Eres la razón de mi sonrisa 42
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Me despierto como cualquier lunes, pero esta vez con una sonrisa en la cara después del buen día que tuve ayer.

No me ducho, lo hice la tarde anterior; por lo tanto, me voy directa al bolso para coger el móvil.

Quiero mandarle un mensaje de buenos días a Bruno.

La sorpresa me la llevo yo cuando, al desbloquear la pantalla, veo que tengo un mensaje suyo:

Quería ser el primero en darte los buenos días hoy.

Te he echado de menos al despertarme, aunque

me he conformado con tu perfume en mi almohada.

Buenos días, mi cama no huele a ti,

pero en mi cabeza no dejo de pensarte.

No puedo dejar de sonreír. Dejo el móvil dentro del bolso otra vez, no quiero entretenerme ahora con los mensajes y llegar tarde, así que voy directa a la habitación de las gemelas para despertarlas.

Hoy damos las notas a los alumnos del instituto, para más de uno hoy será un gran día, para otros, será una jornada poco agradable.

Según llego al aparcamiento, aparece Bruno, y se acerca a mí con una sonrisa pletórica.

—Buenos días, Flora. No sabes lo que me apetece darte un beso —dice sin dejar de sonreír.

—Buenos días —saludo con cara de boba—. A mí también me gustaría, pero sabes que no debemos.

—Lo sé. Por cierto, ¿quieres comer en casa?

—Salgo a las tres, si me esperas… —sugiero, coqueta.

—Podría esperarte toda la vida —me suelta, consiguiendo que mi corazón dé un brinco, y comenzamos a caminar hacia la entrada del instituto.

Nos despedimos y nos vamos cada uno a la clase que nos toca.

Yo voy directa a 2.º B. Hoy mi intención es hacer un debate, a ver qué les parece.

La verdad es que he pensado, de camino a aquí, hacerlo en todas las clases que tenga hoy, porque este fin de semana no he preparado nada y porque, para lo que queda de clases, prefiero hacer algo más divertido.

Recuerdo una y otra vez cada instante del sábado y del domingo.

Me alegro de no haber bebido mucho; si no, quizá no podría recordarlo con tanta nitidez como lo hago ahora.

Bruno es un hombre impresionante, en todos los sentidos y se mire por donde se mire.

A las tres de la tarde, después de que suene el timbre, conduzco hasta casa de Bruno.

No dejo de darle vueltas a si es buena idea empezar algo con él cuando no tengo oficialmente terminada mi relación con Ángel.

No sé si me estoy precipitando y, a lo mejor, lo de este fin de semana no debería haber pasado. ¿Y si me estoy metiendo en un lío?

En cuanto llamo a la puerta, me abre muy rápido, como siempre, y según cierra la puerta, nos echamos cada uno a los brazos del otro y nos empezamos a besar como si lleváramos siglos sin vernos. Cuando el beso termina, me quito el abrigo y lo dejo encima del sofá.

—Estoy muerta de hambre —digo, acercándome con él a la cocina.

—Pensaba que mis besos te llenaban. —Me guiña un ojo.

—Tus besos me fascinan, pero lo que se dice llenar… —Me río.

—He hecho filetes de pollo con verduras, todo a la plancha.

—¡Qué rico! Comamos —propongo, sentándome en un taburete alto que tiene en la cocina.

—Me gustaría tener ya la mesa en el comedor y poderte ofrecer un sitio mejor para que estés cómoda.

—Tranquilo, en nada lo tendrás. También deberías comprarte un perchero para la entrada; es mejor dejar los abrigos ahí que donde lo he dejado yo.

—Sí, tomo nota. ¡Hay tantas cosas por mejorar! —Sonríe de nuevo—. ¿Ayer llegaste antes que las chicas?

—Sí, hasta me dio tiempo a ducharme. Me llenaron de besos y abrazos como si lleváramos meses sin vernos —comento, mientras corto un trozo de pollo.

—Las entiendo a la perfección, a mí me ha pasado igual. Llevo todo el día sin dejar de pensar en ti —me confiesa con una voz tan sensual que hace que el vello de mis brazos se erice.

—¿Y eso es bueno o es malo? —pregunto, haciéndome la interesante.

—Pues no sé si es muy bueno —contesta, riéndose—, porque he estado muy despistado durante mis clases.

—Pues ya somos dos… —No sé cómo decirle lo que he venido dando vueltas de camino hasta aquí—. ¿Tú qué crees que va a pasar a partir de ahora? Entre nosotros, me refiero.

—Si te soy sincero, prefiero no pronosticar nada. Sé que aún tienes cosas por terminar en tu casa y no quiero interferir en cualquier decisión que puedas tomar.

—Ayer Ángel me dijo que lo mejor es que las niñas las tenga yo, y llegamos a un acuerdo verbal por el cual él se las llevaría los fines de semana.

—¿Y estás contenta con esa decisión? —pregunta con interés.

—Sí, sí, creo que es lo mejor para ellas, pues están acostumbradas a que sea yo la que las despierte, las lleve al cole y a las extraescolares, les dé de merendar y cenar, ya sabes, el día a día.

Por lo tanto, no creo que noten mucho la diferencia con la vida que hacen ahora.

Era lo único que yo quería desde un principio, que ellas no sufrieran.

Y ahora que lo voy a tener, pues no sé, es como que me siento en deuda con ellas, aunque no sé en realidad por qué.

