Eres la razón de mi sonrisa 54 #2
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Los pequeños no dejan de corretear por toda la casa, y eso hace que vuelva a acordarme de mis hijas y, como atraídas por el pensamiento, mi móvil comienza a sonar. Son ellas.

—Hola, mami, ¡feliz año! —grita Delia.

—Feliz año, cariño —saludo muy contenta al escuchar su voz y voy a la cocina para hablar con más tranquilidad—. ¿Os lo estáis pasando bien?

—Muy bien. Les estoy ganando todas las partidas a los primos —cuenta, riéndose.

—Y ya dicen que no quieren jugar más —dice Blanca, quitándole el teléfono a su hermana—. ¡Feliz año, mami!

—Feliz año, cielo, ya veo que os lo estáis pasando fenomenal.

—¿Y tú? —pregunta bajito.

—Yo también y tengo muchas cosas que contaros —contesto en el mismo tono.

—Tengo ganas de verte ya, mami, te echo mucho de menos —dice con voz tristona.

—El domingo llega pronto, seguid portándoos bien y ayudad a la abuela, ¿de acuerdo?

—Sí, mami, y no le hemos dicho nada a nadie de donde estás —asegura en voz muy baja.

—Gracias por guardar el secreto, sois las mejores hijas del mundo.

Nos despedimos con muchos besos y cuelgo con un pelín de tristeza, pero enseguida viene Bruno, que se ha dado cuenta de todo, a sacarme una sonrisa. Me coge de la mano y me lleva hasta la cocina con la excusa de hacer más café. Me arrincona contra la pared nada más entrar y me besa con ansia.

—Me vuelves loco. No puedo estar ni un solo instante sin besarte, todavía no me puedo creer que hayas venido hasta aquí.

Y seguimos besándonos como si estuviéramos solos.

—Si queréis, os dejo las llaves de mi casa. Ahora no hay nadie y tendríais intimidad —indica Clara, riéndose, al entrar en la cocina.

—Qué oportuna eres, así no hay manera —le regaña Bruno de broma.

—¿Tenéis algún plan para después? Aunque no sé ni para qué pregunto. No es que quiera acapararos o cortaros el rollo, pero podíais venir a cenar a casa esta noche —propone, cogiendo la jarra de café.

—Por mí no hay problema —acepto, mirando a Bruno.

—Yo tenía otros planes mucho más entretenidos, pero, si quieres, iremos —bromea para pinchar a su hermana.

—A ver, hermanito, que tu edad de la adolescencia ya pasó. Ahora tienes que controlar tú solito esas hormonas —dice con un gesto de lo más explícito, haciéndonos reír.

Nieves entra en la cocina.

—¿Me he perdido algo?

—Mejor no te lo cuento, mamá. Seguro que los echabas de casa si lo supieras —asegura Clara, sin dejar de reír.

—Serás cizañera y mala hermana —la regaña Bruno, tirándole un trapo.

Nos seguimos riendo un buen rato más y llevamos más café recién hecho al salón.

Ricardo y Nicolás se han puesto a jugar al ajedrez, aprovechando que los niños están viendo los dibujos animados.

Bruno se acerca a ellos para mirar la partida y nosotras nos quedamos hablando de recetas de cocina.

Nieves me ha prometido que, antes de irme, me dará la receta del pastel de cabracho, así se lo podré hacer a las niñas siempre que quiera.

La conversación con ellas me hace sentir bastante cómoda; es como estar hablando con dos amigas.

En ningún momento me han hecho preguntas incómodas ni me han hablado en plan suegra y cuñada; al contrario, me siento como una más.

Al final, no me duché cuando llegamos de dar el paseo. Entre unas cosas y otras se me pasó. Entonces, antes de ir a cenar a casa de su hermana, me meto en la ducha. Cuando vuelvo a la habitación para vestirme, entra Bruno.

—¿Te importa que me quede? —pregunta con descaro.

—¿Por qué me iba a importar? No creo que tenga nada que no me hayas visto. —Mi tono es pura provocación.

—Pues no sé yo… —Se acerca despacio, consiguiendo que me entre mucho calor—. Quizá si miro por aquí…

Solo con sus palabras es capaz de encenderme. Me vuelve loca su forma de hablar, su forma de mirarme, su forma de besar.

—Como nos pillen tus padres, me muero de la vergüenza.

—No te preocupes que, aunque lo sepan, no van a entrar en la habitación —asegura, dejándome más tranquila.

—Eso espero…

Sus manos recorren mi cuerpo creándome oleadas de placer allí por donde pasan.

Se deshace de mi toalla y yo le voy quitando la ropa sin dejar de besarle.

Le empujo suavemente para dejarle bocarriba en la cama y me subo a horcajadas sobre él justo después de quitarle los bóxers.

Estoy tan excitada que no necesito mucho más para llegar al orgasmo.

En unos pocos movimientos, con su erección dentro de mí, consigo llegar al clímax.

Me echo hacia un lado y ahora es él quien se coloca sobre mí y me penetra, volviéndome a crear la misma necesidad que tenía minutos antes.

Después de unos largos segundos dándonos placer, nos dejamos ir los dos a la vez, sin dejar de mirarnos a los ojos y ahogando nuestros gemidos con una sonrisa.

De camino a casa de su hermana voy como en un sueño, recordando una y otra vez cómo nos hemos amado hace un rato. Me parece increíble estar viviendo algo así. Nunca imaginé estar con un hombre como él, y lo digo en el más amplio sentido de la palabra.

Clara ha preparado para la cena unos escalopines al cabrales, una tabla de quesos y chorizo a la sidra. Me da que cocina igual de bien que su madre, pues está todo buenísimo.

—Si os quedáis con hambre, me lo decís, que traigo más comida —bromea Ricardo.

—Tranquilo, que si se queda con hambre, ya me ocupo yo —le sigue Bruno la broma, consiguiendo que me sonroje un poco.

—¿Sabéis que relacionar todo con el sexo denota alguna carencia? —interviene Clara.

—Ya saltó la psicóloga, ¿es que no puedes descansar un solo día? —ironiza Bruno, riéndose.

Y entre comentarios de uno y comentarios de otro, pasamos una noche de lo más divertida. Hasta que, para no llegar tampoco muy tarde ni molestar a sus padres, decidimos volver y nos encontramos a Nieves en la cocina.

—¿Vais a comer en casa mañana? —nos pregunta antes de irse a acostar.

—No sé, que yo sepa no hay nada planeado.

—¿Qué estás pensando hacer, mamá?

—Si os quedáis, había pensado hacer fabes con almejas y cachopo. —Solo de oírla, ya estoy salivando.

—¡Nos quedamos! —afirmo sin pensar, haciéndoles reír a los dos.

—Pues no se hable más —sentencia Nieves con una bonita sonrisa—. Pongo las fabes en remojo y me voy a la cama.

—Que descanses. —Me acerco a darle un cariñoso beso.

—Hasta mañana, bonita. —Y mira a su hijo—. No te olvides de echar un par de leños más antes de que os vayáis a dormir o a reír o a lo que sea que hagáis en la habitación.

Y después de decir esto, nos guiña un ojo y sube por las escaleras camino a su cuarto.

Miro a Bruno más roja que un tomate y me entra la risa floja, a la que enseguida él se une, y nos dejamos caer en el sofá, frente a la chimenea.

Y así, sentada de espaldas a él y él abrazándome por detrás, nos quedamos embobados, en silencio, cada uno con sus propios pensamientos, mirando las llamas de los leños encendidos.