Eres la razón de mi sonrisa 33 #2
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—Yo soy más de jugar al fútbol que de verlo en la tele. En mi pueblo nos reuníamos unos cuantos y echábamos unos buenos partidos todos los domingos —cuenta con melancolía al dejar a un lado el estadio Santiago Bernabéu.

—Añoras tu tierra asturiana, ¿verdad?

—Sí y no. Por un lado, echo de menos a mi familia, al mar y al paisaje; pero, por otro, debo admitir que aquí no estoy nada mal.

Tengo un buen trabajo en el instituto, incluso la sustitución que hago en el polideportivo me gusta mucho.

La casa que me he comprado está bastante bien, aún a falta de las cortinas y de la mayoría de los muebles —dice esto último riéndose— y… también estás tú.

—Me alegro de ser una parte positiva en tu cambio de vida.

Intento aparentar tranquilidad, aunque después de escucharle decir lo último me ha entrado de todo por el cuerpo.

—Pues sí, me gusta tu compañía. Me lo paso bien contigo y, además, me interesa tenerte cerca para que me asesores en la compra de los muebles que aún me faltan —bromea, guiñándome el ojo.

—A mí también me viene bien tu compañía, no te vayas a creer que no, así tengo entrenador personal gratis y niñero eventual —digo, devolviéndole la pelota, y le escucho reír a carcajadas.

—Buen golpe. Eres muy divertida, ¿lo sabías?

—Nunca me lo habían dicho —contesto con un poco de vergüenza.

—No tengo duda de que eres mucho más de lo que te han hecho creer durante muchos años —asegura poniéndose serio.

Continúa conduciendo bajo mis indicaciones y aparcamos en un sitio alejado. Desde aquí, cogemos el metro para ir mucho más cómodos. Para él es su primera vez en este transporte.

Llegamos al bar donde hacen —o por lo menos hacían— los mejores mejillones de todo Madrid. Quiero sorprenderle con la gastronomía madrileña.

—Están de vicio, ¿a que sí? —pregunto, limpiándome la boca con una servilleta.

—Ni que lo digas, además tienen mucho hierro y apenas tienen grasas —explica, sacando su vena nutricionista.

—A ver si después me puedes decir algo de lo siguiente que quiero que pruebes, pero eso ya será en otro sitio, aquí no los tienen —apunto, misteriosa.

Después de comernos una buena ración, nos vamos caminando hasta otro bar donde, según mi opinión, hacen los mejores bocadillos de calamares.

Nos sentamos también en la barra y pido dos junto con una cerveza para cada uno.

Su cara me dice que le han encantado desde el primer mordisco, aunque yo no tenía ninguna duda.

—A ver si me puedes decir qué cualidades nutritivas tienen estos calamares —le reto con la mirada.

—Pues como son fritos, no te puedo decir cosas muy buenas, y encima con pan blanco… —observa, haciéndome reír—. Pero, en su favor, debo decir que están buenísimos.

Me da la risa y casi me atraganto con la cerveza; me ha hecho mucha gracia la cara que ha puesto para decírmelo.

—Me alegro de que te gusten, esa era la idea. Hacía años que no venía aquí, pero veo que siguen haciéndolos igual de ricos que antes.

—Espero que no me digas que hoy me vas a enseñar toda la gastronomía madrileña, porque ya no tengo más hambre —asegura, dando un trago a su cerveza.

—No, el cocido madrileño, los callos a la madrileña y la oreja a la plancha lo vamos a dejar para otro día, ¿te parece bien? —Me río.

—Sí, mejor, aunque lo que sí que me apetece es un café —comenta levantándose de la silla—. Seguro que conoces alguna cafetería interesante donde tomarnos uno tranquilos, sin tanta gente. No sabía yo que Madrid tenía tanta vida en los bares.

—Y por las noches ya ni te cuento, pero eso para mí pasó a la historia. Desde que tuve a las niñas, se acabó salir por ahí. —Me quedo un momento callada—. Venga, vámonos, creo que sé de un sitio que te puede gustar.

Pagamos y nos abrigamos antes de salir. Qué diferencia de temperatura al salir a la calle; corre un airecillo bastante frío.

Aun así, estoy fenomenal porque voy contenta, a gusto y muy bien acompañada.

Caminamos bastante; nos va a venir bien para bajar todo lo que hemos comido, y llegamos a una cafetería de esas que tienen más años que una abuela, con mesas y sillas de hierro, paredes llenas de fotografías antiguas, música suave de fondo y que parece que te transporta a otra época.

Nos sentamos en una mesa y le pedimos dos cafés a un camarero que viene a atendernos.

—Este sitio tiene solera, ¿eh? —opina, mirando todo a su alrededor—. Me siento como si estuviera en una película de esas de los años 50.

