41
Me despierto por la claridad que entra por la ventana, porque ni siquiera bajamos la persiana anoche.
Y yo, como estoy acostumbrada a dormir con todo oscuro, he abierto los ojos.
No sé qué hora es, aunque tampoco me importa mucho.
Lo que sí sé es que me han hecho el amor como nunca; me siento llena y satisfecha.
Me incorporo un poco y lo miro. Está mucho más fuerte de lo que mi cabeza se imaginaba.
No es que parezca un hombre de estos que salen en la tele que van a concursos de musculación, para nada, pero sí que tiene los músculos definidos —aunque no exagerados— y se ven firmes…
Me encanta. El pelo lo tiene un poco enredado y le tapa parte de la cara. Está guapo hasta dormido.
Aún no me puedo creer que me haya acostado con un hombre así, es escultural, físicamente hablando, y por dentro es todavía mejor.
Se despierta y lo primero que hace es sonreírme.
—Buenos días, preciosa —saluda, dándome un dulce beso en los labios—. ¿Has dormido bien?
—Mejor que nunca. —Le devuelvo el beso—. ¿Y tú?
—Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. Anoche me dejaste sin fuerzas, y es la primera vez que me pasa —admite, haciéndome sonrojar.
—No me mientas, seguro que has tenido un montón de experiencias mejores que esta.
—Pues créeme si te digo que eres la segunda mujer con la que he hecho el amor.
—¿En serio? Pues entonces estamos empatados. —Me río.
Ha dicho «hacer el amor» y no «acostarse», y yo también lo veo diferente.
Lo primero creo que dice mucho de los sentimientos que hay detrás.
Me acerco más a él y comienzo a besarlo con ganas.
La de cosas que me hace sentir solo con sus labios.
Es maravilloso. Después, terminamos de nuevo revolviendo su cama con la misma intensidad que anoche, aunque esta vez la luz natural es la que nos ilumina.
—¿Te vienes conmigo a la ducha? —propone, levantándose de la cama.
—No, creo que me voy a quedar un ratito más; estoy muy a gusto.
Echo un vistazo a la habitación y veo toda nuestra ropa desperdigada por el suelo.
Anoche nos deshicimos de ella sin ningún miramiento.
Mientras mi mente repasa todo lo que hicimos, me vienen a la cabeza mis niñas.
No sé dónde tengo el móvil, supongo que en mi bolso porque no recuerdo haberlo sacado.
Me levanto de la cama, me pongo la camiseta que llevaba Bruno y bajo al salón en busca del bolso.
No me puedo creer que sean las once de la mañana. ¡Qué maravilla levantarme un domingo a estas horas! Cojo el móvil y no tengo ningún mensaje ni ninguna llamada perdida, lo que me alivia bastante.
Al rato, baja Bruno las escaleras, con el pelo mojado, está aún más sexy así, si es que puede estarlo más, claro. Me da otro beso que me sabe a gloria y me lleva de la mano a la cocina, donde me prepara un café. La casa tiene una temperatura ideal, con el frío que debe de estar haciendo fuera.
—No me gustaría que te fueras nunca, pero sé que en algún momento del día te tendrás que ir —confiesa mientras nos tomamos el café.
—Volveré a casa no más tarde de las seis; no quiero llegar después que las niñas.
—Bueno, entonces vamos a organizar algo, ¿te parece? —pregunta, dejando su taza en el fregadero.
—A mí me siguen doliendo los pies. ¿Y si nos quedamos todo el día aquí? —propongo con una sonrisa de lo más pícara.
—Es la mejor idea que he escuchado en mucho tiempo —asegura, acercándose hasta mis labios.
Pasamos la mañana —o lo que queda de ella— entre besos, caricias y confidencias, estoy tan a gusto que me va a costar irme después a casa. Lo sé.
—¿Te gusta la comida china? —pregunta mientras me masajea los pies.
—Sí, me encantan los rollitos de primavera.
—Podríamos pedirla, ¿quieres?
—Sí, por favor. Todo lo que no sea tener que caminar me viene bien.
—Ah, ¿sí? —Me mira con cara pícara—. Pues se me están ocurriendo un par de cosas que podrían estar muy bien y no tendrías que caminar nada de nada.
