35 #2
—Me alegro mucho de que te guste, esa era la idea. Además te va a venir muy bien después de haber hecho deporte.
—Calla, calla, no me hables ahora de eso. Creo que ya no voy a hacer más hasta dentro de un año —bromeo mientras como.
—Pues es una pena haber decidido empezar para ahora dejarlo —intenta pincharme.
—Bueno, es un decir; ya veremos. Ahora quiero disfrutar de esta comida tan rica y de esta sidra. —Sonrío, acercándole el vaso para que me sirva un poco más.
A las cinco de la tarde en punto estoy en la puerta del colegio esperando a las gemelas. En cuanto se suben al coche, comienza de nuevo la tanda de preguntas. En vez de dos hijas, parece que tengo dos detectives en casa.
—Hola, mami, ¿aún no te has quitado la ropa de correr? —pregunta Delia después de darme un beso.
—Hola, cielo, no, no me ha dado tiempo. Si no, no hubiera podido venir a recogeros a la hora —explico.
—¿Pero has comido? —Ahora es el turno de Blanca.
—Sí, he comido. ¿Qué tal el colegio hoy? —pregunto para cambiar de tema porque, al final, van a saber más que yo.
—¡El examen me ha salido de lujo! —asegura Delia, eufórica.
—A mí también, estaba chupado —dice Blanca muy contenta.
—¡Cuánto me alegro! ¿Tenéis muchos deberes? —les pregunto.
—Muy pocos, pero hay que hacer una redacción un poco rollo —se queja Delia.
—¿Y la merienda? —pregunta Blanca, haciendo que casi se me pare el corazón por el susto.
—¡Ay, la merienda! Pues es que pensaba que os apetecería mejor un batido de chocolate en la cafetería del polideportivo —digo, saliendo del paso.
—¡Sí, sí! —gritan las dos por la idea de merendar allí.
La verdad es que se me ha olvidado por completo hacérsela, claro, como no he estado en casa, pues se me ha pasado.
Es salir de mi rutina y olvidarme de todo.
Por un lado, está bien, pero dejar a mis hijas sin merienda…
eso sí que no. Y, como lo prometido es deuda, entramos en la cafetería del polideportivo y les pido un batido a cada una y para mí un café con leche.
Después de tomarlo, se va cada una a su clase.
Saco mis cosas del instituto y preparo alguna clase de mañana, aunque me cuesta concentrarme, más que nada porque mi cabeza se va hasta la casa de Bruno y me pongo a recordar la comida de hoy.
Cómo me río cuando estoy con él, es un tío de lo más divertido, y eso que la gente del norte tiene fama de ser más seca, pero, en este caso, no llevan razón.
De los madrileños dicen que somos chulos.
¿Chulos de qué? Ja, ja, ja, me río sola de lo que me digo a mí misma.
También los catalanes tienen reputación de ser tacaños, pero yo tuve una compañera en el instituto que era de Tarragona y siempre tenía detalles con los compañeros, no con todos, claro, pero era muy generosa.
Cuando veo que se va a hacer la hora de que terminen las niñas, recojo mis cosas, pago la merienda y me voy a por ellas; como siempre, a Blanca primero.
—Mami, la semana que viene es el festival, ¡qué guay! —cuenta Blanca, muy contenta, de camino a la clase de Delia.
—Pues sí, queda muy poquito ya —afirmo, y justo nos encontramos a Delia de risas con Bruno, ¡vaya dos!—. ¡Qué contentos salís!
—Es que hoy lo hemos hecho muy bien todos, nos va a quedar un espectáculo muy chulo —asegura Delia sin perder la sonrisa.
—Con estos niños se puede conseguir cualquier cosa.
Nunca se quejan y siempre están dispuestos a hacer lo que les diga, aunque sea un cambio de última hora —cuenta Bruno—.
Igual que algunos del instituto... Cuanto más mayores son, más difícil, y debería ser al revés, se supone que, al tener más edad, entienden mejor.
—Pues es todo lo contrario, nosotros damos clases a una etapa de lo más… No sabría qué adjetivo utilizar, quizá cambiante, quizá rebelde, quizá emocional; no sabría por cual decidirme —opino mientras caminamos hacia el coche.
—Yo diría que es una mezcla de todo lo que has dicho —dice, riéndose.
—Tienes razón. —Su risa contagia a la mía.
—Bueno, chicas, nos vemos el jueves, ¿no? —se despide de ellas—. Acordaos que es el penúltimo ensayo antes de la gran función.
—¡Hasta el jueves! —exclaman las dos al unísono, haciéndole reír, y se meten en el coche.
—Me hace mucha gracia que hablen a la vez, parece como si lo ensayaran —comenta bajito para que solo yo lo oiga.
—Te aseguro que no lo ensayan, es así siempre. —Me río—. Hasta mañana.
—Hasta mañana, Flora. —Me aguanta la mirada durante unos cinco segundos que a mí se me hacen eternos, con los ojos clavados en los míos.
Me monto en el coche con la sonrisa tonta que tengo últimamente y que, por cierto, me encanta.
—Mami, hoy Bruno estaba que se salía —cuenta Delia de camino a casa.
—¿Y eso qué quiere decir? —le pregunto porque nunca he escuchado esa expresión en su boca.
—Pues que estaba diferente, mejor que otros días. Más sonriente, más contento, más feliz; yo qué sé, mami —explica, y yo me siento un poco culpable de que tenga esa actitud.
—Pues mucho mejor, ¿no? Bruno es muy agradable y muy buena persona —afirmo sin entrar en más detalles.
—A mí me cae muy bien, ojalá me diera a mí las clases de baile clásico —opina Blanca con cara de circunstancias.
—No me imagino yo a Bruno haciendo baile —les digo riéndome y contagiándoles la risa a ellas también—. Más que nada porque no le veo yo un cuerpo muy fino como para meterse en unas mallas…
—Tiene muchos músculos, mami. Hoy se quitó la sudadera en clase y tiene los brazos muy fuertes —asegura Delia muy seria.
—Como es profesor de Educación Física, supongo que tiene que estar así. —Mi mente vuelve a recordar aquel momento en el que me abrazó.
—Además es muy guapo —suelta Blanca de repente.
—Sí, es muy guapo —opina Delia.
—Venga, niñas, coged vuestras mochilas. No quiero que os dejéis nada en el coche y que luego tenga que salir a por ello con el frío que hace, ¿vale? —Aparco y doy por terminada la conversación.
Mis niñas han salido a su madre, ja, ja, ja. Por lo que se ve, tenemos los mismos gustos, pero es verdad, Bruno es muy guapo. Y sobre los brazos, solo me he fijado así por encima, porque aún no le he visto en manga corta para apreciar sus músculos, como dice Delia.
Llegamos y van directas a la ducha. Yo me quedo en la cocina preparando la cena; ya me ducharé después.
Mientras cenamos, estoy a punto de comentarles que mañana vamos a ir a merendar a casa de los abuelos, pero prefiero esperar.
Así les doy una sorpresa y evito que se lo digan a su padre y que me pregunte cualquier cosa al respecto.
Ángel llega más tarde de lo habitual. Las niñas le saludan y, después de lavarse los dientes, me meto yo en el cuarto de baño.
Hacía mucho tiempo que no me daba una ducha antes de ir a dormir, casi siempre lo hago por las mañanas.
Parece que voy saliendo de mis dichosas rutinas y, por qué no decirlo, estoy encantada con ello.