Eres la razón de mi sonrisa 32
50%

32

Me despierto y Ángel está a mi lado en la cama. No sé a qué hora llegaría anoche, aunque tampoco es que me importe mucho, la verdad. Me meto en la ducha y, cuando salgo, entra Delia en el cuarto de baño.

—Buenos días, cielo, ¿ya te vas a levantar? Es pronto aún —digo, dándole un beso.

—Buenos días, mami. Sí, llevo un rato despierta, estoy deseando ir al polideportivo y volver a hacer el ejercicio del otro día. —Me mira con cara de ilusión.

—Seguro que hoy también te sale fenomenal —aseguro mientras me seco con la toalla.

Después, me visto y me voy a la cocina, donde está Ángel tomándose un café.

—He pensado llevar a las niñas esta tarde al centro comercial —suelta sin darme los buenos días.

—Les hará mucha ilusión —digo tranquila, sacando del armario las tazas de las niñas para llenarlas de leche.

—Buenos días, papi, ¿anoche tenías mucho trabajo? —pregunta Blanca al entrar por la puerta de la cocina.

—Esto… sí, hija, sí. Tenía mucho por terminar en el taller —le miente con descarado.

—Te perdiste la pizza —dice Delia, dándole un beso a su padre.

—Para compensaros, os llevaré esta tarde al centro comercial y nos comeremos una hamburguesa de esas que os gustan tanto, ¿os apetece?

—¡¡Sí!! —gritan las dos a la vez.

Se acaba el café, coge el abrigo y se va, despidiéndose solo de las niñas. Yo pensaba que después de lo que le dije el otro día estaría más cordial conmigo, pero veo que sigue en sus trece con su actitud hacia mí. Veremos cómo termina todo esto.

Acabamos de desayunar y me pongo a limpiar la casa, a ver si me da tiempo a dejar tendida la lavadora y a cambiar las sábanas de las camas antes de que nos vayamos al polideportivo. Lo que no me dé tiempo, ya lo haré entre esta tarde y mañana, como siempre.

—Mami, tú también vendrás al centro comercial, ¿verdad? —pregunta Blanca de camino al polideportivo.

—No, cariño, iréis solas con papá —contesto, mirando por el retrovisor.

—Blanca, papá y mamá se van a separar, y eso quiere decir que a partir de ahora tendremos que hacer cosas con ellos por separado —le explica Delia a su hermana.

—Ya, pero como seguimos viviendo en casa todos, yo pensaba que… —murmura Blanca un poco confundida.

—¿Es que no te acuerdas de las cosas que nos ha contado Valeria? Desde que sus padres se separaron, hace con cada uno cosas mucho más chulas que antes —dice Delia como si la conversación fuera entre ellas dos y yo no estuviera en el coche.

—Sí. Seguro que ahora vamos mucho más al centro comercial —afirma Blanca con una sonrisa.

—Y también a comer hamburguesas —secunda Delia, riéndose.

Yo prefiero no intervenir, ni siquiera riéndome. Voy a hacer como que no he escuchado lo que estaban diciendo. Cuando llegamos, Delia sale corriendo, se nota que está deseando entrar en clase. Blanca y yo vamos detrás caminando.

—¿Seguro que no quieres venir esta tarde, mami? —pregunta, sacando el tema de nuevo.

—De verdad que no, cielo. ¿Te resulta un problema que yo no os acompañe? —Me agacho a su altura para hablarle.

—No, es solo que se me hace raro —dice un poco triste.

—No tiene nada de malo que vayáis solas con papá al centro comercial. Lo haréis muchas veces más y lo vais a pasar superbién, ya lo verás —le animo—. Venga, vete rápido a clase o llegarás tarde.

Se aleja de mí corriendo. En el fondo, sé que le da pena que su padre y yo nos vayamos a separar; no tiene que ser fácil para un niño ver cómo su vida cotidiana cambia, aunque espero hacerlo lo mejor que pueda para causarles a mis niñas el menor daño posible.

No quiero que ellas sufran las consecuencias negativas de todo esto.

Desde luego, yo voy a poner todo de mi parte; por Ángel no puedo hablar, no sé qué hará.

Parece mentira la de años que llevamos juntos y lo poco que le conozco hoy por hoy.

Me turno, como cada sábado, un rato en cada clase para ver los ensayos. Cada vez queda menos para Navidad y para que hagan el espectáculo. También queda poco para las vacaciones, para saber qué es lo que Ángel decide y para comenzar una nueva vida.

Mi mirada no se ha cruzado con la de Bruno en ningún momento, con lo cual, doy por hecho que está molesto conmigo. Recojo a Blanca en su clase y vamos a por Delia, que viene riéndose con él.

—¡Otra vez que me ha salido perfecto! —grita Delia llena de alegría.

—¡Qué bien! —exclamo, dándole un beso—. ¿Qué tal, Bruno?

—Bien, Flora, tienes una campeona en casa. —Sonríe y le revuelve el pelo a Delia mientras vamos caminando al aparcamiento—. Bueno, mejor dicho, tienes dos campeonas en casa. Porque me ha dicho la profesora de Blanca que es de las mejores alumnas de su clase.

—¿Te ha dicho eso de mí? —pregunta Blanca, algo desconfiada.

—Pues claro, yo no miento —contesta, revolviéndole el pelo también a ella.

—Venga, niñas, subid al coche, que hace frío —les pido, abriéndolo.

—Que tengáis buen fin de semana, chicas, ¡que lo paséis muy bien! —Bruno levanta la mano a modo de despedida—. Que lo pases bien tú también, Flora.