—Pues sí, la verdad es que este sitio tiene magia.

No sé si es la decoración, el espíritu de los antepasados que vivieron aquí o que cada vez que viene alguien deja un poquito de su alma, pero el caso es que este lugar es especial.

Entré por primera vez hace muchos años, cuando empezaba la facultad.

Vine con unas amigas; llovía a cántaros y queríamos refugiarnos.

Fue entrar y sentirme distinta, no sé explicar muy bien por qué —le cuento recordando aquel momento.

—Creo que puedo entenderte; parece que hay algo en el ambiente.

—Espero que el café esté a la altura del sitio. —Sonrío—. Si estuvieran aquí las niñas, se hubieran pedido un chocolate con churros, seguro.

—También es típico de Madrid, ¿verdad?

—Bueno, imagino que se pueden tomar en muchas partes del mapa. Sin embargo, aquí tenemos de todo y todo bueno, lo único que nos falta es la playa, pero no podíamos ser perfectos, ¿no? —Nos reímos.

—Yo he crecido rodeado de mar y la verdad que eso sí que lo echo de menos. Iba cada día a correr con el mar de fondo y es una sensación inigualable. —Su voz suena melancólica.

—¿Me vas a contar algún día qué es lo que te hizo venirte de allí?

—San Juan de la Arena es un pueblo que está justo en la desembocadura del río Nalón, en el Cantábrico.

El paisaje te puedes imaginar cómo es; si te digo espectacular, me quedo corto, pero yo qué te voy a decir si soy de allí.

Tuve una infancia feliz. Mis padres trabajaban en una conservera; allí se conocieron.

Después, cuando nos tuvieron a mi hermana y a mí, mi madre dejó de trabajar y se dedicó a la familia.

No es que fuéramos ricos, pero nunca nos faltó lo esencial y crecimos valorando todo lo que teníamos, algo que ahora veo que los niños no hacen.

—Te entiendo, ahora nada es suficiente —asiento, dándole la razón—. Pero, sigue, me interesa mucho todo lo que me cuentas.

—Siempre me ha gustado mucho el deporte y, desde adolescente, ya tenía claro que quería ser profesor de Educación Física.

Pero en Asturias no había facultad para estudiar Ciencias del Deporte, así que tuve que irme cuatro años a La Coruña, lo más cercano que quedaba de casa, y allí compartí piso con dos compañeros más.

Volvía todos los viernes al terminar las clases y regresaba los domingos cargado con táperes que me preparaba mi madre. —Se ríe.

—¿Y te adaptaste bien tan joven a estar lejos de los tuyos? —pregunto con interés.

—Sí, yo soy un poco camaleónico, me adapto bien a cualquier sitio; por ese lado no hay problema. Cuando terminé los estudios, me volví al pueblo, donde pude trabajar en dos colegios y en el polideportivo municipal —cuenta sin que le desaparezca la sonrisa.

—Me quedaría escuchándote toda la tarde, Bruno, pero creo que es hora de que me vaya —comento con fastidio, mirándome el reloj.

—Sí, sí, tranquila, voy a pagar los cafés y nos vamos —dice, levantándose deprisa.

Caminamos hasta la boca de metro más cercana y volvemos hasta donde dejamos aparcado el coche.

Después conduce hasta su casa, donde dejé el mío.

Por el camino no hemos seguido hablando de su pasado en Asturias; la conversación se ha centrado en Madrid.

Me ha preguntado por edificios que veía al pasar o por cosas que le han ido llamando la atención.

—El próximo día quiero que continúes contándome tu historia —digo antes de despedirme.

—Te aseguro que es bastante normal, no hay nada llamativo —reconoce con una sonrisa.

—Bueno, quizá es por la forma tan bonita que tienes de contar las cosas, da gusto escucharte —halago, ruborizándome después.

—Gracias por el cumplido, nunca me habían dicho algo así —susurra un poco avergonzado, pero con ternura.

—Me tengo que ir, quiero estar en casa antes de que lleguen las niñas, que no pase como ayer.

—¿Qué te pasó ayer? —pregunta, preocupado.

—Nada, ya te contaré —sentencio, dándole dos besos—. Me voy corriendo.

—Ten cuidado. Nos vemos mañana.

Me monto en el coche y conduzco con esa sonrisa de oreja a oreja que solo Bruno sabe sacarme.

Cada vez me gusta más estar con él, disfruto mucho de su conversación y de su compañía.

A estas alturas de mi vida, ya me había olvidado de lo agradable que es hablar con alguien sobre cualquier cosa y reírme de lo que sea, espero volver a recuperarlo.

Llego a casa y me cambio de ropa. No quiero que, cuando vengan las niñas, me vean así y me pregunten dónde he estado.