Eres la razón de mi sonrisa 37
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Mientras me ducho, pienso en que hoy debería hacer algo de deporte, pero he quedado con Bruno para ir a mirar las cortinas para su casa, quizá podríamos hacer un cambio de planes; luego se lo comento, a ver qué le parece.

Por si acaso acepta, voy a meter la ropa en la mochila para llevármela en el coche.

—Mami, he dormido un poco regular —dice Blanca cuando voy a despertarlas.

—¿Y eso? —pregunto, preocupada.

—Es que estoy nerviosa con la actuación de Navidad, tengo miedo a equivocarme en algún paso —confiesa con cara de sueño.

—No tiene por qué salirte mal. Piensa que has ensayado mucho y que te sabes todos los pasos de memoria. —Trato de darle ánimos.

—Pues a nosotros nos va a salir superbién —dice Delia muy optimista—. Hemos ensayado mucho y Bruno nos ha dicho que lo hacemos genial.

—En el esfuerzo está el resultado, y vosotras os esforzáis mucho, así que no tenéis de qué preocuparos. —Sonrío—. Venga, vamos a desayunar o llegaremos tarde.

Por el camino, Blanca va muy callada, yo creo que ha debido de soñar algo que la ha dejado un poco trastocada.

Espero que se le pase a lo largo del día.

Delia va risueña cantando las canciones que vamos escuchando en la radio del coche.

Paro en la puerta del colegio y, antes de bajarse, les deseo un buen día.

Después continúo mi trayecto hasta el instituto.

En el aparcamiento coincido con Bruno, que ha llegado un poco antes que yo.

—¡Buenos días! —saludo con alegría.

—¡Buenos días! Qué contenta estás hoy —dice, levantando las cejas—. ¿Alguna novedad?

—De momento, no. Pero voy a hacerte una proposición, a ver qué opinas.

—Me encantan tus proposiciones. Venga, cuenta.

—¿Qué te parece si en vez de ir hoy a mirar las cortinas lo dejamos para mañana a la misma hora?

—Sí, no pasa nada, vamos mañana. —Por su cara, creo que se ha desilusionado.

—Lo cambio para que hoy me des la tercera clase de entrenamiento, ¿te parece bien? —Su expresión cambia por completo, ahora luce una sonrisa.

—¡Claro! ¿Cómo me va a parecer mal?

—Es que, desde el martes, no he vuelto a hacer nada y quiero ver si puedo entrenar un día sí y un día no.

—Está muy bien pensado, no había caído, y eso que soy tu entrenador personal —comenta, haciéndose el despistado, aunque sé de sobra que lo ha hecho por mis agujetas.

—Tranquilo, te lo descontaré del sueldo —bromeo, consiguiendo que se ría.

Nos despedimos en el pasillo y cada uno se va a su clase, después de quedar a las dos de la tarde en el aparcamiento del instituto.

La mañana se me pasa muy lenta, como siempre que tengo muchas ganas de hacer algo al salir del trabajo, hasta que suena el timbre de la última clase y voy hasta donde tengo aparcado mi coche. Bruno no tarda en llegar.

—¿Vamos a mi casa? —pregunta, alegre.

—¡Vamos! —contesto con una sonrisa.

Cada uno se monta en su coche y aparcamos en la puerta del dúplex. Me noto un poco nerviosa; cada vez que estoy con él me siento así.

—Creo que ya no tengo que decirte nada sobre dónde puedes cambiarte, ¿no? —dice nada más abrir la puerta—. Siéntete como en tu casa, de verdad.

—Gracias, Bruno.

Me quito el abrigo, cojo la mochila con la ropa y subo a su habitación.

Me gusta ver que siempre tiene la casa recogida y limpia.

Eso dice mucho de él. Después, bajo hasta la cocina, donde salgo al pequeño jardín y le veo colocando de nuevo una especie de circuito en el suelo, parecido al de la última vez.

—Tú quieres acabar conmigo, ¿verdad? —pregunto en cuanto veo todo lo que tiene preparado.

—Claro que no. —Finge estar ofendido—. Lo que quiero es que pongas en marcha todos tus grupos musculares; tienes que fortalecerlos.

