51
Me despierto al escuchar a las niñas trasteando en la cocina. Me levanto y voy en silencio para ver qué es lo que están liando. El olor a pan quemado inunda todo el salón y las descubro intentando hacer café.
—Buenos días, niñas —las saludo y dan un respingo.
—Buenos días, mami —dice Blanca con cara de susto—. Te queríamos dar una sorpresa, pero…
—Pero hay cosas que todavía no se nos dan muy bien —reconoce Delia, terminando la frase de su hermana.
—Venga, os ayudo y lo preparamos entre las tres —informo, animándolas, y tiro el pan que se ha quemado a la basura.
Estamos terminando de desayunar cuando me suena el teléfono. Voy corriendo, pensando que es Bruno, y veo el nombre de Ángel en la pantalla.
—Flora, acabo de hablar con mi hermano y me ha dicho que van a venir por Nochevieja, así que me voy a llevar a las niñas el treinta y uno después de comer y se quedarán a dormir, ¿de acuerdo? —me propone, aunque más que una propuesta parece una imposición.
—Sí, claro, no hay ningún problema. Ya me comentó algo tu madre.
—Y juraría que también se lo dije a él el otro día, no se habrá acordado—. Si quieres, las puedo acercar yo el jueves a casa de tus padres —le ofrezco.
—Sí, me vendría bastante bien, así no tengo que salir antes del taller. Adiós. —Cuelga, por lo menos hoy sí que se ha despedido.
Les planteo a las niñas ir a la biblioteca para coger algunos libros.
Sé que estos días van a leer bastante y, como no han traído deberes, tienen más tiempo para dedicarle a la lectura.
Además, cuanto más rato pasen leyendo, menos rato estarán con la tableta.
Nos vestimos y nos vamos. Sigue haciendo muchísimo frío; el sol está fuera, pero apenas se nota su fuerza. Así es el invierno en Madrid.
—Mami, ¿me puedo coger estos dos? —pregunta Delia, enseñándome los libros que tiene en la mano.
—Podéis coger hasta tres según las normas de la biblioteca. —La animo a cogerse uno más—. De todas formas, si os gustan los que habéis elegido las dos, os lo podéis intercambiar en casa después.
—Claro, eso estaba pensando yo —afirma Blanca—. Es como si una sola cogiera seis.
Mientras ellas terminan de elegir sus lecturas, yo me paso por la zona de adultos, pero no cojo ninguno porque sé que al final no lo terminaré con todo lo que tengo que hacer.
Aun así, pienso que, más adelante, tengo que sacar tiempo para dedicarlo a la lectura.
Igual que estoy haciendo con el deporte, debo tener tiempo para otras cosas, pero, poco a poco, sin estresarme.
Ya iré organizándome en cuanto volvamos a la rutina de las clases.
Las niñas se sientan con las piernas cruzadas en el sofá, cada una con un libro: Blanca empieza uno de los que ha elegido hoy en la biblioteca y Delia se está terminando el que le trajo Papá Noel, cada una a su ritmo. Que sean gemelas no quiere decir que lean a la misma velocidad.
Cojo el móvil y le mando un mensaje a Bruno para saber qué tal va el día por Oviedo. No recibo respuesta hasta más de una hora después, cosa que me hace pensar y pensar, y darle más vueltas de lo necesario. No lo puedo evitar.
Esta vez su mensaje es en forma de audio. No me puede hacer más ilusión escuchar su voz.
—Hola, preciosa, hemos llegado hace un rato y he estado cortando leña con mi padre, por eso no me he llevado el móvil y no he visto tu mensaje.
No te imaginas el frío que hace hoy aquí.
Hemos cortado leña como para dos meses. Ya no me acordaba de lo mucho que desestresa esto.
Apenas tengo tiempo de aburrirme, si no estoy haciendo algo con mis padres, estoy jugando al fútbol con mis sobrinos o al ajedrez.
Cómo me gustaría que estuvieras aquí. Te echo de menos. Un beso.
