53
Tal y como tenía previsto ayer, el despertador me suena a las ocho de la mañana.
Me meto deprisa en la ducha, no quiero que se me haga tarde y perder el avión.
Despierto a las niñas y desayunamos juntas.
A mí apenas si me entra el café, pero es que tengo el estómago cerrado con los nervios.
Mientras ellas se visten, recojo las cosas del desayuno, hago mi cama y doy un recorrido por la casa para ver que no me dejo nada por medio.
Después entro en el cuarto de baño y me maquillo un poco.
—Mami, ¿me puedo llevar un libro de los de la biblioteca a casa de los abuelos? —pregunta Blanca, mostrándome uno.
—Mejor que no, cielo, no vaya a ser que le pase algo mientras jugáis con los primos.
—¿Y si lo meto en la maleta y no lo saco hasta que los primos se vuelvan a su casa? —propone, decidida.
—Bueno, pero solo si tienes mucho cuidado. Ya sabes que esos libros hay que devolverlos igual de bien que nos los han prestado a nosotras —explico.
—Vale, te prometo que lo voy a cuidar.
—¿Sabéis que os quiero muchísimo? —Me agacho a su altura y las abrazo.
—Nosotras a ti también, mami —afirma Delia.
—Os lo vais a pasar fenomenal, pero no os portéis mal. No quiero que hagáis enfadar a la abuela, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, mami, nos portaremos bien —asegura Blanca, dándome un gran beso.
—Bueno, pues venga, si tenéis todo recogido, ¡vámonos! —exclamo con entusiasmo, aunque sigo bastante nerviosa.
Nos ponemos el abrigo, cogemos las dos maletas y cierro con llave la puerta de casa. Por el camino las niñas van muy animadas; se ve que están contentas.
—Ya sabéis que me podéis llamar cuando queráis, ¿vale? —repito una vez más antes de aparcar.
—Sí, mami —dicen las dos a la vez resoplando.
—Y, sobre todo, no le digáis a nadie que me he ido de viaje; os lo pido por favor —les recuerdo de nuevo.
—Sí, mami —vuelven a decir al unísono, pero ahora con voz de aburrimiento.
Nos abre la puerta el abuelo y las niñas se echan a sus brazos como si llevaran mucho tiempo sin verlo. Se nota que se lo pasan muy bien con él. Saludo a los dos y Rosa me ofrece un café, que me tomo con gusto; no quiero rechazárselo otra vez.
Después de darles a mis niñas muchos besos y abrazos y de despedirme de mis exsuegros, voy rumbo a coger el avión que me acercará hasta Bruno.
A eso de las dos menos cuarto, el avión toma tierra.
Se me ha hecho cortísimo el trayecto. Me alegro de haber venido así y no en coche.
Habrían sido demasiadas horas conduciendo y no estoy acostumbrada.
Además, con los nervios que traigo, no sé ni cómo hubiera conducido.
Espero que se me pasen pronto; no quiero que me vea así.
Recojo mi maleta, me acerco hasta la zona de taxis y le pregunto a un conductor cuánto me cobraría por llevarme a San Juan de la Arena.
El hombre duda unos instantes y me calcula unos veinte euros.
Accedo y guarda mi equipaje en el maletero.
Tardamos algo menos de quince minutos en llegar.
Le he pedido que me deje en el puerto, no sabía muy bien dónde decirle.
Le pago el dinero acordado y se va, dejándome allí sola, en un sitio que no conozco de nada.
Espero no haberme equivocado con la idea de venir.
Ojalá no me arrepienta de haber hecho esto sin pensarlo con más detenimiento.
Me coloco bien la bufanda, cojo el móvil y marco su número.
—Hola, Flora, ¿todo bien? —Lo coge al tercer tono.
—Hola, pues de momento sí, aunque seguro que dentro de un rato voy a estar mejor —contesto sin saber bien qué decir. Tendría que haber preparado bien mis palabras para darle una sorpresa, pero, con los nervios, he sido incapaz.
—¿Y eso? No me digas que esta noche vas a ir a una fiesta de Fin de Año.
—Pues no lo sé, eso depende de ti —suelto de golpe.
—¿De mí? Me temo que no voy a poder acompañarte a ninguna fiesta, y mira que me gustaría pasar esta noche contigo, pero ya sabes que estoy en el pueblo.
—¡Qué casualidad, igual que yo! —Me río. No puedo aguantar más este suspense.
—No me gustan estas bromas… sabes que te estoy echando mucho de menos —me regaña con cariño.
—Yo también, por eso he venido hasta aquí, no podía estar más días sin verte. ¿Puedes acercarte hasta el puerto? —pregunto con ilusión.
—¡¿Qué?! ¿Me lo estás diciendo en serio? —exclama, algo nervioso, y miro el edificio que tengo delante.
—¿Te sirve si te digo que estoy enfrente de un centro de interpretación?
—No te muevas de ahí, enseguida llego. —Cuelga de golpe la llamada.
Tengo una mezcla de sensaciones ahora mismo que me están haciendo sentir rara; son nervios e ilusión, y no puedo controlarlo. Camino de un lado para otro sin alejarme mucho del punto que le he dicho. Hace bastante frío, pero mi cuerpo despide calor.
En poco menos de cinco minutos, veo venir a lo lejos un deportivo del mismo color que el de Bruno y aparca no muy lejos de donde estoy. Sí, es él.
Sale del coche, mira hacia todos los lados buscándome y viene corriendo hacia mí. Yo también salgo a su encuentro y nos fundimos en un beso que ya quisieran muchas películas de amor. Sus brazos me agarran fuerte y sus labios me devoran con auténtica pasión.
