47
Me despierto porque noto que las niñas se están metiendo en la cama conmigo, aunque me hago un rato la dormida.
Se han colocado cada una a un lado. La verdad es que, ahora que son más mayores, me sigue gustando estar así con ellas, igual que cuando eran pequeñas.
Les hago cosquillas y se asustan un poco; pensaban que estaba durmiendo, por lo que nos reímos durante un buen rato.
—¡Blanca! —grita Delia, rompiéndonos la risa de golpe—. No hemos ido al árbol a ver los regalos de Papá Noel.
—¡Es verdad! ¿Cómo se os ha podido olvidar? —riño con ternura.
Salen corriendo de mi habitación y van directas al árbol, donde cogen los regalos que llevan su nombre.
A cada una le compré un libro y una caja de lápices de colores.
Ya apenas se entretienen con juguetes, y sé que con los libros iba a acertar seguro.
Les quitan el papel de regalo y se ponen muy contentas al descubrir lo que hay dentro.
Después, nos vamos a desayunar. Las dos insisten en tomarse un trozo del árbol de hojaldre con su vaso de leche con cacao y, al final, termino cediendo.
Si es que hacen lo que quieren conmigo. Y a mí, a veces, me gusta dejarme también, ¡qué le voy a hacer!
Tras lavarse los dientes, les propongo hacer una pequeña maleta, igual que el fin de semana pasado, por si acaso se quedan a dormir hasta el domingo.
—¿Pero nos vamos a quedar otra vez? —pregunta Delia, extrañada.
—Aún no lo sé. Luego hablaré con papá y se lo comentaré —explico.
—¿Y te vas a quedar sola todo el día de Navidad? —pregunta Blanca con cara de pena.
—No te preocupes por eso, cielo. Yo nunca me aburro, siempre tengo algo que hacer en casa —contesto con una gran sonrisa para que se quede tranquila.
Sobre las once de la mañana, llega Ángel y entra con su llave, sin llamar, cosa que no me parece nada bien, pero sé que ahora no es el momento, ni hoy es el día para ponerme a discutir con él.
Mejor me callo y se lo digo en otra ocasión.
Lo que sí le comento es si se van a quedar a dormir o no.
Como mañana es sábado y le tocan a él el fin de semana, así lo aprovechan más y no tienen que estar de un sitio para otro.
Después de pensarlo un momento, le parece buena idea, por lo que me despido de ellas con miles de besos y abrazos y, en cuanto salen por la puerta, me pongo a limpiar la casa.
Enciendo la música a un volumen un poco alto, aunque tratando de no molestar a los vecinos, y muevo el sofá para limpiarlo todo muy bien.
Incluso me animo y quito las cortinas y las meto en la lavadora.
Después las colgaré para que se sequen y no se arruguen mucho.
Y así paso toda la mañana, limpia que te limpia.
Hasta he cambiado la mesa de posición; así parece el salón un poco más grande.
No sé por qué no se me ha ocurrido antes.
Sí, sí que lo sé, es que antes no tenía tiempo para nada, ni siquiera para fijarme en mi casa.
Aprovecharé también para cambiar algún cuadro de sitio y, por supuesto, para quitar de mi habitación la foto de nuestra boda, que ya no pinta nada.
Cuelgo las cortinas con mucho esfuerzo; hay que ver lo que pesan cuando están mojadas, pero una casa sin cortinas no es una casa.
Según lo digo, me acuerdo de Bruno, como no.
Cualquier cosa que se me pasa por la cabeza termina en él, sea lo que sea.
En cuanto me bajo de la escalera, cojo el móvil y me vuelvo a poner el audio que nos mandó anoche.
Lo oigo con los ojos cerrados, imaginándome que está aquí conmigo.
Después, como ya he terminado con el salón y no tengo ganas de hacer más por hoy, me meto en la ducha y me pongo ropa cómoda.
Para comer tomaré las sobras de ayer; no tengo ganas de prepararme otra cosa.
Cuando termino de recoger la cocina, me tumbo en el sofá con una película de esas navideñas que suelen poner por estas fechas en la televisión, aunque soy incapaz de verla.
Siempre son tristes y tienen, más o menos, la misma temática: familias que no se ven o que discuten durante las fiestas y amores que no pueden estar juntos.
También me lleva a pensar en Bruno, cómo no.
Quito la tele y me pongo un poco de música.
