33
Me despierto de buen humor y voy a la cocina a tomarme un café.
Las niñas se levantan justo cuando salgo de allí, con lo cual, vuelvo a entrar y les preparo el desayuno.
Al rato, aparece Ángel y les da los buenos días solo a ellas, a mí no.
Y no es que los quiera, pero, por lo menos, podría tener un poco de educación, y más delante de nuestras hijas.
Yo muchas veces le preparo la cena aunque no tenga por qué hacerlo, pero bueno, cada uno es como es, y de donde no hay, no se puede sacar.
Después, les dice que van a ir a comer a casa de los abuelos y se ponen muy contentas.
Me pongo a planchar. Calculo que en una hora habré terminado.
Delia me dice que se va a sacar su propia ropa y acepto como la otra vez, pero solo si doy el visto bueno antes de que se la ponga.
Blanca se deja hacer y acepta que su hermana también se la escoja.
Ha elegido las mismas mallas para las dos, pero el color del jersey es distinto, y una lleva botas y la otra zapatillas de deporte.
Delia es más de ir cómoda y Blanca es más de ir guapa, como dicen ellas.
Me parto de risa con las ocurrencias que tienen.
Mientras ellas se visten, yo limpio el baño y hago mi cama. Por la ventana veo que el cielo está azul, no hay ninguna nube, aunque la temperatura es fría.
—Mami, ¿aún no te has vestido? —pregunta Blanca, entrando en mi habitación.
—Vamos nosotras solas con papi a casa de los abuelos, mamá no viene —le explica Delia a su hermana detrás de ella.
—Ah… —dice Blanca y sale de la habitación.
Parece que Delia ha asumido sin problema el tema de la separación, pero creo que Blanca sigue sin asimilarlo del todo, y no me extraña, ya que continuamos viviendo los cuatro juntos como si no pasara nada. A ver si Ángel por fin se decide y terminamos con esto de una vez.
—Papi, ¿vendremos muy tarde? —pregunta Blanca a su padre en el salón.
—No lo sé, ¿por qué?
—Es que aún nos quedan deberes por terminar —contesta Delia, creyendo que su hermana va a decir algo sobre mí.
—Bueno, pues después de merendar nos volvemos, ¿os parece? —comenta Ángel sin esperar respuesta.
Las niñas se despiden de mí con un abrazo muy fuerte y se van los tres dejándome una sensación que pocas veces he tenido, quizá porque no estoy acostumbrada a una situación como esta.
Es como una mezcla entre alegría y tristeza, no sé describirlo bien.
Por un lado, estoy contenta de tener tiempo para mí; pero, por otro lado, me da pena ver que no se han ido tan contentas como otras veces cuando hemos ido a ver a los abuelos.
Supongo que es parte del proceso de separación y, aunque duela, hay que pasarlo.
Me bebo un gran vaso de agua y cojo el teléfono para llamar a Bruno.
—¡Buenos días! Espero no haberte despertado —saludo en cuanto descuelga el teléfono.
—Buenos días, Flora, qué va, me estaba tomando un café.
—Que estaba pensando que…
—Que te apetece estrenar todo lo que te compraste ayer. —Termina la frase por mí.
—¡Exacto! Veo que aparte de profesor de Educación física y nutricionista, también eres adivino. —Nos reímos los dos.
—Y no se te olvide que también soy entrenador personal, por eso me llamas, ¿no?
—Exactamente.
—¿Puedes pasarte por mi casa y empezamos los estiramientos en el jardín? Te lo digo porque hace mucho frío fuera y lo que tengo que enseñarte lleva su tiempo. Aquí estaremos resguardados.
—Vale, voy a vestirme y en un rato estoy en tu casa. ¡Ahora nos vemos!
Cuelgo el teléfono y mi cabeza comienza a hacerse películas un poco subiditas de tono respecto a lo de «lo que tengo que enseñarte lleva su tiempo». Me río yo misma de lo que he pensado mientras me voy vistiendo. Debe ser porque hace mucho que no tengo relaciones sexuales.
En cuanto estoy lista, conduzco hasta su casa. Apenas tardo quince minutos en llegar, es domingo y no hay nada de tráfico por las calles.
—¡Aquí estoy, dispuesta a darlo todo! —exclamo cuando me abre la puerta y le doy dos besos.
—Bienvenida a tu primera clase a la que llamaremos «mañana odiaré a Bruno». —Se ríe.
—¿Tan duro vas a ser? —pregunto con cierto temor.
—No, pero si tu cuerpo lleva mucho tiempo sin hacer nada de deporte, mañana te dolerán hasta las cejas, te lo aseguro.
—No creo que sea para tanto. —Le resto importancia, riéndome.
Me quito la chaqueta polar y me lleva hasta la parte trasera del adosado, donde tiene un jardín pequeño con una parte techada.
Ahí veo varias pesas, unas cintas elásticas y otras cosas a las que no puedo ponerles nombre, aunque me suenan de haberlas visto en la tele.
Se acerca a un aparato pequeño de música y lo enciende a un volumen no muy alto para no molestar a los vecinos.
—Sin música las cosas no se hacen igual, yo me pongo música para todo y se nota la diferencia —explica, aproximándose a mí.
—Yo la pongo en el coche y poco más. Y cuando voy sola, porque cuando estoy con las niñas, como no paran de hablar, ni la escucho.
Durante algo más de media hora hacemos ejercicios de calentamiento y estiramiento, siempre al ritmo de la música y de nuestras risas.
