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Me despierto extraña por muchas razones.
La primera y más obvia es que he dormido sola toda la noche, es la primera vez que tengo la cama entera para mí solita y ha sido algo un poco raro eso de moverme a mi antojo entre las sábanas.
La segunda es que hoy es el último día de clase y empiezan las vacaciones.
Y la última, y quizá la que me tiene con la cabeza en continuo movimiento, es Bruno.
Me gusta, me gusta muchísimo, pero creo que ha llegado en un momento de mi vida en el que no necesito enredarme más.
Aunque tampoco estoy segura de si estar con él es complicarme la vida o alegrármela.
Menudo cacao tengo en la cabeza, a ver si en estos días de vacaciones consigo poner un poco mi mente en blanco o en orden, no sé bien, porque me noto saturada con tantas cosas.
Dejo a las niñas en el colegio y me dirijo al instituto.
Las horas pasan tan rápido que apenas si me he enterado.
No me he cruzado con Bruno en ningún momento, casi mejor así.
A las tres de la tarde, después de despedirme de algunos compañeros y de los alumnos, y desearnos todos unas felices fiestas, voy hasta el aparcamiento.
Veo a Bruno a lo lejos, bueno, en realidad, lo que veo es su coche saliendo del recinto.
Ni siquiera nos hemos despedido; como compañeros, digo.
Me monto en el coche y tomo dirección hacia el supermercado. Anoche me guardé la lista de la compra en el bolso por si acaso se me olvidaba esta mañana antes de salir. Como aún no he comido, compro más de lo que llevo anotado.
En cuanto llego a casa, descargo las bolsas y coloco la compra. Después me tumbo en el sofá, sin hambre, y me pongo a llorar como una niña pequeña.
Cuando termino de soltar todo lo que me ahoga por dentro, porque llorar no es otra cosa que deshacer nudos, me voy al cuarto de baño y me lavo bien la cara.
Después, vuelvo a la cocina para preparar la merienda de las niñas y cojo de su habitación las mochilas con todo lo que necesitan para la función de Navidad del polideportivo.
También llamo a Rosa para invitarles a venir, sé que a ella le va a hacer mucha ilusión, ¿cómo no he pensado en eso antes?
Enseguida me coge el teléfono y acepta encantada, pero dice que solo vendrá ella, que el abuelo está con dolor de espalda y prefiere quedarse en casa.
En cuanto termino de coger todo lo que necesito para mis niñas, me paso por su casa para recogerla.
—Menuda sorpresa se van a llevar las niñas cuando te vean —le digo a Rosa de camino al polideportivo.
—Anda que no me han contado veces lo del espectáculo de Navidad, es algo muy importante para ellas —comenta, sonriendo.
—Sí que lo es, sí. Además, han ensayado mucho.
—¿Qué tal estás, Flora? —pregunta, girando la cara hacia mí.
—Me siento un poco rara, la verdad, pero imagino que es por ser hoy el primer día que Ángel no ha dormido en casa —respondo sincera.
—Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, aunque no tenga que ver con las niñas.
—Lo sé, Rosa. También te agradezco que hablaras con él. Sé que en todo lo que me dijo el domingo, tú tenías algo que ver.
—Mi hijo es como un niño pequeño y necesita que le orienten, lleva toda su vida igual: primero guiado por nosotros y después por ti. No sabe tomar bien sus propias decisiones —asegura Rosa con un tono de desolación en su voz.
—Yo lo único que quiero es que las niñas no sufran. Ellas son lo fundamental.
Dejo el coche en segunda fila cuando llegamos al colegio.
—No pienses que me entrometo, pero ¿vendrás a cenar en Nochebuena? —pregunta con un poco de reparo.
—No, Rosa, mejor que no. —Sonrío y trato de sonar lo más dulce posible—. Este tema aún no lo he hablado con Ángel.
—Te entiendo, pero ya sabes que, si cambias de idea, tendrás un plato en nuestra mesa.
Rosa es tan buena mujer que me sabe hasta mal no aceptar su invitación, pero sé que ahora mismo no es cuestión de ir a cenar como si no pasara nada.
Tengo que llamar a Ángel para saber lo que haremos estos días con las gemelas, a ver qué decidimos.
Apenas quedan tres días para Navidad. También debemos arreglar lo del banco; no deberíamos seguir teniendo una cuenta en común. Hay tantas cosas que atar todavía…
—¡Abuela! —gritan las niñas mientras se suben al coche.
—¿Qué os parece la sorpresa? —dice, mirando hacia atrás, mientras recibe sus besos.
—¿Vas a venir a nuestra función? —pregunta Delia, abrochándose el cinturón.
—¡Claro! ¡Cómo me lo iba a perder! —contesta Rosa con una sonrisa.
—¡Te va a encantar, abuela! —asegura Blanca muy contenta.
Les doy los sándwiches para que se los vayan comiendo y seguimos rumbo al polideportivo. Según nos acercamos, voy sintiendo un leve cosquilleo en el estómago. Sospecho que es porque sé que voy a ver a Bruno.
Rosa y yo hemos decidido turnarnos entre las dos para así poder ver un poco de los dos espectáculos.
No puedo evitar emocionarme al ver a mis niñas tan metidas en su papel.
Blanca está muy seria porque su número así lo requiere; no es habitual ver a las bailarinas de baile clásico riéndose mientras actúan, ¿verdad?
