Eres la razón de mi sonrisa 30 #2
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Creo que mucha culpa de esto la tiene Bruno; sí, con él es fácil sentirse así.

Estoy tan bien que voy a hacerles a los de 1.

º C un crucigrama para su examen de mañana.

Yo les daré las definiciones y ellos tienen que saber la respuesta, que será una sola palabra por definición.

Van a alucinar cuando vean que solo con poner las palabras en el número correcto pueden aprobar el examen. Estoy deseando ver sus caras mañana.

En cuanto lo termino, me voy a las clases a buscarlas. Primero a Blanca y después las dos vamos a por Delia, que sale de la clase riéndose con Bruno.

—¡Qué bien os lo pasáis! —digo, sonriéndoles.

—Es que por fin me ha salido un ejercicio que me costaba mucho hacer, ¡estoy tan contenta! —exclama Delia feliz.

—Si no le ha salido antes ha sido por miedo a caerse, pero hoy lo ha hecho sin ningún problema —explica Bruno.

—¡Qué bien! Así me gusta, que os vayáis superando poco a poco. —Me pongo entre ellas y las agarro por los hombros—. Ahora, abrigaos bien que nos vamos a casa.

—Sí, la verdad que en cuanto se ha ido el sol ha bajado bastante la temperatura. Es una pena, con el buen día que ha hecho hoy. —Me dedica una mirada llena de complicidad.

—Sí que ha hecho buen día hoy, sí. Yo diría que ha sido un día estupendo. —Le devuelvo la pelota con cuidado de que las niñas no se den cuenta.

—Bueno, chicas, hasta el sábado —se despide de ellas—. Adiós, Flora, te veo mañana.

—Hasta mañana, Bruno. —Sonrío, metiéndome en el coche.

En cuanto llegamos a casa, las niñas van directas a la ducha, y yo subo un poco la calefacción y me meto en la cocina para empezar a preparar la cena.

Hoy, como no he estado en casa en todo el día, tiro de freidora y les hago palitos de merluza y empanadillas, que les encantan.

Haré más para que Ángel cene; en el fondo, soy tonta.

Tengo que hablar con él y comentarle lo del abogado, a ver si viene de buen humor.

—¡Papi! Hoy me ha salido una cosa muy difícil en la clase de gimnasia —le cuenta Delia a su padre en cuanto este entra por la puerta.

—¡Qué bien! —exclama contento y mira a Blanca—. ¿Y tú, ya estás buena del todo?

—Sí, como dice mami, habrá sido un estirón. —Sus palabras me hacen sonreír.

Se va al cuarto de baño y las niñas entran en la cocina para cenar.

Sirvo cuatro platos y en el centro pongo una ensalada.

Al momento, Ángel aparece y se sienta en la mesa.

Vistos desde fuera, parecemos una familia de lo más normal, como si no fuera esta una de las últimas veces que nos vamos a encontrar así.

Dentro de mí asoma un poco de pena por todo lo que yo creía que iba a ser mi matrimonio y mi vida con Ángel.

No siempre las cosas pasan como nosotros queremos; supongo que es porque no dependen de una persona sola.

Mientras cenamos, Ángel y las niñas charlan, y yo solo pienso en que tengo que hablar con él y quiero que sea lo antes posible. Me levanto de la mesa y, sin saber por qué, saco el móvil de mi bolso y le mando a Bruno un mensaje.

A Delia por fin le ha salido un ejercicio que le costaba,

por miedo; y yo por fin he disfrutado de un mediodía

distinto y me he sentido fenomenal, sin miedo. En estas

dos cosas tienes mucho que ver. Gracias.

Y, sin pensármelo dos veces, doy al botón de enviar.

He sentido, por primera vez en mucho tiempo, la necesidad de decir lo que quiero sin tapujos, sin censuras, y Bruno debía ser el destinatario.

Gracias a él me estoy volviendo más yo; me hace ver que hay muchas cosas que pueden ser igual de compatibles con mi vida y me hace sentir bien. No tarda en contestar.

Mi mediodía también ha sido distinto, no te

creas, y tengo que decirte que hacía tiempo

que no estaba tan a gusto en compañía femenina.

Estoy mirando mi agenda y veo que tengo un hueco

mañana de 14.00 a 17.00 para hacer deporte, comer

o hablar de nutrición, entre otras cosas.

Si te interesa algo, reserva tu cita.

Termino de leerlo con una sonrisa de oreja a oreja. Bruno sabe cómo hacerme sonreír. ¿Y si empiezo mañana a hacer deporte? Sé que me vendría bien, pero me da mucha pereza. Venga, va, Flora, que no se diga que te vas a rajar ahora, a tu edad. Cojo el móvil y escribo:

¿Qué te parece si cuando salgamos…

La voz de Blanca me hace reaccionar, dejando el mensaje sin terminar.

—¡Mami! ¿Por qué no me contestas?

—Estaba distraída, cariño, ¿qué pasa? —Me guardo el móvil en el pantalón.

—Que queremos comernos un yogur cada una y solo queda uno —contesta con cara de circunstancias.

—¿Y qué tal si lo compartís? —propongo—. Mañana iré a comprar en cuanto salga del trabajo. Anótalo en la lista de la compra, por favor.

La nevera está casi vacía y yo estoy pensando en ir a hacer deporte con Bruno y pasar el rato con él. Hay que ver cómo se me ha ido la cabeza... Cojo el móvil, borro el mensaje que le estaba preparando y le mando otro que no tiene nada que ver con lo que quería escribirle.

Mañana en cuanto salga del instituto tengo que

ir a hacer la compra porque no me quedan ni

yogures en la nevera. Quizá otro día sí que me

apunte a hacer deporte. Hasta mañana.

Me guardo de nuevo el móvil y me voy a recoger la cocina. El plato de Ángel está en el fregadero. Sospecho que las niñas han recogido la mesa. Mientras friego, él está en el sofá viendo las noticias. Termino y voy a ver qué hacen las niñas.

—¡No me lo puedo creer! Estoy muy orgullosa de vosotras —digo, observando que se están lavando los dientes ellas solas.

—Te queríamos dar una sorpresa, mami. —Sonríe Blanca.

—Es que ya somos mayores para lavarnos los dientes contigo, ¿verdad? —pregunta Delia mientras se enjuaga la boca.