¿Me estaré enamorando? Sé que en estas cosas del corazón la lógica no ayuda porque si te enamoras, lo haces aunque no sea el momento idóneo y no lo puedas evitar.
Pero es que a mi edad ya no sé qué es estar así.
¿Es cuando no dejas de pensar en él? ¿Cuando al verlo tu corazón se agita?
¿Cuando, solo con escuchar su voz, te pones nerviosa?
¿Cuando deseas verlo a cada instante? Si esto fuera un cuestionario y yo tuviera que responder a todas las preguntas, lo haría con un sí, alto y claro.
Me digo a mí misma que no puede ser, que es aún muy pronto para tener pareja cuando apenas hace cinco días que Ángel y yo hemos dejado de vivir juntos.
¿Y si me estoy equivocando? ¿Y si lo que tengo que hacer es disfrutar y vivir mi vida como yo quiera?
¿Y si el destino me ha puesto a Bruno para que sea el hombre que llene mis días?
¿Y si no pienso en cómo les va a sentar a las niñas y continúo viéndolo?
¿Y si me dejo llevar por lo que me dice mi corazón?
Mi cabeza no deja de dar vueltas y más vueltas, y sigo con mi diálogo interno.
Entre todo lo que estoy pensando y las canciones románticas de Luis Miguel, que tampoco ayudan, termino llorando a moco tendido.
Parezco masoca, en vez de escuchar algo alegre y bailar, no, pongo a mi mexicano favorito.
Él sí que sabe enamorar a una mujer. Qué cosas tan bonitas dice, igual que Bruno; la diferencia es que Luis Miguel nos dedica a todas sus canciones, mientras que Bruno solo me las susurra solo a mí mirándome a los ojos. ¡¿Pero qué narices me pasa?!
Después de unas cuantas lágrimas, me levanto del sofá y me voy al cuarto de baño a lavarme bien la cara.
Se me está pasando por la cabeza la idea de irme a correr un poco porque aquí en el salón no tengo mucho espacio para preparar un circuito de los que me hace Bruno en su casa.
Por lo tanto, sin pensármelo dos veces, me pongo la ropa deportiva y me calzo las zapatillas, porque si lo pienso más, sé que voy a volver al sofá a seguir dándome pena a mí misma.
Vuelvo a casa derrotada. No es que haya estado mucho rato corriendo, la verdad, pero estoy cansadísima.
He empezado deprisa, pero después ya he ido caminando porque me cansaba.
Me da que esto no va mucho conmigo. Me meto en el cuarto de baño y, al mirarme en el espejo, me veo la cara más roja que un tomate.
Es la segunda vez que me ducho hoy y, por suerte, lo hago sin nadie que me meta prisa o que me meta yo presión porque después tenga que hacer miles de cosas.
Ducharse así es un lujo. Termino y me seco el pelo con tranquilidad.
Voy a pasarme un poco las planchas, que hace muchísimo que no lo hago, desde las Navidades pasadas por lo menos.
Cenamos en casa de mis suegros, como siempre, y también vino el hermano de Ángel con su familia; nunca nos hemos llevado muy bien, pero, para una vez al año que nos veíamos, había que hacer de tripas corazón, sobre todo por mis suegros.
Además, las niñas se lo pasaban bien con sus primos, y si ellas estaban bien, yo también, para qué me voy a engañar.
Con el pelo bien liso, me pongo el pijama y vuelvo al sofá.
Cojo el mando y comienzo a cambiar los canales, a ver si encuentro algo que me guste.
A lo mejor podría contratar una plataforma para ver series.
Me da que ahora voy a tener más tiempo para ver la televisión, ya que antes Ángel siempre tenía la patria potestad del mando.
Pues sí, mira, creo que va a ser buena idea, pero no sé cómo se hace.
¿Y si le pregunto a Bruno? Sin pensarlo dos veces, cojo el móvil y marco su número.
—¿Flora? —pregunta extrañado desde el otro lado de la línea.
—Hola, Bruno, ¡Feliz Navidad! —contesto bastante nerviosa después de oír su voz.
—Feliz Navidad, ¿va todo bien?
—Sí, sí, todo bien. Lo mismo te pillo mal, no quiero molestarte.
—Tú nunca molestas. —Y esas palabras vuelven a hacer música en mis oídos.
