Eres la razón de mi sonrisa 32 #3
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—Te agradezco mucho el regalo que me has hecho, no tenías por qué haberte molestado.

—Acéptalo como si fuera un regalo de agradecimiento por toda la ayuda que me has prestado —declara mientras mira la carta de raciones.

—¿Que yo te he ayudado a ti? —Me río—. Te recuerdo que fuiste tú quien se quedó con mis niñas cuando tenía que hablar con mi marido, cuidaste a Blanca cuando estaba mala mientras yo iba a la cita con el abogado y también recogiste a Delia del colegio,

la llevaste al polideportivo y la devolviste sana y salva a mi casa. ¿Quién ha ayudado a quién?

—Pues si estás pensando en comprarme unas zapatillas no lo hagas, por suerte, tengo varias —asegura, haciéndome reír a carcajadas.

Pasamos el rato entre risas, anécdotas del instituto y poco más.

Aún no me ha preguntado nada por mi separación, cosa que agradezco, y yo tampoco he querido indagar en su pasado en Asturias y por qué ha venido a Madrid.

Más adelante, seguro que nos contaremos muchas más cosas.

Ahora mismo, vivo el presente y estoy tan a gusto en su compañía que me da pena que se pasen las horas.

De hecho, no me he fijado en el reloj en toda la tarde.

Miro el móvil y veo que son casi las nueve de la noche.

He perdido la noción del tiempo por completo.

—Bruno, tengo que marcharme. No es que quiera, la verdad, pero debo irme ya.

—Es una pena, con lo bien que lo estábamos pasando, pero si tienes que irte, lo entiendo.

Si él supiera que sería capaz de quedarme en su compañía horas y horas…

—Sí, mi marido ha llevado a las niñas a comer una hamburguesa y no creo que tarden mucho en volver. No me gustaría que regresaran a casa y no estar allí.

—No tienes que darme ninguna explicación, no te preocupes.

Llamamos al camarero y no me deja pagar las cañas y la ración de gambas al ajillo que hemos tomado, de manera que le digo que la próxima vez no dejaré que se salga con la suya y que le invitaré yo sí o sí. Nos montamos en mi coche y le llevo hasta su casa. Qué buena tarde he pasado.

En cuanto entro por la puerta de casa, la sonrisa que traía se me borra. Ángel está en el salón, mirándome con cara de pocos amigos, y las niñas vienen corriendo a abrazarme como si lleváramos años sin vernos.

—¡Mami, mami! ¿Dónde estabas? —quieren saber las dos a la vez.

—Eso, ¿se puede saber dónde estabas? —pregunta Ángel con exigencia.

—Mamá ha ido a dar una vuelta —respondo, mirando a las niñas e ignorándole a él.

Me voy hasta la cocina y dejo las bolsas allí. Las niñas me siguen, sin parar de abrazarme y darme besos.

—¿Pero se puede saber qué os pasa? ¿Os han echado Mimosín en la hamburguesa o qué? —digo, haciéndoles reír.

—Te hemos echado mucho de menos, mami. No pienso volver más a un centro comercial si no es contigo. —Blanca no deja de abrazarme.

—No digas eso, cielo. Seguro que os lo habéis pasado fenomenal —observo con curiosidad lo que sus caras tratan de decirme.

—Ha sido un poco aburrido. Papi no es tan divertido como tú. Además, nos metía mucha prisa para comernos la hamburguesa y venir corriendo a casa porque echaban en la tele un partido de fútbol —susurra Delia.

—Bueno, el próximo día que os lleve, seguro que no hay partido y os podéis quedar un poco más. —No quiero echar más leña al fuego.

—¿Qué llevas en esas bolsas? —quiere saber Blanca.

—¿Nos has comprado un regalito? —pregunta Delia.

—Me he comprado ropa y zapatillas para empezar a hacer deporte. Venid, os lo enseño.

—¡Qué camiseta más guay! —grita Delia, sacándola de una bolsa.

—¡Qué deportivas más bonitas! ¡Mira, Delia! —chilla Blanca, enseñándoselas a su hermana.

—¿Os habéis lavado ya los dientes? —les pregunto, guardando todo.

Mientras ellas se van al cuarto de baño, entro en mi cuarto para cambiarme de ropa.

—Esa es la vida que tú quieres, ¿eh? —señala Ángel, entrando en la habitación.

—¿Perdona? —pregunto muy seria, mirándole a la cara.

—Pues que te ha venido de lujo que me llevara a las niñas para poder hacer lo que te ha dado la gana —opina de muy mala manera.

—No tengo que darte ninguna explicación, Ángel —digo mientras me quito las botas.

—Por eso quieres separarte, para hacer lo que te apetezca y no ocuparte de nada, ¿verdad?

—Piensa lo que quieras. —Sus palabras me dan tanta rabia que no sé ni qué contestarle. La verdad es que creo que ya no le conozco en absoluto.

Sale de la habitación más enfadado de lo que había entrado, pero es problema suyo.

Ya lo que me faltaba es tener que explicarle dónde he ido y qué he estado haciendo.

Este hombre cada día me sorprende más y siempre es para peor.

Desde dentro le oigo por teléfono. Habla con su madre; me parece oír que ha quedado para ir a comer mañana a su casa con las niñas.

Me alegro por Rosa; así podrá ver un rato a sus nietas.

Entro en el cuarto de baño a desmaquillarme y cuando salgo le mando un mensaje a Bruno al móvil.

Gracias por el regalo. Estoy deseando estrenarlas.

Cuando quieras, solo tienes que decírmelo.

No ha tardado ni un minuto en responderme. Me voy a la cama con una sonrisa de esas que llenan el alma y que tanta falta me hace en estos momentos. Y todo gracias a él.