40
Me levanto y me tomo un café con leche bien caliente.
Hace bastante frío y necesito entrar en calor rápido.
Ángel hace ya un rato que se fue. Él desayuna un café y se marcha.
En cambio, yo siempre he sido de hacerme tostadas con mermelada los fines de semana.
Hoy, como es sábado, me recreo mientras lo saboreo, pues las niñas todavía duermen, aunque no creo que tarden mucho en levantarse.
No he terminado de pensar en eso cuando aparece Blanca en la cocina, frotándose los ojos.
—Buenos días, mami —saluda con voz de sueño.
—Buenos días, cariño —digo, dándole un abrazo—. ¿Has dormido bien?
—Sí, pero tengo sueños muy raros —cuenta, sentándose a la mesa.
—¿Qué has soñado? —pregunto con interés.
—No lo recuerdo bien. Era algo de un perro que me perseguía y yo no podía correr o algo así, no me acuerdo.
—Bueno, ya sabes que los sueños solo son sueños y no tienen nada que ver con la realidad, y que cuando nos despertamos se acaba lo que sea que estemos soñando —explico.
—Lo sé, mami, pero parecía tan de verdad…
—Buenos días —saluda Delia, entrando en la cocina.
—Buenos días, cielo. Siéntate, que te pongo el desayuno.
—Acuérdate de que me tengo que comer un plátano también —Bosteza.
—Sí, tranquila, que no me olvido.
—¿Si me como yo otro tú crees que también haré mejor el ensayo general? —le pregunta Blanca a su hermana.
—Pues claro, Bruno dice que si comemos mucha fruta, tendremos más fuerza para hacer todo lo que queramos —le explica Delia como si fuera ella la nutricionista.
Les pongo un plátano a cada una, junto con el tazón de leche con cacao y una tostada de pan de molde con mantequilla y mermelada de fresa.
Se lo comen mientras charlan de sus cosas y yo aprovecho para quitar las sábanas de las tres camas y poner la lavadora.
Así, antes de irnos al polideportivo, las tendré tendidas.
Limpio el cuarto de baño y coloco sábanas limpias en las camas. Después, me cambio de ropa y nos vamos.
Hoy, como es el ensayo general, no nos dejan entrar a los padres a verlo, dicen los profesores que, aunque más o menos sabemos lo que van a hacer, así será más sorpresa.
Entonces me quedo en la cafetería a consultar el móvil, buscando alguna receta fácil y rica para preparar estas Navidades.
La hora y media que duran las clases se me pasa volando, y de mirar tantas recetas me ha entrado un hambre tremenda.
Bruno sale rodeado de todos los niños, solo nos podemos saludar de lejos y con la mano. Las madres le asedian para hacerle las típicas preguntas de última hora.
—Mami, estoy muerta de hambre —asegura Delia de camino a casa.
—Yo también, ¿hoy que vamos a comer? —pregunta Blanca.
—Arroz con pollo, que hace mucho que no lo hago.
—A mí no me gusta. —Blanca hace un gesto con la cara.
—Sí que te gusta, lo que pasa es que ya no te acuerdas del sabor —le dice su hermana.
—Pues no me acuerdo, no, ¡qué pasa! —le replica de mala gana a Delia.
—Niñas, no empecéis —les regaño mientras aparco en casa.
Se van a duchar y yo me pongo a cocinar. Con la de tiempo que hace que no lo preparo espero que no se me olvide poner ningún ingrediente.
Echo el arroz, calculando que faltan unos veinte minutos para que llegue Ángel del taller.
Así no nos lo comeremos pasado. Después me voy a la habitación de las niñas y les ayudo a preparar la maleta con lo que se tienen que llevar.
En un momento hemos metido los pijamas, unas braguitas de repuesto y la ropa que se van a poner mañana.
No creo que les haga falta más. Cuando Ángel abre la puerta de casa, ve una maleta pequeña justo en la entrada.
—¿Ya me quieres echar? —pregunta, intentando que suene a broma, pero a mí no me hace ni pizca de gracia su comentario.
—Es la maleta de las niñas, ahí llevan la ropa para el fin de semana —explico sin ganas.
—Era broma, mujer, no te pongas así —me vuelve a decir mientras se va a la ducha, pero ya ni me molesto en contestarle.
Después comemos los cuatro juntos. Espero que sea de las últimas veces que lo hagamos porque esto me hace cada vez sentir más incómoda.
Tras comer, las niñas se van a ver la tele a su cuarto y Ángel se tumba en el sofá y se queda dormido casi al instante; le oigo los ronquidos desde la cocina.
Y sí, yo me quedo aquí, como siempre, recogiendo todo.
Cuando termino, me acomodo en una silla y miro el móvil de nuevo.
La verdad es que me siento un poco extraña, quizá es porque pienso que las niñas se van a ir y ya no las voy a ver hasta mañana por la tarde.
Nunca nos habíamos separado tanto tiempo.
«A ver, Flora, que solo va a ser un día», me digo en silencio.
Bueno, esto me servirá de aprendizaje para lo que venga con la separación, es lo que toca.
En vez de quedarme en casa lamentándome, debería hacer algo, pero ¿qué? ¡Claro! ¡Ni que no se me hubiera pasado ya por la cabeza! Voy a llamar a Bruno. Bueno, mejor le mando un mensaje, no vaya a ser que me oigan las niñas o, lo que es peor, que me escuche Ángel la conversación.
Hola, ¿tienes algún plan para esta tarde?
Hola, pues sí, tengo la tarde
bastante ocupada. He quedado.
Sus palabras me dejan tan desilusionada que no tengo ganas ni de contestarle, con lo cual, dejo el teléfono a un lado y este vuelve a sonar.
