Eres la razón de mi sonrisa 50
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Anoche me puse el despertador a las ocho y media de la mañana. No quería dormirme hoy y llegar tarde al banco, donde he quedado con Ángel.

En cuanto desayuno, me voy para allí. A los pocos minutos llega él y nos sentamos en una mesa donde una chica muy simpática nos atiende y nos soluciona el problema.

Al final y, de momento, nos quedamos con nuestra cuenta común abierta, solo para ingresar la mitad de la hipoteca cada uno, de manera que el banco se la pueda cobrar de ahí.

Y también me he abierto otra cuenta en la que ingresen mi nómina del instituto y me pasen los recibos de luz, agua y calefacción, además de Internet.

En cuanto tenga un rato, voy a ponerme a hacer cuentas.

Supongo que ahora va a ser más difícil comprar caprichos a las niñas o hacer gastos extras.

Solo voy a tener un sueldo para todo, por lo que debo organizarme bien.

Cuando salimos del banco, nos despedimos.

Ángel se va al taller y yo a casa de sus padres a recoger a las niñas.

Doy varias vueltas antes de aparcar. Se nota que hay gente de vacaciones porque me cuesta mucho encontrar aparcamiento cerca del portal de mis suegros; debería decir de mis exsuegros, pero se me hace bastante raro, igual que decir exmarido.

Es una palabra que pensaba que no iba a utilizar nunca, y aquí estoy.

En esta vida no se puede dar nada por sentado, nunca se sabe lo que puede pasar y la vida da muchas vueltas.

Llamo a la puerta y me abre Rosa, apresurada, secándose las manos en el delantal.

—Este marido mío no abre ni la puerta —dice con cara de circunstancias—. Hola, Flora, pasa.

—Hola, Rosa. —Le doy dos besos—. Feliz Navidad.

—Feliz Navidad para ti también, hija. Ya me han contado las niñas que os lo pasasteis fenomenal en Nochebuena —dice con una sonrisa llena de nostalgia.

—Sí, no estuvo nada mal.

—¡Mami, estamos aquí, en el salón! —Oigo a Blanca llamarme.

—¡Voy! —Me quito el abrigo y me dirijo hasta donde están—. ¿Y mis besos?

—No podemos movernos o el abuelo nos hará trampas —dice Delia sin mirarme.

—El abuelo y sus cosas —murmura Rosa—. Vaya forma de enseñarles a las niñas a jugar a las cartas.

—Claro, ya decía yo, así es como consiguen ganarme siempre —recuerdo, riéndome.

—Tienen que aprender a jugar bien a las cartas —asegura el abuelo muy serio—. Además, no son trampas, son picardías.

Su comentario nos hace reír a Rosa y a mí, pero las niñas siguen igual de concentradas que antes.

—¿Te apetece un cafecito? —me ofrece Rosa.

—No, gracias, tengo aún el desayuno en el estómago.

—Por cierto, me tienes que enseñar el postre que preparaste. Las niñas dicen que hay fotos. —Se quita el delantal.

—Hice un árbol de hojaldre relleno de crema de cacao, mira. —Le muestro la imagen en el móvil.

—¡Vaya maravilla! Te quedó precioso. Además de riquísimo, que también me lo han dicho.

—Para ser la primera vez que lo hacía, la verdad es que no me quedó nada mal. No es demasiado difícil, lo único es que hay que tener un poco de cuidado al cortar el hojaldre, debe ser igual la capa de arriba que la de abajo —continúo explicándole.

Al rato, les digo a las niñas que recojan sus cosas, que nos vamos a casa. El día está gris, no sé si terminará lloviendo hoy, pero ¡para lo que tenemos que hacer! Por el camino me cuentan qué han comido y lo bien que se lo han pasado estos días en casa de los abuelos.

Llegamos a casa y me cambio de ropa. Las niñas se ponen a leer un rato el libro que les ha traído Papá Noel.

A ver si nos acercamos una tarde de estas a la biblioteca a por más libros para ellas; se los devoran rápido.

Me encanta que lean tanto; yo, a su edad, también lo hacía, pero ahora voy con tantas prisas que no tengo ni un minuto.

Aunque desde que tomé la decisión de separarme, parece que dispongo de algo más de tiempo.

No tener que hacer comida para el día siguiente me ha dejado bastante margen.

