Eres la razón de mi sonrisa 55
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Cuando abro los ojos, lo primero que tengo delante es la cara de Bruno observándome con ternura.

—Buenos días —saluda tras darme un beso—. Me encanta mirarte mientras duermes.

—Buenos días. A mí me encanta que seas lo primero que ven mis ojos cuando me despierto.

—He estado pensando una cosa, a ver qué te parece —dice con cara de circunstancias.

—A ver, sorpréndeme. —Seguro que es una excursión por aquí a algún paraje de ensueño.

—He pensado en irme mañana contigo a Madrid, así no te vuelves sola en el avión —suelta deprisa, quizá por miedo a mi respuesta.

—¿Pero tú no te ibas a quedar hasta un par de días antes de Reyes? —pregunto extrañada.

—Sí, pero es que no sé cómo te vas a llevar tantas cosas en el avión. Imagínate el espectáculo apareciendo llena de verduras, huevos, regalos… —enumera, haciéndome reír.

—Pues la verdad es que en eso no había pensado…

—¿Entonces? —pregunta, subiendo las cejas.

—Es una buena idea, Bruno, siempre piensas en todo.

Le doy un beso y, en lo que dura este, pienso en el bonito gesto que acaba de tener conmigo y logra que le bese con más ganas incluso.

Después, bajamos a desayunar, pero ya no queda bizcocho de pera; ayer nos lo terminamos entre todos.

Saludamos a Nieves, que está haciendo frixuelos.

La cocina huele a café, nos servimos dos tazas y le añadimos leche.

Después, Bruno empieza a rellenar los frixuelos: unos los hace con jamón y queso, que calentitos están de vicio, y otros los hace de plátano y crema de cacahuete.

Como el que no quiere la cosa, me como uno de cada.

La verdad es que están buenísimos. Espero que comamos tarde porque, con lo llena que estoy, me va a costar comer todo lo que dijo Nieves que iba a hacer hoy.

—¿Quieres que vayamos a comprar un regalo para las chicas? —propone Bruno nada más terminar de desayunar.

—Sí, porque al final me iré sin nada para ellas —asiento, agradeciéndole que esté en todo. Y no es que no me haya acordado de mis gemelas, es solo que con tantas cosas nuevas y tantas emociones, el detalle de llevar regalos se había quedado un poco olvidado, la verdad.

—Pues venga, vamos a ponernos el abrigo, que te voy a llevar a un sitio en el que seguro encuentras algo.

Nos montamos en el coche y me lleva a una tienda que está en San Esteban, a unos diez minutos del pueblo. Es una tienda grandísima que tiene un poco de todo, desde cosas para la casa hasta artículos de papelería y accesorios para el pelo.

Al final salimos de allí con un par de bolsas llenas de regalitos.

A Nieves le he comprado un molde de silicona que comentó el otro día que quería para hornear sus bizcochos; a Nicolás, un cesto grande de mimbre para que ponga ahí la verdura que coja del huerto; a Clara, una caja enorme de hilos de muchos colores para que haga punto de cruz, que, según me dijo,

era su vicio; a Ricardo, un ajedrez, así ya no tiene excusa para jugar con sus hijos en casa, porque el ajedrez que usan es de los padres de Bruno; a los niños, un libro con dibujos para colorear, uno de animales para el más pequeño y el otro de coches para el mayor.

Y a mis niñas les he comprado varias horquillas para el pelo y diademas de esas que les gustan a ellas, y un par de libros de lectura para cada una.

Cuando volvemos a casa, organizamos bien las maletas.

Bruno les ha comprado unos rotuladores que pintan con el borde plateado que, según él, Delia le dijo el día que fue a recogerla al cole que le gustaría tenerlos.

Es un amor de hombre, se acuerda de todo lo que hablamos con él y luego piensa en agradarnos.

Durante la comida, Bruno les dice a sus padres que se vuelve a Madrid mañana conmigo. Y aunque les apena un poco, a ninguno de los dos les sorprende.

