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Me despiertan las niñas metiéndose en mi cama, no paran de reírse y de cantar.
—¿Se puede saber qué es lo que hacéis? —pregunto medio adormilada.
—¡Vamos, a desayunar, mami! —grita Delia.
—¿Pero qué hora es?
—Son casi las diez de la mañana. ¡Vamos a desayunar! ¡Tenemos hambre! —afirma Blanca, tocándose la tripa.
Así me han dado los buenos días hoy. Me encanta que me despierten con tanta energía.
No me puedo creer que nos hayamos levantado a estas horas.
Se nota que estaban cansadas después de lo de ayer y yo…
, pues yo no sé. Vamos a la cocina y hago tostadas con mantequilla y mermelada, que para eso hoy no tenemos prisa.
Me quiero tomar el día con calma. A ver si soy capaz de estar tranquila durante todos los días de vacaciones; estoy cansada de ir corriendo a todos los sitios.
Por lo tanto, después de que yo termine de hacer las cosas de casa, nos vestiremos e iremos a comer donde les prometí.
Se nota que ya se han terminado las clases; el centro comercial está hasta arriba de familias.
Las niñas han querido participar en un concurso de manualidades que ha organizado una papelería de aquí, y después hemos hecho cola en la tienda de gominolas, donde una chica joven les pintaba las caras.
Y, cuando nos ha entrado hambre, nos hemos ido a la hamburguesería.
Y todo, sin ninguna prisa, ¡qué maravilla!
Cuando llegamos a casa, las animo a escribir la carta a los Reyes Magos, aunque sé que se huelen quiénes son, aún no dejan de tener esa ilusión.
Basta que un niño de la clase sepa la verdad para que fastidie al resto.
Eso siempre ha pasado, pero ahora cada vez se enteran de las cosas siendo más pequeños, y eso me da mucha rabia.
No he tenido noticias de Bruno en todo el día, supongo que ya estará en Asturias.
Estoy por mandarle un mensaje para saber si ha llegado bien, aunque no creo que sea buena idea; seguro que está con su familia o con sus amigos, y no quiero fastidiarle el momento con un mensajito.
En cuanto cenamos, les digo a las niñas que llamen a su padre y que después me lo pasen a mí, y así hacen.
—Hola, Ángel —saludo cuando cojo el teléfono—. ¿Podemos hablar un momento?
—Dime. —Su voz suena cansada.
—No voy a entretenerte mucho, solo quiero que nos pongamos de acuerdo para pasar estas vacaciones con las niñas —comento deprisa.
—Pues yo trabajo todos los días, menos el veinticinco y el día uno, como siempre, ya lo sabes.
—¿Te parece bien que la Nochebuena la pasen conmigo? El día de Navidad, si quieres, coméis juntos —propongo.
—Sí, lo que tú quieras, Flora. ¿Algo más?
—Tu madre me ha dicho que viene tu hermano para Nochevieja. Si quieres, te puedes llevar a las niñas para celebrar esa noche con tu familia. Sé que ellas disfrutan mucho estando con sus primos y como se ven tan poco…
—Que sí, que vale. El día veinticinco por la mañana las paso a buscar. Adiós. —Y cuelga el teléfono.
La verdad es que tampoco podría decir que ha sido borde al teléfono, aunque su tono al hablar no ha sido muy amistoso que digamos.
En fin, qué le voy a hacer. Él es así. Me da rabia y me siento tonta por haberle consultado, pero es que todo lo hago por el bien de mis niñas.
Quiero que ellas se lo pasen bien y a mí me da igual pasar la última noche del año sola.
Cenaré cualquier cosita que me haga y disfrutaré de la tranquilidad de la casa, que normalmente no lo hago.
Me quedo en el sofá releyendo los mensajes de Bruno.
No he borrado ninguno, tengo hasta el primero que me mandó.
¿Qué estará haciendo ahora? Los celos hacen una pequeña aparición por mi cabeza.
«A ver, Flora, ya le dejaste claro que de momento no podíais estar juntos, con lo cual, déjale que haga lo que quiera, no vayas a ser como el perro del hortelano a estas alturas».
Le echo de menos y no puedo dejar de pensar en sus besos y en las caricias que me dedicó el sábado y el domingo en su cama.