No le respondo, pero sí que escucho varias veces el suyo, sobre todo el final. Me encanta escuchar de sus labios que me echa de menos. Qué ganas tengo de verlo.
Por la cabeza me empieza a asomar una pequeña idea que, poco a poco, se va transformando hasta terminar siendo un buen plan o, al menos, a mí me lo parece.
Cojo el móvil y miro y miro, hasta que doy con lo que estoy buscando.
Ahora las preguntas que me planteo son: ¿seré capaz de hacerlo?
¿Estoy cometiendo una locura? ¿Esto lo pienso ahora y dentro de un rato, ya en frío, cambiaré de opinión?
Siento cómo la sangre empieza a correr deprisa por mi cuerpo, me noto la adrenalina a tope en cada rincón de mi ser y, la verdad, me gusta esta sensación.
Es como si me llenara de vida, como si la Flora de siempre estuviera renaciendo en muchos sentidos, y me sienta muy bien.
De manera que no me lo pienso dos veces y sondeo primero por el frente que más me preocupa, que son mis hijas.
—¿Qué tal lleváis la lectura? —pregunto bajito, no quiero molestarles mucho.
—Yo ya tengo un poco de hambre —dice Blanca, para variar.
—Yo me tiraría el día leyendo; no veas qué aventuras más emocionantes —asegura Delia sin despegar la vista del libro.
—Me gustaría comentaros una cosa, a ver qué os parece… —Empiezo tanteando el terreno.
—¿Es algo para hacer esta tarde? —pregunta Blanca.
—No, es algo que me gustaría hacer a mí, pero si lo hago, me gustaría que me guardarais el secreto. Solo lo sabríamos nosotras tres —explico, manteniendo el suspense.
—¡Cuenta, cuenta! —gritan las dos a la vez, acercándose a mí. Lo de que sea un secreto les ha hecho interesarse más.
—Papá me llamó esta mañana para decirme que los primos vienen a casa de los abuelos a pasar la Nochevieja y que quería que estuvierais vosotras para que os lo pasarais fenomenal con ellos.
—¡Bien! ¡Qué bien! —gritan las dos locas de contentas.
—Y como ya sabéis que los fines de semanas tenéis que estar con papá y con los abuelos, pues he pensado que os quedarais desde el jueves hasta el domingo. —Miro la reacción de sus caras—. ¿Os gusta la idea?
—¡Sí! ¿Y todos esos días van a estar los primos? —pregunta Blanca con ilusión.
—Pues no sé cuánto tiempo van a estar ellos en casa de los abuelos, pero vosotras sí que estaríais todo el fin de semana.
—¿Y dónde está el secreto? —pregunta Delia, levantando las cejas.
—Bruno me ha invitado a ir a Asturias, donde está pasando estos días con su familia, y, la verdad, es que me apetece mucho.
Vosotras estaréis con los primos y con los abuelos pasándolo fenomenal, y yo aquí tantos días sola como que a lo mejor me aburro un poquito…
—Todo lo digo en el tono más natural que me sale, y eso que por dentro estoy hecha un manojo de nervios—. ¿Os parece bien que me vaya?
—Jo, qué suerte, a mí también me gustaría ir contigo —opina Delia un poco disconforme.
—Pero, cielo, yo no sé el sitio que tiene, no es plan de presentarnos las tres. Vosotras estaréis con los primos, seguro que os lo pasáis mejor —digo, tratando de que cambie de idea.
—Nos divertiremos mucho más, Delia —asegura su hermana—. Además, vamos a ganarles a las cartas, seguro que el abuelo no les ha enseñado a ellos las trampas que nos ha enseñado a nosotras. Verás cómo pierden todas las partidas.
—¡Es verdad! Menuda paliza les vamos a dar. ¡Qué ganas tengo de que llegue ya el jueves! —dice Delia contenta y convencida por lo que le ha dicho su hermana.