Le sonrío, acercándome a él, y volvemos a besarnos. Después buscamos por Internet un restaurante chino que reparta a domicilio y, tras decidir qué vamos a comer, llamamos para hacer el pedido. Nos aseguran que en menos de treinta minutos tendremos la comida en casa.
—¿Qué crees que es lo próximo que tendría que comprar para esta casa? —pregunta mientras comemos sentados en el sofá y apoyamos la comida en la mesa baja que compramos el mismo día.
—¿Quizá una mesa de comedor con seis sillas? Para comer una pizza está bien hacerlo aquí —comento, señalando el sofá—, pero cuando es otro tipo de comida, es mejor hacerlo sentado en una silla y apoyado en una mesa, ¿no crees?
—Estoy de acuerdo contigo. En cuanto vuelva de ver a mi familia en enero, ¿me acompañarás a comprarlo?
—Claro, por cierto, Bruno…
—Dime.
—Creo que te voy a echar un poquito de menos estos días —le confieso.
—Pues yo a ti te voy a echar mucho de menos. Va a ser difícil estar allí tantos días sin verte. —Me da un beso.
—Yo espero, en estos días que vienen ahora, que Ángel y yo por fin terminemos de la mejor forma posible.
Se queda mirándome, pero no me dice nada, sé que no quiere meterse en nada referente a mi matrimonio y, en el fondo, se lo agradezco.
No quiero que todo eso interfiera en nosotros.
Quizá me he anticipado a dar este paso con Bruno, debería haber esperado a que todo se solucionara con Ángel, pero, a veces, las cosas surgen y no se puede decir que no.
Después de comer nos tomamos un café y seguimos charlando. Hablar con Bruno es muy fácil.
—Creo que debería irme. —Suspiro, mirando el reloj, y veo que son casi las cinco de la tarde.
—No es que quiera que te vayas; de hecho, te secuestraría para siempre, pero sé que debes irte ya —dice, comprensivo.
Subo hasta la habitación y veo que ha hecho la cama.
Está hecho todo amo de casa, se nota que vive solo y que no está acostumbrado a que nadie le ponga las cosas por delante.
Igualito que uno que yo me sé… Me quito su camiseta y me pongo mi ropa de deporte.
Aunque esté sudada de ayer, no importa, mejor eso que volverme a poner las dichosas botas de tacón.
Al final de las escaleras está esperándome, me mira con atención y, en cuanto llego al último peldaño, me da un abrazo tan fuerte que parece como si no nos fuéramos a ver nunca más. ¡Qué a gusto se está entre sus brazos!
—Mañana nos vemos, ¿vale? —digo en cuanto me suelta un poco y asiente con la cabeza.
—Hasta mañana, Flora —me despide con un buen beso.
De camino a mi casa, la sonrisa no se me quita de la cara, hoy tampoco; y con más razón.
Ha sido un fin de semana increíble, he sentido tantas cosas y todas tan buenas que no sé si ordenarlas o dejarlas revolotear un rato más dentro de mí.
Tampoco sé ponerles nombre a estas sensaciones, pero ¿qué más da?
Es mejor disfrutarlas sin ponerles etiquetas.
Entro en casa rezando para que las niñas no hayan llegado aún y compruebo que así es en cuanto cierro la puerta.
Voy corriendo a mi habitación y dejo el bolso.
Después echo toda la ropa en el cesto de la ropa sucia, incluida la que llevo puesta, y me meto en la ducha.
No quiero quitarme su olor, pero me va a sentar fenomenal una duchita.
En cuanto estoy saliendo del cuarto de baño, oigo la puerta y las voces de las niñas llamándome.
—¡Estoy en el baño! —chillo y, al segundo, entran corriendo a abrazarme.
—¡Mami! —gritan las dos a la vez.
—Me vais a hacer daño, no me apretéis tan fuerte —digo, riéndome, mientras me sujeto la toalla.
—Te he echado mucho de menos —afirma Blanca sin separar su cuerpo del mío.
—Yo también —secunda Delia, haciendo lo mismo que su hermana.
—¡Seguro que habéis jugado tanto que no os ha dado tiempo a acordaros de mí! —Les hago cosquillas—. Venga, dejad que me vista y os ayudo a deshacer la maleta, ¿vale?
Las gemelas salen del cuarto de baño y me pongo el pijama. Después salgo y voy a su habitación, donde ellas ya están sacando la ropa que se llevaron. A continuación, me llevan a la cocina y me enseñan los táperes que han traído.
