Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6) 1 River
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Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6)

Eres mi ilusión (Sweet Meadows 6)

Por Vera Beryl

© inepub.com

1 River

RIVER

A pesar de que habían abierto las puertas hacía más de veinte minutos, continuaba sentado en mi cama con los brazos apoyados en mis piernas y la vista fija en mis zapatillas.

No había metido las pocas pertenencias que tenía en la bolsa de plástico que descansaba sobre la tabla de madera que hacía de escritorio; tampoco me había despedido de nadie.

Alcé la mirada al oír el ruido de pasos que se acercaban a mi celda y sentí una punzada de nervios antes de ver la sonrisa torcida de Tony.

—¿Qué haces ahí todavía?

Me encogí de hombros y él soltó una carcajada antes de ponerse a toser.

—Joder, tengo que dejar el tabaco. —Apoyó un hombro en la pared y me contempló con curiosidad—. ¿No tienes ganas de marcharte de aquí? Puedo hacerlo yo en tu lugar.

Eso no iba a suceder; Tony estaba sentenciado a cadena perpetua, así que no iba a salir nunca de allí.

Otros pasos se hicieron eco en la distancia, un sonido que todos los que vivíamos en aquel lugar conocíamos muy bien. Las botas hacían un ruido muy distinto al de las zapatillas.

—Apártate, Tony —gruñó Thomas cuando llegó a nuestra altura—. River, en marcha.

Me puse en pie con calma, como si no estuviera deseando largarme de ese infierno, como si no hubiera contado los días que llevaba allí dentro desde la primera noche.

—¿Me puedo quedar con tus cosas? —Tony señaló el libro, el lápiz, la hoja de papel desgastada y la bolsa de plástico.

Avancé hacia el escritorio, agarré el libro y pasé por su lado sin responderle. Él soltó una nueva carcajada que terminó en otro ataque de tos.

—Vas a morir antes de tiempo, Tony —masculló el guardia con una mueca de asco.

—Mejor para vosotros —respondió él sonriente.

Seguí a Thomas por el pasillo lleno de celdas vacías, ya que mis compañeros se encontraban en el patio, y crucé la puerta que solo había cruzado en cuatro ocasiones: a mi llegada, unos meses después tras haber recibido una puñalada en el abdomen, y en ese instante.

Recorrimos la parte frontal del edificio en silencio hasta llegar a una sala diminuta en la que había una mesa con dos sillas. Sobre la madera descansaba una bolsa negra de plástico.

—Ponte tu ropa y deja el mono sobre la mesa y los zapatos bajo la silla.

Me apresuré a quitarme esa tela que me había provocado sarpullidos los primeros días, pero con la que había convivido los últimos diez años de mi vida. Thomas rompió a reír cuando me puse la camiseta con la que había llegado aquel día y oyó como las costuras crujieron.

No había mucho más que hacer en la cárcel además de entrenar y, aunque la comida no era la más nutritiva, los músculos crecían sin que te dieras cuenta con tanto tiempo libre.

Además, lo primero que aprendías al llegar a ese lugar era que necesitabas defenderte y para ello debías contar con un buen cuerpo que resistiera golpes e infundiera miedo a los demás, aunque solo fuera para mantener los problemas alejados.

Maldije en voz baja cuando no pude abrocharme los tejanos. Y ni siquiera podía tapar la zona con la camiseta porque se encontraba apretada alrededor de mi cadera.

—Quizá podríamos regalarte el mono —comentó Thomas sin disimular su sonrisa.

—No, gracias.

Me puse la chaqueta y logré subir la cremallera sin que explotara.

Las zapatillas entraron sin problema. Encontré mi cartera vacía, solo con la tarjeta de débito y mi permiso de conducir, mi teléfono móvil y un papel arrugado que me hizo contener el aliento.

Eché un último vistazo a la bolsa de plástico en busca de mi reloj, pero no estaba allí.

Era inútil preguntar por él, así que me volví hacia el guardia y él abrió la puerta.

Me condujo hacia la recepción; allí me dieron un sobre con documentos que no me molesté en revisar y contemplé la luz a través de las ventanas.

Había algunas personas esperando a ser atendidas y otras aguardaban sentadas en las sillas de plástico. Sin duda eran familiares, amigos o abogados que venían a ver a los presos.

—Espero no verte de nuevo por aquí.

Asentí con la cabeza, demasiado distraído por la cantidad de estímulos nuevos, y me dirigí hacia la salida.

Sentí un nudo en la garganta cuando crucé la puerta y me encontré en el exterior.

El aire fresco me hizo cosquillas en la cara, el sol me cegó durante varios segundos y esa sensación asfixiante se multiplicó al darme cuenta de que no me encontraba entre cuatro paredes.

Avancé unos pasos, miré a mi alrededor y me detuve frente a la parada del autobús, aunque no tenía dinero para pagar el viaje. Tendría que caminar hasta Bartlett, vaciar mi cuenta bancaria y marcharme lo más lejos posible, a pesar de que era lo último que me apetecía hacer en ese momento.

La imagen de su rostro perfecto apareció en mi mente por mucho que traté de evitarlo y solté un gruñido cuando mi corazón respondió a él. Había compartido solo unos meses con ella y, a pesar de eso, no había dejado de pensar en esa mujer ni un solo día desde entonces.

