Eres la razón de mi sonrisa 31
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Me levanto más ágil, como si tuviera diez kilos menos.

Hay que ver cómo pesan los nudos cuando los tenemos dentro y no podemos deshacerlos.

Anoche di otro pasito más en esto de la separación.

Solo tengo que esperar a ver qué va a resolver Ángel al respecto y llegar a un acuerdo entre los dos.

Me meto en la ducha y hoy, después de mucho tiempo, decido maquillarme un poco antes de salir de casa.

Necesito verme bien, me lo pide el cuerpo.

Despierto a las niñas y desayunamos. Ángel no se ha tomado el café en casa, imagino que ahora mismo tiene que sentirse como si se le cayera el mundo encima, pero no es mi problema, ni siquiera mi culpa.

—Mami, ¿por qué te has pintado las pestañas? —pregunta Delia nada más montarse en el coche.

—Porque me he levantado con ganas de maquillarme —contesto sin darle mucha importancia al tema.

—Estás muy guapa —dice Blanca con una sonrisa.

—Gracias, cielo.

Tras dejarlas en el cole, conduzco hasta el instituto.

Mi primera clase la tengo en 2.º A, con lo cual subo hasta el primer piso, donde me encuentro a Bruno charlando de manera animada con una compañera.

Nos saludamos los tres y entro en el aula.

Mi humor ha cambiado de golpe, y eso que me he levantado llena de energía y con muy buen rollo, pero ha sido ver a Bruno así con otra y se me ha cortado hasta la leche del café que me he tomado.

¿Será posible? ¿Me he puesto celosa? No, no creo que ese sea el motivo de mi malestar.

Si Bruno y yo solo somos amigos… Estoy como para enamoramientos con la que tengo en casa.

Procuro no darle más importancia al tema y continúo con mis clases, aunque no deja de venir a mi cabeza la imagen de Bruno sonriéndole a Begoña.

Trato de concentrarme y, con algo de esfuerzo, consigo terminar bien.

Después del recreo tengo con 1.º C; hoy les toca examen.

Su cara de perplejidad cuando ven el crucigrama no me sorprende, ya sabía yo que la mayoría iba a quedarse así.

Salvo los dos de siempre, a todos les parece guay un examen así.

No hay nada como hacer las clases amenas para que los alumnos aprendan y disfruten.

No he visto a Bruno en toda la mañana, lo mismo ha estado ocupado hablando y sonriendo otra vez a Begoña. ¿Pero se puede saber qué narices me pasa? Ni que Bruno fuera mío y no tuviera derecho a relacionarse con nadie más, desde luego es que tengo unas cosas…

De camino al aparcamiento, a la salida del instituto, me paro al escuchar mi nombre.

—¡Flora, espera! —Me giro y veo a Bruno que viene corriendo hacia mí.

—Ah, hola —saludo un poco seca.

—¿Te pasa algo? —pregunta, extrañado.

—A mí nada —digo con el mismo tono de antes.

—No veas qué día he tenido hoy —afirma con cara de circunstancias.

—Pues yo te he visto muy sonriente —suelto sin pensar.

—¿Qué? —pregunta, arrugando el entrecejo.

—Nada, nada, perdona. ¿Qué me decías que te ha pasado hoy? —Cambio el tono por completo, no quiero que se piense lo que no es, o quizá sí que lo es...

—Pues Begoña es tutora de una clase donde hay una niña con TCA.

Los padres están muy preocupados con el tema, por lo visto, fuera del instituto no para de hacer deporte, incluso tres horas diarias.

Y me ha pedido mi opinión acerca de si es conveniente que haga tanto deporte pesando tan poco —cuenta, preocupado.

—Madre mía, ¿no me estarás hablando de Raquel, una chica de 4.º? —pregunto, seria.

—Sí, pero por favor, no quiero que esto salga de aquí.

—Tranquilo, no digo nada. El caso es que siempre la he visto bastante delgada, pero pensaba que era su constitución. Ni se me había pasado por la cabeza que tenía un trastorno alimenticio, pobrecilla. ¿Y qué opinas?

