36
Anoche me puse el despertador diez minutos más tarde porque, como no tengo que ducharme ahora, quería aprovechar un ratito más en la cama.
Ángel se levanta justo antes de que me suene la alarma.
Se habrá quedado pensando qué es lo que hago en la cama en vez de estar en la ducha, pero que piense lo que quiera.
En el instituto, el día transcurre con mucha normalidad, aunque las horas se hacen demasiado largas.
Sospecho que se debe a mi estado de ánimo de hoy.
No es que esté decaída, ni mucho menos, pero estoy intranquila.
Necesito que Ángel me diga de una vez por todas qué es lo que piensa hacer respecto a nuestra separación y, como veo que pasan los días y no se decide, tengo esta sensación rara que no me agrada en absoluto.
A Bruno le veo en el recreo. Hoy nos toca guardia a los dos, con lo cual, nos acercamos y nos ponemos a charlar durante los veinte minutos que dura.
—Esta tarde, las niñas y yo iremos a merendar a casa de sus abuelos —le cuento mientras vigilamos el patio.
—Nunca me has hablado de tus padres —apunto Bruno, mirándome de reojo.
—En realidad, donde vamos esta tarde es a casa de mis suegros, o mis exsuegros. Se me hace raro nombrarlos así —confieso.
—¿Con ellos sí que hay buena relación? —pregunta como lo haría cualquier buen amigo.
—Sí, sobre todo con mi suegra. Ella ha sido siempre como una madre para mí —contesto y opto por cambiar de tema; no quiero hablarle ahora de mi relación con mis padres, no creo que sea el momento—. ¿El jueves quieres que vayamos a mirar las cortinas?
—Claro, ¿a qué hora te viene bien? —Se ha quedado extrañado por el cambio de rumbo que ha tomado la conversación.
—Pues ya sabes que mi tiempo libre de los jueves y también de los viernes es de dos a cinco —recuerdo, riéndome—. Además, conozco una tienda que te hace las cortinas a medida y no es muy cara. Abre a las cuatro de la tarde.
—De momento, mi idea no es poner cortinas en toda la casa, entre unas cosas y otras, me he juntado con muchos gastos —explica, sincero—. Pero sí que me gustaría tener ya las del salón y las de mi habitación.
—Claro, es normal, te entiendo. Podemos ir a la tienda que te digo y miras las telas. Tienen un montón, verás cómo te convence alguna —propongo.
—De acuerdo, es que pensaba que si me las hacían a medida me tenían que hacer toda la casa entera —reconoce un poco avergonzado—. Nunca he comprado cortinas.
—Siempre hay una primera vez para todo.
Suena el timbre del patio para avisar que se ha terminado el recreo y cada uno se va a la clase que le toca.
A las cinco en punto ya estoy en el coche esperando a que salgan del colegio. Nada más montarse en el coche les anuncio la sorpresa que les tengo preparada.
—Niñas, ¿a qué no sabéis dónde vamos a ir hoy a merendar? —pregunto, mirando por el retrovisor.
—¡Al polideportivo! —exclama Blanca muy contenta.
—Frío, frío. —Me río—. Y tú, Delia, ¿dónde crees que vamos?
—¿A casa de Bruno? —responde Delia, dejándome helada, aunque hago como que no le doy importancia.
—Frío, frío. —Sigo con el mismo tono—. ¡Vamos a casa de los abuelos!
—¡Qué bien! —gritan las dos a la vez.
En cuanto aparco, salen corriendo para llamar al telefonillo. Me encanta ver lo contentas que se ponen por ir a verlos, cómo me hubiera gustado que mis padres también hubieran disfrutado de ellas así.
¿Por qué ha pensado Delia que iríamos a casa de Bruno?
Espero que no sea porque ve algo entre nosotros que interpreta de alguna manera.
Tengo que andarme con cuidado, no quiero que empiecen a sacar conclusiones que no son ciertas.
Aunque ¿qué tiene de malo tener un amigo y quedar con él?
Pues que son niñas de nueve años y no van a entender ciertas cosas, así que mejor sigo manteniendo en secreto cada vez que me veo con Bruno.
—¡Pero cuánto tiempo sin veros! —bromea mi suegro al abrir la puerta.
—Pero, abuelo, si vinimos el domingo —aclara Delia muy seria.
