38
Me levanto pensando que tengo que ir a hacer la compra, pues la nevera se ha vuelto a quedar casi vacía.
También pienso que la semana que viene es Navidad y que el martes es el último día de instituto y de colegio, que empiezan las vacaciones y, con ello, la salida de la rutina otra vez.
¡Me encanta la Navidad! Aunque este año me da que estas fechas van a ser muy distintas.
De momento, no me quiero adelantar a lo que pueda pasar. No quiero agobiarme tan pronto.
De camino al cole voy metida en mis pensamientos, y parece que las niñas también van en los suyos, porque apenas hablamos hoy. En cambio, otros días, no paran de contarme cosas.
Cuando llego al instituto, lo hago de bastante buen humor. Será porque tengo planes con Bruno y eso siempre me pone contenta.
No le veo en toda la mañana, ni siquiera en la hora del recreo, aunque sí coincidimos a la salida.
—¿Dejas tu coche aquí y luego te traigo para que vayas al cole? —propone nada más verme.
—Sí, buena idea. ¡Vamos!
—¿Y esa prisa? —Se extraña de ver lo rápido que me he metido en su coche.
—No me gusta que nos vean montarnos juntos. No quiero que nuestros compañeros empiecen a hablar y a especular.
—¿Pero aquí también hay ese tipo de personas? —pregunta un tanto desconcertado.
—¿A qué personas te refieres?
—A las que se meten en la vida de los demás sin que les interese lo más mínimo —responde tranquilo.
—Pues imagino que aquí hay igual que en cualquier otro sitio, ¿no? —digo asombrada por su contestación.
—Pensaba que eso solo pasaba en los pueblos pequeños, como en el mío; no creía que pasara también en Madrid.
—Pues yo creo que hay personas entrometidas en todos los sitios de España; el cotilleo es el deporte nacional —comento, haciéndole reír.
—Eso fue una de las cosas, entre otras, que me hizo querer dejar mi pueblo —confiesa—. Yo soy una persona que va a lo suyo, no me meto en la vida de nadie y, mucho menos, opino de algo que no me han pedido.
—Lo sé, a mí me lo demuestras cada día —afirmo, sincera.
—¿Por qué me dices eso? —Quita la vista unos segundos de la carretera.
—Porque, aun sabiendo mi situación matrimonial, nunca me has preguntado ni has sido indiscreto con algún comentario; es más, siempre te has mantenido al margen.
—Es que así es cómo debe ser, así es como funcionan las relaciones personales.
—Ahora gira en la siguiente calle a la derecha y aparca donde puedas —le indico y, de paso, cambio de tema una vez más.
—Esta es la calle donde estuvimos el sábado pasado tomándonos unas patatas bravas, ¿verdad? —Mira a su alrededor.
—Así es, veo que te orientas bien.
—Sí, la verdad es que en mi cabeza llevo un radar, eso ayuda mucho. —Se ríe.
Aparca el coche en el primer sitio que encuentra y nos ponemos a caminar. Hace bastante frío, pero me apetece estirar un poco las piernas.
—Había pensado, para que nos dé tiempo a todo, en picar algo por aquí y luego ir a la tienda de las cortinas que te dije.
—Me parece bien.
Creo que, si sigue sonriendo así, entraré en calor enseguida.
Vamos caminando muy cerca el uno del otro.
En estos momentos lo que más me apetece es cogerle de la mano, sentir sus dedos entrelazados con los míos, pero sé que no está bien.
Además, sigo estando casada y quiero acabar con eso de una vez para continuar haciendo lo que me apetezca.
Pasamos por un restaurante con buena pinta por fuera, aunque no sé qué tal estará; nunca he entrado.
Aun así, entramos a probar. Nos atiende un camarero muy simpático, que nos aconseja un montón de raciones.
Al final nos decidimos por unos callos a la madrileña y una ensalada especial de la casa, todo para compartir.
—El otro día te interrumpí porque tenía que irme a casa, cuando me estabas contando por qué te viniste a Madrid. —Saco el tema de conversación.
—¿De verdad quieres saberlo? —pregunta, sorprendido.
—Pues claro que quiero. Si te soy sincera, diría que hasta tengo bastante curiosidad. No entiendo cómo alguien puede cambiar la tranquilidad de un pueblo costero por el bullicio de una ciudad.
—¿Me estás diciendo que tú preferirías vivir en un pequeño pueblo? —Eleva las cejas, algo perplejo.
—No me lo he planteado, pero creo que no me importaría.
—Perdona que lo dude, porque después de lo rápido que te has metido antes en mi coche para que no te viera nadie… —Se ríe.
—Lo de antes es distinto —me defiendo, riendo también.
—Ya, ya, distinto. Tenías que haber visto la cara de susto que llevabas.
—¿Te estás riendo de mí? —pregunto, haciéndome la enfadada.
—No, no, de ti no, de la escena.
—Bueno, ¿vas a seguir burlándote o me vas a contar de una vez qué fue lo que te trajo hasta Madrid? —exijo a modo de regañina, pero sin perder la sonrisa.
