Eres la razón de mi sonrisa 34
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Suena el despertador y apenas si me puedo mover.

Me siento como si me hubieran dado una paliza en todo el cuerpo.

Me levanto con mucho esfuerzo y me meto en la ducha.

Ni siquiera el agua caliente logra quitarme el dolor que tengo.

Cualquier movimiento me cuesta. Ya me advirtió Bruno que hoy tendría agujetas, y la verdad es que no me lo terminé de creer mucho, pero ahí están. Tenía razón.

Me visto con dificultad. Me cuesta tanto levantar las piernas que parece que tuviera cemento en los pies en vez de zapatillas de andar por casa.

Entro en la habitación de las niñas para despertarlas y hasta se me hace duro levantar los brazos para subir la persiana.

Cuando voy a la cocina a preparar el desayuno, oigo la puerta de casa cerrarse; eso quiere decir que Ángel se acaba de ir al taller.

Después de desayunar, cogemos todas nuestras cosas y nos montamos en el coche.

—No es que te odie, la verdad, pero estoy a punto de hacerlo —le digo a Bruno en cuanto le veo en el aparcamiento del instituto.

—Buenos días para ti también, Flora —saluda en tono jocoso.

—Si llego a saber que hoy estoy así, hubiera hecho la mitad de la mitad de la mitad.

—Tampoco hicimos tanto, lo que pasa es que llevabas mucho tiempo sin hacer nada y tu cuerpo estaba como oxidado. —Se aguanta la risa.

—¿Oxidado, dices? —Le miro, fingiendo estar enfadada—. Si llego a saber esto, te aseguro que te llevo al peor bar de todo Madrid a comer calamares.

—No sabía yo que eras tan vengativa. Tendré cuidado contigo la próxima vez. —Se hace el ofendido.

—Hablando de próxima vez, ¿cuándo continuamos con el entrenamiento? —pregunto mientras caminamos hacia el interior del instituto.

—Hoy deberías descansar. Mañana, si te encuentras mejor, podemos salir a trotar un poco.

—Tendría que organizarme un poco la semana, porque de lunes a miércoles salgo a las tres de la tarde y luego, a las cinco, voy a por las niñas al cole —explico, haciendo cálculos.

—Bueno, sin prisa, ya me dirás algo a lo largo del día. Me voy, que quiero organizar el gimnasio para que jueguen al beisbol los de 3.º B.

—Vale, que se dé bien el día —digo a modo de despedida, y cada uno toma una dirección diferente.

La mañana pasa bastante rápido y en la hora del recreo me quedo en la sala de profesores organizándome un poco la semana.

Como cosas extra, tengo que hacer deporte, ir a ver a Rosa y comprar las cortinas para la casa de Bruno.

A ver cómo me las ingenio para hacer todo antes de las cinco de la tarde.

Quizá vaya a ver a Rosa después del colegio de las niñas y así pasamos la tarde allí, seguro que hasta me agradece que le lleve a sus nietas; pero hoy no, ya las vieron ayer, con lo cual, lo ideal es que sea el miércoles o el viernes.

Para ir a por las cortinas sería mejor el jueves o el viernes, ya que a las dos de la tarde salgo del instituto y así tenemos una hora más para mirar tiendas sin prisas.

Y lo de hacer deporte… pues no sé, pensar en eso ahora mismo con el dolor que tengo, se me hace bastante difícil. Mejor lo planeo después.

A las tres de la tarde salgo del instituto.

No he vuelto a ver a Bruno a lo largo del día y eso me fastidia un poco.

Llego a casa y me caliento los canelones de Rosa.

Tenían razón las niñas, están buenísimos, vaya mano que tiene en la cocina.

Después, me siento un rato en el sofá y la llamo para ver si le viene bien que vayamos el miércoles a merendar, a lo que ella responde que sí muy contenta.

Me voy al colegio a recoger a mis gemelas sin haber hecho nada del instituto.

Bueno, después lo haré. La verdad es que me duele tanto todo el cuerpo que no tengo ganas ni de moverme; hasta montarme en el coche en un suplicio.

—Hola, mami, tengo mucha hambre —dice Blanca, subiéndose al coche.

—Pues eso lo soluciono en cuanto lleguemos a casa.

—Es que hoy la comida estaba malísima. No me gustan nada las judías verdes que hacen en el colegio —secunda Delia, poniendo una mueca de asco.

—¿Tú qué has comido hoy, mami? —quiere saber Blanca.

—Los canelones que me trajisteis ayer de casa de la abuela.

—Esos sí que están ricos, ¿han sobrado? —pregunta Delia.

—Sí, os he guardado. —Sonrío.

—¡Bien! —gritan las dos en el coche.

Cuando llegamos a casa, meriendan y nos ponemos cada una con nuestros deberes.

Esta semana tienen dos exámenes, con lo cual, tendrán que estudiar un poco más.

Creo que debería tener una charla con Blanca.

Me da la sensación de que no lleva muy bien esto de que su padre y yo vayamos a separarnos.

En cuanto encuentre el momento hablaré con ella.

De repente, me suena un mensaje en el móvil y me saca de mis pensamientos:

¿Qué tal vas con esas agujetas?

¿Mejor?

Es Bruno preocupándose por mí, cosa que me hace mucha ilusión; en realidad, todo lo que tiene que ver con él me ilusiona. Le respondo:

Pues no, llevo un día fatal, me duele todo

y no tengo ganas de moverme, pero, claro,

tengo obligaciones como madre, profesora

y ama de casa, y no puedo quedarme en el

sofá tirada, que es lo que más me apetece.

En la pantalla del teléfono móvil veo que está escribiéndome de nuevo, espero que no se le ocurra decirme que las agujetas se quitan haciendo más deporte porque no pienso moverme.

Tranquila, verás cómo mañana te encuentras

Mejor. Solo has de tener paciencia y, sobre todo,

no dejar el deporte por culpa de las agujetas.

Piensa que si ya no haces nada en toda la semana,

después volverás a tenerlas y no habrá merecido la pena.

¿Qué tal si mañana hacemos algo suave para

compensar lo de ayer?

Mis palabras, aunque sin ninguna intención, me suenan cargadas de erotismo, ya empieza otra vez mi mente a volar sola. Su respuesta no tarda en llegar:

No puedo negarme a tu proposición, así que en el

instituto ya concretaremos la hora. Que descanses.

—¿Qué estás viendo en el móvil, mami? —pregunta Delia, observándome.

—Nada, ¿por? —contesto guardando deprisa el teléfono en el bolsillo.

—Por la sonrisa tan guay que tenías, seguro que era algo muy chulo porque nunca te he visto así. —Su respuesta me descoloca, los niños se fijan más de lo que los padres nos creemos.

—Venga, si habéis terminado ya, id a la ducha. —Cambio de tema y hago como si no hubiera pasado nada importante unos minutos antes.

—¿Qué vamos a cenar? —pregunta Blanca guardando sus libros en la mochila.

—Pues pensaba hacer salchichas con tomate, ¿os apetece? —les propongo—. Y también los canelones que quedan.

—¡Vale! —responden las dos al unísono.

Una vez más, vuelvo a echar más salchichas a la sartén para que Ángel cene, sigo siendo la misma tonta de siempre, eso no lo puedo cambiar. Ceno con las niñas algo más temprano, así no coincido con él y no tengo que poner una excusa para no sentarme a la mesa.