Eres la razón de mi sonrisa 45 #2
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Al final gana Delia. Por un lado, me alegro, no me apetecía nada ponerme tacones, y menos después del sábado, que creo que aún me duelen un poco los pies.

Mientras ellas se chinchan un rato y se ponen el pijama, me voy a la cocina a montar los libritos de lomo.

No es que vaya a freírlos ahora, pero sí que los quiero dejar preparados para así ahorrar tiempo.

Después, las niñas me ayudan a poner la mesa, usamos las servilletas de papel que eligieron en el supermercado y ponen unas cuantas velas que ya encenderemos más tarde cuando empecemos a cenar.

Para beber, he comprado refresco de naranja sin burbujas.

A mí me hubiera gustado tomarme un vinito, pero me da cosa beber yo sola, con lo cual refresco para todas.

Estoy deseando ver la cara que pondrán cuando vean el postre, pues no se esperan algo así.

Tras terminar de poner bonita la mesa, me meto en la cocina y frío los libritos. Al final, el boniato lo he puesto en el horno, que es más sano. Si Bruno me viera hacerlo, estaría de acuerdo conmigo. Cada cosa que hago o veo me recuerda a él. No deja de venir a mi mente por todo.

¿Qué estará haciendo ahora? Seguro que andará con su familia disfrutando del ambiente navideño.

Espero que esté pasándoselo muy bien. ¿Y si ha quedado con su exnovia?

«A ver, Flora, que ese no es tu problema, que a ti ni te va ni te viene con quién queda. ¿Por qué me pongo así si yo nunca he sido celosa?»

. Creo que Bruno me gusta más de lo que quiero reconocerme a mí misma, pero, como le dije, no es el momento de estar juntos.

¿Y si cuando sea el momento de estarlo resulta que ya tengo sustituta? Pues nada, qué le vamos a hacer, la vida no siempre es como uno quiere, sino como viene. Esta frase me la debería grabar a fuego en la cabeza y repetirla muchas veces a modo de mantra.

Las niñas me ayudan a llevar las cosas a la mesa y nos sentamos, en pijama, a celebrar la Nochebuena.

Aparte de los libritos de lomo, también comemos unos canapés de salmón que ellas me han ayudado a hacer.

Tenemos una cena de lo más divertida, las niñas no paran de charlar, acordándose de anécdotas de otros años y de cosas divertidas que les han pasado en el colegio.

Disfruto un montón escuchándolas hablar y me doy cuenta de que ya no son mis bebés y que, por suerte, están creciendo bien y felices.

Al fin y al cabo, eso es lo que me importa.

—Mami, ¿puedo mandarle un mensaje a Bruno? —pregunta Delia, haciendo que me sobresalte al escuchar ese nombre.

—¿A Bruno? —pregunto extrañada, aunque trato de disimular.

—Es que el martes me fui sin decirle adiós, y no quiero que piense que soy una maleducada —explica como si fuera adulta ya.

—Sí, yo también quiero. Bruno es muy guay —secunda Blanca, siguiendo el rollo a su hermana.

La verdad es que, sin saberlo ellas, me acaban de meter en un apuro.

Por un lado, no me importa que llamen a alguien para felicitarle las fiestas, eso dice mucho de ellas; pero que tenga que ser precisamente Bruno me deja sin palabras.

Además, seguro que él piensa que soy yo y ni lo lee, vete tú a saber.

—Venga, mami, ¿nos dejas o qué? —insiste Delia.

Me levanto y cojo el móvil, aunque, al instante, me doy cuenta de que si les doy el teléfono van a ver todos los mensajes que tengo con él, y eso sí que no puede pasar.

Así que, con todo el disimulo que puedo, borro nuestras conversaciones y me queda una sensación de vacío increíble. Con lo que a mí me gustaba releerlos…

—Toma, aquí tenéis, pero no seáis muy pesadas, que seguro que está ocupado con su familia —les aviso, imaginándomelo rodeado de los suyos.

—Mejor le mandamos un audio, ¿a qué sí? —propone Delia a su hermana y esta acepta con un leve movimiento de cabeza.

—No os enrolléis mucho, ¿vale? —vuelvo a advertir.

—Hola, profe, soy Delia. Quería decirte que te lo pasaras bien estos días porque el martes no me acordé de decirte adiós, mi madre salió muy deprisa y me olvidé. Así que le he pedido el móvil para desearte feliz Navidad. Ahora se pone mi hermana, que también quiere hablarte.

