54
Me despierto bastante desorientada. Estoy en una cama que no es mía, en una habitación que no conozco y, en cuanto me giro, veo a Bruno durmiendo tan pancho a mi lado.
Creo que es normal que me sienta así con todas las emociones que viví ayer: el viaje sorpresa, conocer a la familia de Bruno, estar lejos de mis niñas…
Me estoy haciendo pis, pero no me parece bien salir con este mini camisón de la habitación, así que busco en la maleta algo cómodo y «decente» que ponerme para poder ir hasta el cuarto de baño. Menos mal que lo hago, porque me encuentro con su madre.
—Buenos días —saluda Nieves, sonriendo—. Espero que hayas dormido bien.
—Sí, muy bien. La verdad es que me dormí nada más meterme en la cama de lo cansada que estaba —explico mientras abro la puerta del cuarto de baño.
—En la cocina hay café recién hecho. Si quieres, te espero para desayunar —propone a punto de bajar por las escaleras.
—De acuerdo, enseguida bajo.
Después de hacer pis y de lavarme la cara, abro la ventana del cuarto de baño y entra un aire casi glacial, aunque el paisaje merece la pena.
De momento hay un poco de niebla, pero seguro que en un rato desaparece y se queda un día bonito.
Al menos así debería ser el primer día del año.
La cierro deprisa y bajo hasta la cocina para desayunar.
En la mesa hay bizcocho de pera con una pinta estupenda.
—Menudo frío hace fuera —digo a Nieves, entrando en la cocina.
—Sí que hace, sí. Por lo menos va a salir el sol y no vamos a tener tanta niebla hoy. Llevamos muchos días con ella y no nos abandona —explica, sirviéndome café en una taza que ha sacado de un armario—. ¿Lo tomas con leche?
—Sí, por favor. Este bizcocho tiene una pinta estupenda. —Se me hace la boca agua viendo lo que tengo delante.
—Lo horneé hace un rato, aún debe de estar caliente.
—A mis hijas les suelo hacer bizcocho de naranja, les encanta —le cuento, acordándome de ellas.
—Dice Bruno que son unas niñas muy buenas —comenta, dándome a entender que Bruno le ha hablado bastante de nosotras.
—La verdad es que no me puedo quejar. Son bastante inquietas, eso no lo puedo negar, pero son obedientes y ordenadas entre otras muchas virtudes. —Me emociona hablar de ellas.
—Los niños son el reflejo de sus padres o eso era lo que siempre decía mi abuela, aunque a veces hacen cosas que no reconocemos como nuestras y pensamos: ¿A quién habrán salido? —Se ríe.
—Pues sí, a mí me pasa igual. Una de las gemelas es casi clavada a su padre y no en el físico, sino en detalles, y la otra es más como yo, aunque mucho más sensible.
—Los críos crecen muy rápido. Hoy los tienes en casa, volviéndote loca con sus carreras y sus riñas, y, al día siguiente, se van a vivir su vida y ni cuenta te has dado —comenta, melancólica—. Bueno, voy a dejar de aburrirte con mis cosas de vieja, ¿te apetece un poco de bizcocho?
—Sí, parece que esté diciéndome «cómeme».
—¡Cómo me gusta ver reír a dos de las tres mujeres más importantes de mi vida! —exclama Bruno al entrar en la cocina.
—Buenos días. Llegas a tiempo para comerte un pedazo —saluda su madre, cogiendo otro plato.
—Te has levantado muy pronto. —Me sonríe y me da un beso—. ¿Has dormido bien?
—De maravilla, estaba agotada. —Miro a Nieves—. ¿Y Nicolás?
—Mi marido hace ya rato que fue al huerto. Desde que se jubiló es su entretenimiento, cuida más lo que tiene plantado que a su propia muyer —bromea con cariño.
—Estaba pensando en ir a dar un paseo por aquí en cuanto terminemos de desayunar, ¿quieres? —propone Bruno con esa sonrisa que me vuelve loca—. Así te enseño un poco la zona.
—Claro, buena idea, hay que bajar un poco lo que comimos ayer. ¡Madre mía, qué bueno estaba todo! —admito, acordándome de la cena.
—Pues hoy tenemos lo mismo para comer; por lo tanto, volverás a disfrutar de esos ricos manjares.
—Además, voy a hacer un caldo de esos que a mis niños les gustan tanto —dice Nieves, que ya se ha puesto a trastear entre los fogones.
—Hacía tiempo que no veía una cocina de gas. Creo que la última fue en casa de mi abuela, pero no era tan auténtica como esta.
—Ahora solo cocináis con la vitrocerámica.
Desde luego, es mucho más cómoda de limpiar, pero cocinar con fuego, como se ha hecho toda la vida, para mí no tiene comparación —cuenta con orgullo—.
Estos fogones son los mismos que he tenido siempre.
Desde que me casé, siempre he cocinado aquí.
Bueno, no me enrollo más, que si no mi hijo se va a enfadar conmigo por entretenerte.
Bruno la mira con una sonrisa y le da un beso. Después me coge de la mano y subimos a la habitación. En cuanto cierra la puerta, nos besamos con tanta pasión que me dejo llevar por el momento y terminamos haciendo el amor, aunque con un poco de prisa y ahogando los gemidos con la almohada.
—Tu madre se ha tenido que enterar de todo —murmuro, tapándome con las sábanas.
—No creo que a su edad se vaya a escandalizar. —Se ríe—. Creo que deberíamos salir un rato.
