Eres la razón de mi sonrisa 48
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Me levanto cargada de energía. Hoy les toca el turno a las cortinas de mi habitación y, si voy bien de tiempo, también lavaré las de las niñas. Tengo todo el día para hacer lo que quiera, así que voy a aprovechar que no están ellas para limpiar a fondo la casa o, por lo menos, lo que me dé tiempo.

Después, le toca el turno al armario de mi cuarto.

Desde que Ángel ya no vive aquí hay más espacio para colocar mejor mi ropa.

La saco toda, la dejo encima de la cama y empiezo a organizarla bien, y me fijo en que lo único que tengo más moderno es lo que me compré cuando nos encontramos con Bruno por casualidad en el centro comercial.

Ya viene él otra vez a mi cabeza, no me deja ni un rato.

Cuando termino con mi armario, hago lo mismo con el de las niñas, que también le hace falta, pues tienen ropa que ya no les vale y sigue ocupando sitio allí.

Meto todo lo que les está pequeño en una bolsa y preparo otra con ropa mía, que sé que no me voy a poner más.

Se la llevaré a Rosa para que la entregue en la parroquia de su barrio, donde siempre recogen ropa usada para los más necesitados.

Después de comer, me tumbo en el sofá y continúo viendo la serie que me tiene tan enganchada.

Mi teléfono suena en el momento más inoportuno: los protagonistas están corriendo detrás de unos delincuentes y están a punto de cogerlos.

Aun así, pauso un momento la película, me levanto del sofá y descuelgo.

—¡Hola, mami! —saluda Delia.

—Hola, cielo, ¿cómo os lo estáis pasando? —Me siento de nuevo.

—Muy bien. He ganado al abuelo un montón de partidas —cuenta un poco alborotada—. Ahora te paso con Blanca. Un beso, mami.

—Vale, pórtate bien. Y otro beso muy grande para ti.

—¡Mami! —saluda Blanca muy contenta.

—Hola, cariño, ¿cómo estás? —Me alegro de que su tono sea distinto al que tenía antes de irse.

—Muy bien, me lo estoy pasando fenomenal. La abuela me ha enseñado a hacer rosquillas y el abuelo se ha enfadado porque Delia nos ha ganado muchas veces a las cartas —explica, riéndose—. ¿Estás aburrida?

—Qué va. He limpiado la casa y ahora estaba viendo una película.

—Vale. Ah, la abuela te manda recuerdos.

—Dale un beso de mi parte. Portaos bien, cielo. Un beso muy grande —digo antes de colgar.

Se me sigue haciendo raro hablar con ellas por teléfono y también pasar tanto tiempo sin verlas, pero sé que me iré acostumbrando poco a poco.

No me queda otra. Me levanto del sofá y me preparo un café.

Me gustaría tener a mano unas cuantas rosquillas de esas que hace Rosa para mojarlas en él; están riquísimas.

Quiero coger el teléfono y llamar otra vez a Bruno, pero creo que lo más sensato es quedarme con las ganas y dejar que disfrute de su familia.

Siento la necesidad de escuchar su voz, pero no voy a ser una pesada.

Mejor me pongo la ropa de deporte y salgo a correr un poquito, a ver si hoy aguanto más.