tardado varios meses en llegar a un acuerdo con él.

—Aunque a esto le tendremos que sumar que tenemos un par de manos menos.

—Puedo trabajar más horas, ya sabes que no me importa.

Sentí una oleada de gratitud por contar no solo con su amistad, sino con su apoyo en la empresa.

—No será necesario.

—En seis años no has aceptado mi oferta ni una vez, cuando con Bobby nos pasábamos los fines de semana trabajando como locos para llegar a las fechas.

—Por eso te gusta más trabajar conmigo. —Le di un golpe en el hombro y él se echó a reír.

—Tienes toda la razón, me encanta formar equipo contigo, aunque no solo por eso.

Sonreí como respuesta y me puse en marcha como cada vez que Marco dejaba entrever entre líneas que buscaba algo más.

Hacía años que cada cierto tiempo me invitaba a salir; sin embargo, siempre me había negado con amabilidad.

No me veía en una relación amorosa con nadie; tenía más que suficiente con Farren, mis amigos y mi empresa.

Ya me había enamorado una vez y no necesitaba volver a pasar por ello; mi vida era segura y perfecta tal como estaba.