—Y ahora viene la parte del secreto: me tenéis que prometer, de verdad de la buena, que no le contaréis nada a nadie, ni a papá.
Que yo me vaya unos días fuera de Madrid solo nos concierne a vosotras y a mí.
Ya sabéis que me podéis llamar al móvil siempre que queráis, pero recordad que es un secreto solo nuestro.
¿De acuerdo? —Lo digo muy seria; no vayan a meter la pata.
No quiero problemas con Ángel, y menos ahora, que parece que todo está empezando a ir bien.
—Mis labios están sellados —asegura Blanca, y me sorprende porque siempre es ella a quien le cuesta más separarse de mí o saber que estoy lejos.
—Yo tampoco diré nada, mami. —Me hace un gesto con los dedos en señal de promesa—. Pero la próxima vez iremos nosotras también.
—Prometido. Si veo sitios bonitos les haré miles de fotos para luego enseñároslas, ¿vale?
—¡Sí, haz muchas! —grita Blanca, saltando.
Estoy tan emocionada por la buena reacción de mis niñas que nada más se me ocurre que abrazarlas y darles muchos besos. Son unas niñas estupendas. Solo espero que no se les escape sin querer, porque también son un poco inocentes.
Cuando las niñas se meten en la ducha a última hora de la tarde, aprovecho para volver a mirar por Internet y empezar a planear la segunda parte de la idea.
Si voy en tren, tardo más de ocho horas en llegar a la capital asturiana y, aunque es la opción más barata, creo que me voy a arrepentir de perder tanto tiempo en llegar.
Si voy en coche, tardo casi cinco horas y, la verdad, ir sola todo el trayecto me da bastante pereza, con lo cual también lo descarto.
Al final veo que la mejor opción es ir en avión hasta Oviedo y, ya allí, veré si me cojo un taxi o un autobús hasta San Juan de la Arena, que está a tan solo ocho kilómetros del aeropuerto. Lo valoraré sobre la marcha.
Cuando estoy mirando el calendario para reservar el billete de avión, oigo que las niñas salen del cuarto del baño y entonces dejo el móvil a un lado para meterme en la ducha.
Mientras me enjabono, no dejo de pensar en el viaje y en lo nerviosa que estoy, y eso que quedan aún dos días para irme.
Estoy como una niña pequeña esperando los regalos de los Reyes Magos.
—Niñas, ¿estáis bien? —pregunto desde la puerta de mi habitación. Desde que he salido de la ducha no he oído ningún ruido.
—¡Estamos leyendo, mami! —grita Delia desde el salón.
—Vale, seguid a lo vuestro —digo, orgullosa de ellas y de su interés por la lectura.
Al ponerme el pijama, se me enciende una luz roja de aviso en la cabeza.
Estoy planeando el viaje, pero aún no le he dicho a Ángel nada de que se quede las niñas hasta el domingo.
Mejor voy a llamarle, no vaya a ser que me ponga alguna pega y me deje con el billete de avión comprado, que no está la cosa para tirar el dinero.
Acabo de hablar con él y no me ha puesto ningún problema.
Además se lo he «vendido» como que las niñas tienen muchas ganas de ver a sus primos y así disfrutarían más días con ellos, con lo que la idea le ha parecido muy bien.
He quedado con él en llevarle el jueves a las niñas por la mañana y recogerlas el domingo por la tarde, y me ha dicho que hasta le hago un favor, así no tiene que desplazarse tanto.
Por ese lado, también todo solucionado. ¡Qué nerviosa estoy!
A quien no le voy a decir nada es a Bruno.
Quiero que sea una sorpresa para él. Espero que salga bien y no me arrepienta de haber ido.
Ya empieza a salir la Flora negativa, pero sé que es por los nervios.
Como si fuera un mantra, me repito a mí misma que todo va a ir bien.
Me acuesto con ganas de llamar a Bruno y decirle que voy porque no me puedo aguantar de la ilusión que tengo por verlo, pero sé que va a ser mejor darle una sorpresa. Esa es mi intención.