Eres la razón de mi sonrisa 53 #2
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—Mientras lo preparo, ¿por qué no le enseñas la casa? —propone a Bruno que, hasta ahora, no ha abierto la boca, porque nos ha estado observando a los tres.

—Sí, sí, claro. Ven —afirma y me coge de la mano.

Después de mostrarme el interior de la casa, salimos y caminamos hasta el hórreo, que es como una especie de granero, pero elevado sobre piedras.

Me cuenta que se hacían así para evitar que los animales entraran y se comieran lo que había en el interior, que iba desde cereales hasta todo tipo de embutidos.

Nunca había visto uno y me parece una construcción muy rústica; me gusta.

Tampoco me habían besado nunca en uno...

—No quiero parecer pesada ni cotilla, pero ¿te vas a quedar muchos días? —pregunta Nieves—. Es por prepararte una habitación.

—¡Qué tonterías tienes, muyer! —exclama Nicolás—. Lo suyo es que duerman los dos en la habitación de Bruno, vamos, digo yo, aunque tampoco quiero meterme.

—Ay, sí, perdona, Flora, es que no estoy acostumbrada a estas cosas ya —se disculpa Nieves con algo de vergüenza.

—No se preocupe, de verdad. Había pensado en cogerme una habitación en algún hostal, no quiero causarles molestias —digo con sinceridad.

—¡Qué molestias, ni molestias! Aquí el único que molesto soy yo, según mi muyer —exclama Nicolás, haciéndonos reír a todos.

—No nos llames de usted, que nos hace parecer más viejos —pide Nieves con naturalidad.

Disfrutamos de un buen café y de unas casadiellas, que son unas empanadillas dulces que están rellenas, según me explica Nieves, de una mezcla de nuez, azúcar y anís. Están muy buenas, aunque llenan bastante, o lo mismo soy yo que, con los nervios, se me ha cerrado un poco el estómago otra vez.

Después de merendar, Bruno me propone ir a casa de su hermana para presentarme al resto de su familia.

Por el camino me dice que allí es donde tienen pensado ir a cenar para la última noche del año, nada de fiestas por todo lo alto, sino una celebración familiar, igual que lo hicieron en Nochebuena.

La idea de conocer a los que faltan no me hace ponerme tan nerviosa; quizá el momento «suegros» es el que más temía.

Su hermana vive también en el campo, pero su casa se ve que es mucho más nueva que la de sus padres y también tiene un hórreo.

—¡Tío! —saluda con efusividad un niño de unos seis años, al abrir la puerta—. ¿Vienes a echar una partida de ajedrez?

—Ahora mismo no, pero ya sabes que seguiremos jugando. —Bruno le revuelve el pelo—. Mira, esta es Flora.

—¡Hola! —digo lo más simpática posible, pero él no deja de mirarme con extrañeza.

—Hola. ¡Mamá, ha venido el tío! —grita mientras se va con prisa.

—No me gusta que vayas corriendo por la casa, no sé cómo decírtelo.

—Oigo una voz femenina regañándolo y aparece por el pasillo una mujer, más o menos de mi edad, con un cesto de ropa recién recogida—.

Está hoy más inquieto que nunca, a ver si el año que viene se vuelve más tranquilo —comenta distraída, sin mirar.

—Mira, te presento a Flora —dice Bruno a su hermana con una sonrisa enorme y ella gira la cara en dirección a nosotros.

—¿Ella es Flora Flora? —pregunta, sorprendida. Después me mira y suelta el cesto—. Ay, perdona, soy Clara. Discúlpame, es que no te esperaba por aquí.

—Encantada, Clara —la saludo y le doy dos besos—. Quería darle una sorpresa.

Entra otro niño un poco más pequeño que el anterior y se tira en brazos de su tío. Enseguida desaparecen los dos por un pasillo.

—Pues la sorpresa también me la he llevado yo. ¡Qué ganas tenía de conocerte! Mi hermano no ha parado de hablarme de ti desde que llegó —comenta bajito para que él no lo oiga.

—Espero que te haya dicho cosas buenas —digo, medio riéndome.

—Buenas no, buenísimas. Me ha contado lo mucho que le estás ayudando con la casa. Menos mal, si no, no sé qué muebles se hubiera comprado o qué cortinas hubiera puesto. Mi hermano es una persona fantástica, pero la decoración no es lo suyo. —Se ríe también.

Charlamos un rato las dos solas, y consigue que me sienta muy a gusto, como si estuviera hablando con una amiga de toda la vida o nos conociéramos desde siempre.

—La verdad es que no se me ocurre preguntarte nada sobre ti; mi hermano me lo ha contado todo. ¿Han venido tus gemelas?

—No, ellas se han quedado en Madrid con su padre y sus abuelos.

—Qué suerte, ¡estás liberada! —bromea y después se ríe—. Ojalá yo pudiera alejarme un poco de mis dos diablillos. No paran en todo el día, son agotadores. Y como ahora están de vacaciones, no te puedes imaginar… Estoy deseando que empiecen las clases ya.

—Te entiendo, mis niñas también son bastante movidas —le explico, haciendo un gesto con las manos—. Aunque llevan unas semanas que no parecen ni ellas, como si hubieran madurado de golpe, no sé si me explico.

—Quizá sea vuestra separación. Hay niños que se crecen ante determinadas adversidades, no te extrañe que haya sido por eso —explica la situación como si supiera mucho del tema.

—¿Eres psicóloga? —pregunto, levantando las cejas.

—Sí, trabajo aquí en casa, aunque cuando los niños están de vacaciones yo también me las cojo; si no, no puedo pasar consulta. —Resopla con cara de resignación.