—De acuerdo… Pero espero que no me duela mañana mucho el cuerpo, si no, no voy a poder acompañarte a comprar las cortinas —le chantajeo, haciéndole reír.

—Prometo ser bueno —asegura con esa sonrisa tan bonita que tiene.

Durante algo más de treinta minutos me tiene sin parar haciendo el circuito. Ha conseguido que el frío que tenía haya desaparecido por completo. Después, hacemos estiramientos. Eso me gusta más porque noto cómo mi cuerpo se destensa por completo. Me encanta.

—¿Quieres ducharte? —me ofrece cuando terminamos.

—No, gracias, ya lo haré en casa. Ah, una cosa, Bruno, ¿tienes un metro y una escalera a mano? —pregunto.

—Claro, ¿para qué lo necesitas?

—Si mañana vamos a lo de las cortinas, tendremos que llevar las medidas para que te puedan dar presupuesto.

—Claro, no había caído en eso. —Me acerca lo que le he pedido—. ¿Quieres que prepare algo rápido para comer?

—Gracias, pero prefiero irme a casa. Tengo que hacer la merienda de las niñas y recoger sus mochilas antes de pasar a recogerlas. Ya sabes que vamos directas del colegio al polideportivo —explico mientras voy tomando las medidas que sé que me van a pedir y las anoto en una hoja.

—Es verdad, pero es que… Bueno, es igual, vete ya o se te quedará frío el sudor —dice deprisa, como si quisiera haberme dicho otra cosa.

De camino a casa voy pensando en él, no sé qué es lo que me está pasando, pero cuando estoy a su lado, me olvido de todo lo malo que me rodea.

Su compañía me hace sentir tan bien que me gustaría poder estar así siempre.

Pero ¿qué es lo que estoy diciendo? Ay, Dios mío, esto no será que me estoy…

«No, no, calla, Flora, lo que pasa es que llevas mucho tiempo haciendo las mismas cosas y ahora con Bruno vives experiencias distintas, por eso te sientes así. No te hagas películas, que tú nunca has sido de fantasías».

Las personas somos seres vivos que necesitamos el contacto con los demás para desarrollarnos y sentirnos bien, somos seres sociales, ¿o no es eso lo que les enseño a mis alumnos?

Pues por eso estoy así, porque hace mucho que no me relaciono con otras personas, quitando a los alumnos y a mis niñas.

Menos mal que acabo de llegar a casa y empieza la carrera para que me dé tiempo de hacer todo antes de ir a por las gemelas, si no, estaría todavía filosofando sobre lo positivo que es estar cerca de Bruno.

Tras darme una ducha, me visto con los primeros vaqueros que encuentro y un jersey bonito; para esto último he tardado un poco más.

Otra cosa buena que tiene lo que me está pasando es que me preocupo más por la ropa que me pongo.

Después, me preparo un sándwich rápido y, mientras me lo como, pienso en lo mal que me estoy alimentando desde que no hago comida para Ángel y para mí.

Antes preparaba legumbres y guisos; en cambio, ahora me como lo primero que pillo en la nevera.

Cocinar para mí sola me da mucha pereza.

Esto debería cambiarlo; ya que he empezado a hacer deporte, debería combinarlo con una buena alimentación.

Cuando termino, me tiro un ratito en el sofá. Después de hacerlo el otro día le he cogido el gusto, la verdad es que se está muy bien, así que es normal que Ángel venga corriendo en cuanto come o cena.

—Mami, ¡he sacado un nueve en el examen de Lengua! —grita Delia.

—¡Y yo un nueve y medio! —chilla Blanca.

—Si es que tengo las niñas más aplicadas del mundo. —Miro hacia atrás antes de poner el coche en marcha.

—Hoy llevo un día perfecto —comenta Delia, sonriendo.

—Ah, ¿sí? —Levanto las cejas.

—La profe me ha sacado a la pizarra a hacer un ejercicio de Matemáticas y lo he hecho muy bien, hasta me ha felicitado.

Valeria me ha regalado un rotu que pinta con purpurina y he tenido todos los deberes bien hechos, y encima la nota de Lengua.

Ah, y en el comedor han puesto macarrones con chorizo —explica todo con mucha ilusión.

—¡Menudo día más bueno! ¿Y el tuyo, Blanca? —pregunto a su hermana, que está más callada.