—¡Flora! ¿De verdad estás aquí? —Sus ojos muestran mucha emoción—. No me lo puedo creer.
—Antes de nada, te quiero preguntar una cosa y quiero que seas sincero conmigo —digo muy seria.
—Claro, pregunta lo que quieras, ya sabes que yo no miento —asegura serio también, cogiéndome por la cintura.
—Sé que te has alegrado de verme, pero… ¿te ha parecido buena idea que haya venido hasta aquí?
Yo no suelo hacer estas cosas, de hecho, creo que es la primera vez en mi vida que hago algo así y no me gustaría haber hecho el viaje y causarte algún trastorno.
A lo mejor piensas que debería habértelo consultado antes o, quizá, te he fastidiado algún plan, no sé.
Pero si me dices que he venido en un mal momento, me vuelvo al aeropuerto y me cojo el próximo vuelo, sin ningún problema —suelto todo del tirón mirando con atención la expresión de su cara.
—No te dejaría marchar por nada del mundo.
No te imaginas la sorpresa tan buena que me has dado; jamás se me hubiera pasado por la cabeza que alguien haría algo así por mí.
Estoy muy feliz de que estés aquí, no sabes cuánto, no te haces una idea.
—Sus palabras son sinceras y consiguen que me derrita un poco más.
—Me vuelvo el domingo. Ni siquiera he reservado en un hotel; directamente compré los billetes —le cuento, sintiendo cómo el simple roce de sus manos hace que necesite más de él.
—No tienes que reservar nada, en casa de mis padres hay sitio de sobra. Ya verás lo contentos que se van a poner cuando te conozcan —asegura con esa sonrisa suya que tanto echaba en falta.
—¿Pero les has hablado de mí? —pregunto, sonrojándome.
—Pues claro, de ti y de las chicas. Ahora sois mi vida allí. —Y según lo dice, le abrazo y le vuelvo a besar.
Parece que estoy viviendo un sueño; es como si estuviera en una película de amor, de esas que siempre tienen final feliz. No solo es que piense en mí, sino también en mis niñas, y eso me demuestra lo mucho que le importamos.
—¿Tienes hambre? ¿Te apetece que vayamos a comer algo antes de ir a mi casa?
—Sí, la verdad es que desde que desayuné esta mañana, no he vuelto a comer nada.
—Está bien. Voy a llamar a mis padres para decirles que no me esperen para comer, que después les llevo una sorpresa —habla con la misma ilusión que un niño pequeño.
Dejamos mi maleta en su coche y nos vamos caminando, sin dejar de darnos muestras de cariño, hasta un bar no muy lejos del puerto. Allí nos sentamos en una mesa sin soltarnos de la mano.
—Estoy tan contento de que estés aquí que aún no puedo creerlo.
—Yo tampoco me creo que esté a tantos kilómetros de casa —aseguro, sincera.
—¿Las chicas están bien? —pregunta con interés, y eso me hace quererle un poco más.
—Sí, de hecho, ellas son un poco cómplices de esto. —Sonrío.
Sigo poniéndole al día en lo que a mi relación con Ángel se refiere. Quiero que sepa todo lo que va ocurriendo, no quiero dejarle fuera de esto después de lo que está pasando entre nosotros.
—Hoy no es el mejor día para enseñarte la gastronomía asturiana —reconoce, acordándose de cuando le llevé a comer cosas típicas madrileñas—, pero hasta el domingo tengo tiempo de hacerlo.
—Este caldo está buenísimo. —Me termino el cuenco que me han servido hasta arriba—. Además, me ha hecho entrar en calor.
—No es que haga mucho frío hoy, pero ya ves que aquí el clima es más húmedo y se nota distinta la temperatura —explica sin acordarse de que soy profesora de Biología, cosa que me hace reír—. Me encanta cuando te ríes —dice, guiñándome un ojo.
—Y a mí me encanta tu sonrisa. —Me acerco un poco y le doy un beso—. Qué ganas tenía de verte, de verdad, no creía que te iba a echar tanto de menos.
Después de comernos una tabla de quesos y no parar de besarnos, me propone ir a su casa, y eso consigue que vuelva a ponerme nerviosa. Bruno trata de calmarme con más besos, pero, aunque no lo logra, dejo que me siga mimando.
Nos montamos en su coche y conduce hasta la casa de sus padres, un antiguo caserío de esos en medio del campo, muy rural, precioso. Antes de abrir la puerta, me mira y me da un beso.
—Tranquila, ya verás como te vas a sentir a gusto —asegura mientras mete la llave en la cerradura—. Mamá, ya estamos en casa.
—Estamos en el salón. —Oigo una voz de mujer no muy lejos.
No puedo controlar mis nervios, ni siquiera respirando profundamente. Les voy a parecer tonta, ¡a mis treinta y cinco años! Desde luego no puedo empezar peor.
—Mamá, papá, os presento a Flora —dice muy contento—. Flora, estos son Nieves y Nicolás, mis padres.
Se levantan del sofá y nos acercamos hasta ellos.
—Encantada —saludo.
—Encantados nosotros, ¿verdad, Nicolás? —asegura Nieves con una amplia sonrisa y me da dos besos—. Teníamos muchas ganas de conocerte, aunque no pensábamos que fuera a ser tan pronto.
—Qué mocita más guapa —me halaga su padre con cariño y me da dos besos—. Es un placer tenerte en casa.
—¿Te apetece un café? —pregunta Nieves como si me conociera de toda la vida.
—Sí, gracias —lo acepto bastante cortada, aunque reconozco que mis nervios se van disipando.