Eres la razón de mi sonrisa 40 #4
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—¿Estás bien? —me pregunta otra vez Bruno al oído.

—Mejor que bien. —¡Si yo le contara!—. ¿Por qué siempre me preguntas lo mismo?

—Porque a veces noto como si tu cabeza estuviera a kilómetros de aquí. Y no quiero que ni tu cabeza ni tú os vayáis lejos de mí.

Según termina de decirme eso, me acerco a sus labios como si fuera la última vez que fuera a besarlos. Esta vez el contacto es mucho más pasional; por lo tanto, vuelvo a echarle la culpa a la copa que me estoy tomando. ¡Qué ricos saben sus besos!

Después de un rato besándonos como dos adolescentes, nos ponemos a movernos un poco al ritmo de la música.

Hacía años que no pisaba una discoteca. Bruno se mueve bastante bien, y eso que me decía que me iba a reír de él cuando le viera bailar.

¡Menudo ritmo tiene! Me dejo llevar por la música y le acompaño en sus movimientos.

No paramos de reírnos y de besarnos a cada rato, me lo estoy pasando fenomenal.

Aunque me agobia un poco el hecho de ver cómo le observan otras mujeres, no me gusta que le miren tanto; algunas, incluso, lo hacen de una forma muy descarada.

Nunca en mi vida he sido celosa, y con Bruno reconozco que lo soy un poco.

Pero ¿por qué? No lo entiendo. Sí, es guapísimo y tiene un cuerpazo; es normal que le miren, pero tengo que pensar que con quien está él es conmigo y no con otra, así que no tengo nada que temer.

—¿Estás bien? —pregunta, sonriendo, dando a entender que me ha visto «irme» otra vez.

—Mejor que bien —contesto de la misma forma—. Es que me he fijado en cómo te miran las mujeres, algunas son de lo más descaradas.

—Ah, ¿sí? —dice, distraído—. Pues no me he dado cuenta, yo solo tengo ojos para ti.

Y sé que lo que dice es cierto, no ha dejado de mirarme y dedicarme todo tipo de atenciones.

Como si solo estuviéramos en el mundo él y yo.

Le vuelvo a besar, satisfecha con su respuesta y con el trato que recibo por su parte.

Está muy pendiente de mí y me hace sentir protegida, ¡hacía tanto tiempo que no me sentía así!

Después de un par de horas bailando, mis pies empiezan a protestar y se lo comento. La verdad es que no puedo con mi alma.

—¿Quieres que busque algo para sentarnos? —pregunta, poniendo sus manos en mi cintura.

—Si te soy sincera, prefiero que nos vayamos. No estoy acostumbrada a beber y, además, estoy un poco cansada de la música tan alta.

—Venga, vámonos —afirma, complaciente, sin pensárselo ni un momento.

Me coge de la mano y me lleva hasta la salida, menos mal que el coche no está muy lejos porque los pies me duelen a rabiar.

Bruno se da cuenta y me monta a caballito, ahora sí que parecemos dos adolescentes correteando por las calles.

Aunque, la verdad, se lo agradezco un montón, porque en cuanto mis pies no tocan el suelo, el alivio que siento es maravilloso.

Nos montamos en el coche y nos vamos a su casa, donde tengo mi bolsa con la ropa y mi coche también.

Entramos en el salón y lo primero que hago es quitarme las botas.

—Creo que no me las voy a poner en unos cinco años después de lo que me han hecho sufrir hoy —aseguro, sentándome en el sofá.

—Ven, túmbate y dame tus pies —ordena con cariño, sentándose en la otra punta del sofá.

Me coge los pies y empieza a masajearlos de una manera increíble. Es la primera vez que me hacen algo así, y tengo que decir que es una pasada.

—¿También eres masajista? —pregunto a punto de ronronear como un gato.

—Qué va. —Se ríe—. Hice un curso de reflexología podal, pero no lo terminé. Aunque de algo me acuerdo.

—¿Hay algo que hagas mal? —Levanto la cabeza y me apoyo en los codos para verle mejor.