Me emociono al verla bailar con tanta delicadeza.
A Delia le ha tocado participar en la coreografía como una de las figuras principales; lo sé porque está todo el rato colocada en el medio y es la que hace cosas un poco más diferentes del resto. O es eso, o es amor de madre.
La clase de Blanca termina un poco antes, así que la recojo y nos vamos a ver terminar a su hermana.
Veo que Rosa está igual de emocionada que yo hace un momento; se nota que las quiere un montón.
La función de Delia también llega a su fin.
Los aplausos de los que estamos allí inundan la sala, la verdad es que lo han hecho fenomenal.
Aparece Bruno en medio de los niños, alabando su buen trabajo y, después, les choca las manos a todos para despedirse.
Nos agradece a los padres, en voz alta, haber asistido y también haber colaborado en todo.
Delia no tarda en llegar y, tras abrazar a su abuela y a mí, salimos las cuatro hacia el aparcamiento del polideportivo.
No he tenido ocasión de despedirme de Bruno y ya no lo voy a ver hasta que volvamos a las clases.
—Mami, ¿te ha gustado? —pregunta Blanca muy contenta.
—Gustarme es poco, eres una gran bailarina, ¡me ha encantado! —respondo con mucho énfasis y le doy un beso.
—A mí también me ha gustado mucho, ¡menudas nietas más asombrosas tengo! —exclama Rosa.
—Pues no os penséis que esto es fácil, que lleva muchas horas de ensayo —asegura Delia, haciéndose la interesante.
—No lo dudo —afirma su abuela con cariño—. Eso no lo puede hacer cualquiera.
—Estoy orgullosa de vosotras, no podía haber tenido unas hijas mejores.
Por el camino no dejan de charlar; nos van contando muchas cosas sobre lo que acaban de hacer. Están muy contentas. Llevamos a Rosa a su casa y nos vamos después a la nuestra. Quiero que las niñas se duchen rápido antes de que cojan frío.
Se me ha ocurrido que vayamos mañana al centro comercial a comer las tres y así celebraremos juntas las buenas notas que han sacado.
Cuando salgan de la ducha se lo diré. Pensaba que Ángel las llamaría para preguntar por los resultados finales o por el espectáculo del polideportivo, pero imagino que no habrá tenido tiempo.
Las niñas aparecen ya en el salón con el pijama puesto mientras yo estoy recogiendo la tabla de planchar.
—Mami, estoy un poco cansada —dice Delia, tumbándose en el sofá.
—Es normal, cielo, después de todo el esfuerzo que has hecho esta tarde. No sabía yo que tenías tanta flexibilidad.
—Dice Bruno que hoy lo he hecho mejor que nunca. —Bosteza.
—La verdad es que la abuela y yo hemos disfrutado muchísimo.
—Hoy Bruno no estaba como otros días —sigue hablando Delia.
—¿A qué te refieres? —pregunto, interesada.
—Estaba como triste.
—¿Y por qué has pensado que estaba triste? —continúo con el interrogatorio.
—Porque apenas ha sonreído.
—A lo mejor es que estaba nervioso por la función —digo para quitarle hierro al asunto.
—A lo mejor —comenta, distraída.
—¿Qué vamos a cenar? —pregunta Blanca—. Tengo hambre.
—Pues pensaba haceros unos calamares y unas empanadillas, ¿os apetece?
—¡Vale! —gritan las dos a la vez.
—Me voy ahora mismo a prepararlo, no quiero que mis campeonas pasen hambre. ¿Por qué no llamáis a papá y le contáis las notas? Seguro que está esperando vuestra llamada —propongo de camino a la cocina.
Mientras se calienta el aceite de la freidora, me pongo a pensar en el comentario que me ha hecho Delia sobre Bruno.
No me gustaría saber que está triste por mi culpa; no me lo perdonaría.
Oigo a las niñas muy revolucionadas mientras hablan con su padre.
Recordar lo de esta tarde las pone muy contentas.
En cuanto cuelgan el teléfono, vienen a la cocina y nos ponemos las tres a cenar.
Aprovecho también para proponerles el plan de mañana, que aceptan dando saltos de alegría.
Después se lavan los dientes y vemos un rato la tele juntas. Hoy sí podemos porque mañana ya no hay clase ni hay que madrugar, aunque lo de madrugar a ellas les da igual.
Antes de meterme en la cama, le mando un mensaje a Bruno, soy incapaz de dormirme hoy sin saber nada de él, con lo cual, cojo el móvil y le escribo:
Te deseo un buen viaje mañana, disfruta de tu
familia y de tu tierra. Recarga las pilas.
Te voy a echar de menos.
La última frase no tenía que habérsela escrito, pero es verdad. Le voy a echar mucho de menos; se me va a hacer muy raro estar tantos días sin verle.
Su respuesta no tardo en recibirla:
Conduciré con cuidado, gracias por acordarte.
Yo también te voy a echar mucho de menos.
No es que me haya quedado satisfecha con su respuesta, quizá esperaba algo más, pero después de lo que le dije en su casa ayer, no creo que se ponga en plan romántico.
Tengo que entenderlo. Y así, con esta desilusión, me pongo en el centro de la cama e intento conciliar el sueño.
Me cuesta dormirme, pero al final lo consigo.