Me tiro en la cocina más rato del que me hubiera gustado, pero es que no me acordaba de lo entretenido que es hacer lasaña. Cuando la meto en el horno, resoplo. Ahora solo falta que se gratine. Me siento en una silla y cojo el móvil. Tengo un mensaje de Bruno y no me había enterado.

Hola, Flora. Me prometí a mí mismo no escribirte

por aquello de no agobiarte y darte tu tiempo y eso,

pero es que me he levantado hace un rato, ni yo mismo

me creía la hora que era, y ha merecido la pena dormir

hasta tan tarde porque he soñado contigo. Estábamos

como en un jardín muy grande y bailábamos un vals, ya

ves tú, nada menos que un vals, y no se nos daba nada mal,

¿eh? Pues eso, que ha sido maravilloso soñar contigo y

despertarme así. Tengo ganas de verte ya. Espero que tú también.

Releo el mensaje varias veces y me imagino a los dos bailando ese tipo de música en un jardín. Me parece una imagen de lo más romántica. Voy a contestarle.

Hola, no he visto el mensaje hasta ahora porque

he estado arreglando las cuentas del banco con

mi exmarido y después me he metido en la cocina

a preparar una lasaña. Me gusta que me digas que

ha sido maravilloso soñar conmigo, siempre me

dices cosas bonitas. Gracias por hacerme sentir tan bien.

Te digo cosas bonitas, porque son las cosas que te mereces,

bueno, eso y mucho más. Me alegra saber que te hago sentir

bien, aunque preferiría hacerte sentir así no solo con lo que te

digo, sino también con lo que te hago.

Leer esto me hace sonrojar, ¡qué facilidad tiene para sacarme los colores! Enseguida, me llega otro mensaje:

Sé que te acabas de poner roja, estás preciosa

así también.

No puedo evitar reírme y mirar alrededor; parece como si me estuviera viendo. Le escribo de nuevo:

Voy a sacar la lasaña del horno, que se me quema.

Por cierto, yo también tengo ganas de verte. Un beso.

Pues nada, ya tengo la sonrisa tonta instaurada en mi cara para toda la tarde. ¡Con qué poquito me alegra el día este hombre!

Las niñas están muy calladas, algo raro en ellas.

En ningún momento han entrado en la cocina para preguntarme alguna cosa o para ver qué estaba haciendo.

Me acerco con sigilo hasta el salón, donde las veo medio tumbadas en el sofá, en una postura diferente cada una y con un libro entre sus manos.

Están tan concentradas que me da pena hablarles. Entonces me siento también con ellas.

—¿Ya está la comida, mami? —pregunta Blanca si levantar la vista del libro.

—Sí, pero podemos esperar un poco —digo bajito.

—¿Has visto qué bien nos estamos portando? —me vuelve a preguntar, pero esta vez sí que me mira.

—Os veo muy tranquilas y relajadas, eso está muy bien.

—Es que la abuela nos ha dicho que tenemos que portarnos mejor contigo y no volverte loca, que ya vamos siendo mayores y que cada una necesitamos un poco nuestro espacio —explica Delia, acercándose a mí.

—¿Y por eso no habéis ido a la cocina? —pregunto, levantando las cejas.

—Claro, queríamos dejarte tranquila mientras preparas la comida y no molestarte, así tienes tu espacio —contesta, haciéndome reír. Para mi hija, al parecer, mi espacio es la cocina.

—Ya veo, ya. Bueno, me parece bien —afirmo con una sonrisa—. Pero ya sabéis que podéis contar conmigo y venir a la cocina las veces que queráis.

—Te quiero mucho, mami —dice Blanca, abrazándome.

—Yo también te quiero mucho —secunda Delia, haciendo lo mismo que su hermana.

—Yo a vosotras os quiero muchísimo también. Sois las mejores niñas del mundo. —No puedo evitar emocionarme.

Después de un buen rato de besos y abrazos, que tanta falta nos hacen a todos, nos vamos a la cocina. Mientras ellas ponen la mesa, yo saco la lasaña del horno y sirvo una ración en cada plato.

—Mami, está buenísima —asegura Delia.

—Cielo, no está bien hablar con la boca llena, ya lo sabes —regaño.

—Perdón, pero es que está riquísima —dice de nuevo.