—Si fuera mi hija, la llevaría directamente a un psicólogo. Ese tipo de conductas deben supervisarse, después ya intervienen los nutricionistas —explica.

—¿Y tú no le has notado nada en tus clases? —Me apoyo en mi coche.

—Si te digo la verdad, es una chica bastante callada, aunque siempre la he visto esforzarse demasiado, como que necesita hacerlo todo perfecto. Me da la sensación de que se exige demasiado a sí misma, pero es solo mi opinión, yo no soy psicólogo.

—Pues espero que, por su propio bien, la pongan en manos de un profesional —apunto sacando las llaves del coche.

—¿Ya te vas? —pregunta con interés.

—Sí, tengo que hacer la compra, colocarla después y comer —enumero mis quehaceres.

—¿Y tiene que ser por ese orden? —pregunta con esa irresistible sonrisa.

—Sí, por ese orden. —Mi respuesta suena más seca de lo que pretendía.

—Bueno, pues nada, que te lo pases bien y que tengas un buen fin de semana. —Se gira hacia su coche sin esperar a que me despida.

Me siento al volante y, al instante, me arrepiento de haberle contestado así.

No sé por qué he pagado con él mi mal humor; ah, sí que lo sé, lo he pagado con él porque es el culpable de que yo esté así.

Tengo que ser sincera conmigo misma y reconocer que me ha sentado como una patada en la boca del estómago verle sonreír a otra, y sí, también admito que eso es lo más parecido a sentir celos.

Ahora sí que pensará que soy una tía rara, tonta e inestable.

A ratos me ve bien y simpática y, en otros, le hablo como si me cayera mal.

Creo que debería mandarle un mensaje para disculparme, pero ¿qué le digo?

¿Que me ha sentado mal verle charlando con otra?

Entonces sí que me va a retirar el saludo para siempre.

No le puedo decir la verdad o pensará lo que no es.

Pero ¿y si lo es? ¿Y si estoy celosa? Madre mía, ya lo que me faltaba…

Mejor me voy al supermercado y me dejo de mensajitos, no vaya a ser que la líe más.

Luego, cuando esté más tranquila, me disculparé.

Saco la lista de la compra y voy recorriendo los pasillos del súper.

No sé si seguir llenando el carro para cuatro o hacerlo ya para tres.

Decido comprar como siempre, al menos hasta que Ángel haya tomado una decisión que, espero, sea pronto.

Me entretengo bastante. Miro hasta la etiqueta de algunos productos, no tengo ninguna prisa hoy, quizá porque sé que, si llego antes a casa, puede que me encuentre con Ángel y no tengo ganas de verle ahora.

Pasadas las tres de la tarde, llego a casa y descargo todas las bolsas del maletero.

Menos mal que hay ascensor, que si no… Ángel no ha venido a comer; creo que no lo ha hecho en toda la semana.

Habrá comido en el bar que hay al lado del taller o en casa de sus padres.

Reparto todo lo que he comprado entre la nevera y la despensa y me hago una ensalada para comer.

Tampoco es que tenga muchas ganas de más.

Acordándome de Bruno, le pongo manzana y le hago una foto, que acompaño con el siguiente texto:

Debo de ser buena alumna porque, después

de mi primera clase de nutrición, he decidido

echarle una manzana a mi ensalada. Gracias

por descubrirme cosas nuevas.

Y, sin pensarlo dos veces, se lo mando. Me quedo mirando el móvil con una sonrisa tonta, esperando a que me conteste, pero no lo hace, y cojo mi desilusión junto con el tenedor y continúo comiendo.

Cuando termino, me pongo con mis deberes hasta que se hace la hora de ir a buscar a las niñas al colegio.

Bruno no me ha contestado al mensaje, debe de estar molesto por mis formas de antes en el aparcamiento.

—La semana que viene es el cumpleaños de Jorge y no ha invitado a ninguna chica de la clase —cuenta Blanca mientras se pone el cinturón de seguridad.

—Solo a chicos —añade Delia.

