Eres la razón de mi sonrisa 40 #2
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—Es que he esperado a que se fueran las niñas con mi marido.

—Ya, entiendo… —asiente, pero le noto como un poco molesto.

—¿Qué pasa, Bruno? —Pongo mi mano sobre la suya y siento su contacto otra vez.

—Nada, Flora, no es nada —contesta, simulando una sonrisa.

—Sí, algo es, si no, no hubieras puesto esa cara. A ver, ya nos conocemos un poquito, y sé cuándo hay algo que te molesta o no te sienta muy bien. Y ahora mismo es lo que ha pasado —aseguro con complicidad.

—Es que cada vez que estoy contigo parece como si estuviéramos haciendo algo malo, y creo que no es así —explica, sincero.

—No te entiendo, Bruno. —Espero que ahonde más en su explicación porque no tengo ni idea de por dónde va.

—Es que tampoco quiero que te siente mal o que malinterpretes mis palabras. No me gustaría que te enfadaras conmigo.

—Venga, dímelo. Intentaré ser lo más compresiva posible. —Le guiño un ojo.

—Pues que siempre que nos vemos es porque las niñas están en el colegio o han ido con su padre a algún sitio, nunca nos vemos porque nos apetezca estar juntos o tengamos algún plan.

Siempre tengo que contar con las horas que tú tienes libres para que nadie sepa nada, como si estuviéramos haciendo algo malo…

—Sé lo que quieres decir y tienes toda la razón, pero es que mi vida ahora mismo es así.

Mi marido tiene que tomar una decisión respecto a la custodia de las niñas y, hasta que no lleguemos a un acuerdo, no quiero meterte en medio de todo esto.

—Hago una pausa y bebo un sorbo del café—.

Me encanta estar contigo, me lo paso fenomenal y me olvido de todo lo malo cuando estamos juntos, pero, aparte, tengo dos hijas y un marido del que estoy a punto de separarme; no puedo comportarme como si no estuviera pasando y hacer lo que quiera. Tengo responsabilidades.

—Perdona si te he parecido ingrato, no era mi intención —se disculpa, observándome con atención—. A mí también me encanta estar contigo, será por eso por lo que se me hace tan corto el tiempo que estamos juntos.

Nos quedamos mirándonos como si no existieran más personas que nosotros dos en el mundo.

Tiene los ojos azules más bonitos que he visto en mi vida, y nunca me han mirado con tanta intensidad como lo están haciendo ahora mismo.

Mi corazón empieza a latir con tanta fuerza que creo que se me va a salir del pecho.

No, no me puedo permitir el lujo de dejarme llevar ante una situación así, debo tener los pies en la tierra y acabar lo que tengo por terminar.

No puedo abandonarme a lo que mi cuerpo me está pidiendo a gritos, que no es otra cosa que besarle. No, no puedo.

—¿Empezamos con el circuito? —pregunto, rompiendo la magia entre nosotros, pero creo que es mejor así.

—¡Vamos! —Me ha parecido notar un poco de desilusión en su tono, aunque tal vez ha sido impresión mía.

Salimos al pequeño jardín que da a la cocina y veo que ya lo ha organizado todo para ponerme a sudar. Espero que hoy me resulte mucho más fácil que el otro día.

—¿Ya lo tienes preparado? —Señalo el circuito.

—Sí, lo dejé listo antes, cuando me dijiste en el mensaje que querías hacer deporte —responde como ausente.

Pone la música y, como siempre, comienza él primero para que yo vea lo que tengo que hacer en cada posta. Esta vez se ha portado bien, no es muy complicado, aunque hay una que me cuesta bastante, pero bueno, le voy a sorprender y voy a intentar completarlo todo.

Después de más de media hora, estoy agotada. Desde luego, se me ha quitado todo el frío que tenía al principio, ahora me sobra hasta la camiseta.

—¿Te parece que entremos al salón a estirar? Hoy quiero enseñarte otras cosas y aquí nos vamos a quedar fríos —propone—. De momento, hasta que compre la mesa y las sillas del comedor, tenemos espacio de sobra.

—Claro, ¡tú mandas! —asiento con una sonrisa.

Lleva dos esterillas de esas que se usan para hacer gimnasia hasta el salón y las coloca en el suelo.

A continuación, empieza con unos movimientos y su intención es que yo me coloque enfrente de él y vaya realizando los mismos ejercicios, pero como si me estuviese mirando en un espejo.

Me va explicando todo lo que vamos haciendo, con voz baja y música suave de fondo.

¡Qué maravilla! Poco a poco siento que mi cuerpo se está relajando tanto que es como si flotara, y el culpable de que me sienta así es él.

—¡Esta sensación es maravillosa! —exclamo, abriendo los ojos.

—Me alegro de que te encuentres tan bien —dice con una sonrisa—. Ahora, lo ideal, en este punto de relajación que tenemos, sería meditar, pero eso es algo más complejo que aún me cuesta controlar.

—Nunca lo he probado, pero he oído hablar muy bien sobre la meditación.

—Yo lo intento a diario, pero aún no he llegado al punto que quiero llegar. Es cuestión de seguir practicando. —Me mira y sonríe—. ¿Te apetece un té?

—Sí. —Me levanto del suelo.

—¿A qué hora tienes que irte?

—Hoy no tengo hora, las niñas pasarán el fin de semana con su padre en casa de sus abuelos —explico, entrando en la cocina; aunque creo que ya se lo comenté antes.

