Eres la razón de mi sonrisa 45
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—Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad. Saca la bota, María, que me voy a emborrachar.

Me río cuando me oigo cantar el villancico, pero es que es así: esta noche es Nochebuena y será diferente a la de otros años.

Casi siempre hemos ido a casa de mis suegros a cenar, tanto el día veinticuatro como el treinta y uno, por eso digo que hoy no será igual, aunque tampoco estoy diciendo que vaya a ser peor.

Aún no he pensado qué hacer esta noche para la cena.

Me gustaría que fuera algo especial y que les gustase mucho a las gemelas.

Mejor les preguntaré qué les apetece mientras desayunamos; seguro que, entre las tres, decidimos algo muy rico.

Un poco antes de las nueve de la mañana ya están despiertas.

Cómo me gustaría que durmieran hasta más tarde en vacaciones, así el día no se les haría tan largo y no empezarían con el «me aburro» tan pronto.

También hago tostadas para desayunar, ¡hay que ver lo que nos gustan!

Mañana, como se las lleva Ángel y lo más seguro es que tenga más tiempo, voy a hacer un bizcocho.

—¿Queréis cenar algo especial esta noche? —pregunto con alegría mientras desayunamos.

—¿No vamos a cenar con los abuelos como siempre? —quiere saber Blanca y le da un mordisco a su tostada.

—No, cariño, donde los abuelos iréis mañana a comer —le explico y veo que no me dice nada.

—¿Y qué vamos a cenar? —pregunta Delia, removiendo su cacao.

—Pues por eso os he preguntado. Os puedo hacer algo que os apetezca mucho —respondo sin perder la sonrisa.

—¿Hamburguesa? —propone Delia, levantando las cejas.

—Ay, cariño, ¿cómo vamos a cenar hamburguesa el día de Nochebuena? Además, ya la comimos ayer —le recuerdo.

—Pues ni idea, mami, haz lo que tú quieras —contesta, encogiéndose de hombros.

—Pues vaya ayuda que tengo con vosotras… —digo bajito, pero para que me oigan.

Me termino el café y me meto en Internet para mirar recetas navideñas, a ver si encuentro algo fácil y rico, y a ser posible que tenga todos los ingredientes en casa.

Después de un buen rato buscando algo que me pueda interesar, doy con lo que creo que va a ser un acierto: libritos de lomo.

Hace años que no los hago y, cuando digo años, quizá esté diciendo que hace como unos cinco por lo menos.

Creo recordar que fue por el cumpleaños de las gemelas.

Mis suegros vinieron a comer y me apetecía hacer algo especial.

Me tiré en la cocina mucho tiempo, porque nunca los había hecho, pero mereció la pena: estaban exquisitos.

Sí, eso haré y los acompañaré de boniato frito; a las niñas les encanta.

También he visto un postre que creo que me voy a animar a hacer: es un hojaldre con forma de árbol y relleno de crema de cacao.

Este sí que me lo voy a tener que currar, pero las gemelas van a alucinar.

Repaso los ingredientes y veo que solo me falta la masa, con lo cual, les propongo a las niñas ir un momento al supermercado a comprarla.

Después de escuchar varias quejas al respecto, nos vestimos y nos vamos.

Ya de paso, compramos patatas fritas y frutos secos que me olvidé de apuntar el otro día, y Delia ha cogido unas servilletas con motivos navideños que le han gustado.

Blanca lleva muy callada toda la mañana.

—¿Puedo coger un rato la tableta? Es que quiero ver unos vídeos de música que me ha dicho Valeria que están muy guais —pregunta Delia cuando volvemos a casa.

—Sí, anda, pero solo un ratito y no te la acerques mucho a los ojos. —Sé que se la pegará a la cara como siempre hace—. Blanca, ¿puedes venir un momento a la cocina?

—¿Qué quieres, mami? —pregunta un poco desganada mientras entra por la puerta.

—Siéntate, por favor, quiero hablar contigo —pido con ternura—. ¿Puedes contarme qué te pasa?

—Nada —murmura, bajando la mirada.

—Sabes que no me gustan las mentiras, cielo, y sé que algo te pasa. —Le pongo un mechón de pelo detrás de la oreja.

—No me pasa nada —repite con la mirada en el mismo punto.

—¿Tú crees que papá debería seguir viviendo aquí, verdad, cariño? —pregunto con delicadeza.

—Es que yo quiero que vayamos los cuatro donde los abuelos o al centro comercial o a comer una hamburguesa —afirma con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo sé, pero eso es solo ahora, ya verás como en un tiempo muy corto lo vas a ver todo de otra manera —aseguro, intentando suavizar sus lágrimas—. Los papás no debemos estar juntos solo porque los hijos quieran. A veces es mejor estar separados para poder seguir llevándose bien.

—¿Pero tú te llevas mal con papi? —pregunta, alzando la cabeza por primera vez.

—No es eso, es solo que… ¿a ti te gustaría vernos a papá y a mí discutiendo todo el día?

—No, claro que no. Pero es que va a ser todo muy raro —dice mientras le caen las lágrimas.

—¿Por qué va a ser raro? Va a seguir casi todo igual.

Viviréis aquí, como siempre, y seguiréis haciendo las mismas cosas que antes; nada va a cambiar, te lo aseguro.

—No sé qué palabras usar para animarla—.

Tú solo tienes que pensar en divertirte y en estudiar, porque no va a cambiar tu vida para mal.

