Eres la razón de mi sonrisa 52
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Me despierto después de haber tenido un sueño de lo más ajetreado: iba en tren a ver a Bruno y no llegaba nunca, pasábamos por un montón de estaciones, pero nunca llegábamos a Oviedo, como si el viaje fuera interminable.

Qué mal me he despertado, pero todo es por los nervios; parezco una niña pequeña.

Después de desayunar, propongo a las niñas hacer las maletas y ellas también se encargan de su ropa, sobre todo Delia.

A ella le encanta eso de elegir qué es lo que se tiene que poner cada una.

Cuando terminamos, se van al salón; Blanca se pone a dibujar un rato y Delia sigue con uno de los libros que cogió en la biblioteca.

Mientras ellas están entretenidas, voy a mi habitación y me dispongo a hacer mi equipaje.

Hace tantos años que no me preparo una maleta para mí que no sé ni qué voy a meter en ella.

Quiero llevarme lo mejor que tengo, claro.

Quiero dar buena impresión, pero también quiero ropa cómoda, por si damos muchos paseos y me enseña todo aquello.

—Mami, ¿puedo invitar a Valeria esta tarde? —pregunta Delia mientras comemos.

—Sí, me parece buena idea. Cuando terminemos, llamo a su madre.

—¡Qué bien! —dice Blanca—. Nos lo vamos a pasar guay.

Después de comerse una manzana cada una, marco el número de la madre de su amiga y le propongo la idea. Ella acepta sin problema y dice que en un ratito la dejará en casa, de manera que las niñas empiezan a preparar juegos y cosas en la mesa del salón.

Según me acomodo en el sofá, después de limpiar la cocina, llaman al telefonillo y las gemelas se ponen como locas. La verdad es que hace mucho que no invitan a ninguna amiga a casa. Parece que las cosas están cambiando, y no solo para mí...

Mientras ellas juegan, yo me quedo en el sofá viendo mi serie.

Como hay ratos que no me entero de lo que veo, decido ponerme los cascos inalámbricos que Ángel se compró no hace mucho para poder ver los partidos de fútbol tranquilo, y les doy uso.

Ahora sí que me entero bien. Parece que no hubiera nada más alrededor, solo la serie y yo.

Claro que, cuando veo que las niñas se van a su habitación, prefiero quitármelos por si escucho algún grito o algo que no deba ser.

Sobre las ocho y media de la tarde suena el telefonillo: es la madre de Valeria que viene a recogerla.

—Hola, ya estoy de vuelta —saluda en cuanto abro la puerta de casa.

—No te quedes ahí. —La invito a pasar y cierro la puerta tras ella.

—Espero que se haya portado bien, últimamente está demasiado inquieta, no para ni un momento —dice, quitándose el pañuelo que lleva en el cuello.

—Pues yo tengo eso mismo, pero multiplicado por dos. Creo que es por las fiestas navideñas —aseguro, riéndome—, pero puedes estar tranquila, se ha portado fenomenal. Es una niña muy buena.

—Lo sé, pero a veces me vuelve loca.

—Te entiendo —asiento, sonriendo.

—Perdona que sea indiscreta, pero Valeria me ha dicho que os habéis separado —comenta en tono bajito para que no nos oigan—. Ya sabes que las niñas hablan mucho entre ellas.

—No pasa nada, pero sí, nos hemos separado —le digo solo eso, no estoy acostumbrada a hablar de mi vida privada con nadie.

—Si necesitas cualquier cosa, ya sabes mi número. Yo llevo ya dos años separada y es lo mejor que he podido hacer; la relación era insostenible. —Resopla.

—De momento lo llevamos bien. Y espero que sea así en un futuro, sobre todo por el bien de las gemelas.

—Sí, los hijos suelen pagar nuestros errores.

Al principio, tuve que llevar a Valeria a un psicólogo porque se negó a comer al no estar su padre en casa —cuenta con complicidad—.

Pero eso ya pasó y ahora estamos todos bien.

Cada semana está con uno, así que disfrutamos de ella por igual y hay menos roces entre mi ex y yo.

