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Me levanto con menos agujetas que ayer, aunque tampoco es que tenga el cuerpo igual que siempre.
Aún me noto las piernas doloridas al levantarme de la cama.
Espero que, a lo largo del día, se me vaya pasando.
Después de desayunar con las niñas, guardo en una mochila mi ropa para hacer deporte por si acaso me animo al salir del instituto, aunque creo que me estoy viniendo demasiado arriba.
—Mami, ¿qué llevas ahí? —quiere saber Blanca cuando salimos de casa mientras me señala la mochila.
—Ropa para hacer deporte. —Sé que se le ha hecho raro verme con ella.
—¿Vas a hacer gimnasia? —pregunta Delia, extrañada.
—Pues no lo tengo claro, pero me la llevo por si me apetece cuando salga de trabajar.
—¿Y por qué has cogido también nuestras mochilas del polideportivo? —Continúa Blanca con las preguntas, a estas niñas no se les escapa una.
—Por si acaso se me hace tarde y no me da tiempo a venir a casa antes de iros a recoger al cole. —Resoplo por dentro.
—¿Y no vas a comer? —ataca de nuevo Delia.
—Claro que voy a comer. ¡Hay tiempo para todo! —Sonrío. Parece que me hubieran sometido a un interrogatorio policial.
En cuanto llegamos al colegio, me dan un beso y se bajan del coche.
Después continúo mi camino hacia el instituto.
Hoy también está el sol iluminándonos, pero hace bastante frío.
La semana que viene ya es Navidad; cómo pasan los días de deprisa.
El martes siguiente es el último día de clases, tanto para mí como para las niñas.
Por un lado, tengo ya ganas de no madrugar; poder tomarme el día con más tranquilidad me apetece un montón.
Pero, claro, con el tema este de la separación no sé muy bien qué vacaciones navideñas me esperan. No haré muchos planes por si acaso.
Llego al instituto y no coincido con Bruno en el aparcamiento.
Será porque hoy voy con la hora pegada. Entro medio corriendo en 1.
º C, que es la clase que me toca ahora. Nada más pasar lista, me preguntan ansiosos por la nota del crucigrama, de manera que cojo las hojas con el examen y las reparto para que vean sus resultados.
—Casi todos —hablo en voz alta— habéis sacado buena nota. Este examen se aprobaba solo con haber atendido en clase; los que habéis sacado más de un siete es porque también lleváis al día mi asignatura. Y tengo que deciros que estoy muy contenta con el resultado de la mayoría de vosotros.
—¿Y no podrías hacernos siempre así los exámenes? —pregunta una alumna de la segunda fila.
—¡Eso, eso! Aprobaremos el curso a base de crucigramas —secunda otro, haciendo reír a unos pocos.
—Pues yo prefiero los exámenes normales, esto es un coñazo —dice el que siempre está en desacuerdo con todo lo que dicen los demás.
Empiezan a murmurar entre ellos, cualquier momento les viene bien para charlar y hacer debate. Se me está ocurriendo una idea para otro día, ya lo pensaré bien.
—A ver, calma. Como es difícil agradaros a todos a la vez, haré todo tipo de exámenes, para que nadie se queje.
—Observo sus reacciones—. Antes de empezar con el tema nuevo, me gustaría que me dijerais quién de vosotros tiene una colección de minerales en su casa.
—Les consulto y, de veintisiete alumnos, unos diez levantan la mano—.
¡Qué bien! Pues en la próxima clase, me gustaría que quien pueda los traiga y así podremos estudiarlos más de cerca.
Sigo introduciéndoles en el tema de los minerales hasta que se acaban los cincuenta minutos de clase. A continuación, me voy a 4.º A y la siguiente hora la tengo libre, así aprovecho para quedarme calentita en la sala de profesores y mandarle un mensaje a Bruno.
Hola, salgo a las tres, pero me he traído
la ropa de deporte por si mi entrenador
personal quiere darme una clase práctica
suave.
Me quedo mirando el móvil como una tonta, esperando su respuesta, pero no llega. De repente, se abre la puerta de la sala de profesores y aparece él con su sonrisa habitual.
—Buenos días, Flora, ¿cómo llevas hoy las agujetas? —Deja un par de carpetas sobre la mesa.
—Parece que mejor que ayer, aunque no te voy a negar que todavía me duele un poco todo el cuerpo. —También he sentido una sensación extraña en el estómago cuando le he visto entrar por la puerta.
—Te iba a escribir un mensaje ahora para ver cómo estabas.
—¡Qué casualidad! Justo ahora mismo te acabo de mandar uno.
—¡Vaya! —exclama, desbloqueando la pantalla de su móvil—. Como lo tengo en silencio no me he enterado. Espera, voy a leerlo. —Se ríe mientras lo ve—. Yo hoy salgo a las dos. —Se queda pensativo—. ¿Te parece bien venirte a mi casa cuando salgas de aquí y seguimos con la segunda clase?
—Sí, perfecto, aunque espero que el hambre no me quite las ganas de hacer deporte —aclaro con una sonrisa.
—De eso también me encargo yo —afirma, guiñándome un ojo justo antes de salir por la puerta—. Nos vemos en mi casa.
Sus palabras, aunque no están cargadas de intención, en mi mente suenan llenas de sensualidad.
Ahora, cada vez que estoy con él, tengo este tipo de pensamientos.
Sí, sé que está muy bueno y que tiene un cuerpo de diez, pero de ahí a que me vengan a la cabeza semejantes ideas…
Nunca me había pasado, al menos hasta la ahora.