—Pues deberías haberte traído ropa para cambiarte, no me gusta que te quedes ahora con el sudor frío. —Saca dos tazas iguales de un armario que está a su izquierda.

—De hecho, tengo en el coche una bolsa con ropa, me la he traído por si acaso salíamos a picar algo por ahí. No era plan de ir con estas pintas y sudada un sábado por la noche. —Mi sonrisa está más que estudiada, que se lo pregunten a mi espejo.

—¿En serio? —pregunta con una cara de asombro que me da a entender que le ha gustado la idea—. ¿Quieres que salga a buscártela?

—Tranquilo, ya voy yo.

Me parece un bonito detalle que se haya ofrecido a ir él.

Cojo las llaves y salgo corriendo hacia el coche, no quiero coger frío. En el breve camino de ida y vuelta, le da a mi cabeza por pensar en lo que parece que estoy empezando a sentir por él. Cuando vuelvo dentro, los tés están ya preparados.

—Bueno, ¿y qué me propones hacer luego? —pregunta con una sonrisa pícara, consiguiendo que desaparezca el frío.

—Pues ya se me ocurrirá algo, ahora mismo no sé —respondo, sincera.

—¿Te gusta bailar?

—Sí o, por lo menos, me gustaba. Hace tanto que no voy a bailar que no sé si me acordaré.

—Lo mismo en cuanto empieces a escuchar música tu cuerpo se deja llevar y sacas a la gran bailarina que llevas dentro —dice, haciéndome reír.

—¿Y si no consigo dar ni un solo paso?

—Pues nos vamos a otro sitio donde no dejen bailar —contesta, resuelto, sacándome otra carcajada.

—Es una buena opción. —Me acabo el té—. ¿Te importa que vaya a ducharme?

—¡Claro! Hazlo en mi baño, en el otro aún no he puesto cortinas en la ducha, como no lo uso…

—¿Prefieres ducharte tú primero?

—No, tranquila. —Deja las tazas en el fregadero—. Siéntete como en tu casa, quiero que estés cómoda.

—Lo estoy desde el primer día que entré, te lo aseguro.

Me doy la vuelta y subo las escaleras con la bolsa de la ropa limpia en la mano.

Me ducho deprisa porque tampoco es plan de entretenerme mucho sabiendo que él también lo tiene que hacer. Cuando termino de aclararme el pelo, me doy cuenta de que no he cogido ninguna toalla y solo veo una que imagino que será la suya. De repente, oigo que llaman a la puerta.

—Flora, me he olvidado de darte una toalla, es que no estoy acostumbrado a que nadie se duche en mi casa —dice, riendo desde fuera—. Te he traído una, ¿puedo pasar? Te prometo que no voy a mirar.

—Sí, pasa, pero como mires, te aseguro que en el primer baile te pisaré queriendo y te aviso de que me voy a poner tacones —amenazo, continuando con el buen humor que nos acompaña.

A través de la mampara, veo que entra y quita la suya del toallero y pone la que ha traído en el lugar de esta.

Sale igual de sigiloso que antes y cierra la puerta.

Cojo la toalla y me seco con una sonrisa en la cara.

¡Qué buena tarde estoy pasando! Después, salgo de la habitación, me visto con unos pantalones negros ajustados y un jersey rojo con un poco de escote, y me pongo mis botas altas.

Bruno me está esperando sentado en el sofá.

—¿He tardado mucho? —pregunto cuando llego hasta el salón.

—La espera ha merecido la pena, estás preciosa. Pero casi me estaba quedando dormido ya —me halaga y finge un bostezo.

—Vaya, pues mejor me voy a bailar yo sola, no vaya a ser que te quedes dormido con la primera canción —digo, provocándole.

—¿Necesitas un secador? —Se levanta del sofá.

—Sí, por favor, no está el tiempo para salir con el pelo mojado.

—Ven.

Me coge la mano y me lleva, de nuevo, escaleras arriba hasta el cuarto de baño, donde abre un armario, saca el secador y me lo da.

—Gracias, lo usaré en tu habitación, así tú te puedes duchar tranquilo.

Salgo del cuarto de baño contenta de sentir el contacto de nuestras manos; hoy ya van tres veces que nos las cogemos.

La suerte que tengo con mi pelo es que lo tengo rizado y no necesito estar mucho rato con el secador para que me quede bien. Me pongo un poco de espuma, me quito la humedad con el aire caliente y listo. También me cojo un par de horquillas en un lado para hacerme algo distinto. Así me gusta más.

—Te dejo el secador encima de tu cama, ¿vale? —digo después de darle dos toques a la puerta del baño, pero sin llegar a abrirla—. Te espero abajo.

—Vale, no te preocupes, ahora lo cojo; yo también lo necesito. —Escucho desde el otro lado de la puerta.

Me vuelvo hasta el salón, donde saco la bolsita de pinturas de mi bolso y me maquillo un poco antes de que baje.

Cuando estoy a punto de ponerme brillo en los labios, oigo el secador.

No creo que le falte mucho. Estoy pensando que, antes de ir a bailar, deberíamos ir a cenar algo por ahí.

No sé dónde iremos a bailar ni dónde cenaremos.

Así que cojo mi móvil y empiezo a buscar sitios para hacer ambas cosas.

En esas estoy, cuando le oigo bajar por las escaleras y mis ojos se van directamente hacia él.

No puedo expresar con palabras lo que siento cuando le veo así.

Recién duchado, recién peinado, con ese olor a perfume que me encanta…

Está tan impresionante que no puedo apartar la vista de él.

—¿Me he combinado mal la ropa? —pregunta, desconcertado.