—Estoy tan a gusto entre tus brazos, que no me movería de aquí en todo el día —le provoco, pícara.
—No me mires así o, al final, tendrá que venir mi madre a buscarnos para ver si nos ha pasado algo.
—Tienes razón, vamos a dar ese paseo. —Hago el esfuerzo de levantarme de la cama—. Cuando volvamos, me gustaría darme una ducha.
—Claro, a la vuelta nos duchamos los dos.
Me enseña todos los alrededores de la casa de sus padres y me cuenta anécdotas de cuando él y su hermana eran pequeños, de las cosas que hacían y de cómo se divertían.
Menos mal que eché ropa de hacer deporte en la maleta, así estoy mucho más cómoda.
En movimiento no se nota tanto el frío, pero sí que es verdad que aquí es distinto del de Madrid.
Al final llegamos hasta la playa de los Quebrantos.
El paisaje es espectacular y el mar está algo revuelto, pero eso consigue que el baile que forman las olas me deje embobada.
—Es precioso —admiro sin poder quitar la vista del mar—. Supongo que no ha tenido que ser fácil para ti dejar todo esto.
—Tú eres la culpable de que no haya sido tan difícil. —Me coge de la cintura—. Aún no me creo que estés aquí.
Nos volvemos a besar con el sonido de las olas rompiendo no muy lejos de donde estamos.
Aquí sí que noto más sensación de frío, quizá porque el aire sopla con más fuerza desde nuestra posición.
Pero ¿cómo puedo sentir frío con el calor que desprenden sus besos?
Me siento como en una nube de esas que estoy viendo en el cielo sobre nosotros; no se puede estar en mejor sitio que donde estoy ahora mismo, que es entre sus brazos.
Cuando él me abraza, se me olvida todo: solo estamos él y yo, y todo lo que siento por él y lo que sé que siente por mí.
Aún no le hemos puesto nombre a estos sentimientos, pero tampoco es necesario.
Después de recorrer más sitios del bonito pueblo costero, regresamos a su casa.
Yo quería volver pronto para ayudar a su madre con la comida; no me gustaría llegar con la mesa puesta.
Cuando estamos casi acercándonos a la puerta, me lleva a la parte de atrás, que es donde su padre tiene el huerto.
Le saludamos y me enseña todo lo que tiene plantado.
No es que sea muy grande, pero parece que tiene un poco de todo, hasta un pequeño corral con unas cuantas gallinas.
—Cuando me vaya, me gustaría llevarme unos huevos de estos; seguro que a las niñas les encantan —pido a Nicolás con confianza.
—Por supuesto, y también te voy a preparar unas cuantas verduras, ya verás que cuando las comas en tu casa te van a saber diferentes a las que compras en el supermercado —dice orgulloso de su huerto—. Ahora les echan productos para que aguanten más, y lo que hacen es estropear su sabor.
Ya dentro de su casa, ayudamos a Nieves a colocar la mesa mientras charlamos de muchas cosas con ella; es muy agradable su conversación.
—Bruno, hijo, ¿por qué no te traes un poco más de leña? Así luego no tendremos que salir —le pide y él obedece sin pensárselo—. Flora, tengo que decirte una cosa y no quiero que nos oiga, por eso le he mandado fuera.
—Claro, Nieves, dime lo que sea —acepto intrigada por el tono de su voz.
—Gracias por haberle devuelto la sonrisa a mi niño. Me siento muy dichosa de verlo tan feliz —dice muy emocionada.
—Tu hijo es estupendo. Me hace sentir como nunca me había sentido —confieso con toda la confianza del mundo—. Es atento, cariñoso, educado, discreto y guapo, muy guapo.
Mis palabras le hacen reír. Esa era mi intención. He tenido que poner al final un toque de humor porque no quería que Bruno nos pillara a las dos llorando cuando volviera de traer la leña.
—Mi hijo tiene muchas virtudes, y el amor no le ha tratado como se merecía, al menos hasta que te ha conocido a ti. De nuevo, te doy las gracias. —Se acerca y me abraza, y en esos momentos aparece Bruno por la puerta.
—Pero ¿qué es lo que tramáis vosotras dos, eh? —bromea, aunque sé que lo que ha visto le ha gustado.
—Le estaba dando las gracias a tu madre por la receta de la sopa esa que me hiciste aquel día —miento, guiñándole el ojo a Nieves—. ¡Estaba deliciosa!
—Pero ya sabes que no te va a quedar allí igual que aquí —dice su madre, siguiéndome el rollo—. El agua es distinta y…
—Y las verduras también —continuo la frase, acordándome de la conversación de hace un rato con Nicolás.
De repente, se abre la puerta de la casa y aparecen Clara y Ricardo con los niños, nos saludamos con muchos besos y llevamos a la cocina todo lo que han traído de la cena de ayer. En esta casa, por lo que veo, tampoco se tira nada, igual que en la mía.
Comemos con el mismo buen ambiente. Todo son bromas, risas, palabras amables y agradecimientos.
El caldo de Nieves está buenísimo, el pavo de Clara está incluso mejor que anoche y ni qué decir tengo del pastel de cabracho.
De este también me gustaría llevarme a Madrid; seguro que a las niñas les encanta.
Igual que hicimos anoche, después de ayudar entre todos a recoger la mesa y la cocina, nos sentamos alrededor de la chimenea.
Se está muy a gusto cerca del fuego tras haber comido de maravilla.