—El mismo más o menos igual, pero no he salido a la pizarra y nadie me ha regalado nada —cuenta un poco decaída.

—Pues entonces también ha sido bueno; no tiene por qué ser igual para que sea un buen día —le explico a ver si consigo una sonrisa.

—Ya —dice no muy alegre mientras mira por la ventana. Toda la fuerza que traía por la nota del examen parece que se ha esfumado.

Cuando llegamos al polideportivo ya casi se han terminado el sándwich que les he hecho para merendar, así que se va cada una a su clase y yo, para no perder las buenas costumbres, me quedo en la cafetería preparando mis clases de mañana.

—Recordad que el sábado es el ensayo final, ¡que ya lo tenemos chupado! —exclama Bruno a sus alumnos, haciendo babear a todas las madres.

A todas menos a mí, claro.

—¿Es a la misma hora de siempre? —pregunta una de ellas más que nada por hablar con él, porque sabe de sobra que siempre tienen los mismos horarios.

—Sí, claro, nunca hemos variado la hora —responde él un poco extrañado, como si me hubiera leído la mente, consiguiendo que me ría un poquito por dentro.

Después, caminamos Bruno, las niñas y yo hasta el aparcamiento del polideportivo. Ellas se suben en el coche y él se me queda mirando.

—¿Mañana al final vamos a ir a por las cortinas? —comenta en voz baja.

—Claro, mañana salgo también a las dos —contesto en el mismo tono que él.

—Pues te invito a comer, elige el sitio —propone con una sonrisa, y asiento con un ligero movimiento de cabeza.

—Hasta mañana —me despido de él y me monto en el coche.

—Mami, ¿por qué sonríes así? —pregunta Delia sin quitarme los ojos de encima.

—Uy, pues no sé, quizá estaba pensando en algo bonito —respondo sin saber muy bien qué decirle; no puedo insinuar que su profe es la razón de mi sonrisa.

Ayudo a Blanca a terminar una cosa de los deberes que no le sale; la noto rara, más distraída de lo habitual. Creo que el tema de la separación le está afectando más de lo que parece. Esperaré unos días para hablar con ella; quizá no sea eso y tenga que ver con el colegio.

—¿Dónde están mis niñas preferidas? —pregunta Ángel, abriendo la puerta de casa.

—¡Papi! —gritan las dos a la vez.

—¿Qué tal ha ido el cole hoy? —pregunta bastante contento y ellas le dicen la calificación de sus exámenes.

—¡Vaya notas más buenas habéis sacado! Eso se merece un regalito.

Me voy a la cocina para no demostrar mi malestar por el comentario del «regalito», sabe de sobra que no me parece bien que se premie por las notas, de manera que hago la cena como si no hubiera escuchado nada. Será lo mejor.

—¿Qué estáis cenando? —pregunta Ángel después de ducharse.

—Tortilla francesa —responde Delia con la boca llena.

—¿Sería mucho pedirte que me hicieras una? —Me pone cara de pena.

Asiento con la cabeza y saco dos huevos de la nevera.

No le podía decir que no, tampoco es que me esté pidiendo algo imposible; es solo hacerle una tortilla francesa, no pasa nada.

Además, sé que él no sabe cocinar; la verdad es que nunca ha tenido el más mínimo interés por aprender.

Lo suyo ha sido siempre encontrarse la comida en la mesa y comer; eso sí se le ha dado bien.

Termino de hacérsela y le pongo el plato delante; ni siquiera un «gracias» recibo por su parte.

Desde luego, si es que más tonta no puedo ser, pero qué le voy a hacer.

Recojo un poco y, justo cuando voy a salir de la cocina, escucho su voz.

—Gracias por la tortilla, Flora —dice en voz baja.

—De nada —respondo con un poco de indiferencia y salgo de la cocina en dirección al cuarto de baño.

Después de lavarme los dientes y dar las buenas noches a las niñas, me meto en la cama y me pongo, una noche más, a darle vueltas a la cabeza.

Hay que ver qué mal se ven las cosas por la noche y qué diferentes cuando uno se levanta.

Por el día parecen distintas, como si pesaran menos, como si todo lo que nos preocupa al acostarnos lo sintiéramos de otra manera cuando nos levantamos.