32 #2
—Es que como no estoy acostumbrado a que me llames, pensaba que habría pasado algo.
—Tranquilo, todo bien. Estaba tumbada en el sofá y me he acordado de ti.
—Yo también… Bueno, quiero decir que también estaba tumbado en el sofá.
—¡Qué casualidad! —exclamo, riéndome—. Si te digo la verdad, antes de tumbarme en el sofá, mi pensamiento era salir a hacer deporte, pero después me he dado cuenta de que no tengo ropa adecuada para hacerlo, así que me he tumbado en el sofá a ver si se me ocurría otra cosa.
Y ya ves, me he acordado de ti y te he llamado.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —Por su tono, noto su sonrisa.
—¿A lo de acordarme de ti o a lo de no tener ropa para hacer deporte? —respondo con picardía.
—A lo primero ya tengo la respuesta, te has acordado de mí y me has llamado. —Se ríe.
—También es verdad. Respecto a lo segundo no tengo ni idea, debería comprarme algo, pero es que no sé ni por dónde empezar.
—Pues ahí intervengo yo, si tú quieres, claro. Tú, bueno, vosotras, me asesorasteis con la ropa aquella tarde, pues ahora me toca hacer lo mismo contigo.
—¡Me encanta la idea! ¿Te parece bien que vayamos ahora mismo? —propongo, sentándome de golpe en el sofá esperando su respuesta.
—¿Ahora? Sí, sí, por qué no; en realidad no tengo nada que hacer.
—Pues en media hora te paso a buscar a tu casa, ¿te parece?
—Hecho. Aquí te espero.
Cuelgo el teléfono y salto del sofá para ir al cuarto de baño.
Voy a cambiarme de ropa; tampoco quiero ir demasiado arreglada, pero sí me apetece maquillarme un poco.
Me cuesta elegir qué ponerme, la verdad es que hace tanto que veo cada día las mismas prendas, que se me hace aburrido ya.
Una de las primeras cosas que quiero hacer en cuanto se haga firme la separación es renovar mi armario.
Donaré ropa que tengo desde hace muchos años y que apenas me pongo, seguro que a alguien le puede venir bien.
Al final, decido ponerme mis vaqueros favoritos, con un jersey negro fino de cuello alto y unas botas negras.
Me pongo máscara en las pestañas, un poco de colorete y me pinto los labios de un suave color granate.
Me miro al espejo y me veo bastante bien, no creo que vaya muy exagerada para ir a comprar ropa deportiva, aunque Bruno sí que me verá algo distinta de lo habitual.
Pasados los treinta minutos que le dije, llego a su casa y me abre la puerta enseguida, como si hubiera estado esperándome detrás de ella, y me hace pasar. Me acerco hasta él y le doy dos besos, algo que le deja un poco descolocado porque es la primera vez que nos saludamos así.
—Estás muy guapa —saluda sin dejar de mirarme.
—Gracias, es que es sábado —bromeo, haciéndole reír.
—¿Quieres tomar un café? —me ofrece al instante.
—No, gracias, mejor vámonos a comprar. Por cierto, tú también estás muy guapo, quiero decir que estás muy bien así, sin chándal.
No encuentro las palabras para parecer fina y formal, porque en realidad es para decirle que está guapo a rabiar y que si ya el chándal le queda bien, los vaqueros le hacen ir irresistible; pero, claro, no es plan.
—Había pensado en ir al centro comercial donde nos vimos aquella vez y me ayudasteis con la ropa, vi varias tiendas deportivas allí —propone, cogiendo su abrigo.
—Mejor vamos a otro, ¡será por centros comerciales en Madrid!
Además, en todos tienen casi las mismas franquicias, te lo aseguro, con lo cual encontraremos esas tiendas que dices sin problemas.
—Descarto su opción porque lo primero que he pensado es en qué pasaría si nos encontráramos allí con Ángel y las niñas, prefiero no pensarlo.
Salimos de su casa y nos metemos en mi coche.
Le he dicho que prefiero conducir yo para que él mientras vaya acostumbrándose un poco a los alrededores y a las carreteras.
En menos de veinte minutos llegamos a un centro comercial bastante alejado del que, supuestamente, estarán mis niñas con su padre.
Entramos en varias tiendas. En la primera ya me he comprado dos mallas deportivas y varias camisetas.
Lo único por lo que no termino de decidirme es por las zapatillas.
De momento, todas las que me gustan, según Bruno, no son buenas para correr porque tienen la suela de no sé qué o porque pesan mucho, y las que él me ofrece como las que debería comprarme, a mí no me gustan.
Con lo cual, seguimos buscando hasta que damos con las perfectas para mí: me gustan mucho por su color, son fucsias —el color favorito de las niñas y el mío también— y, además, Bruno da el visto bueno.
La única pega es el precio, que son más caras de lo que yo esperaba, así que las dejo y doy otra vuelta por el local, a ver si veo otras que estén bien y que sean más económicas.
Me acabo de dar cuenta de que he perdido de vista a Bruno y, si no me va asesorando él, yo me pierdo con este tipo de calzado. Por lo tanto, le busco con la mirada hasta que lo veo venir con una bolsa de la tienda en la mano.
—¿Nos vamos? —pregunta con esa sonrisa suya que me tanto me gusta.
—Espera un momento, tengo que encontrar unas zapatillas. Ayúdame, no puedo irme sin ellas.
—No necesitas buscar más, ya las tienes aquí —afirma, levantando la bolsa.
—¿Qué? —pregunto sin entender a qué se refiere.
—Espero que no te importe. Llevaba tiempo con ganas de hacerte un regalo y qué mejor ocasión que esta.
—Pero, Bruno, esto es demasiado. —Miro en el interior de la bolsa y veo que contiene las deportivas fucsias que tanto me habían gustado—. Además, no tenías por qué regalarme nada.
—Pues no pienso devolverlas.
Acepto su regalo con una sonrisa y le doy un beso en la mejilla.
Después de salir de la tienda, le propongo ir a tomar algo fuera del centro comercial.
Se nota que se acercan las Navidades, pues está todo lleno de gente haciendo las compras.
Aparco en el primer sitio que veo libre en una calle que, si no han cerrado ninguno, está llena de bares y restaurantes.
Entramos en uno que parece bastante antiguo, aunque tiene una pinta estupenda por dentro.
—¿Habías venido ya a este bar? —pregunta Bruno mientras se quita el abrigo. ¡Madre mía como le queda ese jersey azul marino!
—No, nunca. Esta calle sí la conozco, por eso quería venir aquí, porque me sonaba que había muchos bares y seguro que alguno nos convencía. —Me siento en un taburete alto pegado a la barra—. Imagino que Asturias es muy distinto a todo esto.
—Asturias tiene de todo, pero yo vivía en un pueblo, y ya sabes que los pueblos son muy diferentes a las ciudades —comenta con un poco de melancolía.
—Sí, tiene que ser fascinante vivir en un pueblo con toda la tranquilidad que ello conlleva.
—Sí y no. A ver cómo te lo explico yo… —Hace una pausa para pedir dos cervezas al camarero—. Cuando siempre has vivido en una ciudad grande, estar en un pueblo es maravilloso. Como tú has dicho, es muy tranquilo, pero cuando estás acostumbrado a vivir así, te apetece un poco más de ruido.
—Ya, te entiendo. Suele pasar que siempre nos atrae más lo que no tenemos.
—Lo que no tenemos o lo que nos resulta más difícil tener. —Me guiña un ojo, a lo que yo respondo dando un largo trago de cerveza para ocultar que creo que me he sonrojado.