Me gustaría decirle que no dejo de pensar en él, que he escuchado varias canciones que parece que estén hablando de nosotros, que le echo tanto de menos que, si no fuera por las niñas, me iría ahora mismo a Asturias y me olvidaría de todo,
que me gusta a rabiar y que me encantaría estar ahora mismo entre sus brazos.
Pero mejor le digo otras cosas, no vaya a ser que la líe.
—Es que estaba aquí en casa, un poco aburrida, y he pensado contratar una plataforma de esas para ver series y, la verdad, es que no tengo ni idea de cómo se hace. ¿Tú podrías ayudarme?
—Si quieres, te doy la clave de la mía y con ella accedes a la plataforma y ves lo que te apetezca —me ofrece.
—¿De verdad harías eso? —pregunto, alucinada.
—Pues claro, Flora, por ti haría eso y muchas cosas más. —El tono de voz con el que ha pronunciado esas palabras hacen que mi corazón empiece a acelerarse.
—Pues no sé qué decirte, bueno, sí, que muchas gracias —añado, como atontada, y cambio de tema para que no me lo note—. ¿Sabes que hace un rato he salido a correr un poquito?
—¡No me digas! Veo que te has tomado en serio esto de querer hacer deporte, ¿eh?
—Bueno, sí y no. En realidad, estaba aburrida y te confieso que prefiero hacerlo contigo. —Según me escucho, me pongo colorada como un tomate.
—A mí también me gusta hacerlo contigo —apunta, siguiéndome el rollo, y me río para disimular el bochorno que estoy pasando.
—¿Y qué tal con tu familia? Seguro que están felices de tenerte allí. —Cambio otra vez de tema, porque si no, no sé por dónde va a terminar la conversación.
—Sí, sobre todo mi madre, me echa mucho de menos. No he salido de casa desde que estoy aquí, solo tengo ganas de disfrutar de ellos. Ni siquiera he llamado a mis amigos y no sé si voy a hacerlo.
—Pues deberías salir y pasártelo bien, ya sabes que tienes que desconectar y recargar las pilas —afirmo sin estar muy de acuerdo con eso de que salga por ahí; más que nada porque tengo miedo de que vea a su exnovia y vuelvan a aflorar sus sentimientos.
—La verdad es que no tengo ganas de salir, aquí con mi familia estoy bien.
—Bueno, pues entonces haz lo que te haga feliz —afirmo, sonriendo. No sé si notará que sonrío cuando escucho su voz.
—A mí lo que me más me apetece ahora mismo es estar contigo, abrazándote, besándote, haciéndote el amor. Eso me haría muy feliz, te lo aseguro. —Sus palabras me dejan callada, no sé qué decirle a continuación—. Flora, ¿estás bien?
—Mejor que nunca —respondo lo de siempre cada vez que me lo pregunta. Sé que me la hace porque ha notado que mi cabeza se ausentaba, como otras veces estando con él—. Bruno, yo…
—Tranquila, no tienes que decirme nada, ya sabes que te dije que te daba tu espacio y tu tiempo.
—Yo también te echo mucho de menos, más de lo que pensaba. Tengo muchas ganas de volver a verte —digo sincera.
—No sabes lo que significa para mí escuchar eso. Si me lo dices otra vez, cojo el coche y me voy corriendo a Madrid —bromea.
—No te lo voy a decir dos veces. —Me río—. Tu lugar ahora es estar con tu familia y disfrutar de estos días con ellos.
—Si me necesitas, solo tienes que decírmelo y en unas horas estoy contigo —asegura, convencido.
—Ya nos veremos cuando vuelvas y hablaremos de nosotros, ¿de acuerdo? —propongo.
—Eso haremos. Bueno, Flora, te dejo. Acaban de venir mis sobrinos y al mayor le prometí que le iba a enseñar a jugar al ajedrez.
—De acuerdo, pásatelo muy bien y disfruta. ¡Ya hablamos!
—Gracias por llamarme, me ha gustado mucho oír tu voz —dice antes de colgar.
Y vuelvo a llorar, pero estas lágrimas no son como las de hace un rato; son lágrimas de felicidad.
Me quedo más tranquila sabiendo que está bien conmigo y que no está molesto por lo que le dije.
Me levanto del sofá y voy a la cocina, a ver qué me hago para cenar.
En esos momentos, me suena un mensaje en el móvil.
Es Bruno; en él me manda la clave para ver las series y también un beso.
Después de cenar una buena ensalada —con manzana, por supuesto—, veo una serie.