—Por eso, se me ha hecho muy largo hasta hoy. —Se ríe—. Pasad, no os quedéis en la puerta. ¿Qué tal, Flora?
—Bien, todo bien. ¿Y tú cómo estás? —pregunto, entrando hasta el salón.
—Bien, deseando ya que se pase el invierno, mis huesos no quieren el frío —contesta, frotándose la zona lumbar.
—¡Estoy en la cocina! —Oímos a Rosa.
—¡Abuelita! —gritan las niñas en respuesta.
Vamos las tres hasta la cocina, donde vemos a la abuela que acaba de quitar la cafetera del fuego y está cogiendo un plato lleno de rosquillas.
—¡Cómo huele, Rosa! —Me acerco a ella y le doy dos besos—. Diría que las acabas de hacer.
—Y no te equivocas, hija. Mira que hacía años que no me daba por prepararlas. ¿Lo quieres con la leche muy caliente? —me pregunta, señalando el café.
—Sí, gracias. Mientras, les iré haciendo el cacao a las niñas. —Saco dos tazas de un armario—. No te imaginas el frío que hace en la calle.
Llevamos la merienda al salón, donde nos sentamos las cuatro a la mesa a dar buena cuenta de las rosquillas, que están deliciosas.
Mi suegro, como siempre, se queda sentado en el sofá.
Dice que él no es de merendar, por lo tanto, no nos acompaña en la mesa.
Cuando Rosa y yo nos terminamos el café, me hace una seña muy discreta para que la acompañe a la cocina, las niñas se quedan terminando de merendar.
—Tú sabes que nunca me he metido en vuestras cosas y no pienso hacerlo, pero es que quiero que me aclares esto porque estoy algo confundida. —La mujer me habla con bastante apuro.
—Dime sin problema, Rosa —le animo a que me cuente.
—Mi hijo lleva varios días viniendo a comer y, aunque no me importa, tampoco me explica qué es lo que vais a hacer con vuestra separación. ¡Ay! Parezco una suegra entrometida, no sé cómo decirlo. —Se apoya en la encimera, con cara avergonzada.
—No me pareces una entrometida, es más, agradezco tu preocupación en estos momentos tan poco agradables para todos.
Yo te lo explico. —Cojo aire y lo suelto despacio—.
Le propuse la separación a tu hijo porque llevo mucho tiempo sin sentir lo mismo por él y, además, su trato hacia mí no es el más adecuado.
Con esto no te quiero decir que me pegue, sino que lo que había entre nosotros ha dejado de existir.
Se lo comenté a él, por supuesto, y se lo tomó a broma.
Después fui a ver a un abogado para que me asesorara y me explicó un poco los pasos a seguir.
Yo se lo conté todo a Ángel y le di a elegir entre tres opciones, y aún estoy esperando su respuesta.
»Respecto a lo de cocinar, yo hacía por las tardes la comida del día siguiente para que cuando él llegara de trabajar se lo encontrara todo hecho, pero, viendo cómo se comporta conmigo y mi decisión de separarme, no creo que sea muy normal que se la siga preparando como si no pasara nada.
Yo quiero que esto acabe de la mejor manera posible, por el bien de todos, sobre todo por el de las niñas, pero tu hijo no me lo está poniendo fácil, Rosa —le suelto todo del tirón.
—Me lo imagino. Ya te digo que es igual que su padre, egoísta por naturaleza. No ha sabido cuidarte como te mereces, y ahora seguro que se tiene que estar arrepintiendo —asegura con pena en la mirada.
—Pero eso ya no importa, de verdad. Quiero continuar mi vida y que mis niñas sigan siendo felices.
Delia parece que lo ha asumido bastante bien, pero a Blanca la veo como si no se lo creyera del todo, aunque es normal, seguimos los cuatro viviendo bajo el mismo techo, ¡si incluso cenamos juntos!
Y no creo conveniente que eso se convierta en algo habitual.
Quiero terminar con esto ya y no veo el momento.
—Tú no te preocupes. Voy a tener una charla con él en cuanto encuentre la ocasión idónea y te ayudaré en todo lo que pueda. —Me agarra la mano con afecto.
—Tampoco quiero que discutas con él por este tema, Rosa. No me gustaría que también os salpicara de mala manera a vosotros.
—Lo que no es normal es que mi hijo siga como si no pasara nada ante una situación así. Debe espabilar, que ya tiene una edad. Y, sobre todo, por las niñas; en la vida le perdonaría que las hiciera sufrir.