—Digamos, aunque suene un poco raro, que estaba escapando.
—¿Escapando? —pregunto intrigada y asombrada a la vez.
—No sé si esa palabra sería la correcta, pero el caso es que necesitaba salir de allí y sentirme libre de nuevo, lejos del qué dirán y de las miradas de desaprobación por parte de algunos vecinos —explica y da un sorbo a su cerveza.
—Pues estoy como al principio, no entiendo nada de nada. —Me encojo de hombros.
—En la adolescencia empecé a salir con una chica de mi clase.
Nos enamoramos como se puede enamorar alguien a los catorce años, imagínate.
Estábamos todo el día juntos, menos para dormir, que cada uno iba a su casa, si no, qué hubieran dicho nuestros padres.
—Se ríe—. Después, me fui a La Coruña a estudiar durante cuatro años y solo nos veíamos los fines de semana, aunque todo el tiempo que estaba en el pueblo lo pasábamos juntos también.
O bien comía en mi casa o yo comía en la suya, nos íbamos turnando.
Sus padres querían que estuviera allí siempre porque así tenían más controlada a su hija, y llegó un momento en que me empecé a agobiar.
Ellos nos veían casados en poco tiempo, bueno, ellos y casi todo el pueblo.
»Pero no solo por eso estaba agobiado, sino en general; era como si no pudiera hacer nunca lo que yo quisiera.
Siempre hacía todo para agradar a los que tenía delante; si no eran los padres de mi novia, eran los míos, que se quejaban de que apenas me veían el pelo y con razón, claro, ya que entre semana estaba en tierras gallegas estudiando y los fines de semana con ella.
Incluso mis amigos también me reprochaban que ya no pasaba tiempo con ellos.
Mientras iba a la facultad me sentía algo más…
liberado, podría ser la palabra, pero esa chica me llamaba a cada rato y discutíamos porque no me dejaba tiempo para estudiar.
Ella pensaba que yo estaba con otra y cosas de esas, y tuve numeritos de celos casi desde que empecé la carrera.
Cuando por fin la terminé y volví al pueblo, las cosas fueron a peor.
Yo pensaba que eso se había terminado al tenerme cerca, pero ella continuó en el mismo plan, haciendo la relación casi insoportable.
—¿Y por qué no la dejaste? —pregunto mientras sigo su relato con atención.
—Lo hice unas cuantas veces, pero siempre terminábamos volviendo.
Yo la quería mucho, no te lo voy a negar.
Además, había sido mi novia de siempre y estar sin ella era algo extraño, como si me faltara algo a lo que llevaba mucho tiempo acostumbrado.
Sé que puedo sonar tonto, pero en realidad era así como me sentía.
—No me pareces tonto. Además, cada uno toma decisiones según las circunstancias que le toca vivir.
Aunque no te lo creas, a veces me he sentido así con mi marido desde que decidí separarme.
No se puede juzgar a nadie sin haber estado antes en sus zapatos.
—Consigo que sonría, ya que se ha puesto un poco serio recordando esa parte de su pasado.
—También volvíamos empujados por sus padres, por los vecinos, por los amigos...
Todos tenían que opinar de nosotros y meterse en nuestras vidas, con lo cual volvíamos a estar juntos hasta que discutíamos de nuevo, y así no sé cuántas veces.
Pero por fin decidí no volver con ella nunca más, pasara lo que pasara y dijeran lo que dijeran.
Mis padres y mi hermana nunca se metieron, así que en casa estaba tranquilo.
Pero era salir por ahí con los amigos y me sentía el centro de atención, todos cuchicheaban a mis espaldas, las amigas de ella no paraban de fastidiar y de hacer correr bulos por todo el pueblo.
En fin, me agobié tanto que decidí cambiar de aires por completo e irme a una ciudad grande donde pasar más desapercibido. Estaba harto de todo.
—Me dejas sin palabras, no imaginé que me fueras a contar algo así. Pero ¿sabes qué te digo? Que me alegro mucho de que hayas venido a Madrid y que por fin hayas podido dejar atrás todo aquello que no te hacía bien.
—Yo también me alegro. Aquí es distinto o, al menos, me siento más invisible para los demás.
Mira que yo siempre he sido muy sociable, pero, desde esa experiencia, me he vuelto más solitario; no quiero volverlo a pasar tan mal.
Lo peor es que he dejado a mi familia allí porque no podía más, pero te aseguro que no aguantaba ya todo aquello.
—Aquí vas a estar bien, y me tienes a mí para todo lo que necesites —digo, sincera—. Me alegro de que nos hayamos conocido.
—Y yo me alegro de haberte encontrado.
Sus palabras se me clavan en el corazón de una manera que no sé describir; es como si me hubieran tirado un dardo lleno de… ¿amor? y hubieran acertado en el centro. Por suerte, se acerca el camarero y rompe este momento en el que no sé muy bien qué decir o cómo reaccionar. Me he quedado en shock.
