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No es que haya hecho nada malo, pero, de momento, prefiero que Ángel no sepa si salgo o si entro, más que nada porque sé los comentarios que va a hacer y no estoy dispuesta a escucharlos otra vez.
Me dirijo a la cocina y corrijo el crucigrama que puse para el examen, así mañana les doy ya la nota.
Qué rara está la casa tan en silencio, se nota que no están ellas por aquí revoloteando. Como atraídas por mis pensamientos, oigo que entran corriendo por la puerta de casa.
—¡Mami, mami! —gritan las dos.
—¡Estoy en la cocina! —Elevo la voz mientras recojo mis cosas.
—¡Mira lo que nos ha dado la abuela: un montón de galletas y también canelones para ti! —exclama Delia, enseñándome la bolsa que trae con varios táperes.
—Qué detalle tan bonito ha tenido Rosa. Luego la llamaré para darle las gracias. —Las abrazo con fuerza—. Os he echado de menos.
—Nosotras también a ti, mami —dice Blanca sin dejar de abrazarme—. El abuelo nos ha enseñado a jugar al chinchón; es un juego de cartas. Nos lo hemos pasado superbién.
—Así ya tenéis otra cosa para entreteneros cuando estéis aburridas —comento, ayudándolas a quitarse el abrigo—. Teníais deberes que terminar, ¿verdad? Pues venga, venid a la cocina y los hacéis.
Mientras ellas se entretienen con sus tareas, yo preparo la cena.
Voy a hacer una crema de verduras en la olla rápida, así tardaré menos.
Además, en cuanto se ha ido el sol se nota que hace más frío, así que la crema calentita nos va a sentar de maravilla.
A Ángel sé que no le hace gracia, pero es lo que hay.
Tampoco me ha saludado al llegar, con lo cual, si yo le doy igual, le dará igual mi cena.
Después de terminar los deberes, se meten en la ducha, se ponen el pijama y vuelven a la cocina para cenar.
Sirvo tres cremas y las pongo sobre la mesa. Blanca mira los platos.
—¿Papi no va a cenar?
—No lo sé, no me ha dicho nada —respondo tan tranquila.
—Blanca, no te metas, que no es cosa tuya —le regaña Delia, haciéndome reír por dentro.
—Me meto en lo que quiero, además, solo estaba preguntando —le rebate Blanca.
—Bueno, niñas, no quiero que os peleéis —digo en un tono muy suave. No quiero que venga su padre a ver qué pasa.
Cenamos mientras me cuentan, entre risas, cómo se juega a lo que el abuelo les ha enseñado.
—¿Vais a querer algo más? —pregunto cuando dejo mi plato en el fregadero.
—Yo no. Hemos comido muchos canelones donde los abuelos —contesta Delia con una sonrisa.
—Yo tampoco. Creo que he comido demasiadas galletas, me duele la tripa —dice Blanca, apartando su cuchara.
—Bueno, puedes dejar un poco si quieres, pero solo porque habéis comido muy bien donde los abuelos. Por cierto, voy a llamar a Rosa para agradecerle el táper.
Las niñas recogen sus platos y van a lavarse los dientes. Yo cojo el móvil del bolso, que el teléfono fijo está en el salón y no quiero que Ángel me oiga.
—¿Sí? —pregunta Rosa al otro lado de la línea.
—Hola, Rosa, soy yo, Flora. ¿Cómo estás?
—Bien, hija, bien, aunque un poco cansada. Como no estoy acostumbrada a tener a las niñas por aquí, se nota cuando vienen. ¡Qué te voy a decir yo que tú no sepas! —En su voz noto que está sonriendo.
—Pues sí, la verdad es que no paran ni un momento. Aunque, bueno, dicen que eso es señal de que están sanas, así que no nos queda otra que esperar a que crezcan y se vuelvan más tranquilas. —Me río—. Por cierto, muchas gracias por los canelones y por acordarte de mí.
—Hija, ¿cómo no me voy a acordar de ti? Te confieso que se me ha hecho raro no verte hoy, pero supongo que debo acostumbrarme a eso. —Ahora percibo en su tono algo de tristeza al hablar.
—Voy a seguir yéndoos a ver. Que me separe de él no quiere decir que vaya a alejarme también de vosotros.
—Lo sé, hija. A mí me daría mucha pena que ya no nos viéramos.
—No digas tonterías, Rosa, sois los abuelos de mis hijas. Mira, la semana que viene te prometo que voy una tarde, ¿te parece bien?
—Cuando quieras, ya sabes que nosotros no vamos a ningún sitio por las tardes.
—Pues entonces, hasta la semana que viene. Y gracias de nuevo por el táper.
Cuando cuelgo el teléfono, me invade una sensación de pena.
Sé que los padres sufren cuando los hijos se separan y me da mucha lástima por Rosa, pero lo que no puedo hacer es seguir con alguien que no quiero y que, encima, me trata con desprecio para que los demás estén contentos.
Como le acabo de decir, la semana que viene me pasaré una tarde a verla.
Termino de recoger la cocina y me suena un mensaje en el móvil:
He cenado una crema de verduras para
amortiguar el impacto del bocadillo de
calamares sobre mi cuerpo. Por cierto,
estaba buenísimo. Gracias por descubrirme
parte de la gastronomía de tu ciudad.
Buenas noches.
Solo con leer sus palabras ya se me dibuja una sonrisa en los labios. Debo parecer un poco tonta vista desde fuera, pero no lo puedo evitar. Mis dedos se deslizan por el teclado para darle una respuesta:
Pues aunque no te lo creas, eso mismo
he hecho yo para cenar. No me des las
gracias todavía, aún te queda mucha
gastronomía por descubrir. Hasta mañana.
Y con la sonrisa esa que se me ha quedado, me voy a la cama. Mañana comienza una nueva semana.