—¿A qué te refieres? —pregunta un poco avergonzado.

—Cocinas bien, enseñas bien, conduces bien, bailas bien, masajeas bien, besas bien... —Esto último se lo digo mordiéndome de manera inconsciente el labio inferior.

—No sabía que me tenías en tan alta consideración —admite, sensual, dejándome los pies a un lado y acortando con su cuerpo el espacio que nos separa. Me besa con tanta pasión que si tenía alguna duda en mi cabeza se me acaba de esfumar—. ¿Quieres que subamos a mi habitación?

—Pensaba que no iba a escuchar nunca eso de tu boca —digo insinuante mientras atraigo sus labios aún más cerca de mí, como si de un imán se tratara.

Me coge en brazos, igual que en las películas cuando una pareja recién casada entra en su nuevo hogar, y me sube por las escaleras como si no llevara ningún tipo de peso.

Me deja a los pies de su cama y me quita la ropa despacio mientras me va dejando tiernos besos por los hombros y el cuello.

Le cojo la cara y me lanzo a su boca con desesperación a la vez que le quito el jersey y la camiseta que lleva debajo, contemplando por primera vez el torso tan espectacular que tiene; por no hablar de sus abdominales, que son aún mejor de lo que me imaginaba.

Le sonrío y él, sin dejar de mirarme, se desabrocha el pantalón y se queda con los bóxer.

Yo todavía tengo la ropa interior puesta.

Nos abrazamos y nos dejamos caer en la cama, con las piernas entrelazadas, mientras nuestras bocas y nuestras manos no dejan de acariciarse.

La temperatura de la habitación está subiendo, y no porque haya aumentado los grados de la calefacción, sino porque nuestros cuerpos están desprendiendo mucho calor.

Me coloco a horcajadas encima de él y me quito el sujetador, consiguiendo que salga de su boca una especie de gruñido tan erótico que me pone a mil.

Echa su cuerpo hacia delante y se sienta, quedando la boca a la altura de mis pechos, y me acerca más a él presionando sus manos en mi espalda.

Sentir su lengua en mis pezones son palabras mayores.

No deja de succionármelos, provocándome un gran placer.

Echo la cabeza hacia atrás, dejándome aún más expuesta a sus caricias y sigo disfrutando de todo lo que siente mi piel con el roce de la suya.

Sus manos bajan hasta posarse sobre mis braguitas para bajármelas, pero en esta postura es imposible que lo consiga, de manera que colaboro quitándome de encima de él y quedándome bocarriba sobre la cama.

Se acerca y termina con lo que había empezado, dejándome desnuda, pero no siento ninguna vergüenza; al revés, estoy tan cómoda y excitada que quiero que esto dure mucho más.

Se coloca encima de mí y nos volvemos a besar con pasión, mientras baja hasta el centro de mi placer con su mano derecha y comienza a acariciarme.

Mis gemidos son cada vez más altos; no lo puedo evitar.

Con manos ansiosas, le quito los bóxer y libero su erección, excitándome mucho más.

Necesito sentirle dentro, mío y ya, y él se da cuenta de lo que quiero por la forma de mover mis caderas.

Me penetra sin apartar sus ojos de los míos y consigue volverme loca con un par de movimientos.

Como si me hubiera leído el pensamiento, se tumba de espaldas sobre la cama y me vuelve a poner sobre él.

Me muevo a mi antojo sintiendo mi cuerpo unido por completo al suyo, y su respiración agitada me da a entender que está disfrutando tanto como yo.

Mis balanceos son cada vez más rápidos. Noto que enseguida voy a tener un orgasmo tremendo y él, que también se da cuenta, me agarra por las caderas acompañando mis movimientos.

Nuestros jadeos se unen a la vez que nos dejamos ir los dos, casi al mismo tiempo, quedando exhaustos por completo.

Después de hacer el amor de una forma tan especial y distinta a lo que yo estoy acostumbrada, porque pensaba que esto solo pasaba en las películas románticas, nos quedamos dormidos con las piernas y los brazos entrelazados.