Había revivido mil veces todas nuestras conversaciones, había imaginado nuestros encuentros y había soñado con sus besos cada noche.

Sabía que yo no sería más que un recuerdo lejano en su memoria y que habría pasado a la historia poco después de mi entrada en prisión, pero yo no había sido capaz de borrarla de mi mente por mucho que lo había intentado.

Apreté el libro que todavía sujetaba en una de mis manos y lo abrí por la mitad.

Su sonrisa cálida destacó entre las letras.

Aquella foto había sido lo único que me había molestado en esconder ese día, lo único que me había importado mantener conmigo todo ese tiempo.

Su mirada clara me había ayudado a no perder la cordura, a levantarme cada mañana con el deseo de sobrevivir un día más para poder verla en algún momento, aunque no tardé en darme cuenta de que eso era lo último que debía hacer.

Dos años fue lo que me llevó prometerme a mí mismo que no volvería a acercarme a ella, y pensaba hacer cualquier cosa para cumplir mi promesa.

Guardé la foto en el bolsillo de mi chaqueta y busqué una papelera en la que tirar el libro, pero el sonido de un coche hizo que alzara la vista y sintiera una punzada en el abdomen. El vehículo se detuvo a mi altura, la ventanilla descendió y su rostro me sonrió.

—¿Necesitas que te lleve a casa? —Se echó a reír cuando no respondí—. No pensarías que me había olvidado de ti, ¿verdad? Solo he estado un poco ocupado los últimos tres años.

Grant me había visitado cada mes durante los primeros seis años a pesar de mis esfuerzos para que no lo hiciera, y luego había dejado de venir sin previo aviso.

Me pareció extraño, uno de sus trucos para ponerme nervioso, para recordarme quién tenía el poder, pero luego llegué a pensar que se había rendido tras todas mis negativas a continuar en su organización.

—No voy a volver. —Mi voz sonó tan calmada y segura como me sentía al decir esas palabras. No sé si fue porque ver su cabello canoso me hizo percatarme de que ya habría cumplido los cincuenta o si fue recordar lo mucho que había cambiado en la cárcel.

—Solo me tienes a mí aquí fuera, como solo me tenías a mí cuando llegaste a la calle hace tantos años. ¿Crees que alguien más aparte de mí te aceptará? —Lo dijo con sorna, como si le divirtiera recordarme cómo nos habíamos conocido.

—No necesito a nadie.

—Ya lo creo que sí. —Su sonrisa desapareció—. Sube al coche, River.

—No.

Nos retamos con la mirada unos segundos antes de que una de sus comisuras se alzara de nuevo.

—Supongo que no tengo que recordarte que nuestro trato sigue en pie y que si lo rompes…

—Me marcho del estado —lo corté antes de que la furia que ya había llenado mis venas me instara a hacer una estupidez.

—Yo de ti no lo haría —canturreó.

—Olvídame, Grant.

Eché a caminar en dirección a Bartlett y él me siguió a mi ritmo, todavía con sus ojos fijos en mí.

—La decisión es tuya.

Me detuve ante sus palabras. El hombre que había sido mi jefe durante tanto tiempo me mostró su sonrisa más retorcida antes de lanzarme un sobre por la ventanilla. Lo atrapé en el aire; él alzó una mano a modo de despedida y se alejó a toda velocidad.

Abrí el sobre con una sensación amarga en el estómago que se intensificó al ver la fotografía que había en su interior.

Sentí el mismo terror que experimenté aquella noche, aunque no dejé que me consumiera.

Estudié su rostro milímetro a milímetro, fascinado por los cambios que había sufrido en esos diez años.

Su pelo seguía siendo el mismo, pelirrojo y ondulado, solo que lo llevaba recogido en un moño en lugar de suelto.

Sus ojos eran tan verdes como recordaba, aunque algo más profundos.

Sus labios formaban una sonrisa calmada y tímida; se notaba que estaba escuchando lo que las personas que se encontraban con ella le estaban diciendo.

Iba vestida con el mono de trabajo, aunque era distinto al que ambos habíamos llevado en la empresa de construcción en la que nos habíamos conocido.

Pasaron varios segundos antes de que pudiera apartar la mirada de ella.

No había nadie a mi alrededor, Grant había desaparecido con su coche, el autobús no estaba por ningún lado y no llegaban familiares o amigos para ver a los presos.

Era como si el mundo se hubiera detenido para que yo pudiera contemplarla una vez más.

Mi corazón se saltó un latido ante el significado de aquella imagen.

Grant no había dejado de vigilarla a pesar de haber cumplido mi parte del trato, a pesar de no haberme acercado de nuevo a ella antes de entrar en la cárcel.

Y le acababa de confirmar que pensaba marcharme muy lejos de allí; iba a continuar cumpliendo el trato, pero eso no era suficiente para él.

Grant quería que no volviera a verla nunca más y que me uniera de nuevo a sus filas, aunque eso no formara parte del acuerdo al que habíamos llegado tantos años atrás.

Guardé su foto en el mismo bolsillo que contenía la otra y me puse en marcha hacia Bartlett, aunque esa vez con un plan muy distinto al anterior.

Llegaría al pueblo y comprobaría mi cuenta bancaria, pero no para marcharme muy lejos de allí, sino para romper mi promesa y así protegerla desde las sombras.