Con Ángel nunca me ha ocurrido algo parecido, quizá era la edad o la inocencia.
De mis comienzos con él solo tengo buenos recuerdos de cómo nos conocimos, de cómo nos dimos nuestro primer beso y de lo nerviosa que me ponía cuando sabía que nos íbamos a ver.
Supongo que cualquier principio en una relación de pareja es así, estamos tan enamoradas que no vemos más allá, todo nos parece único, precioso, distinto, como si no se pudiera ser más feliz en la vida.
Después, pasa el tiempo y esas sensaciones van disminuyendo o van subiendo y bajando, depende del momento y de cada pareja.
En mi caso, han ido bajando y bajando...
No me atrevería a calcular exactamente cuándo comenzó a pasarme esto con Ángel, pero diría que al poco de nacer las gemelas.
Sentir que no tenía ninguna ayuda por su parte, no poder contar con él para nada, no sentirme apoyada, verme sola para todo…
Creo que todo eso ayudó al declive de nuestro matrimonio, al menos en lo que a mí se refiere.
El resto del día, hasta las tres de la tarde, se me hace eterno. Estoy deseando volver a mover el esqueleto —en el sentido deportivo de la palabra— y ver a Bruno fuera de aquí también.
En cuanto llego a su casa, me abre la puerta deprisa, como siempre. Parece que me estuviera esperando pegado a ella.
—¡Hola! Si quieres puedes cambiarte en mi habitación, ya sabes dónde es —dice mientras se mete corriendo en la cocina.
—¡Qué bien huele! —Me deshago del abrigo y lo dejo apoyado en el sofá.
—¡¡Mejor sabrá!! —grita desde allí—. Venga, cámbiate, si no, no nos va a dar tiempo.
Subo las escaleras hasta llegar a su habitación y me quito la ropa. Mi cabeza empieza a hacer de las suyas, pues me estoy desnudando e imagino que entra por la puerta y…
—¿Estás ya lista? No nos va a dar tiempo a comer —me habla desde el principio de las escaleras.
—¡Ya bajo! —contesto mientras me ato las zapatillas deportivas.
Sus palabras me han cortado la película que me estaba haciendo.
Bajo deprisa al salón, donde me está esperando con una sonrisa.
¡Si él supiera lo que estaba pensando hace tan solo unos instantes!
Después, me lleva a la parte de atrás. Hoy ha preparado una especie de circuito, pero antes me explica lo que debo ir haciendo en cada posta.
—Menos mal que solo iba a ser media hora… —refunfuño con la respiración muy agitada justo al terminar.
—Y media hora ha sido, yo no miento —asegura, sonriendo. Me parece que lo de «yo no miento» se lo dijo una vez a las niñas, me suena.
—Pero quedamos en que sería algo suave, Bruno. ¡Menuda paliza me has dado! No has tenido en cuenta que aún tengo agujetas y me duele todo —protesto.
—Perdona, creía que estabas mejor —se disculpa sincero y me mira con ternura—. Vamos dentro, no quiero que cojas frío.
Entramos en la cocina y me bebo un gran vaso de agua. Después, voy al aseo a lavarme bien la cara y a quitarme un poco el sudor. Miro el reloj y son las cuatro de la tarde. Estoy muerta de hambre, algo no muy habitual en mí.
—Espero que te guste lo que te he preparado —le oigo decir.
—Seguro que si sabe cómo huele, estará delicioso.
Sirve los platos y los acompaña con dos vasos de sidra.
—Sé que le pegaría más un vino tinto, pero no suelo tener en casa porque no me gusta beber solo. Espero que te guste la sidra asturiana.
—Si te soy sincera, nunca la he probado así. Siempre he bebido la que es como el champán, con muchas burbujas.
—Lo suyo es escanciar un culín y bebérselo de un trago —explica—. Se sirve lo justo para ser bebido, no para tenerla en el vaso un rato como pasa con el vino.
—¡Qué curioso! Nunca te acostarás sin saber algo más —comento con humor.
—Venga, pruébala, a ver si te gusta.
—Tiene un toque como amargo —observo después de haberme bebido lo que tenía servido en el vaso—. Sin embargo, al final, es como dulce. No sabría definir bien el sabor, pero sí que me gusta, ¿me pones un poco más?
—Por supuesto. —La sonrisa no le desaparece ni un segundo de la cara.
—A lo que no creo que me atreva es a servirla como tú lo haces. Seguro que a mí se me cae todo al suelo.
—Esto es práctica, no te creas que uno nace sabiéndolo.
—No te creo, seguro que los asturianos nacéis con esa cualidad en los genes. —Suelto una carcajada.
—¿Y los madrileños con qué cualidad nacéis? —pregunta muerto de la risa.
—Pues nosotros, entre otras cosas, nacemos sabiendo comer cosas muy ricas, como la que tengo delante y que, por cierto, aún no sé qué es.
—Pruébala primero —me insta.
—Mmm, esto está buenísimo —reconozco después de saborear lo que me he llevado a la boca—. ¿Es una receta asturiana?
—Asturiana no creo que sea, pero a mí me la enseñó a hacer mi madre, así que parte de Asturias sí que tiene —comenta con una gran sonrisa—.
Creo que la receta original es griega, aunque no sé si lleva justo los mismos ingredientes.
Yo la aprendí a cocinar así y así continúo haciéndola. Se llama musaka.
—Menudo cocinero estás hecho. Está buenísimo, de verdad —afirmo, sincera.