Eres la razón de mi sonrisa 40 #3
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—No, no, estás fenomenal —digo casi tartamudeando—. ¿Esos pantalones son los que compraste cuando nos vimos en el centro comercial?

—Sí, y el jersey, también.

—Pocas veces te he visto con el pelo suelto —observo, recordando aquel día que quedamos para ir a comer mejillones y calamares—. Te queda francamente bien.

—Gracias. Suelo llevar una coleta porque para mi trabajo es mucho más cómodo; imagínate estar todo el día con el pelo en la cara mientras doy clase.

—Ya, ya, me hago una idea —aseguro, señalando mi pelo, haciéndole ver que sé de lo que me habla.

—Y bien, ¿dónde me vas a llevar?

—Pues he mirado un par de sitios en Internet que pueden estar bien y, además, no están muy lejos de aquí, aunque mejor que no vayamos andando.

Salimos de su casa y nos montamos en su coche, yo le voy indicando hacia dónde debe ir para llegar.

A las diez menos cuarto de la noche entramos en el restaurante.

Espero que le guste, quería que fuera algo un poco más especial, para que no cenáramos gastronomía típica madrileña y hacerlo diferente.

Un camarero nos acompaña hasta una mesa un poco apartada, cerca del cuarto de baño.

No es que nos guste mucho, pero, a esas horas, y sin haber reservado antes, es lo único que les queda libre. Por lo tanto, aceptamos agradecidos.

—¿Quieres que pidamos vino? —propone, mirando la carta.

—Sí, pero elígelo tú, yo no entiendo mucho —digo un poco avergonzada.

—Yo tampoco, pero más o menos sé lo que va con según qué comida se elija —explica despreocupado—. ¿Vas a comer carne o pescado?

—Ceo que voy a pedir el rodaballo en salsa marinera.

—Pues yo quiero rape en salsa verde, así que pediremos un vino blanco; este albariño de aquí, por ejemplo. —Lo señala en la carta.

—¿Pedimos también una ración de pulpo a la gallega? —sugiero—. Tengo mucha hambre.

—Es uno de mis platos preferidos. Ni te imaginas la de pulpo que comí mientras hacía la carrera.

Al instante, viene el camarero y pedimos. Después se va para volver a los pocos minutos con el albariño que Bruno quería.

—¿Qué te parece si me cuentas algo de ti? Yo te conté el otro día casi toda mi vida, ahora necesito saber de ti. —Da un trago a su vino—. Pruébalo, está muy fresquito, como debe de ser.

—Mmm, sí que está bueno, sí —opino y cojo aire para después soltarlo despacio—. Pues no sé ni por dónde empezar.

—¿Quizás por el principio? —Me hace reír.

—Nací hace treinta y cinco años aquí, en Madrid, soy hija única y no tengo ninguna relación con mis padres o con la familia de estos.

Me licencié en Biología y después oposité para profesora de secundaria; me pareció una buena salida.

Y no me arrepiento para nada, disfruto un montón enseñando a los chicos todo lo que nos rodea.

—¿Y por qué alumnos de secundaria y no más pequeños? —pregunta con interés.

—La adolescencia es un ciclo que siempre me ha llamado mucho la atención. La viví tan discretamente que, tal vez, no le supe sacar todo el jugo. Más tarde, me di cuenta de que es una etapa de lo más interesante, por ello decidí que quería relacionarme con alumnos de esa edad.

—¿Y te puedo preguntar que te pasó con tus padres? Si no quieres contármelo, lo entenderé, no te sientas obligada, ¿vale?

—Casi al terminar la carrera, conocí a mi marido, pero no era el típico novio que mis padres querían para mí.

Ellos esperaban que yo me enamorara de un chico con estudios y con un futuro prometedor por delante, pero Ángel estudió un módulo de mecánica y sus padres le ayudaron a montar el taller de coches del que, hoy en día, sigue siendo dueño.

Digamos que ellos pensaban que era poca cosa para mí y no aprobaban nuestra relación.

Eso nos fue distanciando cada vez más, hasta llegar a decirme que si me casaba con él, no irían a la boda.

—¿En serio? —Levanta las cejas, incrédulo.

—Como lo oyes. De hecho, el día que nos casamos no aparecieron. Fue el desprecio más grande que me han hecho en toda mi vida —confieso, bajando la cabeza—. Pero, bueno, de eso hace mucho tiempo, ya lo tengo superado.

—¿Y no habéis vuelto a hablar nunca más?

—Jamás, no sé si saben que son abuelos y yo tampoco si están vivos o no. Es triste, pero es lo que ellos decidieron.

—No sé cómo unos padres pueden querer entrometerse tanto en la vida de un hijo; no creo que esté bien intentar controlar su vida.

—Yo pienso como tú, pero ellos lo vieron todo a su manera. ¡Qué le vamos a hacer!

—Pues qué triste que se hayan perdido todos estos años de disfrutar de sus nietas, con lo buenas chicas que son.

—Ellos así lo han querido —admito con un poco de pena.

—Bueno, no quiero que te pongas triste ahora, con la buena tarde de risas que llevamos —dice, animándome y, de forma tierna y natural, acaricia mi cara con su mano.

—Qué fácil es hablar contigo, ¡me haces sentir tan bien! Gracias.

—Gracias a ti por haberme traído a este restaurante —comenta, poniendo una nota de humor.

—Me alegro de que te guste porque vas a pagar tú —bromeo, siguiéndole el rollo.

Cuando viene el camarero a tomarnos nota del postre, me suena el teléfono. Miro el número y es Ángel; me pongo nerviosa porque pienso que algo malo le ha podido pasar a las niñas.