—¡Madre mía! ¿Habéis estado horneando todo el fin de semana? ¡Cuántas galletas! —digo, llevándome las manos a la cabeza.
—La verdad es que no nos hemos comido tantas —explica Delia.
—La abuela decía que, si nos comíamos muchas, después nos iba a doler la tripa y que también teníamos que guardarte a ti para que las probaras —cuenta Blanca.
—Rosa siempre pensando en todos —afirmo con una sonrisa.
—Flora, qué pasa —dice Ángel entre dientes, a modo de saludo.
—¿Qué tal? —contesto de forma cordial, aunque tampoco quiero mantener una conversación con él sobre cómo estoy—. Venga, niñas, id a ducharos y a poneros el pijama.
Así hacen y nos quedamos él y yo a solas.
—No sé muy bien qué decirte, Flora, y tampoco sé qué decidir y cómo resolver todo lo que me planteaste el otro día. Pero lo que sí sé es lo que no quiero. Nunca he sido de hablar mucho, ya me conoces, y me cuesta decirte algunas cosas, sobre todo las buenas.
»Sé que parece que nunca te he valorado, pero como dicen por ahí, hay que perder algo para darte cuenta de lo que vale o algo así.
Sí, ya sé que es tarde para decirte ciertas cosas y también sé que, te diga lo que te diga, tú no vas a cambiar de opinión respecto a nosotros, así que mejor me callo y no empeoro más las cosas.
—Hace una pausa y continúa—: A lo que iba, creo que lo mejor para las niñas es que estén contigo, tú tienes los horarios más afines a ellas y sé que te vas a organizar mejor que yo, siempre lo has hecho.
Estoy convencida de que Rosa tiene mucho que ver en todo esto.
—De acuerdo, como te dije, con ese tipo de custodia, podrás estar una tarde a la semana con ellas y un fin de semana alterno.
—También te daré dinero para que a las niñas no les falte de nada —dice, poniendo cara de circunstancias—. Y lo de la tarde a la semana, con el taller lo tengo un poco complicado.
—Pues entonces podrán pasar contigo todos los fines de semana si quieres, no tengo ningún problema al respecto mientras nuestra relación sea cordial.
—Doy mi brazo a torcer un poco, no me parece justo que solo disfrute de ellas cuatro días al mes, aunque también podría cerrar el taller una tarde a la semana, que no creo que pase nada—.
Ángel, yo lo único que quiero es que las niñas estén bien y no paguen por nuestras cosas; si ellas estén bien, podremos hacerlo así.
—De acuerdo, me parece bien —reconoce, bajando la mirada—. Ah, otra cosa, mañana mismo recogeré mis cosas y me iré a vivir, de momento, con mis padres. Después ya veré.
—De acuerdo. —Asiento con la cabeza—. No tienes por qué llevarte todo a la vez, puedes terminar de recoger otro día.
—Según lo digo, me callo, espero no tener que arrepentirme de haberle dicho eso, a ver si se lo toma al pie de la letra y le tengo todos los días por aquí recogiendo poco a poco sus cosas—.
Mi intención no es meter a ningún abogado de por medio, si todo va bien y los dos cumplimos con lo que nos toca, claro —advierto con suavidad, tampoco quiero que suene a amenaza.
—Ya. Bueno, voy a ducharme, seguro que las niñas ya han terminado.
Me tengo que sentar de inmediato en una silla, estoy que no me lo creo. ¡Por fin ha tomado una decisión!
Abro la nevera para ver qué hago de cena y, como no he ido a comprar todavía, está casi vacía. Cojo el teléfono y llamo para que nos traigan un par de pizzas y cenar los cuatro. ¡Qué contentas se va a poner las niñas cuando llegue el repartidor!
Mientras cenamos, nos observo desde fuera, como si fuera un espectador.
Sé que si no es la última cena que hagamos juntos, será de las últimas, y no puedo evitar sentir un poco de pena.
No es que me arrepienta de haber decidido separarme, ni mucho menos, es solo que cuando me casé y formé una familia con Ángel estaba convencida de que sería para siempre, que nada se truncaría y, ahora, aquí estoy, comiéndome un trozo de pizza con el que, en breve, será mi exmarido.