Eres la razón de mi sonrisa 30 #3
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—Pues sí, os estáis haciendo mayores muy rápido. —Me agacho y les doy un beso a cada una en la cabeza—. Venga, no tardéis mucho en iros a la cama que tengo que hablar con papá.

En cuanto se acuestan, me acerco al sofá donde Ángel está medio tumbado. La verdad es que no sé muy bien cómo empezar a decirle todo, pero o lo suelto ya o me voy a la cama. Y no quiero acostarme sin haber hablado con él.

—Ángel, ¿tienes un momento? —pregunto después de haber cogido mucho aire por la nariz.

—Está a punto de empezar una película, dime —contesta sin mirarme a la cara.

—Tenemos que solucionar esta situación, no podemos seguir viviendo juntos como si no pasara nada.

No podemos seguir cenando como si fuéramos una familia unida cuando ya está rota, ¿me entiendes?

—Mis palabras son suaves y mi tono, bastante bajo.

No quiero que por un casual las niñas escuchen la conversación.

—Ya te he dicho que yo de aquí no me muevo. Como tú eres quien se quiere separar, pues eres la que se tiene que marchar —dice como si se lo hubiera aprendido de memoria.

—Si no tuviéramos a las niñas, así sería, pero cuando hay hijos la cosa cambia. ¿Tú vas a poder cuidar a todas horas de las niñas, llevarlas al colegio, al médico, a las extraescolares, a los cumpleaños…?

—A ver, Flora, que pareces nueva. Yo estoy todo el día fuera de casa trabajando. Ya sabemos que no tengo tiempo para todo eso. No sé a qué viene tanta tontería.

—No son tonterías, es que nuestra vida en común se ha terminado y debemos adaptarnos a una nueva vida por separado. Y, como tenemos dos hijas, hay que mirar por el bien de ellas, aunque sea cambiando nuestra rutina.

—Claro, para ti es muy fácil decirlo, como tienes sus mismos horarios…

—No me vengas con eso, por favor. No sabes las veces que he tenido que modificar mis turnos en el instituto para llevarlas al médico o para una simple reunión con su tutora.

—Pues si lo has hecho es porque has podido, no me vengas ahora haciéndote la víctima.

—No se trata de víctimas, por Dios, abre más tu mente. Se trata de llegar a un acuerdo entre nosotros por su bien. El otro día fui a ver a un abogado y me asesoró de forma gratuita.

—Qué raro, hoy en día no hace nadie nada gratis —dice con ironía.

—Me dijo poca cosa, la verdad, pero lo básico me quedó claro.

—Te pongas como te pongas, yo no me pienso ir de esta casa.

—Si no te vas de esta casa, tendrás tú la custodia de las niñas y tendrás que ocuparte de ellas como te he explicado antes. —Parece como si estuviera hablando con un niño pequeño y cabezota—. Yo no viviría aquí, y las vería una tarde a la semana y un fin de semana alterno.

—Ya te he explicado que estoy todo el día en el taller. No podría hacerme cargo de ellas tal y como tú me dices. Es imposible.

—Otra opción es quedarme en esta casa con la custodia de las niñas, y tú serías el que las vería una tarde a la semana y un fin de semana alterno.

—¿Y yo dónde me voy? ¿Estás loca o qué? —Sus palabras van subiendo de tono, incluso se ha incorporado en el sofá y me ha mirado por primera vez desde que empezó la conversación.

—Eso no es cosa mía, solo te digo lo que me han dicho.

Si lo prefieres, consúltalo tú mismo con un abogado y así lo oirás todo de primera mano.

—Me está sacando de quicio, lo que me está costando hacerle entender—.

Otra opción sería tener a las niñas una semana cada uno.

Durante esa semana nos ocuparíamos de ellas por completo, sin que el otro tenga opción de verlas.

El problema aquí sería la casa, que tendríamos que ponernos de acuerdo para ver quién se va y quién se queda.

Te recuerdo que la casa es tanto tuya como mía.

—De repente, me siento fuerte y segura, sé que le estoy hablando bien y que no le estoy diciendo nada que no sea verdad.

—Pero eso sigue siendo un problema. Si yo no puedo estar ocupándome de ellas ni un día, ¿cómo lo voy a hacer una semana? ¡Esto es de locos, Flora, de locos! —Se levanta del sofá, llevándose las manos a la cabeza.

—No serás el primer padre ni el último que se encuentre ante este problema, pero seguro que darás con una solución. Tú, al menos, tienes a tus padres, seguro que puedes contar con ellos para que te ayuden con las niñas.

—Pero estarán todo el día con unas personas mayores que no van a seguirles el ritmo. Además, yo no estoy dispuesto a ver cómo ellos crían a mis hijas. —Sube más la voz, con lo cual, casi doy por finalizada la conversación.

—No hace falta que me lo digas ahora. Solo te pido que lo pienses bien y que tomes una decisión lo antes posible. Así no podemos seguir.

Al meterme en la cama tengo la sensación de haber soltado todo el aire acumulado que había dentro de mí, siento como si me hubiera desinflado, como si me hubiera quitado una mochila llena de piedras de la espalda.

Por fin he podido contarle a Ángel lo que tenemos que hacer a continuación.

Sé que no va a ser fácil para él tomar una decisión, más que nada porque siempre se ha apoyado en mí para todo lo que a la casa y a las niñas se refiere.

Pero me siento bien. Por segunda vez en el día, me siento bien. Y con una sonrisa me quedo dormida.