Incluso disfrutaréis de más cosas chulas con papá que antes, ya lo verás.

—Si tú lo dices…

—¿Vas a intentar pasártelo bien estas vacaciones? —Le hago cosquillas para sacarle una carcajada.

—Sí —contesta poco convencida.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo. —Se limpia las lágrimas.

—Ahora ve con tu hermana a ver vídeos de música. Lo mismo le puedes enseñar algún paso de baile de los que aprendes en el polideportivo —digo para animarla un poco más.

Cuando se va de la cocina, me quedo pensativa, me da pena que esté sufriendo por esta situación, pero estoy convencida de que serán los primeros días; después se irá acostumbrando.

Tampoco les va a cambiar tanto la vida. El sábado por la tarde y el domingo serán los únicos momentos en que hagan algo distinto.

Además, estarán con sus abuelos. Con ellos se lo pasan pipa, y su padre seguro que también las lleva por ahí a hacer lo que ellas quieran.

Me suena el teléfono justo cuando estoy estirando el hojaldre para hacer el postre de esta noche.

Es Ángel. Hablamos durante más de cinco minutos.

Él quiere saber qué día podemos ir al banco a solucionar el tema de la cuenta.

Por lo visto, ahora le ha entrado mucha prisa por arreglar la situación económica.

Le he dicho que el lunes les dejo las niñas a sus padres y nos acercamos un momento los dos, y le ha parecido bien la idea.

En cuanto cuelgo, continúo con la preparación.

Lo más difícil es darle forma de árbol de Navidad, pero, bueno, he seguido todos los pasos tal y como decían en la receta.

Después lo meto en el horno y en nada de tiempo comienza a llenarse la cocina con un olor estupendo.

—Mami, ¿qué estás haciendo de comer? —grita Delia desde el salón.

—Ahhhh, no te lo puedo decir, es sorpresa —digo, asomándome al horno.

—Huele superbién —afirma Blanca, entrando de nuevo en la cocina.

—Mejor sabrá —advierto, riéndome—. Es el postre para esta noche. Luego os lo enseño.

—¿Y ahora qué vamos a comer? Tengo hambre.

—Aún es pronto, ¿quieres un plátano? —Se encoge de hombros.

—Vale.

—Llévale uno a tu hermana, pero tened cuidado con el sofá, no quiero ver comida sobre él —aviso, recordando el día que comieron galletas y me encontré el sofá lleno de migas.

Cuando veo que el hojaldre ha estado el tiempo que pone en la receta, giro la rueda del termostato y apago el horno.

La verdad es que se ha quedado un olor maravilloso en toda la casa.

Para comer estoy pensando en preparar unos espaguetis a la carbonara.

Últimamente me da por recuperar recetas que hace tiempo que no hago.

Será todo parte del proceso de la separación, digo yo, por aquello de querer hacer algo nuevo y salir un poco de la rutina...

Me quedo mirando el móvil, que lo dejé sobre la mesa de la cocina después de que me llamara Ángel, y me entran unas ganas terribles de llamar a Bruno.

Quiero saber de él, escuchar su voz. Pero, al minuto, cambio de idea; no quiero importunarle.

Observo el reloj y veo que son las doce de la mañana.

Aún es pronto para ponerme a preparar la comida.

Entonces, voy al salón para ver qué hacen mis niñas.

Entro despacio y veo que están bailando, cada una con su estilo, cosa que me hace sonreír.

¡Tan iguales y tan diferentes! Sin pensármelo dos veces, me uno a ellas y no paramos de mover el esqueleto durante un buen rato.

Esto hace que me acuerde del sábado por la noche, cuando fuimos Bruno y yo a bailar.

Es inevitable no pensar en él con cada cosa que hago.

Después de comer nos tumbamos en el sofá y nos ponemos a ver una peli de esas de fantasía que tanto les gustan.

Desde luego, qué bien hacen ahora los dibujos animados.

¡Si es que parecen reales! Me quedo embobada mirando a los animales.

Cuando yo era pequeña, no los hacían así ni mucho menos; ahora es como si tuvieran pelo y ojos de verdad.

En cuanto termina la película les apetece merendar, pero no quiero que coman mucho ahora porque si no, no cenarán y esta noche la cena va a estar deliciosa.

Así que abro una bolsita de nueces peladas y nos sentamos en la mesa del comedor a jugar a las cartas.

Nos partimos de risa, ¡hasta el abuelo les ha enseñado unas pequeñas trampas!

Qué buena tarde estamos pasando, incluso Blanca parece mucho más animada, y Delia está como siempre, intentando dirigir las jugadas, empeñada en que se haga como ella dice.

Hay que ver lo que se parece a su padre.

—A ver, niñas, os voy a dar dos opciones: ¿queréis que nos pongamos muy guapas para cenar o preferís hacerlo en pijama? —pregunto en cuanto terminamos de jugar a las cartas.

—¡Guapas! —grita Blanca.

—¡Pijama! —grita Delia.

Me río porque ya me imaginaba cuál iba a ser la respuesta de cada una.

Blanca es más de vestidos y faldas, y Delia es más de estar cómoda; si por ella fuera, iría siempre en mallas y zapatillas deportivas.

Pensar en eso me hace recordar el regalo que me hizo Bruno el día que fui a comprar la ropa para hacer deporte.

Como veo que no se ponen de acuerdo, les hago jugar a piedra, papel o tijeras para encontrar la solución.

La que llegue antes a diez victorias, elige lo que nos ponemos todos.