—Bueno, ¿entonces ahora nos podemos ir ya a correr? —pregunto cuando terminamos, me siento llena de energía.
—¿En serio? Aunque tú creas que no has hecho mucho, tu cuerpo sí que lo ha hecho, verás como mañana lo notas —asegura, accediendo a la casa por la cocina.
—No creo que sea para tanto, Bruno. A ver, que tengo treinta y cinco años, no soy una abuelita de ochenta.
—Créeme, lo que hemos hecho ahí fuera es activar todas las partes del cuerpo, bueno, casi todas. —Me mira con picardía y hace que mi sangre circule a mayor velocidad—. Si ahora fuéramos a correr, te garantizo que mañana no te podrías mover ni de la cama por culpa de las agujetas.
—Vale, te creo, aunque me parece algo exagerado, pero tú eres el profesor y yo la alumna —acepto con un sonrisa.
—¿Te apetece un poco de fruta? —me ofrece, enseñándome el frutero.
—Una mandarina está bien —le agradezco y cojo una.
—Cómete un plátano también. Después de hacer deporte, el plátano viene muy bien por la cantidad de potasio que tiene —explica, tendiéndome uno.
—Pues no se hable más, me como las dos.
—Aún me queda tanto por hacer en esta casa… —comenta, mirando a su alrededor y señala los taburetes de la cocina donde nos hemos sentado.
—Si te viene bien, podemos quedar el jueves de dos a cinco para ir a mirar más cosas.
—Estaba pensando en comprar ya las cortinas, me siento como si estuviera en una pecera sin ellas. —Mira a su alrededor y se ríe.
—La verdad es que las cortinas hacen mucho en una casa, y la intimidad que te dan, ni te cuento.
Nos quedamos mirándonos a los ojos. No sé si esto lo ha propiciado la palabra «intimidad» o es mi mente calenturienta, pero el caso es que me han entrado muchas ganas de tirarme a su boca y devorarla.
«Flora, aquí Tierra llamando a Flora, ¿me recibes? Vuelve a poner los pies en el suelo y no te metas en berenjenales, ahora no es momento».
—Bueno, pues si ya es todo por hoy, me voy a casa a darme una ducha. No quiero que el sudor se me quede frío y enfermar ahora que casi van a empezar las vacaciones de invierno —digo, levantándome, y tiro la piel de la mandarina a la basura.
—Sí, será lo mejor, no me gustaría que te pusieras mala.
—¿Tienes algún plan para hoy? —pregunto de repente.
—Pues en realidad no.
—¿Quieres que comamos juntos? —planteo sin pensarlo. No sé de dónde saco el empuje para proponerle lo que se me acaba de pasar por la cabeza.
—Sí, ¿vendrán las niñas? —pregunta contento.
—Ellas están con su padre en casa de sus abuelos. Tengo libre hasta las seis de la tarde —explico, agarrando el pomo de la puerta—. Me voy, pero en un rato vuelvo a buscarte, ¿vale?
—Vale, me voy a la ducha yo también.
Nos despedimos y conduzco hasta casa, ni qué decir tiene que por el camino solo encuentro pensamientos para él, para mí y para nosotros en la ducha. En fin, otro calentón que llevo hoy.
Cuando salgo del cuarto de baño, saco del armario la blusa verde que me compré en el centro comercial el día que coincidimos con Bruno.
No es que quiera arreglarme mucho, pero sí me apetece sentirme guapa.
Me pongo unos pantalones ajustados negros, la blusa nueva y mis botas altas.
Me maquillo con un poco de sombra verde, máscara de pestañas negra, un poco de colorete y brillo en los labios.
Me dejo el pelo suelto, como casi siempre lo llevo.
Me miro al espejo y me gusta lo que veo.
Quizá vaya algo atrevida, aunque creo que, en realidad, lo que llevo es un aspecto distinto del habitual y eso es lo que hace que me sienta atrevida.
Me perfumo un poco, cojo el abrigo y me dirijo de nuevo hacia su casa.
—¡Guau! —exclama al abrir la puerta—. Estás preciosa.
—Gracias. —Sus palabras hacen que me ruborice por completo, espero que con el colorete que me he puesto no me lo haya notado—. ¿Estás ya listo?
—Casi, me falta calzarme.
No estará listo, pero lo que sí está es impresionante, ¡madre mía!
Ayer ya me quedó claro que en vaqueros está buenísimo, y hoy me reafirmo.
Es alto, fuerte, por eso sus abrazos me hacen sentir segura y protegida.
Sus manos son grandes; seguro que cuando te lleva de la mano no hay forma de que te pierdas.
Sus piernas deben ser la envidia de más de un futbolista.
Su torso, aunque no le he visto sin camiseta, tiene que ser de los que sirven para lavar ropa en sus abdominales, sin ninguna duda.
Y sus ojos solo me transmiten tranquilidad.
Tiene una mirada serena y llena de luz azul.
Resumiendo: está cañón. Y todo esto lo puedo afirmar solo viéndole vestido.
Además, no sé qué perfume es el que usa, pero huele fenomenal, de ese tipo de olores que se te meten dentro y...
«Flora, aquí Tierra llamando a Flora, ¿me recibes?» .
Salimos de su casa y nos montamos en su coche.
Dice que tiene ganas de conducir, con lo cual, me dejo hacer y me pongo de copiloto.
Según va pasando por determinados sitios, le voy contando lo que es, en qué zonas estamos o lo característico que veo que tal vez le puede interesar, así también se familiariza con la ciudad.