—A mí me gusta casi más que los canelones de la abuela, y mira que es difícil —afirma Blanca, limpiándose con la servilleta.

—Gracias, menudo cumplido. Comparar algo con los canelones de la abuela son palabras mayores —digo tirándole un beso.

—Pues sí, hay pocas cosas que estén tan ricas como los canelones de la abuela —concluye Delia, haciéndonos reír a las dos.

Después de comer, recojo la cocina y ellas me esperan en el sofá para ver una peli.

¡La sorpresa que se van a llevar cuando sepan lo de la plataforma nueva!

Y así sucede: en cuanto voy al salón y les cuento la novedad, se vuelven locas buscando películas.

Al final eligen una serie de unos perritos que hablan.

No es de dibujos animados, pero está tan bien hecha que los animales parecen hablar de verdad.

—A mí me encantaría tener un perro —comenta Delia sin quitar la vista de la pantalla.

—A mí también, y si encima hablara así, sería genial —añade su hermana.

—Sabéis que a mí me gustan mucho los animales, pero las mascotas necesitan cuidados y atenciones.

Imaginaos que tenemos un perro: el pobre se quedaría solo desde por la mañana hasta las cinco de la tarde, y eso sin contar cuando tenéis que ir al polideportivo.

Estaría llorando todo el día. No puede pasar un animal tantas horas solo y sin hacer sus necesidades —explico con claridad.

No quiero que me empiecen a volver loca con la idea de tener un perro en casa; por ahí sí que no paso.

—Tienes razón, mami, no me gustaría tener un perro triste —dice Blanca, que lo ha entendido a la perfección.

—Además, aquí hay poco espacio. Si tuviéramos jardín, sería distinto, porque podría hacer pipí cuando quisiera y no solo cuando llegáramos nosotras a casa.

—Ya… —asienten las dos con un poco de pena, pero seguimos atentas a la tele como si no hubiéramos tenido la conversación anterior.

Después de vernos tres capítulos de la serie de los perros habladores —la llamo así porque no me he fijado en el título—, merendamos y les propongo hacer gimnasia, algo que aceptan encantadas.

Nos cambiamos de ropa y ponemos un vídeo de esos en los que una chica realiza ejercicios y tenemos que imitarla.

Más que deporte, lo que hemos hecho al final ha sido reírnos a carcajadas porque cada una iba a su ritmo y nos chocábamos a cada rato, pero el caso es mover un poco el cuerpo y, sobre todo, divertirnos.

Después nos vamos a la ducha y nos ponemos el pijama.

¡Hay que ver lo bien que se está en pijama!

Para hacer tiempo hasta la cena, echamos unas partidas a las cartas.

Me enseñan un juego nuevo; parece que el abuelo se sabe unos cuantos.

—Mami, quiero un sándwich para cenar —pide Blanca cuando estamos recogiendo las cartas.

—Yo también, pero uno de esos que llevan lechuga y tomate —dice Delia, haciéndome recordar a Bruno por aquello de la vida sana y las verduras.

Me meto en la cocina y esta vez me acompañan las dos. Mientras preparo la cena, cantamos un poco. Igual que una dibuja mejor que la otra, la verdad es que también una canta mejor que la otra. Parece que estén equilibradas en las habilidades.

Después de cenar se van a su habitación a ver un rato su tele, aunque yo creo que no tardarán más de cinco minutos en dormirse.

Yo me quedo en el sofá para seguir con mi serie.

Me gustan mucho las de intriga, y esta parece que tiene mucha.

De pronto, detengo la imagen un momento y le mando un mensaje de buenas noches a Bruno.

No sé por qué, pero me han entrado ganas de hacerlo.

Gracias por la clave, estoy viendo una serie que

me está gustando mucho. Que pases una buena

noche. Besos.

Me alegro de que te guste. Me voy ya a la cama,

mañana quiero madrugar para ir a correr antes de

llevar a mis padres a Oviedo. Quieren que pasemos

el día allí, así que haremos algo distinto.

Disfruta de tu serie. Buenas noches, preciosa.

Y, después, reanudo el capítulo, acompañada de mi sonrisa, esa que solo él sabe sacarme. Ya no estoy igual de concentrada que antes, porque mi cabeza no deja de pensar en él una y otra vez.