53 #3
—Lo sé, es una de las personas más buenas que conozco y no te lo digo porque sea mi hermano. El pobre lo ha pasado mal. Aquí estaba muy agobiado, creo que lo mejor que ha podido hacer es marcharse, aunque yo le echo mucho de menos. La verdad es que no me acostumbro a verlo por el móvil —me confiesa.
—Pues no sé si te habrá contado cómo nos conocimos. No fue de la forma más bonita posible; yo creo que nos caímos hasta mal —recuerdo, riéndome.
—Sí que me lo ha contado. El muy cara te quitó tu plaza de aparcamiento. —Se ríe también—. Ojalá os vaya muy bien siempre. No me gustaría ver a mi hermano otra vez tan hundido.
—Ahí sí que no te puedo garantizar nada, pero voy a poner todo de mi parte para que salga bien. Aunque, por mi matrimonio, me he dado cuenta de que la vida da muchas vueltas. A mí jamás se me había pasado por la cabeza que algún día me separaría de mi marido. ¡Y fíjate!
—Hablando de maridos, el mío tiene que estar a punto de llegar.
Ha quedado con los del trabajo para tomarse algo cuando salieran; espero que no tarde mucho.
Aunque seguro que hoy se retrasa algo más sabiendo que tiene que ayudarme con los preparativos de la cena.
¡Menos mal que estás tú! —admite con una sonrisa casi tan bonita como la de Bruno.
Mientras nosotras vamos poniendo varias cosas en la mesa, colocada en el centro del salón para que haya más espacio, los niños no paran de pelear y perseguirse por toda la estancia. A los quince minutos, aparece Bruno con sus padres.
—Espero que te guste la sidra —me dice Nicolás, llevando varias botellas a la cocina.
—Sí que me gusta, sí —afirmo, sonriendo.
Nieves me da otros dos besos cuando me ve. Está contenta, no deja de mirarme con ternura y sonreírme. Le ayudo a llevar a la cocina otra bolsa que ha traído con comida que ella misma ha preparado en casa, según me cuenta.
—Espero que te guste el pastel de cabracho, lo he hecho esta misma mañana —me informa mientras saca un táper de una de las bolsas.
—Si te digo la verdad, nunca lo he probado, pero me encantará hacerlo. —Le echo una mano con otro táper mucho más grande.
—Este lleva carbayones. Estoy segura de que no los has probado, son un postre típico de Oviedo. A los niños les gusta mucho, por eso echo muy poquito coñac. —Me guiña un ojo.
—Seguro que están buenísimos. —Observo lo que hay sobre la encimera—. Tiene todo una pinta estupenda.
—Hola a todos, ¿ya vamos a cenar? —pregunta un hombre, entrando por la puerta de la casa. Creo que debe de ser el marido de Clara.
—¿Ya tienes hambre? —dice Bruno, chocándole la mano.
—Pues después de unas cuantas cervezas con los compañeros, lo que más me apetece ahora mismo es un poco de pastel de cabracho de tu madre. Espero que este año también lo haya hecho —añade, riéndose con Bruno.
—Ya sabes que, si mi madre no lo hace esta noche, es que no es Fin de Año. No puede faltar —asegura Clara y le da un beso a su marido.
—Ven, te presento a Flora —dice Bruno, cogiéndome con cariño por el hombro—. Flora, él es Ricardo, el marido de Clara.
—Encantado. No me habían dicho que venías. —Me da dos besos—. Si lo sé, no me retraso tanto. Perdona.
—En realidad, ninguno sabía nada. He venido al mediodía para darle una sorpresa a Bruno, bueno, y también a los demás, por lo que he visto —digo, riéndome y haciéndolos reír a todos.
El padre de Bruno abre un par de botellas de sidra y las deja en la mesa, Nieves juega con los niños, Ricardo echa unos cuantos leños en la chimenea y Bruno y yo llevamos a la mesa todo lo que falta, a excepción del pavo que aún tiene Clara en el horno.
Cuando estamos todos sentados, les propongo un brindis; es el primero que hago con su familia y espero que no sea el último.
—Por esta Nochevieja con todos vosotros. Muchas gracias por hacerme sentir de la familia —brindo, emocionada.
—¡Por muchas más! —gritan ellos a la vez alzando sus vasos de sidra.
Comenzamos a comer y se me van los ojos con la pinta tan buena de los platos que tengo delante. Hay tanta variedad que no sé ni por dónde empezar.
—Flora, ¿prefieres beber otra cosa? —pregunta Ricardo con amabilidad.
—No, gracias, me gusta la sidra.
—Esta sidra ta de restallu —dice Nicolás, dejando su vaso vacío. Bruno me explica que esa expresión se dice cuando la botella de sidra se termina y ha gustado mucho.
La cena transcurre entre risas y buen rollo y algún que otro grito por parte de los niños que han estado poco tiempo sentados a la mesa. Son más revoltosos que mis niñas a su edad, y eso que a mí me parecían las más movidas del mundo, pero veo que no, que los hay aún más.