—Te entiendo —asiento con la cabeza—. Tengo la suerte de tener prácticamente los mismos horarios que las niñas, así que vamos a la par en cuestión de tiempo.

—¡Qué suerte! —Sonríe—. Yo cuando tengo alguna cita por la tarde, los llevo a casa de mis padres; si no, sería imposible. Imagínate el plan: estoy atendiendo a un paciente y de fondo se oyen los gritos y las carreras de ellos. No quiero ni pensarlo.

—No hagas mucho caso a mi hermana o terminará comiéndote la cabeza —me advierte Bruno, cogiéndome por detrás en un gesto muy cariñoso.

—La cabeza solo te la como a ti, que eres fácil de manipular —le aclara con picardía, y terminan los dos riéndose a carcajadas.

Qué buen rollo veo entre ellos, se nota que se quieren mucho. De pronto, pienso en cómo será su relación ahora que Bruno ya no vive aquí.

—¿Todo bien? —pregunta Bruno con su forma habitual; se ha vuelto a dar cuenta de que mi cabeza está en otro sitio.

—Mejor que bien. —Le doy un beso—. Me da que vosotros os tenéis que echar mucho de menos.

—¿A mi hermano? ¡Imagínatelo! Menos mal que existe el móvil y las videollamadas; si no fuera por la tecnología, no le hubiera dejado irse tan lejos —me explica Clara con una sonrisa.

—Yo la quiero mucho, aunque es muy pesada con sus llamaditas —intenta fastidiar de broma a su hermana.

—Me ha dicho Bruno que esta noche cenáis todos juntos aquí, en tu casa.

—Así es, la Nochebuena la hicimos en casa de mis padres y hoy toca aquí —comenta, terminando de doblar la última prenda que le quedaba en el cesto—. No necesitas una invitación para venir, ¿verdad?

—No, muchas gracias. Me va a encantar cenar con vosotros —aseguro, convencida. Me ha gustado mucho el tono tan familiar con el que me ha hablado—. ¿Quieres que te ayude en algo?

—Vente conmigo —dice, cogiéndome del brazo con toda la confianza del mundo.

Después de enseñarme la casa, nos metemos en la cocina y me explica todo lo que ha pensado.

Hay cosas que las tiene que preparar un par de horas antes, pero también hay platos que son para picar y que se pueden hacer con tiempo.

Con lo cual, me remango, me pongo un delantal que me deja y nos ponemos manos a la obra sin dejar de hablar ni un solo momento.

Mientras, Bruno juega con sus sobrinos como si fuera un niño más.

Ya sabía que le gustaban los niños, pero cuando le veo así, me doy cuenta de cuánto. Además, se ve que adora a sus sobrinos.

—¿Necesitas volver a casa de mis padres a cambiarte de ropa o a lo que sea? —me pregunta Bruno, entrando en la cocina.

—La verdad es que estoy a gusto así, ¿tú te vas a cambiar?

—Sí, lo más seguro es que mi hermano se ponga el esmoquin —dice Clara, riéndose.

—Igual que tú las lentejuelas —replica él, riéndose también.

—Flora, estás muy guapa así. Además, en mi familia no somos de arreglarnos mucho en estas fechas; lo que hacemos es ponernos cómodos y así estamos más a gusto —explica Clara.

—Bueno, pues entonces me quedo así.

En estos momentos, oigo sonar mi móvil, que está en mi bolso, en el salón. Como si hubiera una emergencia, salgo corriendo de la cocina y dejo a los dos hermanos con la boca abierta.

—¿Sí? —respondo al ver en la pantalla el nombre de Ángel.

—¡Mami! ¿Ya estás allí? —pregunta Delia en voz muy baja.

—Sí, cielo. Estoy ayudando a la hermana de Bruno a preparar las cosas de la cena de esta noche.

—Dile a Bruno que nos mande otra foto como en Navidad. —Se queda callada—. Ay, no, que no se puede enterar nadie de que estás allí…

—Tú por eso no te preocupes, que voy a hacer muchas fotos y luego las veremos a la vuelta, ¿de acuerdo?

—Vale, te quiero mucho. Te paso con Blanca.

—Adiós, cariño. Yo también te quiero mucho.

—Hola, mami, ¿te lo estás pasando bien? —susurra Blanca.

—Sí, cielo, me lo estoy pasando fenomenal.

—Los primos están a punto de llegar —avisa, ya en un tono normal, aunque muy tan contenta.

—Vale, pasáoslo bien y obedeced a los abuelos. Os quiero mucho.

Cuando cuelgo, me quedo un poco triste; aún no me acostumbro a hablar con ellas por teléfono. Pero se me pasa rápido cuando siento que Bruno me abraza por detrás y me besa en el cuello. No hay nada que no arregle él con sus atenciones.

—Voy a ir a recoger a mis padres, ¿me acompañas o te quedas? —pregunta, cariñoso.

—Casi prefiero quedarme y seguir ayudando a tu hermana, ¿te parece bien?

—Por supuesto, no tardaré. —Me da otro beso—. Clara, me voy a buscar a papá y a mamá. No le comas mucho la cabeza a Flora con tus cosas, que nos conocemos.

Su hermana llega riéndose al salón y la mirada que le echa es de total complicidad. Se ve que se llevan genial. Bruno me da otro beso y sale por la puerta.

—No sabes lo que me alegra verlo tan ilusionado —me cuenta en confianza.

—Es un hombre estupendo —aseguro, sintiéndome muy orgullosa de él.