—Hola, Bruno, feliz Navidad y que te lo pases muy bien. Nosotras nos lo estamos pasando genial. Mi madre ha hecho una cosa muy rica para cenar. Ah, y también te manda recuerdos y un beso —y dicho esto, le da a enviar.

¡La madre que las parió! Pero ¿he oído bien?

Por un lado, Delia le dice que el martes salí corriendo del polideportivo, y sí, bueno, es verdad, pero es que no quería cruzarme con él, lo reconozco, aunque mi hija tampoco debería haber sido tan descriptiva.

Y por otro lado, Blanca le dice que le mando recuerdos y un beso, ¡un beso!

, madre mía, a saber qué pensará cuando lo oiga.

Me voy al cuarto de baño a respirar profundamente.

Espero que no la hayan liado mucho. Si es que la culpa la tengo yo, no sé por qué las he dejado mandarle un mensaje a Bruno, ¡si ni siquiera me han pedido llamar a su padre!

Cuando regreso están de risas y de buen rollo, como si no hubiera pasado nada, y justo cuando me vuelvo a sentar, escucho el sonido de un mensaje que me acaba de llegar al móvil.

—Seguro que es mi profe, déjame ver —ordena Delia, intentando hacerse con el teléfono.

—Espera, cielo, ya lo abro yo. —Lo cojo deprisa porque ya me da miedo dejar el móvil en sus manos—. Es un mensaje de voz, vamos a oírlo.

—Hola, chicas, no sabéis la ilusión que me ha hecho escucharos.

Me alegro mucho de que estéis cenando cosas muy ricas y de que os lo estéis pasando tan bien.

Yo estoy con mis padres, mi hermana y mis sobrinos, que me recuerdan mucho a vosotras.

Lo estamos pasando fenomenal. Gracias por vuestros buenos deseos.

Nos vemos pronto. Ah, y dadle un beso también a vuestra madre de mi parte.

Oír su voz hace que mi corazón se ponga a latir con fuerza.

Además, estoy segura de que hablaba con esa sonrisa que tiene, que tan loca me vuelve.

Cómo me gustaría que estuviera ahora mismo aquí y que me diera en persona el beso que me acaba de mandar.

De nuevo, suena el móvil, lo miro y es otro mensaje de él.

Lo abro y es una foto que nos manda de él con toda su familia.

Las niñas me quitan el teléfono y lo ven ellas; apenas si he podido fijarme bien.

—Vamos a mandarle también una foto nuestra con la mesa así de bonita —propone Blanca, levantándose.

—Espera, vamos a recoger un poco y traigo el postre. Seguro que os va a gustar hacerle una foto también. —Me apetece presumir un poco de lo que he hecho.

Llevamos a la cocina los platos vacíos y las bandejas con los canapés que han quedado, y saco el árbol de hojaldre.

—¡Qué chulo! —gritan las dos a la vez.

—¿Pero esto es para comer? —pregunta Blanca con cara de alucinada.

—Pues claro que se come, esto es el postre —explico, riéndome.

—Pero es que es tan bonito que da pena comérselo —dice mientras se le hace la boca agua.

Nos colocamos alrededor del postre, ponemos nuestra mejor sonrisa y nos hacemos una foto. Bueno, en realidad, nos hacemos varias hasta que doy con una en la que salgo bien. No voy a mandarle la que estoy con los ojos cerrados.

—Déjame que le voy a mandar otro mensaje —dice Delia, cogiéndome el teléfono.

—Pero bueno, ¿qué maneras son esas? Las cosas no se quitan de las manos, hay que esperar a que nos las den —le regaño.

—Es que le quiero decir lo que es el árbol, por si acaso no lo sabe —explica con ilusión.

—Vale, pero antes de darle a enviar quiero ver lo que has escrito —advierto en tono firme, porque la conozco.

Veo que está un rato escribiendo y después me da el móvil para que le dé el visto bueno. El mensaje dice:

Profe, este árbol es el postre sorpresa que

nos ha hecho mi madre para celebrar la

Nochebuena. Qué pena que no lo puedas

probar. Si puedo, te guardo un trozo.

Feliz Navidad.

Hay que ver la de explicaciones que le ha dado, en vez de mandarle la foto y ya está, pero bueno, tampoco ha dicho nada imprudente, con lo cual se lo envío. Enseguida nos llega la respuesta.