—¿Ves lo que te decía antes? —pregunta Clara, dirigiéndose a mí. Parece que me ha leído el pensamiento—. No paran ni un momento; han comido un poco y otra vez a jugar. ¡Menos mal que en verano pasan el día en el jardín!
—Tenías que haber visto a Bruno y a Clara cuando eran pequeños —me dice Nieves, riéndose—. Tampoco paraban, siempre corriendo alrededor del hórreo.
—Pero nunca peleaban —interviene Nicolás en la conversación—. Yo creo que, ahora, de mayores es cuando más se están rabiando entre ellos.
Su comentario nos hace reír a todos. Le digo a Nieves que el pastel de cabracho está exquisito, que nunca he probado algo parecido. La verdad es que todo lo que está en la mesa está buenísimo. No puedo ponerle una pega a nada de lo que estoy comiendo, y se lo hago saber, dándoles las gracias.
—Pues verás cuando pruebes el pavo de mi muyer —asegura Ricardo, mirando con orgullo a Clara—. La pena es que solo lo hace una vez al año, y se hace muy largo…
—Pues igual que tu suegra con el pastel de cabracho, lo hace hoy y ya, hasta que se acabe el año que viene, nada de nada —dice Nicolás, haciéndonos reír.
—Es que hay cosas que si se comen muy a menudo, se dejan de saborear con las mismas ganas. —Sigo el mismo tono de broma.
—Claro, claro, ahora lo entiendo —comenta Nicolás, riéndose sin parar.
Después de comer el pavo, que también está delicioso, toca el turno a los postres. Por primera vez pruebo los carbayones. ¿Es que hay algo que se les dé mal hacer a esta familia? Clara llama a los niños, ha hecho además frixuelos; a los niños se los rellena de nata y chocolate.
—Estás muy callado —digo a Bruno bajito.
—Es que no quiero que se acabe nunca este momento, para mí es como un sueño. Estás aquí, cenando conmigo y con mi familia, como si lleváramos años haciéndolo. Me siento tan feliz que me da miedo abrir la boca y despertarme —asegura, emocionado.
—Pues todo esto es real y es gracias a ti. Me haces sentir tan bien que necesitaba estar contigo, por eso he venido. —Me da un abrazo de los que me hacen sentir a salvo.
Después de tomarnos el postre y seguir riéndonos, el padre de Bruno propone que bailemos un poco.
Pone música y nos lanzamos a mover el esqueleto hasta que llega la hora de tomar las uvas.
Cada año pido el mismo deseo en Nochevieja, pero en esta ocasión me he permitido el lujo de pedir dos.
El que pido siempre es que mis niñas estén sanas y felices, y el nuevo es que Bruno y yo no dejemos nunca de amarnos.
En estos momentos no me puedo sentir más dichosa, aunque si tuviera a las gemelas aquí, sería inmensamente feliz.
No dejan de contarme anécdotas de todo tipo mientras nos sentamos junto a la chimenea.
Hacía tiempo que no me dolía la tripa de reírme tanto.
Tienen todos un sentido del humor increíble y logran, de nuevo, que me sienta como uno más.
Clara hace rato que acostó a los niños y, pasadas las dos de la mañana, Nieves y Nicolás le piden a Bruno que los acerque a casa.
—¿Te quieres quedar más rato? Llevo a mis padres y vuelvo.
—Casi prefiero irme contigo. El día ha sido muy largo y entre el viaje y tantas emociones...
—De acuerdo, pues vamos. Abrígate bien, que ahora hace mucho frío —advierte, ayudándome con mi abrigo.
—Mañana os espero para comer —le recuerda Nieves a su hija.
A Clara se le escapa un bostezo.
—Sí, hay que comerse todo lo que ha sobrado. En cuanto os vayáis, me meto en la cama; estoy derrotada. Flora, nos vemos mañana.
—Hasta mañana. —Me despido de ellos con dos besos—. Gracias por la cena, me lo he pasado fenomenal.
—Pues no te creas que esto ha terminado —asegura Ricardo, riéndose—. Esta familia tiene para rato.
El comentario nos hace reír a todos y, con las risas, nos vamos a casa de los padres de Bruno. No me doy cuenta de lo cansadísima que estoy hasta que me bajo del coche. De no ser por la alegre conversación de Nicolás, me habría quedado dormida por el camino.
Cuando llegamos, nos despedimos de sus padres y subimos a su habitación.
—Qué ganas tenía de estar a solas contigo —afirma Bruno con su sonrisa pícara.
—Tienes una familia estupenda. No sabes lo a gusto que me he sentido —comento antes de ir al cuarto de baño.
Cuando vuelvo, me pongo el camisón más atrevido que tenía en casa y me meto en la cama.
—Voy a lavarme los dientes. No te duermas, aún no ha terminado la noche —susurra con una voz de lo más sensual.
Y aunque lo intento, no puedo evitar que se me cierren los ojos. Ni siquiera me entero cuándo Bruno entra en la habitación.