¿Sabes con quién he quedado?
Me pregunta en el mensaje y también me sienta fatal, encima de que tiene planes me quiere restregar por la cara quien es su cita.
No creo que sea de mi incumbencia, pásatelo bien.
Le respondo sin pensármelo dos veces, espero no parecer muy borde.
El móvil vuelve a sonar:
¿Cómo que no es de tu incumbencia? Pues si
no es por ti, no me lo hacen esta tarde. ¿No te
acuerdas de que van a venir a ponerme las cortinas?
Según leo, me doy cuenta de lo tonta que he sido, y le mando otro mensaje, esta vez en un tono distinto por completo:
Claro que me acordaba, solo te estaba
gastando una broma. ¿Quieres que vaya
y vea cómo lo hacen?
Estás tardando en llegar. Venga, vente ya, que
te invito a un café.
Tardaré una hora más o menos, no te
tomes el café sin mí.
Según apago el móvil, me voy a echar un ojo a las niñas y después abro mi armario para mirar qué me voy a poner. Entonces se me ocurre algo y le mando otro mensaje:
¿Te parece bien que vaya hagamos un circuito
después de que se vayan los de las cortinas?
Por supuesto. Qué alumna más aplicada.
Las niñas entran en mi habitación y me ven sacando la ropa de deporte y dejándola encima de la cama.
—¿Vas a correr? —pregunta Delia, señalándola.
—Sí, voy a hacer un poco de deporte. ¿Estáis ya preparadas?
—Sí, pero Blanca no tiene muchas ganas de ir. Me ha dicho que prefiere quedarse aquí contigo —me cuenta bajito.
—Pero si donde los abuelos os lo pasáis fenomenal.
—Eso le he dicho yo. Además, la abuela hace cosas muy ricas de comer —dice Delia, relamiéndose.
Entro en su habitación y veo a Blanca tumbada en su cama viendo la tele.
—Creo que papá está ya despierto —aviso, haciéndole cosquillas.
—Mami, no quiero ir, ¿me puedo quedar contigo? —pregunta, riéndose.
—Cariño, no es que no puedas, pero tienes que ir con papá, ya habéis quedado así. Además, en casa de los abuelos os lo vais a pasar muy bien. Acuérdate de que el abuelo os va a enseñar un juego nuevo de cartas, os lo dijo el miércoles. —Trato de convencerla.
—Ya, pero…
—Pero ¿qué? —La miro con ternura.
—Es que me da pena que te quedes sola —dice a punto de llorar.
—Pero, cariño, si no me va a pasar nada.
Cuando vuelva de hacer deporte, me daré una ducha y me pondré a preparar las notas para mis alumnos del instituto.
Con lo cual voy a estar bien entretenida, no tienes por qué preocuparte.
—La abrazo muy fuerte—. Puedes irte tranquila y, si me quieres llamar, le pides el teléfono a la abuela o a papá y me llamas, ¿vale?
—Vale, mami. Menudo fin de semana más aburrido te espera con lo de las notas —comenta, haciéndome reír. Parece que he conseguido cambiarle un poco la carita.
—Venga, Blanca, que nos vamos —llama Delia a su hermana.
Salimos las tres de la habitación y las acompaño a la entrada, donde ya está Ángel preparado. Les doy un beso a mis niñas y las veo irse por la puerta. Después suspiro y voy a mi cuarto a ponerme la ropa que he dejado encima de la cama.
Cuando llego a casa de Bruno, los instaladores de las cortinas están trabajando en el salón. La del dormitorio principal me dice que ya la han puesto.
—Quedan mucho más bonitas de lo que me parecían en la tienda —opino mientras observo de nuevo la tela.
—Gracias por elegirlas. Si me llego a encargar yo, no sé qué hubiera pasado. —Se ríe.
Seguimos viendo como terminan de colocarlas y, después de cobrar, se van.
—¡Qué bonitas! Han quedado superchulas —aseguro, mirando todo el salón.
—Ahora el salón parece otro —dice, sonriendo.
—Incluso parece más grande, ¿verdad?
—Justo te iba a decir eso mismo. —Y, cogiéndome de la mano, de la forma más natural del mundo, me sube por las escaleras deprisa—. Vamos, a ver qué te parecen las del dormitorio.
—¡Vaya! Ahora sí que es una habitación —bromeo mientras las miro.
—Por fin podré vestirme y desvestirme aquí sin bajar la persiana —apunta, riéndose también.
Mi cabeza empieza a funcionar sola, pensando en Bruno vistiéndose y desvistiéndose, enseñando a todos sus vecinos esos magníficos abdominales que sospecho que tiene. Me entra hasta calor solo de pensarlo.
—¿Tienes preparado el circuito? —pregunto, volviendo a poner los pies en la Tierra.
—¿No te apetece antes tomarte un café?
—Sí, vale, ¡tomemos ese café! —digo, saliendo de su habitación.
Bajamos las escaleras, esta vez sin cogerme de la mano.
No sé por qué antes sí lo hizo para subir; sería por la ilusión de que viera las cortinas, aunque debo admitir que me ha encantado.
Hacía mucho que un hombre no me cogía de la mano.
¿Por qué siempre tiene conmigo ese tipo de detalles que me hacen sentir tan bien?
Creo que le voy a echar mucho de menos en estas vacaciones.
Vamos a pasar de vernos prácticamente cada día a estar unos cuantos sin hacerlo.
Bueno, supongo que no tendré tiempo ni de acordarme de él con las niñas revolucionando la casa.
—Pensaba que vendrías antes —comenta mientras sirve el café para los dos.