—Abuelita, ¿nos podemos llevar un táper con rosquillas? —pregunta Blanca, entrando en la cocina y cortándonos la conversación.
—¡Por supuesto! —responde Rosa, dándose la vuelta para limpiarse una lágrima con disimulo—. He hecho un montón para que tengáis para unos cuantos días.
—¡Qué bien! —Abraza fuerte a su abuela.
—Mami, tenemos que repasar para los dos exámenes de mañana. ¿Nos vamos ya? —dice Delia con cara de cansada, apareciendo también en la cocina.
—Sí, cielo, ya nos vamos.
—¿Podemos venir más veces a merendar? —pregunta Delia a su abuela.
—Pues claro, cariño. Ojalá vinierais todos los días. —Rosa se acerca a las niñas y las abraza.
Nos ponemos los abrigos y nos vamos. Me da un poco de pena dejar a Rosa con esa tristeza, pero sé que es una mujer fuerte y que, después de que pase todo esto, seguirá con su alegría habitual.
Ya en casa, ellas se ponen a estudiar y yo me meto en la cocina a preparar la cena. Cuando están poniéndose el pijama, llega Ángel del taller.
—¿Puedo cenar un poco de pollo? —me pregunta en cuanto entra en la cocina y ve lo que estoy haciendo.
—Claro, por qué no —respondo, acordándome de la conversación que he tenido con su madre.
—Voy a darme una ducha, pero no hace falta que me esperéis para cenar.
Le noto triste. Hacía tiempo que no le veía de esta manera. Quizá ya ha tomado una decisión. Ojalá sea así y podamos terminar con esto de una vez por todas.
—¿Dónde estás mis niñas? —las saluda cuando pasa por su habitación.
—¡Papi! Hoy hemos ido a merendar a casa de los abuelos —le cuenta Blanca.
—¿Y eso? No me dijisteis nada ayer. —Se extraña y le da un beso a cada una.
—Ha sido una sorpresa de mami —explica Delia.
—¿Y os lo habéis pasado bien?
—Sí, la abuela ha hecho rosquillas; están buenísimas —contesta Blanca, terminando de ponerse los calcetines.
—Bueno, me voy a dar una ducha. Id cenando. —Se va directo al cuarto de baño.
En cuanto las niñas están listas, sirvo tres platos con poca cantidad porque sé que después del atracón de rosquillas que se han dado poco van a querer comer ahora.
Cuando terminan, se lavan los dientes y Ángel aprovecha para entrar en la cocina.
Me da la sensación de que ha esperado a que se fueran las niñas para venir él.
—Flora, yo… —comienza a hablarme y me pongo nerviosa, no sé lo que va a pasar a continuación.
—¿Sí? —pregunto con algo de miedo.
—Esto es definitivo, ¿no? Me refiero a que la decisión de querer separarte es firme y eso.
—Sí, Ángel, lo nuestro ya no puede ser.
—Es que me cuesta creer que esto vaya a terminar así. Cuando nos casamos pensé que sería para siempre.
—Yo también, pero creía que íbamos a ser felices, y yo ya no lo soy —aseguro tajante.
—No he dejado de darle vueltas a lo que te dijo el abogado y no sé qué hacer. No me viene bien ninguna opción, es que no sé qué hacer con todo esto. —Se echa las manos a la cabeza y se tapa los ojos. Su actitud me está dejando bastante descolocada.
—Pues te agradecería, por el bien de todos, que tomaras una decisión y me la hicieras saber lo antes posible. No quiero seguir en esta situación tan extraña y negativa para nuestras hijas. Ellas no se merecen que lo hagamos mal.
—He pensado que este sábado me voy a llevar a las niñas por la tarde a casa de mis padres y pasar allí el fin de semana.
Quiero hacerme una idea de cómo sería tenerlas allí una semana sí y una semana no, como me dijiste en una de las opciones.
Tengo que probar, no quiero adelantarme y tomar una decisión de la que luego me arrepienta.
—Está bien, pero, por favor, decídete lo antes posible. —Salgo de la cocina directa al cuarto de baño, donde me miro en el espejo y respiro profundamente.
De ahí me voy a la habitación de las niñas, a darles un beso de buenas noches antes de irme a dormir. Ya recogeré la cocina mañana.