—Nieves, esto está buenísimo —afirmo, señalando el plato de fabes con almejas—. Así no las había comido nunca.

—Pues de esto no te voy a dar la receta. —Se ríe—. Así, cada vez que quieras comerlas, no te quedará más remedio que venir a casa.

—La próxima vez que vengas tienes que traer a tus hijas —añade Nicolás—. Verás que disfrutan mucho con tanto campo.

—Seguro que sí, y serán las primeras en ayudarte con el huerto, todas esas cosas les encantan —aseguro, acordándome de ellas e imaginándomelas recogiendo lechugas con él.

—¿Hoy el cachopo te ha quedado mejor que nunca o me lo parece a mí? —elogia Bruno a su madre.

—Seguro que hoy le ha puesto más cariño porque comía Flora con nosotros —opina Nicolás, haciéndonos reír a todos.

—Comiendo siempre así, no me costaría nada acostumbrarme a vivir aquí —aseguro, siguiendo con las risas—. Nieves, eres una gran cocinera.

—Y eso lo dices sin haber probado aún el pote asturiano —señala Nicolás—. Cuando lo pruebes, no querrás irte.

La comida transcurre en el mismo tono, y no es que sea porque esté yo aquí, es que se ve que ellos siempre tienen la misma actitud.

Da gusto dar con gente así, sencilla, que llaman a cada cosa por su nombre sin andarse con florituras, y que saben disfrutar de la compañía de la familia. ¡Cuánto me alegro de haberlos conocido!

Después de comer, recogemos la cocina y nos sentamos un rato en el sofá.

La verdad es que se está fenomenal tan cerca de la chimenea.

Voy a echar de menos esto cuando vuelva a Madrid.

Bueno, en realidad, creo que echaré en falta más cosas.

Sobre todo, la tranquilidad, no ir con prisa a ningún sitio, estar rodeada de naturaleza sin necesidad de coger el coche, el olor a chimenea, el mar, la familia...

Mis pensamientos son interrumpidos por el sonido del móvil de Bruno.

¡Qué raro! Es la primera vez que le suena desde que estoy con él.

Veo que me mira preocupado y me dice que tenemos que ir un momento a casa de su hermana, que ha tenido un contratiempo.

Cojo los regalos que tengo para ellos antes de montarnos corriendo en el coche y, cuando llegamos allí, escuchamos gritos acompañados de muchas risas.

Nos abre su hermana hablando por teléfono.

—Ya están aquí. Hasta luego, mamá. —Se despide y cuelga.

—¿Se puede saber a qué venía tanta urgencia? —pregunta Bruno a Clara un poco enfadado por no entender la urgencia—. Venimos a toda prisa y resulta que estáis de cachondeo.

—No te enfades, hermanito. Es que si te decía la verdad, lo mismo no venías... —murmura su hermana con cara de no haber roto nunca un plato—. Pasad.

Entramos en el salón y nos encontramos con una estampa de lo más tierna: los sobrinos de Bruno están jugando con un par de cachorritos de perro.

—¿Habéis aumentado la familia? —le pregunta a su hermana, acercándose a ellos.

—La perra de un compañero de trabajo tuvo una camada hace dos meses, y le dije que me guardara uno —cuenta Ricardo, acariciando a uno de los perritos—.

Y hoy, cuando he ido a por él, resulta que aún le quedaba una hembra y me he atrevido a traerla para regalárosla.

Bruno, sé que a ti te encantan los perros; además, por lo que nos has contado, tienes jardín en tu casa para poderlo tener.

—Tío, mira qué bonitos son —llama su atención su sobrino mayor—. Nosotros nos quedamos con este. El otro es para Flora y para ti.

Bruno se agacha, coge a la pequeña hembra y la mira con ternura. Después se acerca hasta mí con ella en brazos.

—¿Tú qué opinas? —pregunta, mirándome sin creerse bien la decisión que está a punto de tomar—. ¿Crees que a las chicas les gustará?