—Me alegro. —Sonrío—. Delia lo ha asumido bien desde el primer momento que hablé con ellas, pero a Blanca le ha costado un poco más. No me gustaría que sufrieran por mi decisión.

—¿Ya se tiene que ir Valeria? —pregunta Delia a la madre de su amiga cuando entra en el salón.

—Sí, ya es tarde, pero no os preocupéis, podéis quedar otro día, ¿vale? —contesta con simpatía.

—¿Y podrán venir ellas a casa mañana? —pregunta Valeria a su madre, dando pequeños saltitos.

—Mañana es Nochevieja, nos iremos todo el día a casa de la tía, así que no puede ser; quizá para el fin de semana —explica a su hija.

—Este fin de semana lo van a pasar con su padre. Mejor lo dejamos para la semana que viene, ¿os parece bien?

Las tres asienten con la cabeza, aunque no las veo muy convencidas. Es normal, se lo pasan tan bien que en lo único que piensan es en jugar. Cuando uno es niño, no hay preocupaciones, todo es diversión.

Nos despedimos de Valeria y su madre hasta otro día y, mientras se meten en la ducha, aprovecho para mandarle un mensaje a Bruno.

Mañana es la última noche del año, acuérdate de

pedir un deseo después de comerte las uvas.

Mi mayor deseo es estar contigo.

Lo desearé con todas mis fuerzas.

La cara que va a poner mañana cuando me vea aparecer allí...

Pensar en el viaje me inquieta otra vez.

De repente, una alerta se me cruza por la cabeza: ¡aún no he comprado el billete de avión!

Cojo el móvil y me pongo a mirar vuelos.

Veo que el más barato sale a las doce y media de la mañana, pero como al final quedé en llevar a las niñas después de comer, no puedo cogerlo.

Voy a llamar a Rosa, a ver cómo lo puedo solucionar.

—Hola, Rosa, ¿cómo estás? —saludo con cariño en cuanto descuelga el teléfono.

—Hola, hija, estoy bien, organizándome un poco para la cena de mañana; con todos los que vamos a ser, no me puede faltar nada —explica contenta, se nota en su tono de voz.

—Vais a estar de lo más acompañados.

—Sí, va a ser una locura, pero ya sabes que a mí me encanta tenerlos a todos a la vez, qué le voy a hacer. —Se ríe.

—Te quería comentar una cosa, Rosa. Resulta que quedé con Ángel en que yo llevaba mañana a las niñas a tu casa, para que así él no tuviera que venir hasta aquí. ¿Te las llevo por la mañana y así te ayudan un poco?

—¡Claro! Puedes traerlas cuando quieras. —Me confirma lo que ya me esperaba—. Además, son unas ayudantes estupendas.

—Sí que lo son —asiento, imaginándomelas en la cocina con su abuela—. Mañana van con la maleta; imagino que te habrá dicho tu hijo que se quedan hasta el domingo.

—No me ha dicho nada, pero no hace falta que me deis explicaciones, aquí sabes que siempre hay sitio para ellas. Y para ti, también, Flora —añade después de un corto silencio.

—Lo sé y te lo agradezco mucho. —Me emocionan sus palabras—. Hasta mañana, Rosa.

—Hasta mañana, hija.

Cuelgo el teléfono un poco triste. Sé que le da mucha pena que su hijo y yo ya no estemos juntos; para una madre no tiene que ser fácil.

Las risas de las niñas me sacan de mis pensamientos, cosa que agradezco, porque al final voy a terminar llorando.

Cojo el móvil y vuelvo a la página donde he mirado antes los vuelos para ver si sigue estando el que había visto de las doce y media y sí, he tenido suerte.

También consigo, a un precio un poco menos razonable, el billete de vuelta para el domingo, que sale de Oviedo a las cuatro de la tarde, pero qué le voy a hacer.

Después de cenar intento seguir viendo la serie, pero no puedo concentrarme; estoy tan nerviosa por el viaje de mañana que soy incapaz de seguir el hilo.

¿Cómo es posible que esté así de alterada?

Me parece increíble sentirme así a mi edad.

También me contengo de escribirle un mensaje porque tengo miedo de estropear la sorpresa sin querer.