—Gracias, igualmente. —Me despido con una sonrisa y me subo al coche.

Me hubiera gustado hablar más con él y preguntarle si está aún molesto conmigo, pero es que delante de las niñas no quiero tener según qué tipo de conversaciones con él.

No quiero que malinterpreten mis palabras o mi expresión corporal y saquen conclusiones precipitadas; vamos, hablando claro, que no quiero que mis hijas noten que me gusta Bruno.

Porque sí, hoy lo he tenido claro, me gusta y mucho. Aunque sé que no es momento para conquistas, ahora es momento para solucionar mi situación matrimonial y dejar las cosas bien atadas.

Por el camino no dejan de contarme lo que han hecho en las clases, la verdad es que han salido las dos muy contentas del polideportivo, me encanta verlas así. Si ellas son felices, yo también lo soy, así de fácil.

Al llegar, me voy a la cocina a preparar un arroz con tomate y ellas se van a la ducha.

Parece que últimamente se está convirtiendo en la comida estrella de los sábados.

Cuando estoy sirviendo los platos, entra Ángel por la puerta.

Pensaba que hoy no comería aquí, pero veo que estaba confundida.

Le sirvo un plato a él también y lo dejo en la mesa, al lado de los de las niñas.

Yo no me sirvo, no quiero comer en la misma mesa que él, ya no.

Si hubiera buen rollo entre nosotros, sí que lo haría, pero aquí no hay nada de eso y no quiero sentarme en la mesa haciendo como que somos una familia feliz si ni siquiera me ha saludado cuando ha llegado.

Las niñas me miran extrañas al no verme comer, pero ninguna me dice nada.

Creo que ya van entendiendo algunas cosas de las que pasan en casa.

Ángel termina su plato y se va al sofá y, cuando acaban las niñas y van a lavarse los dientes, entonces me siento a comer.

—Pensaba que ya habías comido, ¿por qué no te has sentado con nosotros a comer? —me pregunta Ángel al entrar en la cocina para buscar un cenicero.

—Porque no quiero que parezca que aquí no pasa nada. Esto de hacer de familia feliz, cuando no lo somos, no está bien, sobre todo por las niñas. Necesito saber qué es lo que piensas de todo lo que te dije el otro día para terminar con la situación de una vez —digo muy seria.

—Pues de momento no tengo nada claro, ya te avisaré cuando haya pensado algo —suelta con chulería y se va al sofá con el cenicero en la mano.

Esto va a costar más de lo que me imaginé en un principio. Tampoco puedo estar de brazos cruzados esperando a que él decida algo porque la cosa se puede alargar hasta el verano que viene y yo quiero tener casi todo arreglado antes de que acabe el año, aunque con lo poco que queda…

Las niñas me llaman desde su habitación, sacándome de mis pensamientos. Ni siquiera he terminado de comer; como siempre, Ángel me quita el apetito con sus formas de hablarme.

—Mami, ¿puedo elegir la ropa que me voy a poner para ir al centro comercial? —pregunta Delia cuando entro en su cuarto.

—Sí, cielo, pero antes de ponértela, quiero dar el visto bueno —respondo, sonriendo.

Abre el armario y saca un vestido de manga larga fucsia, unos leotardos negros y lo termina con unas botas de color rosa oscuro. La miro muy seria y después le sonrío, aprobando su elección.

—Y tú, Blanca, ¿qué ropa te vas a poner? —pregunto, sentándome a su lado en la cama.

—A mí me da igual, mami, casi que no me apetece mucho ir.

—¿Y eso cómo puede ser? Si esta mañana estabas muy contenta con la idea de ir al centro comercial. —Le acaricio la carita.

—Ya, pero eso era antes, ahora ya no —contesta, dejándose mimar.

—Blanca, ¿quieres que te elija tu ropa? —le pregunta Delia, a lo que ella responde encogiéndose de hombros.

—Venga, seguro que os lo pasáis fenomenal. —Trato de animarla—. Además, papá ha dicho que después cenaríais una hamburguesa. Vístete y ve a pasártelo bien.

Delia le ha sacado unos leggins fucsias y un jersey blanco, para los pies le ha elegido las mismas botas que ella llevará.

Me mira para pedirme la aprobación y le doy un sí con un movimiento de cabeza.

Se visten y van al salón, donde está Ángel tirado en el sofá medio dormido.

En menos de media hora salen los tres por la puerta en dirección al centro comercial.

Parece que Blanca se va un poco más animada.

Son las cinco de la tarde. Tengo la casa limpia, la cocina recogida y no tengo nada importante que hacer, a no ser que planchar se considere algo importante, pero lo voy a dejar para mañana por la mañana.

Se me ocurre salir a dar un paseo por ahí, pero la verdad es que no me hace mucha gracia salir sola.

¿Y si hago un poco de deporte? Pero para eso necesitaría ropa adecuada y, por no tener, no tengo ni zapatillas.

Por lo tanto, descarto la idea. Y como siempre que me pongo a pensar, Bruno aparece en mi cadena de pensamientos.

Le voy a mandar un mensaje a ver qué está haciendo.

No, mejor le llamo y hablo un rato con él.

Me tumbo en el sofá, me tapo con una mantita y marco su número. Al cuarto tono me lo coge.

—¿Flora? ¿Estás bien? —pregunta en cuanto descuelga.

—Hola, Bruno, sí, sí, todo bien —respondo, extrañada por su tono de preocupación.