—Bueno, eso es que harán solo cosas de chicos —digo mientras pongo el coche en marcha.

—¿Y qué diferencia hay? Nuestra tutora dice que los chicos y las chicas podemos hacer lo mismo, que no hay cosas solo de chicos o cosas solo de chicas —alega Delia muy segura de lo que está diciendo.

—La verdad es que tu tutora tiene toda la razón, no importa del sexo que seamos para poder realizar cualquier actividad —aseguro, convencida.

—Entonces, ¿por qué dices que los del cumpleaños solo harán cosas de chicos? —Blanca continúa dándole vueltas al tema.

—Pues no sé, cielo, lo he dicho sin pensar.

Hace muchos años pasaban ese tipo de cosas, por ejemplo, los hombres solo trabajaban y las mujeres solo se encargaban de la casa y del cuidado de los hijos.

Después, la historia ha ido cambiando y las mujeres también trabajamos fuera de casa e incluso hemos conseguido puestos de trabajo a los que antes únicamente optaban los hombres.

—¿Eso quiere decir que antes las mujeres no hacían cosas de hombres? —pregunta Blanca de nuevo con los ojos muy abiertos.

—No, cariño, la sociedad no nos trataba igual.

Pero de eso hace muchos años. Ahora, por suerte, vosotras vivís en una época en la que se sigue luchando por la total igualdad entre hombres y mujeres.

No es algo fácil, no os creáis, pero poco a poco se va consiguiendo, se va dando un pasito más cada vez.

Dicho esto, se quedan en silencio, cada una reflexionando sobre lo que les acabo de decir. Están muy pensativas. Creo que lo de que un niño de su clase solo invite a chicos no les termina de gustar mucho.

Ya en casa les hago la merienda y las ayudo con los deberes.

Como es viernes, traen bastantes, por lo tanto, las animo a que adelanten todo lo que puedan para poder tener el domingo entero libre.

Cuando termino de explicarles una cosa de Matemáticas que no conseguían entender bien.

Me suena un mensaje en el móvil, me acerco al bolso corriendo, pensando que es Bruno, y mi desilusión se hace patente cuando veo que es Ángel el que me acaba de escribir:

Diles a las niñas que no iré a cenar.

No le contesto, no me apetece. Pero me alegro de que no venga a cenar, ojalá tampoco viniera a dormir. Espero que esté pensando en las opciones que le di. Prefiero que lleguemos a un acuerdo entre nosotros y no terminar en un juzgado.

—Niñas, hoy papá no vendrá a cenar —les comunico mientras me acerco a ver cómo va el ejercicio de antes.

—¡Vale! —contestan a la vez, sin preguntarme el motivo de que su padre no venga.

Cuando terminan casi todos los deberes, se van a la ducha y aprovecho para llamar a la pizzería.

Quiero darles una sorpresa. Y lo consigo, porque cuando llaman al timbre de casa y ven a un repartidor en la puerta con una caja cuadrada de cartón, se ponen a saltar de la alegría.

¡Hay que ver lo que consigue una pizza! Después de cenar y de ver un ratito juntas la tele en el salón, algo que no solemos hacer porque siempre está Ángel viendo las noticias o el fútbol, nos lavamos los dientes y nos acostamos.

Hasta que me viene el sueño, pienso en mis niñas, en cómo están creciendo y en qué distintas son nuestras conversaciones de ahora.

Se me hacen mayores. Y yo también, y no quiero dejar de vivir cosas bonitas y que me hagan feliz.

Aunque parezca una tontería, cuando fui a comer con Bruno el jueves, pasé un rato estupendo y me hacen falta más momentos así.

Y como los pensamientos se entrelazan unos con otros cuando estamos en la cama o, al menos, a mí me suele pasar, pues termino pensando, cómo no, en Bruno y en mi tonta reacción de hoy.

Supongo que estará un poco molesto conmigo, por eso no me ha respondido al mensaje, pero espero que se le pase pronto o, al menos, que acepte mis disculpas.

Aunque a lo mejor no le ha dado importancia, y yo tampoco debería dársela.