—¿Sí?

—¡Mami! ¿Estás bien? —saluda Blanca.

—Hola, cielo, claro que estoy bien. ¿Y tú? —Le noto en la voz un poco seria.

—Sí, he ayudado a la abuela a hacer galletas, hemos hecho muchísimas —cuenta ya con otro tono más alegre—. ¿Y tú qué estás haciendo? Hay mucho ruido.

—Estoy en casa viendo la tele —miento—. ¿Y tu hermana está bien?

—Sí, ahora se pone. Solo queríamos darte las buenas noches y decirte que te echamos de menos —dice, poniéndome tierna.

—Buenas noches, cariño, mañana nos vemos —me despido y le tiro un beso.

—¡Mami! Hemos hecho mogollón de galletas, ¡mañana te llevamos! —grita Delia muy contenta—. ¿Te vas ya a dormir?

—No creo que tarde mucho. —Sonrío a Bruno—. Portaos bien. Hasta mañana, cielo.

Guardo el móvil en el bolso y me entra como un pelín de tristeza que no puedo disimular.

—¿Estás bien? —pregunta, preocupado.

—Sí, es solo que se me hace raro hablar con ellas por teléfono y saber que no estamos juntas. —Me termino el poco vino que queda en mi copa—. Pero tengo que ir acostumbrándome a esto. A partir de ahora, imagino que lo voy a vivir más a menudo.

—La vida a veces nos pone en situaciones complicadas y lo que ahora te puede parecer difícil, quizá mañana sea lo más sencillo. —Trata de hacerme sonreír—. Además, fíjate que hoy tienes la excusa perfecta para verme hacer el ridículo mientras bailo.

Siempre tiene las palabras adecuadas para animarme, conseguir sacarme una sonrisa y hacer que me olvide de lo que me hace entristecer.

Al final, no pedimos postre, estamos bastante llenos y hemos pensado que, si lo tomamos, no vamos a poder movernos después.

Pagamos y salimos del restaurante camino a la discoteca que está a unos doscientos metros de allí.

Paseamos despacio, sin apenas darnos cuenta de que hace mucho frío en la calle, parece que no nos importa.

Vamos callados, cada uno en sus propios pensamientos, a saber qué se le estará pasando por la cabeza en estos momentos. Sin reflexionar, rompo el silencio.

—Eres un encanto, Bruno. —Culpo al vino por haberme dado el valor suficiente para hacerlo—. ¿Siempre eres así?

—No, solo cuando estoy contigo.

Me mira tan fijamente que creo que me voy a derretir en plena calle.

Justo en ese momento, mis pies se quedan quietos en el suelo, incapaces de seguir caminando.

A él le pasa igual, solo que se ha girado por completo para ponerse enfrente de mí.

Nuestros ojos no dejan de mirarse, como si fuera lo único en el mundo que hay que mirar, como si no existiera nada alrededor que enturbiara la vista, como si todo se hubiera parado de repente.

Y solo en ese instante de nuestras vidas es cuando tenía que suceder: sí, me besa, le beso, nos besamos.

En plena calle. Es un beso tan bonito, tan de verdad, que estoy segura de que no me han besado así en toda mi vida.

El cosquilleo que nace en la nuca me baja hasta los pies y me hace estremecer.

Es un beso dulce y tan lleno de magia que me parece irreal. Perfecto.

Echamos la cabeza hacia atrás de manera sincronizada y nos volvemos a mirar, de nuestras bocas salen dos grandes sonrisas, aún no me puedo creer lo que acaba de pasar.

Con su mano derecha me acaricia la cara y yo solo puedo seguir sonriendo.

Seguro que estoy poniendo cara de tonta, qué vergüenza.

Me giro para seguir caminando, tengo las mejillas ardiendo, me siento como en pleno verano y eso que la semana que viene es Navidad.

—¿Estás bien? —pregunta sin dejar de sonreír como solo él sabe hacer.

—Mejor que bien —contesto, mirándole a los labios.

—No sabes lo que deseaba besarte. Me gustas, Flora, me gustas mucho, desde el primer día que te vi en el aparcamiento del instituto. Me fascinó tu manera de defender lo tuyo, sin miedo, con una valentía que me dijo mucho de ti sin que fuera tu intención —confiesa sin apartar sus ojos de los míos.

—¡Cómo me puedes decir eso! Con lo borde que fui contigo… —Me río.

—Yo tampoco me quedé muy atrás —reconoce.

Me vuelve a besar, esta vez es un leve roce de labios, aunque suficiente para seguir manteniendo mi temperatura corporal a mil grados.

«Flora, relájate».

«¡Qué demonios! Déjate llevar y disfruta el momento».

El sitio está bastante lleno, aun así, hay alguna zona apartada de la barra donde se puede estar sin que te avasallen. Nos pedimos una copa y echamos un vistazo al local.

Entre la música que suena a unos ochenta y cinco decibelios, la compañía de Bruno, la copa que me estoy tomando y que no estoy acostumbrada a donde me encuentro ni a nada de lo que está pasando, me siento ahora mismo como si fuera otra persona.

No soy Flora, la madre de dos gemelas, la mujer que está a punto de separarse de su marido y la profesora de Biología de un instituto.

Soy Flora, una mujer que está viviendo algo nuevo y maravilloso, que se está sintiendo mujer por primera vez en mucho tiempo y que congelaría el tiempo para sentirse así todos los días de su vida.

Para mí que es el alcohol; me ha desinhibido tanto que por eso estoy así. ¿O será el beso?