—¿Que si lo creo? Se van a volver locas cuando la vean. Siempre están hablando de tener un perro… —hablo sin pensar que ni siquiera vivimos juntos para tomar una decisión así.

—Pues no se hable más, será mi regalo de Navidad para ellas —asegura sin dejar de acariciarla.

—Pero vivirá en tu casa, ¿de acuerdo? —propongo mientras me la imagino tantas horas sola, encerrada en mi piso—. Así tendrá más espacio para correr y hacer sus necesidades.

Se acerca a mí con esa sonrisa suya y me da un beso, momento en el que aprovecho para coger a la perrita en brazos y darle unos mimos.

Tiene una carita preciosa, es de color blanco y, según Ricardo, es una golden retriever.

Parece un muñequito de peluche. Estoy deseando ver la reacción de las gemelas cuando la vean.

Les doy a los regalos, Bruno les cuenta que nos volvemos mañana y nos despedimos de todos hasta la próxima vez que nos veamos.

—Espero que mi hermano te haga muy feliz —susurra Clara en mi oído cuando nos despedimos—. Si no es así, me llamas y le doy un tirón de orejas.

—Así lo haré —asiento, riéndome.

—Cuidad mucho de la perrita y mandadnos fotos para ver cómo va creciendo —nos pide Ricardo, dándole mimos a su cachorro.

—Tranquilo, cuñado, la cuidaremos como si fuera nuestro hijo —asegura Bruno haciéndonos reír a todos.

Después se acerca a sus sobrinos, les coge en brazos, empieza a darles vueltas y ellos gritan pidiendo más.

Cuando paran los giros, me aproximo yo también para darles un beso a cada uno.

Salimos de la casa dejando a Clara con cara de pena; hasta me ha parecido que se le escapaba una lagrimilla, pero es normal, la entiendo.

En casa de sus padres solo se oye el silencio cuando entramos. Nicolás está haciendo crucigramas y Nieves lee; los dos se encuentran sentados frente a la chimenea, su rincón favorito, y ahora el mío también. Se levantan en cuanto nos ven llegar con la perrita en los brazos.

—¡Pero qué bonita! —exclama su madre, cogiendo a la pequeña peluda.

—Tu cuñado tiene unas cosas… —dice Nicolás a su hijo—. Podía haberte consultado primero antes de ponerte en un compromiso.

—Papá, si me hubiera consultado, le hubiera dicho que no. Pero sé que a las hijas de Flora les va a encantar.

—Si no lo queréis, nosotros nos lo quedamos —propone Nieves sin parar de darle mimos a la perrita.

—Déjate, muyer, con las gallinas ya tenemos bastante —le asegura Nicolás. Después nos mira a nosotros—. Hablando de gallinas… Os he traído huevos y muchas hortalizas para que os llevéis mañana. Supongo que os iréis pronto.

—Tampoco quiero salir muy temprano por la niebla. Lo dejaremos todo recogido para irnos mañana nada más desayunar, ¿te parece? —pregunta, esperando mi aprobación.

—Sí, claro, ahora mismo me pongo con la maleta.

Subo por las escaleras hasta la habitación y recojo todo lo que puedo, incluso la ropa de Bruno. Aunque no encuentro su maleta y tampoco quiero abrir el armario, luego le preguntaré. Cojo ropa limpia y me meto en la ducha, así podrá estar un rato a solas con sus padres antes de que nos vayamos.

Cuando vuelvo a la habitación, está esperándome sentado en la cama.

—Llego justo a tiempo para secarte —insinúa de lo más sensual—. No hacía falta que me recogieras la ropa, pero gracias.

—Es lo menos que puedo hacer por ti, después de lo bien que me has acogido en tu habitación estos días —digo con picardía.

—Ven aquí, aún tenemos tiempo antes de bajar a cenar. —Me atrae hacia él, cogiéndome por la toalla.