—¿Tú quieres otra? ¡Flora!, ¡Flora! —me llama, subiendo el tono, y me saca de mi bloqueo.
—Eh… Esto… Sí, sí, otra cerveza, por favor —pido al camarero—. Discúlpame, tengo que ir un momentito al aseo.
Desaparezco casi corriendo. Me he puesto tan nerviosa que no sé qué hacer.
Me miro en el espejo del lavabo y trato de relajarme.
Tampoco es para tanto; y no es que me haya dicho nada malo, es solo que lo que me ha dicho es tan…
¡tan bonito! Es la primera vez en toda mi vida que alguien me dice que se alegra de haberme encontrado.
No es algo que se vaya escuchando por ahí, la verdad, y me ha sonado a música celestial en su boca.
Madre mía, voy a salir ya de aquí o va a pensar que me ha pasado algo.
Vuelvo a la mesa intentando disimular mi turbación.
—¿Te gustan estos callos? —pregunto para romper el hielo que he formado antes.
—Están muy buenos. ¿Quieres que pidamos algo más?
—Me comería unas croquetas.
—Mi madre hace unas croquetas de muerte, ahora cuando vaya por Navidades, traeré un táper lleno. —Hace un gesto con las manos.
—¿Te vas ahora? —Trato de que no se note mi desilusión.
—El miércoles me marcho, volveré el día tres o cuatro de enero.
—Vaya… ¿Y quién me va a dar clases de gimnasia? —pregunto, poniendo cara de niña buena.
—Te doy vacaciones. —Se ríe—. Seguro que con las niñas todo el día en casa, no vas a tener tiempo de nada, y menos de hacer deporte.
—Pues también tienes razón. Aunque luego, cuando vuelvas, deberás ser comprensivo y no darme mucha caña porque después de tantos días sin hacer nada, seguro que me vuelvo a oxidar.
—Por eso no te preocupes, seré bueno contigo —asegura, guiñándome el ojo.
Terminamos de comer y nos vamos caminando hasta la tienda, aún faltan unos quince minutos para que abran y así hacemos tiempo.
A la hora en punto, la señora que lleva la tienda abre la puerta y nos deja pasar.
Le explicamos lo que estamos buscando y nos va enseñando varias telas.
Bruno está con la boca cerrada, no dice nada.
—Parece que son para mí las cortinas —susurro.
—Es que yo no tengo ni idea de cómo se elige esto —confiesa en el mismo tono—. Si no te importa, prefiero que decidas tú; me fío de ti por completo.
De nuevo sus palabras se me clavan como dardos de algodón en el corazón. Qué cosas más bonitas me está diciendo hoy, qué bien sienta oír algo así.
Al final, elijo las cortinas para el salón y la habitación principal, junto con la barra para cada una.
—¿Has visto la cara que ha puesto la mujer cuando le he dicho que te llame a ti para lo del presupuesto? —pregunto, riendo—. Se habrá extrañado de que, siendo yo la que ha elegido todo, seas tú el que tenga la última palabra, aunque no nos vamos a poner a dar explicaciones, ¿verdad?
—Así es, aquí soy anónimo y puedo guardar los secretos que quiera —afirma, riéndose también—. Lo que no sabía es que lo fueran a hacer tan rápido.
—En esta tienda trabajan así de bien. —Miro la hora en el reloj—. ¿Me llevas ya al aparcamiento del instituto? No quiero ir tarde a por las niñas.
—Te dejaré antes de llegar para que vayas hasta tu coche andando, así no te verá nadie bajarte del mío —dice en el mismo tono de guasa que antes.
—¿Sabes lo que te digo? Que me da igual, que piensen lo que quieran —aclaro, fingiendo que no me importa, y me río después—. Yo, con este frío, no camino más.
De vuelta al instituto seguimos riendo y bromeando, me encanta el sentido del humor tan bueno que tiene.
Las niñas salen muy contentas, parece que Blanca está más animadilla que ayer. Por el camino me van contando lo que han hecho hoy y que el martes les dan ya las notas. Una vez llegamos a casa, les preparo la merienda.
—¿Por qué tenemos que terminar hoy todos los deberes, mami? —pregunta Blanca mientras los hace.
—Para tener todo el fin de semana libre —digo sin desvelarles que se irán a casa de los abuelos.
—Pero es que nunca los terminamos los viernes —protesta Delia.
—Así tendréis más tiempo. Lo más seguro es que el lunes no traigáis deberes porque el martes es el último día.
Entonces, los acabáis hoy todos y os olvidáis hasta el año que viene.
—Mi última frase les hace reír—. Si me necesitáis, me llamáis.
Voy a hacer la lista de la compra y a ver qué se me ocurre para cenar hoy.
Mientras estoy mirando la nevera y la despensa, me suena un mensaje en el móvil, es Bruno.
Me acaba de llamar la señora de las cortinas
con el presupuesto, creo que está bien de precio:
me cobra 350 € por las dos habitaciones, las barras
y la instalación. ¿Qué te parece?