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Me despierto y lo primero que me viene a la cabeza son mis niñas, las echo mucho de menos; como se nota que no están por casa.
Desayuno, ventilo la casa y limpio el cuarto de baño.
Después pongo la cocina patas arriba. Para empezar, quiero hacer crema de calabaza —a las niñas les encanta—, hornear un bizcocho de naranja y guisar unas patatas con carne.
Además, saco la carne picada que tengo en el congelador para la lasaña de mañana.
Al final, me meto en la cocina y no salgo hasta pasadas unas tres horas, pero estoy satisfecha con el resultado.
Me ha salido crema por lo menos para tres días, el guiso huele que alimenta y el bizcocho ha quedado de lo más esponjoso.
En cuanto como, me tumbo en el sofá para continuar viendo la serie. De pronto, recuerdo que mañana tengo que ir con Ángel al banco. Se me acaba de ocurrir algo. Cojo el móvil y le llamo.
—Dime, Flora —dice Ángel con voz de sueño; seguro que se ha echado la siesta.
—Hola, ¿te acuerdas de que mañana hemos quedado para solucionar lo de la cuenta del banco?
—Sí, claro que me acuerdo, ¿qué pasa? —pregunta con desgana.
—Estaba pensando que, para no hacer madrugar mañana a las niñas, podrían quedarse una noche más ahí y cuando salgamos del banco ya las paso a buscar. Si te parece bien, claro.
—Sí, no hay problema, ahora se lo digo. —Cuelga el teléfono sin despedirse siquiera.
Debería salir a hacer un poco de ejercicio, pero es que no me apetece nada.
Estoy cansada, me duele todo el cuerpo, parece como si me fuera a coger la gripe o algo así.
Espero que solo sea cansancio lo que tengo.
Me levanto y voy a la cocina a prepararme un café y lo acompaño con un pedacito del bizcocho que hice esta mañana.
Mmmm, ¡qué esponjoso! A las niñas les va a encantar.
Estoy un poco aburrida, tengo la casa impoluta, toda la ropa planchada, un montón de comida preparada, por lo que no se me ocurre qué hacer. Me vuelvo al sofá y sigo con mi serie. ¡Menudo maratón que me estoy pegando! A este paso, termino hoy la segunda temporada.
Así me paso la tarde y parte de la noche hasta que me empieza a entrar sueño.
Mañana, por fin, veré a mis niñas. ¡Qué ganas tengo ya!
Nunca he estado tanto tiempo separada de ellas.
La verdad es que las echo mucho de menos.
La casa parece que está vacía cuando no están; faltan sus gritos y sus risas llenando el hogar.