—¿Quizá, puede ser que, en el fondo, te sientas un poco culpable por el tema de la separación? —pregunta sin mala intención y da un trago de agua de su vaso.

—No lo sé, Bruno, no lo sé, pero es algo que me ronda por la cabeza.

—Y eso a mí me afecta, ¿verdad?

—Claro, tú ya eres parte de mi día a día.

—Yo quiero seguir viéndote, por supuesto; pero si tú crees que debemos hacer un paréntesis o directamente parar esto, solo tienes que decírmelo. No quiero que lo hagamos mal.

—No sé, Bruno… Por un lado, quiero estar contigo, así, como hemos estado este fin de semana; pero, por otro, pienso en las niñas y creo que quizá es demasiado pronto para ellas que vean a su madre saliendo con otra persona. No sé si me explico.

—No tienes que explicarme nada. Tus hijas son lo primero para ti, lo sé de sobra, a mí casi me acabas de conocer.

Además, he aparecido en un momento de tu vida bastante delicado y eso afecta también.

—Me coge de la mano con ternura—. Me gustas mucho, Flora, pero haz lo que tengas que hacer; yo no tengo ninguna prisa.

—Gracias... veo que eres mejor persona de lo que creía —afirmo, sincera.

—Lo único que no quiero es tener que esconderme, no quiero que nos veamos solo cuando las chicas no estén, no tengo ningún interés en llevar una relación así.

—Coge aire y continúa—. Cuando decidas que estemos juntos, tendrá que ser algo bonito, algo de lo que no ocultarse.

No quiero tener que taparme para darte un beso o para demostrarte mis sentimientos.

Me levanto del taburete y le abrazo con fuerza.

Se ha convertido en alguien muy importante en mi vida, pero no sé cómo hacerle encajar en todo esto sin que nadie resulte perjudicado.

No sé si merezco su comprensión o si se siente desplazado, pero lo que sí tengo claro es que no quiero que crea que le dejo de lado. Qué difícil es todo esto ahora también.

Salgo de su casa con un sabor amargo en la boca, y eso que nos hemos dado un beso de lo más bonito al despedirnos. Cada vez que doy un paso adelante por un lado, tengo que retroceder por el otro. En fin, supongo que es lo que toca en estos momentos.

Recojo a las niñas del colegio y nos vamos a casa. Menudo frío hace ahora. O quizá sea que yo tengo el cuerpo raro después de la conversación con Bruno.

Las gemelas, después de merendar, como no han traído deberes hoy, insisten en enseñarme el juego nuevo de cartas que les enseñó el abuelo ayer, y me siento con ellas en la mesa del comedor.

Aunque mi cabeza no está para juegos ahora mismo, intento esforzarme y hacer como si no tuviera la sensación de vacío que me inunda hasta el alma.

Después, mientras ellas se duchan, abro el armario de mi habitación y veo que Ángel se ha llevado bastante ropa esta mañana, me alegro de que esté cumpliendo lo que me dijo.

Me sobresalta el sonido del móvil y salgo corriendo al salón, donde tengo el bolso, porque imagino que es Bruno quien me está mandando un mensaje. No, no es él, es Ángel.

Me he llevado casi toda mi ropa, no sé si

me habré olvidado algo importante, ya

pasaré en otro momento a buscarlo. Esta

noche ya me quedo en casa de mis padres,

díselo tú a las niñas, por favor, yo no me

veo capaz de hacerlo.

Sin poder remediarlo, me cae una lágrima.

No sé si es por lo que me acaba de escribir Ángel, que me ha dado hasta pena, o por haber alejado un poquito de mi lado a Bruno.

Una parte de mí me asegura que todo lo que estoy haciendo está bien, que las cosas hay que pensarlas, pero no a lo loco; sin embargo, otra parte me dice que viva, que disfrute y que deje de pensar tanto en los demás y siga más con mi instinto.

Menos mal que las niñas acaban de salir del cuarto de baño, así no me queda más remedio que recomponerme y fingir que estoy igual que siempre, aunque no lo sienta. Cojo el móvil de nuevo y le contesto:

Vale, ya se lo digo yo. Por la ropa no te preocupes,

seguro que aún queda algo en el cesto. Lo recogeré

todo y te lo meteré en una bolsa después de lavarlo.

Ya te avisaré.

—Papi se ha quedado sin champú —comenta Delia desde la puerta de su habitación.

—¿Por qué dices eso? —pregunto extrañada por la observación.

—Porque no está su bote —responde tan tranquila.

—Ya, es que, veréis… —Entro en su cuarto—. Papi ya no va a vivir aquí con nosotras, por eso se ha llevado sus cosas personales, como el champú y la espuma de afeitar.

—¿Y ahora dónde va a vivir? —pregunta Blanca, inquieta.

—De momento en casa de los abuelos —explico—. Me ha dicho que os diga que os quiere mucho. Estoy pensando que, después de cenar, le podéis llamar para darle las buenas noches y contarle qué tal os ha ido en el cole, ¿os parece?

—Sí, vale —contestan las dos sin mucho énfasis, puede que no se esperaran que su padre se fuera tan pronto.

—Venga, terminad de poneros el pijama, que vamos a cenar —digo con una gran sonrisa para tratar de animarlas un poco.

Voy a la cocina y abro la nevera, ¡qué poco queda! Aún no he ido a comprar, mañana no puede pasar. Hago un sándwich mixto para cada una y cenamos bastante calladas las tres, sumidas en nuestros propios pensamientos.